UNA DAMA PARA DOS (La fille coupée en deux, Francia-Alemania, 2007)

Una dama para dosDirección. Claude Chabrol/ Guión. Claude Chabrol y Cecile Maistre/ Fotografía en color. Eduardo Serra/ Música: Matthieu Chabrol/ Edición: Monique Fardoulis/ Vestuario. Mic Cheminal/ Con: Ludivine Sagnier (Gabrielle Deneige), Benoît Magimel (Paul Gaudens), François Berléand (Charles Saint-Denis), Mathilda May (Capucine Jamet), Caroline Silhol (Geneviève Gaudens), Marie Bunel (Marie Deneige), Valéria Cavalli (Dona Saint-Denis), Thomas Chabrol (Lorbach)./ Duración. 115 mins.

Sinopsis 

Gabrielle Deneige, vive en Lyon con su madre Marie, quien la ha criado sola y es dueña de una pequeña librería. Gabrielle es una joven atractiva y encantadora, en busca de experiencias nuevas, que se dedica a ofrecer los pronósticos del tiempo como meteoróloga en una cadena de televisión local. En ocasión del lanzamiento promocional de un nuevo programa, Gabrielle conoce al arrogante escritor Charles Saint-Denis, quien vive en las afueras, en el campo, alejado del bullicio parisino. Saint-Denis, intelectual cincuentón, extravagante y fanático de las subastas de arte y de las citas literarias, es un adulador y un seductor consumado a pesar de sus 25 años de matrimonio con la aún muy guapa Dona. No obstante, el escritor enloquece por Gabrielle y la seduce a pesar de doblarle la edad. Ambos inician una apasionada y tirante relación que se complica con la presencia de Paul Gaudens, un hombre más joven, rico y caprichoso, con algunos rasgos sicópatas, que se empeña a toda costa en conquistar el corazón de Gabrielle con resultados trágicos e insospechados.

 

En Una dama para dos, el afamado cineasta francés Claude Chabrol (1930-2010), toma como punto de partida la muerte del maduro Stanford White, célebre y millonario arquitecto del Madison Square Garden, en Nueva York a principios del siglo XX, asesinado por el posterior marido de su joven amante, la guapa modelo y corista de Broadway, Evelyn Nesbit, quien tenía 16 años cuando White de 47, la sedujo y a su vez, la obligaba a columpiarse desnuda antes sus adinerados amigos en su lujoso departamento neoyorquino. El sonado caso de nota roja fue llevado antes a la pantalla por el realizador Richard Fleischer (Compulsión, Los vikingos, El estrangulador de Boston), en la película El escándalo del siglo (The Girl in the Red Velvet Swing, 1955). En ella, Ray Milland hacía el papel de White, mientras que la bella Joan Collins, interpretaba a la bailarina, codiciada a su vez por el joven y acaudalado heredero Harry KendallThaw (interpretado por Farley Granger), que termina arrebatándosela y casándose con ella pero poco después enloquecía por los celos y terminaba disparando a muerte contra su rival. De hecho, la propia Nesbit fue asesora del filme.

Chabrol traslada los sucesos de principios del siglo XX a la Francia contemporánea para insistir en sus temas sobre la decadencia y perversión burguesa. El amor y el sexo como mercancía y objeto de consumo que puede obtenerse en una subasta moral y emocional, la misma que enfrentan, el sicópata y desequilibrado Paul Gaudens, dandy que ha vivido siempre bajo las faldas de su madre y el cínico, depravado y veterano escritor Saint-Denis, quien comenta: “¿Me pregunto si la sociedad francesa se encamina al puritanismo, o a la decadencia”. No resultan casuales aquí, las citas al erotómano escritor Pierre Louÿs, autor de La mujer y el pelele. No sólo por la obcecación sexual que significa Gabrielle, sino por la dualidad que representan esas dos formas de amar en la protagonista, como sucedía con el héroe de la novela, obsesionado por los dos rostros de una misma mujer, en una historia llevada varias veces al cine entre otros, por Luis Buñuel en Ese oscuro objeto del deseo (1977). Sin embargo, a diferencia de otras películas suyas como Violette Noziere, señorita de día, prostituta de noche (1978), Chabrol elige la sutileza, la malicia y la ironía. Ejemplo de ello, es la secuencia aquella en la que Gabrielle se somete a las fantasías de Saint-Denis y se arrastra por el suelo disfrazada de pavo real. Chabrol no explora la fascinación erótica. Por el contrario, la minimiza. De hecho, la primera mitad de Una dama para dos, se acerca más a una ácida comedia de dilema moral y en cambio, la segunda parte funciona más como un thriller oscuro y amargo, en concordancia con sus últimos filmes como: La dama de honor, La flor del mal o La comedia del poder, que forman parte a su vez de su cuarta etapa cinematográfica, apoyada por el productor Patrick Godeau, cuando Chabrol rebasaba los 75 años y en donde se insertan los triángulos amorosos, las fábulas éticas, o la participación de figuras como Isabelle Huppert, Benoît Magimel, o François Berléand.

