LAS CENIZAS DE LA LUZ (Irán, 2005)

Las cenizas de la luz

Las cenizas de la luz

Dirección. Majid Majidi/ Guión. Fouad Nahas, Nasser Hashemzadeh y Majid Majidi, inspirado en un argumento de éste último/ Fotografía en color. Bahram Badakshani y Mahmoud Kalari/ Música. Ahmad Pezhman/ Edición. Hassan Hassandoost/ Diseño de arte. Saaed Ahangarani/ Efectos visuales. Sianoosh Nasiriziba/ Con. Parviz Parastui (Youssef), Roya Taymourian (Roya), Afarin Obeisi (la madre), Mohammad Amir Naji (Morteza), Melika Eslafi (Maryam, la pequeña hija), Leila Outadi (Pari), Mahmoud Behraznia (Mahmood, el tío), Dawlat Asadi (Puya)/ Duración. 94 mins.

SINOPSIS

Youssef es un profesor universitario de literatura muy querido por la comunidad, quien quedó ciego desde los ocho años, cuando un accidente afectó las retinas de sus ojos. Youssef vive con Roya, su devota mujer, quien transcribe puntualmente los textos que el lee y redacta en Braille y al mismo tiempo, Maryam, su hija de seis años, le narra los fenómenos de la naturaleza que ella misma va explorando. De alguna manera, Youssef comparte con su pequeña hija una suerte de estado de inocencia ligado a las primeras impresiones visuales infantiles de éste. Angustiado por lo que parece ser un cáncer ocular que le provoca un desmayo y gracias a las influencias de su tío Mahmood, Youssef es llevado a Paris para practicarse ahí una revisión médica total en un importante hospital francés. Durante su convalecencia y chequeo médico que se prolonga por un par de meses, conoce a Morteza, un entusiasta anciano que ha ido perdiendo la vista de forma gradual debido a una granada alojada en su cerebro consecuencia de la guerra. Los resultados indican que el peligro de cáncer no existe y por el contrario, se descubre que sus retinas son sensibles a la luz de tal manera que el profesor de 45 años, tiene la posibilidad de volver a ver gracias a un trasplante de córneas. Youssef regresa a su casa en Teherán y es recibido con gran alegría por amigos, familiares y compañeros, al saberse que ha recuperado la vista. Ahí, ve por primera vez el rostro de su mujer y de su hija y también el de Pari, la atractiva cuñada de su tío. No obstante, su vida que hasta ese momento ha sido apacible, tranquila y repleta de felicidad al lado de sus seres queridos, del ambiente académico y la escuela para niños ciegos donde colabora: una suerte de pequeño Paraíso que incluye una terraza donde trabaja, empieza a desmoronarse poco a poco. Al recuperar la visión, Youssef enfrenta un drama moral y sicológico. Observar a los otros ciegos le provoca un choque mental y de furia. Por un lado, se hace falsas ilusiones alrededor de la guapa Pari, rechaza a su mujer y toma conciencia de su propia edad y de la conmiseración con que era tratado. En un arranque de ira, vuelve a perder la vista y vaga por una urbe hostil hasta que recupera las enseñanzas que lo sostenían con anterioridad: es decir, la vida espiritual que le ha ayudado no sólo a sobrevivir, sino a ver de verdad.

Las cenizas de la luz obtuvo los premios a Mejor Director, Actor, Sonido y Premio del público en el 23 Festival Internacional de Cine de Teherán y el Premio Crystal Simorgh al Mejor Actor en el Festival de Fajr en Irán.

En ella, Majid Majidi (Teherán, 1959), continúa explorando no sólo el tema de la ceguera, sino el de la inocencia y la pérdida de ésta, a través de un relato muy sencillo en apariencia, pero de enorme sensibilidad y gran profundidad espiritual y religiosa en el mejor sentido de la palabra, como ya lo había hecho antes en Los niños del cielo (1997) –ganadora en Montreal y nominada al Oscar a Mejor Cinta Extranjera- El color del paraíso (1999) y Barán (2001). El cineasta comenta que tiempo atrás tuvo la oportunidad de conocer a un hombre que enfrentó la experiencia de la vista y la ceguera. Ello le llevó a cuestionarse  sobre el concepto de belleza y de serenidad en el mundo cotidiano y en el de los ciegos. Para él, cuando un hombre recobra la vista existe un inevitable conflicto entre esas dos percepciones.