No obstante, a diferencia de otras películas de Chabrol, cuyos personajes suelen ser sumamente complejos y opuestos a los estereotipos, aquí, parecen ser lineales y sin aristas en apariencia (Saint-Denis seduce muy rápido a Gabrielle, por ejemplo, quien a pesar de ser hija de una librera se enorgullece de no abrir ningún libro), en una trama que simula orientarse hacia el debate moral. La joven protagonista se siente atraída por la inteligencia, extravagancia y la experiencia de Saint-Denis, sin embargo, no duda en hacer lo que sea necesario para asegurar su futuro profesional, además de que tiene a todo el mundo detrás suyo en la estación televisiva y también en lo económico, puesto que no rechaza del todo a Paul. Por cierto, ambos personajes masculinos están trazados con muchos signos de repulsión: el egoísmo, arrogancia y las mentiras del escritor que utiliza a la joven a su antojo, o los mohines de niño mimado y carácter irascible y convulso del joven heredero, para el que Gabrielle resulta en suma un capricho más.

 

Así, la primera mitad transcurre en un tono ágil e inteligente de alta comedia y diálogos similares, en ese enfrentamiento intelectual entre el maduro y libertino escritor, el millonario ocioso e hijo de mamá acostumbrado a conseguirlo todo y la hermosa y sugestiva chica del tiempo motivada primero por la independencia personal, después por su poder de seducción y el salto a lo prohibido que encarna ese novelista casado y sexualmente activo y la estabilidad que representa el matrimonio con un joven acaudalado. No obstante, pronto el filme se coloca en una zona oscura para narrar un amor loco, en un cambio de género proclive a la tragedia que recuerda la trama de Las relaciones peligrosas escrita por Pierre Choderlos de Laclos en 1782, llevada al cine por Roger Vadim y Stephen Frears. Como sucede en aquella, aquí, el escritor Saint-Denis, se dedica a acumular aventuras y seducir mujeres, cuenta con una editora, Capucine Jamet, cómplice de sus escapadas eróticas y Gabrielle Deneige, representa a la joven ingenua y sacrificable en apariencia, ya que sabe cómo manejar a esos hombres entre los que se siente dividida. Es decir. La historia de ésta mujer repartida entre dos amores, cuya vida afectiva es al igual que en su trabajo en la televisión, una suma de días soleados y nublados, termina por convertirse en un nuevo descenso chabroliano a los infiernos  de la alta burguesía e intelectualidad francesa, cuyos pecados y voracidad no tienen límite.

Una vez más, Chabrol se presenta fiel a los postulados de la nueva ola francesa, de donde surgió como uno de sus principales representantes desde su notable debut con El bello Sergio (1958). Ex crítico de la célebre revista Cahiers du Cinema y gran admirador de Henri-Georges Clouzot uno de los grandes maestros del cine de suspenso francés, a quien homenajeó con El infierno, filme que debió realizar Clouzot sobre el tema de los celos patológicos, consigue darle la vuelta a su etapa anterior plagada de tramas policiales en la que el autor de Qué las bestia muera, El carnicero, o La ceremonia, abandona sus relatos urbanos para situar sus acciones en la provincia acomodada de Lyon, donde tiene la oportunidad de burlarse además de la banalidad de la televisión como lo muestra la escena de la entrevista al escritor en un programa de celebridades literarias. Una dama apara dos tiene una intriga atractiva, un elenco  eficaz y una puesta en escena admirable en la que destaca la música atonal e inquietante de su hijo Matthieu Chabrol y sobre todo el trabajo visual y fotográfico a cargo de Eduardo Serra. El tema de la perversión, el amor y la seducción son puestos a andar con un mecanismo de relojería eficazmente manejado por Chabrol, en un relato sobre las relaciones amorosas, vueltas relaciones de poder, mismas que no dan pie a confusiones de los acontecimientos y los desencantos que viven los personajes. Incluso, el bello y aparentemente desconcertante epílogo que sucede en un teatro donde se lleva a cabo un acto de ilusionismo: el de la chica partida en dos, título original al filme, tiene como finalidad, perturbar al espectador y desbalancearlo, al tiempo que evita caer en los convencionalismos de fórmula en historias similares. Una dama para dos es una pieza moderna sobre la decadencia amorosa y la pasión dividida.

RAFAEL AVIÑA

 

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EL LATIDO DEL TAMBOR (Zhan. gu, Hong Kong-Taiwán-Alemania, 2007)

El latido del tamborDirección y Guión. Kenneth Bi/ Fotografía en color. Sam Koa/ Música. Andre Matthias/ Edición. Kenneth Bi e Isabel Meier/ Diseño de Producción. Alex Mok/ Con: Jaycee Chan (Sid), Tony Leung Ka Fai (Kwan), Angelica Lee (Hong Dou), Roy Cheung (Ah Chiu), Josie Ho (Sina), Kenneth Tsang (Stephen Ma)/ Duración. 108 mins.

Sinopsis

El impetuoso y hedonista junior y playboy Sid, hijo de Kwan, importante jefe de la mafia de Hong Kong, es descubierto in fraganti manteniendo relaciones íntimas con la mujer de Stephen Ma, capo rival de otra de las triadas criminales del lugar. Para complicar aún más su situación, insulta al jerarca frente a sus subordinados. El mafioso agraviado exige a su amigo y padre del arrebatado joven y aplicado baterista de rock, cercene las manos de su hijo para pagar su culpa y dar un escarmiento público. Para alejarlo de la amenaza, Kwan decide ocultar a su irresponsable vástago en las montañas de Taiwán, vigilado y protegido por uno de sus hombres de confianza. Ahí, Sid conocerá por azar a un grupo de tamboristas ambulantes y expertos en artes marciales, dedicados a perfeccionar su mente, su cuerpo y su espíritu, combinando percusiones zen y ritmos de tambor. Aprovechando sus dotes de baterista, Sid convence a los maestros de aceptarlo como aprendiz y descubre a través de ésta música y de la férrea disciplina del grupo, el verdadero sentido de su existencia.

“El filme inicia en la ciudad y después se traslada a una austera montaña, por lo que tenía que encontrar la forma de unir ambos mundos. No se trataba de un asunto estético, sino también de encontrar el camino de cómo relatar la historia. Elegí enfocarme en Sid, el protagonista, quien actúa de acuerdo a sus sentimientos” –Kenneth Bi

El latido del tambor, cuyo título original Zhang.gu significa literalmente Guerra.tambores, fue nominada al Gran Premio del Jurado en el Festival Sundance 2008, compitiendo en la categoría dramática de la sección Cine del Mundo y merecedora de los Premios a Mejor Actor de Reparto en el Festival Golden Horse de Taipei y a Mejor Actor Protagónico y Mejor Película en el Wine Country Film Festival de California, Estados Unidos. Se trata del tercer largometraje del cineasta hongkonés Kenneth Bi (Rapsodia del arroz, 2004), graduado en la Facultad de Cine y Teatro de la Universidad Brock de Canadá, quien convivió durante varios meses con músicos zen verdaderos en particular la Compañía del llamado Teatro U, para otorgarle un toque de mayor veracidad a su película.

Pero ello, no sólo es parte del atractivo de un filme que se mueve a medio camino entre el cine de arte y el cine comercial de género, sino que además, el realizador aprovecha la capacidad del joven Jaycee Chan, hijo de la popular estrella de cine y artes marciales, Jackie Chan, quien se ha convertido en uno de los actores noveles más prometedores de su generación, rescata al notable actor Tony Leung Ka Fai, el mismo de El amante y Elección de Johnnie To y apuesta por una hermosa banda sonora de Andre Matthias y una notable fotografía que intenta capturar la conversión espiritual del protagonista. De alguna manera, tanto la historia como su concepto estilístico, buscan reflejar la personalidad contradictoria y energética del rebelde urbano Sid en su proceso de transición.

Por supuesto, la filosofía zen resulta fundamental para plantear el drama interior de maduración personal de un muchacho inestable que deberá elegir entre el universo criminal en el que se mueve su progenitor, mismo que le atrae por lo que tiene de insurrecto y de violento, pero que rechaza a la vez por tratarse de la figura paterna y a su vez, voltear hacia la disciplina y la contemplación de la naturaleza que se desprenden de las actividades de la compañía de tamboristas que habitan en esa suerte de oasis de paz. Sid se cuestionará la posibilidad de apostar por la vida frenética citadina con sus automóviles, vías rápidas, anuncios luminosos y grandes edificios así como el juego de comercialización y estandarización de la música, o el silencio, la paz interior, la convivencia ecológica con el entorno y el placer de tocar un instrumento y componer música por encima de afanes lucrativos.

Incluso esa dicotomía en que se mueve el protagonista se extiende a su vez en la propia impulsiva forma de tocar la batería en la que es llevado por la agresividad y la inestabilidad emocional y por el contrario, aprender a apreciar el silencio para entender los sonidos de la naturaleza y encontrar su propio ritmo y sus propios sonidos a partir de la armonía interior. Es decir. Más allá de los contrastes entre urbe y entorno rural, entre criminalidad nocturna citadina y la claridad del cielo limpio y la espiritualidad de la montaña, el realizador pretende crear una metáfora del alma y la mente convulsa del héroe que busca sin saberlo realmente, trastocar su manera de vida y reencontrar los sonidos que laten en el fondo del corazón. Lo que arranca como un filme convencional gansteril made in Hong Kong, gira de manera opuesta hacia un derrotero espiritual en el que Sid se planteará una cualidad que desconoce: la humildad, misma que le ayudará a darle sentido a su vida inestable y vacía.