“Para Youssef, el profesor ciego de mi película, la serenidad proviene de su pequeño balcón, del sonido de la naturaleza y de las angelicales voces y los roces de su familia. La belleza y la fealdad no existen en su mente. Es como Adán en el Paraíso, protegido y poderoso. Al hacer esta película, mi idea era explorar que le sucedería a esa entereza y despreocupación si se le sacará de ese pequeño Paraíso. Cuando Youssef es expuesto al mundo visual, la belleza con la que se encuentra es irresistible y frustrante. La fealdad y la extrañeza están en todas partes. La agresiva presencia del mundo va apagando el diálogo interno que tenía con Dios. Cuando un hombre se vuelve sordo a su diálogo interior e ignora los mensajes positivos que el mundo le envía, lo único en lo que podría convertirse es en un hombre egoísta, violento y destructivo. Cuando el destino nos pone a prueba, nuestra vida colapsa si no está construida sobre bases sólidas. A Youssef le hacen sentirse pequeño, sin fuerza, sin poder ¿Todavía me pregunto que es lo que éste hombre-niño podría hacer con su nueva vida?” –Entrevista a Majid Majidi-

Las cenizas de la luz explora sobre todo un tópico muy cercano al cineasta: el de la ceguera espiritual más que de la física. De cómo nos empeñamos en ponernos vendas en los ojos y la manera en que la vida es en realidad lo que nosotros hacemos de ella. El protagonista vive en una comunidad académica y sobre todo familiar que lo cuida y lo impulsa a seguir adelante. Él es feliz, es productivo, respetado, ama y se siente amado y querido. No obstante, la noticia de la recuperación de su vista trastorna el equilibrio de su universo personal y sobre todo desarticula su diálogo constante con Dios: su propia espiritualidad. Vale la pena recordar, que el filme abre con una frase muy simple y profunda y que va a permear a lo largo de toda la película: “A la gloria de Dios” y es que las referencias tanto a los textos sagrados como al diálogo personal del protagonista con una entidad superior serán contantes: “¿Te has olvidado de mi? Soy Youssef al que privaste de la belleza del mundo y que nunca se quejó. En lugar de luz y brillo viví en la oscuridad y la penumbra. No protesté, encontré felicidad y paz en este pequeño paraíso. ¿Todos estos años de penuria no son suficientes? ¿Ahora quieres causarme más sufrimiento? ¿Con quién debo quejarme? No me quites la vida”…

Si el tema de la pérdida de la vista era más evidente en El color del paraíso, donde se narraba la relación de un jovencito ciego rechazado por su padre, deseoso de contraer matrimonio una vez más y la carga que en apariencia representa el hijo, asolado por un destino adverso, en Las cenizas de la luz, el asunto alcanza una mayor profundidad moral y social. En ese sentido, resulta notable sin duda la presencia de ese personaje secundario en apariencia que es Morteza, un hombre que no deja de sonreírle a la vida a pesar de que sabe que en breve quedará ciego, el mismo que tiempo después, le preguntará si aún le da suerte aquel sauce que vigila su casa, con su terraza y su fuente.

Brillante a su vez aquella secuencia en la que Youssef un hombre paciente y tranquilo es presa de una impaciencia que desconocía y toma la decisión de comprobar si la operación de córneas fue exitosa, antes incluso del tiempo señalado por los médicos: el hombre se desprende de las vendas de los ojos aún hinchados y observa primero de manera borrosa y después con claridad a una hormiga que carga con una hoja de mayor tamaño reptando por el filo de una ventana: Minutos después, excitado, preso de una extraña euforia avanza a saltos por uno de los pasillos del hospital celebrando su triunfo y lo que considera una enorme prueba del amor que le tiene Dios, sin saber que en realidad es una prueba y nada más, que él mismo trastoca en horror y desequilibrio moral.