En ese sentido, El latido del tambor se mueve entre la contemplación de la naturaleza y los sentimientos turbulentos en la línea de Kim Ki-duk (Las estaciones de la vida, Por amor o por deseo) y el humor negro y la violencia explosiva catapultada por los convulsionados lazos familiares al estilo de Takeshi Kitano (Fuegos artificiales, El capo). El cineasta Kenneth Bi, construye aquí un atractivo y emotivo drama sobre el aprendizaje emocional y el viaje interior de ese atrabancado baterista adolescente, hijo de un explosivo mafioso que en un inicio aparece obsesionado con la joven amante de ese gángster hongkonés amigo de su padre.

De esa forma, las primeras escenas colocan a la cinta en territorio del cine gangsteril chino a lo Johnnie Too (Election y secuela, Exiled). Sid, se ve obligado a ocultarse en la clínica veterinaria de su hermana (la guapa Josie Ho) y a enfrentar ahí la furia de su padre, cuando éste se entera de que su amigo Stephen Ma, a quien le debe la vida, le pide la cabeza o más bien las manos de su hijo, por lo que decide esconder a su vástago en una zona montañosa de Taiwán. Sid experimentará un cambio espiritual y romántico, no obstante es un hecho que tarde o temprano tendrá que regresar a saldar cuentas con la triada mafiosa. El filme funciona tanto como una agresiva y espectacular cinta de acción y violencia gangsteril y a su vez como un eficaz y sincero viaje de maduración interior. Y es que su realizador y guionista otorga una gran fuerza a sus escenas urbanas y altos grados de sensibilidad a las secuencias contemplativas y de educación espiritual a través de la interacción el héroe con la naturaleza y la música que emerge de esos tambores zen.

Asimismo, lo que hace la diferencia entre El latido del tambor y aquellos relatos de misticismo y aprendizaje célebres en los setenta y ochenta como la teleserie Kung Fu con David Carradine y El karate kid (John Avildsen, 1984) con Ralph Macchio y Pat Morita, es la insistencia del realizador Kenneth Bi, en contrastar los dos mundos en los que se debate el joven protagonista. Por un lado, la locura urbana del Hong Kong actual y la austeridad bucólica de los escenarios taiwaneses, que llevan a Sid no sólo a busca el amor y la paz interior, sino a entender a su padre. De hecho, por encima de las alegorías sobre la técnica y el sonido de los tambores milenarios que van marcando la estabilidad emocional de Sid, el filme plantea un drama doméstico no resuelto: el de una familia convulsionada por el abandono de la madre y por la violenta profesión del padre, un hombre que a pesar de su oficio, no pierde su humanidad, como sucede con los personajes del cine de Kitano.

Un giro muy interesante hubiera sido el de sumergirse precisamente en el pasado familiar, un tema que es desaprovechado en aras de la construcción espiritual del protagonista. Incluso para otorgarle más verosimilitud. Quizá por ello, el desarrollo de la trama se torna previsible. No obstante hay imágenes y momentos que por sí solas se encuentran por encima de los altibajos de un filme que incluye la presencia del famoso cellista chino Trey Lee, quien toca un solo de cello y a su vez, algunos momentos humorísticos como ese arduo trabajo que requiere reducir el nivel de testosterona del héroe al que los maestros le imponen la tarea de cargar sin utilidad alguna, varias y pesadas rocas en un saco. A su vez, otras imágenes como aquellas de Sid tocando para su padre desde el exterior de la cárcel donde éste se encuentra recluido, el funeral del propio progenitor, el enfrentamiento entre el villano y el joven transformado, o la extraordinaria secuencia final con el Teatro U ejecutando su espléndido concierto de tambores. Sobrada tal vez de metraje, El latido del tambor resulta un relato atractivo y emocional, en el que el cadencioso sonido de las percusiones termina por conducir al espectador a espacios íntimos de gran aliento poético.

RAFAEL AVIÑA

EXPIACION, DESEO Y PECADO (Atonement, Gran Bretaña-Francia, 2007)

AtonementDirección. Joe Wright/ Guión. Christopher Hampton, inspirado en la novela Atonement/ Expiación de Ian McEwan / Fotografía en color. Seamus McGarvey / Música: Dario Marianelli / Edición: Paul Tothill / Diseño de Producción: Sarah Greenwood/ Con: Keira Knightley (Cecilia Tallis), James McAvoy (Robbie Turner), Saoirse Ronan (Briony Tallis, 13 años), Romola Garai (Briony Tallis,18 años), Vanessa Redgrave (Briony Tallis anciana), Juno Temple (Lola), Benedict Cumberbatch (Paul Marshall) / Duración. 123 mins.

Sinopsis

Gran Bretaña, 1935. Pese a la amenaza de un nuevo conflicto bélico mundial, los Tallis viven confortablemente y despreocupados del mundo en su enorme mansión victoriana en el campo. Toda la familia se reúne para el fin de semana, justo en el día más caluroso del verano, con el fin de esperar al hermano mayor, Leon, quien estudia en Londres y llega acompañado de un amigo, heredero de una importante imperio del chocolate. No obstante, el opresivo calor y las emociones reprimidas empiezan a crear una extraña sensación de inquietud y de confusión. A partir de una serie de malas interpretaciones sobre algunos sucesos, Briony, una adolescente de 13 años, escritora precoz, fantasiosa y con una  imaginación desbordada, provoca que Robbie Turner, joven inteligente que trabaja para los Tallis, hijo del ama de llaves y amante de su hermana Cecilia, vaya a prisión, al señalarlo como responsable de abuso sexual contra Lola, su prima menor de edad. La acusación destruye el amor y la pulsión sexual creciente entre Robbie y Cecilia y cambia dramáticamente el curso de sus vidas, incluyendo la de la propia Briony, más aún con el inminente anuncio de la segunda guerra mundial. Robbie se ve en la necesidad de elegir entre la cárcel y la guerra. Ya como soldado, empieza su calvario para salir de Francia y regresar a Gran Bretaña para reencontrarse con Cecilia, quien se ha convertido en enfermera, al igual que Briony, quien ha abandonado sus ambiciones intelectuales para purgar de alguna manera su culpa, aunque encuentra en la escritura una manera de resarcir los errores del pasado.

El Mal puede tomar varias formas: una de ellas, la mentira. Un falso testimonio que puede destruir sueños, ilusiones y sentimientos. En este caso, el Mal involuntario en este filme se materializa en las fantasías excesivas de una adolescente de profundos ojos azules, despechada por un turbio sentimiento de amor infantil que sólo existe en su cabeza y por ello, hace pagar la traición al objeto de su amor e idealización y de paso, a su hermana mayor. Briony no encuentra mejor oportunidad que imputar un delito no cometido a Robbie, debido tan sólo a lo que sus ojos creen ver y a lo que su imaginación compone. En raras ocasiones un filme puede igualar la complejidad dramática de una novela de tanta riqueza narrativa como lo es Expiación (2001/ Anagrama) del escritor inglés Ian McEwan (1948), autor llevado al cine en anteriores ocasiones como sucede en: Juego veneciano (Paul Schrader, 1990), El ángel malvado (Joseph Ruben, 1993) o El intruso (Roger MIchell, 2004).

Expiación, deseo y pecado, es el segundo filme realizado por el británico Joe Wright (Londres, 1972), luego de dirigir la miniserie para televisión, The Last King (2003) sobre las crónicas de Carlos II en el trono y Orgullo y prejuicio(2005), nueva adaptación fílmica de la novela de Jane Austen, protagonizada por la talentosa, bella y joven actriz británica Keira Knightley: aquí, heroína trágica de una película que obtuvo siete nominaciones al Óscar, obteniendo el de Mejor Música (bellísima y poderosa banda sonora a cargo de Dario Marianelli). Ganadora a su vez de 2 Globos de Oro: Mejor Película de Drama y Música, catorce nominaciones a los premios BAFTA a lo mejor del cine inglés, conquistando el de Mejor Película del año y Mejor Diseño de Producción y el Premio Forum de Cine y Literatura en el Festival de Venecia donde el director Joe Wright compitió a su vez por el León de Plata, entre otros.

La guerra, la expiación de culpas, el poder de la escritura y el destino implacable, son algunos de los temas de una obra fílmica de un fatalismo absorbente, de un impacto visual trágico y demoledor y con ecos de otros clásicos relatos de amor trágico del cine y la literatura –de Casablanca a Orgullo y prejuicio, de El puente de Waterloo a Lo que queda del día, pasando por El paciente inglés-, que recrean de una manera amargamente nostálgica, aquellas y otras grandes épicas furiosamente románticas. El filme de Wright contiene imágenes casi surrealistas de una terrible y delirante belleza, como aquellas impresionantes secuencias en la playa de Dunkerque (Francia), en la que soldados aliados matan el ocio en una feria, un cine, una taberna, o simplemente asesinando caballos para comer, en los primeros meses del segundo conflicto bélico.

Expiación, deseo y pecado, resulta una obra dramática imprescindible: un recorrido no tanto por los laberintos de la memoria, sino por los estrechos, enigmáticos y a su vez deslumbrantes paisajes de la ficción ¿Qué tan real es aquello que se cuenta? ¿Qué tanto hay de imaginación o de realidad en lo que vemos o creemos  ver? ¿Qué sentido tiene evocar un pasado que no existe? Se trata sin duda de una notable reflexión sobre las culpas que se pagan con la materia prima de la ficción y la literatura y que sólo tienen cabida en la representación de lo real. Aquí, la verdadera gran protagonista del filme, no es la bella y delicada Keira Knightley, joven de sociedad tendiente a la frivolidad, que decide dedicarse a la enfermería durante la guerra, ni su amante y enamorado encarnado por James McAvoy, un inteligente joven de clase baja acusado injustamente de abuso sexual contra una menor, sino la hermana adolescente de aquella, Briony Tallis (Saoirse Ronan, extraordinaria protagonista de Desde mi cielo -2009- de Peter Jackson), escritora en ciernes, cuya mente enfebrecida y frustrada, le lleva a provocar una tragedia desproporcionada en un mundo donde los finales felices sólo tienen eco en la ficción, echando a perder la vida de dos enamorados y de paso la suya propia.