Más sorprendente aún aquella extraordinaria secuencia en la que Youssef es recibido de regreso en el aeropuerto de Teherán, por decenas de amigos y familiares que celebran jubilosos su nueva condición de vida. A diferencia de la escena del pasillo del hospital parisino, el camina con timidez y mied, intentando reconocer en esa multitud a sus seres queridos, en medio de mujeres y niños que lo saludan. La escena de reconocimiento de su madre es uno de los momentos más hermosos de Las cenizas de la luz la bondad en los ojos de la anciana sacuden al protagonista y a todos los espectadores. Aunque más adelante, la torpe actitud que toma Youssef en relación a la atractiva Pari y el rechazo a su devota mujer enturbiarán la relación entre el protagonista y su madre.

Youssef descubrirá no sólo una tardía avidez sensual: la fascinación que ejerce sobre él, la juventud y belleza de Pari ejemplificada sobre todo en la escena donde él la va a ver con una flor y se queda solo, bajo la lluvia observado a la distancia por su esposa. Y asimismo, la sequedad con la que trata a Roya, su mujer: “Deja de interpretar el papel de mi madre. Ya crecí. Ya tengo 45 años. Quiero la vida que me merezco. Todos sentían lástima por mí. Perdí los mejores años de mi vida. Estoy harto de este paraíso, quiero vivir mi propia vida”, ledice Youssef a su mujer.

El protagonista observa la manera en que un carterista roba a un hombre en el autobús, pero sobre todo, se impacta al mirar a su colega un profesor ciego y a los pequeños alumnos invidentes. Su mundo de pureza e inocencia, alejado de la fealdad del mundo y de la belleza de las cosas empieza a desmoronarse. Está consciente de la lástima que le tenían y la manera en que se veía, como todos los demás ciegos. El hombre está sólo, desesperanzado, furioso con esa nueva vida aparentemente espléndida. Pero sobre todo, para el director Majid Majidi, Youssef ha quedado huérfano de la verdadera luz, de Dios, de la espiritualidad que lo acompañaba. La escena climática en la que corre en medio del tráfico de Teherán, ciego una vez más, enfrentando un posible accidente, es el inicio de la recuperación de la fe interior, la reconciliación consigo mismo y de su realidad, en una película alejada de toda sensiblería y sentimentalismo barato y exótico, con un formidable y sensitivo guión, un gran trabajo histriónico apoyado en una bellísima banda sonora y unas hermosas imágenes.

RAFAEL AVIÑA

22 de febrero 2013, Centro Histórico de la Ciudad de México

OBSERVADOR OCULTO (Caché, Francia-Austria-Alemania-Italia, 2005)

Dirección y Guión. Michael Haneke/ Fotografía en color. Christian Berger/ Edición. Michael Hudecek y Nadine Muse/ Diseño de producción. Emmanuel De Chauvigny y Christoph Kanter/ Con. Daniel Auteuil (Georges), Juliette Binoche (Anne), Maurice Bénichou (Majid), Annie Girardot (Madre de Georges), Lester Makedonsky (Pierrot), Bernard Le Coq (Editor), Walid Afkir (Hijo de Majid), Daniel Duval (Pierre), Nathalie Richard (Mathilde), Denis Podalydès (Yvon), Aissa Maiga (Chantal)/ Duración. 112 mins.

Sinopsis

Georges Laurent, exitoso periodista cultural, burgués y acomodado, que conduce un programa de crítica literaria por televisión, vive a las afueras de París, con su esposa Anne, editora y traductora y Pierrot, un hijo adolescente que estudia la secundaria y toma clases de natación. Su tranquilidad y vida apacible se interrumpen drásticamente, cuando Georges comienza a recibir una serie de extraños vídeos de más de dos horas de duración, filmados clandestinamente afuera de su casa, acompañados a su vez, de inquietantes dibujos de tono infantil con elementos de sangre y violencia. De la indiferencia y la sorpresa, el matrimonio pasa a la angustia y la paranoia, ya que el contenido de los videos y el tono de las ilustraciones se vuelven cada vez más personales y agresivos, e incluso, éstos empiezan a llegar también a su centro de trabajo y a la escuela del hijo. La policía no puede hacer nada hasta que no haya un hecho delictivo que perseguir. ¿Se trata de una broma o de una venganza? Es entonces que Georges recuerda algunos hechos vergonzosos de su infancia que permanecían dormidos y encuentra un posible sospechoso. Al mismo tiempo, su hijo Pierrot desaparece por varias horas y ello lleva la situación a un extremo de demencia y angustia, ya que está convencido que tanto él, como su familia se encuentran amenazados. Traiciones y miedos ocultos se dirimen a plena luz y una mala conciencia del pasado lleva la situación a un punto trágico.