A escenas magistrales como las que suceden en Dunkerque, o aquellas imágenes desoladoras de los escolares muertos, o los trágicos desenlaces de los protagonistas, se anteponen de manera notable un doble punto de vista de sucesos muy simples que resultan sin embargo trascendentales para los derroteros que tomará la trama: la reinterpretación de Briony sobre la secuencia de la fuente y la escena de la biblioteca. En ese sentido, tanto Wright como el laureado y experimentado argumentista británico Christopher Hampton, responsable de los guiones de Las relaciones peligrosas (1988) de Stephen Frears y de Carrington (1995, dirigida por él mismo), consigue hacer  partícipe al espectador de ese cruce inquietante de pasiones y discrepancias en la aburguesada mansión campestre de los Tallis: la frustración de Briony cuando los niños no quieren participar en el montaje de su primera obra, su recelo y obsesión por Robbie, a quien descubre en amoríos clandestinos con su hermana Cecilia, la falsa relación de concordia entre dueños y servidumbre que se viene abajo cuando Robbie es detenido de inmediato: el joven que antes ha sido apoyado y se le ve como “miembro de la familia”, cae en desgracia y es rechazado por simple posición social, por ello, resulta altamente sospechoso.

A diferencia de cintas como Infamia (1936) y La mentira infame (1961), ambas de William Wyler, inspiradas en una obra de Lillian Hellman, sobre el romance lésbico entre dos maestras y la indiscreción de una alumna chismosa que desata una tragedia por una acción irresponsable ante un acto de sexualidad irrefrenable, Expiación, deseo y pecado muestra a una niña que no peca de maldad a priori, sino que resulta incapaz de medir las consecuencias de sus actos. Ello, le llevará a arrastrar un sentimiento de culpa feroz que toma sentido en los últimos y espléndidos minutos finales del filme. Asimismo, la cinta de Wright, profundiza en ese ambiente de hipocresía moral burguesa que se puede resarcir con una boda por ejemplo (Paul Marshall, el amigo de Leon Tallis y violador de la pequeña Lola, se casa con ésta, varios años después, para evitar un desaguisado en el futuro).

La primera parte, sencilla, lánguida y agobiante en apariencia, resulta vital, ya que describe justamente ese ambiente de ociosidad en ese supuesto ambiente idílico bucólico previo al conflicto bélico, que precipita una tragedia irreparable. Se trata del anticipo de ese horror que vendrá en la segunda mitad: una guerra sangrienta donde no hay vencedores sólo vencidos, pérdidas de inocentes y vidas devastadas. Todo ello, en un relato donde se entrecruzan distintos puntos de vista narrativos y sucesos en el tiempo a través de un montaje sólido y hasta poético que arranca en 1935, continúa en 1940 en pleno frente de batalla en la costa francesa donde Robbie contrae septicemia, y en hospitales londinenses, donde las hermanas Tallis ejercen de enfermeras al tiempo que buscan encontrar una paz interior que no llegará jamás y finalmente, la expiación de la culpa redimida por una novela, la última debido a una enfermedad progresiva e irreversible, escrita por una anciana Briony (Vanesa Redgrave espléndida). En ella, la responsable de destruir la vida de su hermana decide, aunque sea a través de la ficción, redimir a la pareja y restituir a los amantes ese momento de felicidad que su inconsciencia les arrebató y que no pudo devolver en vida, en un filme cautivante y profundamente conmovedor.

RAFAEL AVIÑA

UN SECRETO (Un Secret, Francia, 2007)

Un secretDirección. Claude Miller/ Guión. Claude Miller y Natalie Carter, inspirados en la novela de Philippe Grimbert / Fotografía en color y en blanco y negro. Gérard De Battista / Música: Zbigniew Preisner/ Edición: Verónica Lange / Con: Cécile De France (Tania), Patrick Bruel (Maxime), Ludivine Sagnier (Hannah), Julie Depardieu (Louise), Mathieu Amalric (François adulto), Orlando Nicoletti (Simón), Valentin Vigourt (François niño), Quentin Dubuis (François adolescente)/ Duración. 105 mins.

Sinopsis

En el París de 1985, François Grimbert de 40 años, es un taciturno psicólogo de niños autistas. Una llamada de su madre en la que le comunica que su padre ha salido a caminar sin rumbo fijo, despierta recuerdos dormidos de su infancia y adolescencia. A los diez años, François es un niño enclenque, enfermizo, solitario, introvertido y poco inclinado al deporte. A su vez, está convencido de ser una permanente fuente de desilusión para Maxime, su padre, un gimnasta atlético y seductor y su bellísima y atractiva madre, Tania, una ex modelo y campeona de natación. Por ello, François se inventa un hermano fantasma, un alter ego, atleta, viril y capaz de vencer cualquier obstáculo. Esa sensación de permanente descalificación a todo lo que sus padres esperan de él, parece estar íntimamente ligada al descubrimiento de ciertas verdades y secretos incómodos sobre la juventud de sus progenitores quienes intentaban lidiar con su condición de judíos en la Francia ocupada por los nazis. Se trata de secretos familiares revelados por Louise, enfermera, masajista y una amiga muy cercana de sus padres, que le permitirán al frágil François, comenzar a construir su propia vida.

Un secreto adapta la novela autobiográfica homónima del sicoanalista y escritor Philippe Grimbert (publicada en español por Tusquets). A pesar de la aparente sencillez de la trama, se trata de un complejo entramado de saltos cronológicos, emocionales e históricos, que se sumergen a los largo de cuatro décadas de Historia de Francia y tres distintas etapas de la vida del personaje protagónico. Pero sobre todo, se trata de un relato que intenta ahondar en el ambiente previo y posterior de discriminación racial bajo la ocupación alemana en el París de la segunda guerra mundial, que por un lado contó con la simpatía y colaboración tácita de varios personajes de la política e intelectualidad francesa y otros miembros de la población en general (el político Pierre Laval, el mariscal Philippe Petáin, el periodista Robert Brasillach, entre otros, quienes apoyaron el régimen de Vichy, citados en éste filme). Una situación que condujo a su vez a miles de judíos –entre ellos, varios miembros de la familia Grimbert- a una muerte terrible y humillante en los campos de concentración y las cámaras de gases ideadas por los nazis.

Si algo queda patente en esta versión fílmica de la novela de Grimbert que obtuvo once nominaciones al Premio César, máximo galardón del cine francés y el Gran Premio de las Américas en el Festival de Montreal, es la elegancia, profundidad y sensibilidad que le imprime al relato un realizador como Claude Miller, sin duda, una de las figuras más atractivas del cine galo, perteneciente a la segunda generación de la nueva ola francesa. Nacido en 1942 en Paris, Francia, ingresó al célebre instituto fílmico del IDHEC en 1962. Su servicio militar lo realizó en el área cinematográfica del ejército y a partir de 1965, se convierte en asistente de notables cineastas como: Robert Bresson, Michel Deville, Jacques Demy, Agnès Varda y Jean-Luc Godard a quien asistió en la dirección de la cinta Week End (1967) y fungió como su director de producción en: Dos o tres cosas que yo se de ella (1967), un trabajo que desempeñó a su vez para François Truffaut en obras como: El niño salvaje (1969), La noche americana (1972), La historia de Adele H. (1975), entre otras.

Su primer cortometraje, Juliet dans Paris (1967), protagonizada por Juliet Berto, es una curiosa comedia negra de corte vampírico, seguido por La Question Ordinaire, con el tema de la tortura y censurado en su momento y Camille ou la comédie catastrophique, que ridiculaza a la milicia, hasta que finalmente debuta en el largometraje con la extraordinaria cinta: La mejor manera de caminar protagonizada por un joven Michel Blanc y el malogrado actor Patrick Dewaere, en torno a un tímido jovencito incapaz de adaptarse a su grupo y humillado por éste. No obstante, su primer gran éxito de crítica y público surge con el inclemente policial paranoico, Garde a vue/ Bajo custodia, estelarizado por Lino Ventura, Michel Serrault y Romy Schneider.

A partir de entonces, el cine de Miller no sólo ha obtenido un sonoro impacto fuera y dentro de su país, sino que ha abordado diversos géneros con un alto refinamiento de profundidad de sus tramas. El devenir adolescente en La sinvergüenza (1985) y La pequeña ladrona (1988), inspirada en un guión inédito de François Truffaut, o la novela negra en Betty Fisher y otras historias (2001). En 2003 su película La pequeña Lili fue seleccionada para competir por la Palma de Oro en Cannes y obtuvo cuatro nominaciones al César (una de ellas a la Mejor Dirección).

Tal y como ocurre en Un secreto, Miller ya había demostrado su interés por niños y jovencitos frágiles e indefensos desde su ópera prima La mejor manera de caminar. En Betty Fisher y otras historias, bajo el aparente barniz de un thriller sicológico, construía un emotivo retrato oscuro y luminoso al mismo tiempo, sobre la ambivalencia del amor materno y la falta de sensibilidad. Y en su anterior filme, La clase de nieve (1998), los niños son el motor del horror, las emociones y la esperanza, sobre una escritora que pierde a su hijo y cuya insensible madre le lleva un sustituto en una suerte de intenso e irónico cuento de hadas contemporáneo sobre la barbarie de los adultos, la violencia contra los niños y las paranoias de una sociedad alimentada por el morbo y la desconfianza.

Si en La clase de nieve, el protagonista es un jovencito ansioso, sobreprotegido por sus padres y apocado que se inventa historias aterradoras (descuartizamientos, asesinatos, cabezas parlantes) hasta que sus relatos son sustituidos por una realidad devastadora en una estación de esquí alpino en una historia sobre la madurez emocional y las fobias ocultas, todo ello bajo el concepto de una trama policiaca con tintes fantásticos. En el caso de Un secreto, los temores del protagonista, un niño que busca estar a la altura de las expectativas de sus padres, deportistas físicamente muy atractivos y que a su vez se inventa un hermano misterioso y fantasmal con el que habla, juega, discute y pelea, la trama de intriga y tensión emocional se trastoca en una crónica íntima y dramática sobre la culpa y el perdón, y a su vez, acerca de las decisiones personales que quedan marcadas generación tras generación.

Al igual que Truffaut –recuérdese Los 400 golpes (1959)-, Claude Miller decide observar el frágil universo infantil incomprendido por los adultos. Así, a través de una impecable puesta en escena, el cineasta se mueve con habilidad a lo largo de tres momentos distintos en el tiempo, apoyado en un acertado diseño de producción y elementos de época como la inclusión del afamado tema musical Tout ca c’est pour nous de 1941 interpretado por Charles Trenet, pero sobre todo, sostenido por un extraordinario trabajo histriónico del elenco en general.

Hacia 1976, acerca del propio Miller, François Truffaut comentó: “Encuentro en él, una feliz combinación para moldear sus historias de tres maneras distintas: a través de la fábula, la trama psicológica y el relato autobiográfico”. Una observación que se adecua a la perfección al argumento que encierra Un secreto. “Yo también era un chico temeroso –recuerda Miller– y cómo no serlo, si mi madre me había llenado de miedos. Nací en 1942, casi todos mis tíos, tías y abuelos jamás regresaron de los campos de concentración… de niño y adolescente viví atormentado por ese trauma”.

Cuando de forma accidental, François encuentra en el ático un viejo juguete guardado en un añejo baúl y cuya aparición pone nerviosos a sus padres, sin entender el porqué de la perturbación que el hallazgo les provoca, el niño acude a Louise en busca de la verdad y descubre que ha tenido alguna vez un medio hermano y más adelante, cuando adolescente entiende que la unión de sus padres no se ha producido bajo las idílicas circunstancias que ellos mismos le han hecho creer, sino más bien en el contexto de una terrible tragedia.
Así, en el instante en que el relato de Un secreto se sumerge en la etapa anterior a la guerra, sabemos que Maxime estaba comprometido seriamente con Hannah Golda Stirn, joven judía, cuyos padres ven con gran preocupación el ascenso de Hitler al poder. Maxime, por el contrario, reniega de sus orígenes franco-judíos y se considera francés puro, lo cual supone la actitud de buena parte de la sociedad, ya que el ser judío resultaba en ese momento un lastre histórico y después incluso un objeto de humillación como sucede en la secuencia de la escuela, donde Françcois adolescente observa con sus compañeros de clase las escenas de la impactante Noche y niebla (1955) de Alain Resnais, una crónica documental de los campos de concentración nazis y un alumno se burla de los cadáveres provocando la ira del protagonista.

El mismo día de su boda con Hannah, Maxime queda impactado con la belleza de una rubia desconocida: Tania, esposa de Robert, hermano de Hannah, tan vigorosa físicamente como él, quien también se siente inmediatamente atraída por éste. Maxime y Hannah tienen un hijo, Simon, un simpático niño de gran condición física y atlética, cuya vida al igual que la de Hannah darán un vuelco terrible cuando sobreviene la invasión nazi, todo ello, bajo los recuerdos fragmentados de François y Louise, la culpa que cargará por años Maxime, la inesperada y fatal decisión de Hannah y la visión melancólica y fantasmal de aquella ondulante piscina azul donde la hermosa Tania ejecuta intensos y bellos clavados.

Un secreto se aleja de los excesos melodramáticos y del facilismo de las historias sobre el holocausto. Apuesta por una emoción contenida y se sumerge con inteligencia y sensibilidad en temas como la culpa, la redención, la idealización de la figura paterna, el deseo carnal, el despecho, el miedo, la religión, las fantasías infantiles, la relación padre-hijo y madre-hijo, la infidelidad y la condición de raza. Así, los conflictos individuales van mostrando esos secretos íntimos: como se rechaza un origen y una identidad, cómo se oculta un nombre propio y un apellido y como la memoria colectiva del holocausto es una mancha indeleble que aún a la distancia sigue creciendo.

RAFAEL AVIÑA