El filme Observador oculto estuvo nominado a la Palma de Oro en Cannes y obtuvo el Premio a la Mejor Dirección y el de la Fipresci en dicho festival. Asimismo, se llevó los cinco principales galardones del Cine Europeo: Película, Director, Actor, Edición y Premio de la Crítica.

Afirma Haneke, radiólogo exquisito de la podredumbre humana, que su intención a través de su discurso cinematográfico, es el de ampliar ese problemático margen para el espectador en el que resulta tan importa aquello que se narra y se ve en pantalla, como lo que no se cuenta y se aprecia a cuadro. Elementos que se han trastocado en el estilo del creador de obras como: 71 fragmentos al azar (1994), Funny Games/ Juegos divertidos (1997) o La cinta blanca (2009), que exigen una respuesta activa del espectador. El suspenso y el misterio se crean a partir de la falta de información, de tal forma que al mirar un filme de Haneke, difícilmente se puede asumir un rol pasivo. En su cine no hay situaciones masticadas y menos aú n, manuales de instrucciones.

“Todos mantenemos secretos que no queremos compartir” -Michael Haneke

El ayer es un bumerang. Fiel a sus obsesiones, el cineasta austriaco presenta un perturbador y desconcertante drama sobre la culpa y el pasado envuelto bajo la capa de un thriller de suspenso sicológico y moral que narra el descenso a los infiernos de una familia en apariencia común y corriente, a partir de una película que se conecta de inmediato con su anterior y desasosegante cinta, El tiempo del lobo (2003), una cruda fábula apocalíptica sobre una familia sin problemas económicos, inmersa en una inexplicable escalada de violencia. Aquí, los protagonistas sufren un paulatino acoso sicológico que invade su privacidad. En ese sentido, el filme requiere espectadores atentos, forzados a entender los sucesos a través de pistas en apariencia triviales que conducen a un final anticlimático que genera más dudas y desconcierto.

Si El video de Benny (1992) era una de las obras más insólitas y crudas sobre la psicopatía y la cultura de la brutalidad, no fue sino hasta la aparición de Funny games/Juegos divertidos (1997) que Haneke consiguió llamar la atención con esa obra anómala, cuya constante obsesión era justamente la crítica de la violencia en urbes utilitaristas y “confortables” en apariencia. Más allá de especular con la violencia como fenómeno-espectáculo, Haneke intenta distanciarse de manera radical consiguiendo relatos de un realismo en verdad aterrador rodeados de un entorno sociópata: una sociedad protegida por una cultura del hedonismo y el consumo.

Si Juegos divertidos arrancaba en una apacible zona residencial a las orillas de un bellísimo lago donde habitan familias acomodadas aisladas del mundo, en La pianista (2001), por ejemplo, el escenario es la capital europea de la alta cultura como es Viena, sus salones de concierto y en paralelo, sus pequeños locales de sexo donde se consume pornografía dura y se alimenta las fantasías con objetos de sadomasoquismo para mentes exigentes y/o enfermas como Erika Kohut (Isabelle Huppert extraordinaria), una exigente y severa profesora de piano, cuya pasión por el piano y erudita frialdad sintetizan esa dualidad que le llevan a extraer su lado más oscuro y vulnerable al mismo tiempo.

Sin duda, el cine de este singular cineasta provoca escozor y una sensación de malestar, lo curioso es que sus imágenes frías, distantes en ocasiones y en otras intrigantemente cercanas, no se adhieren a conceptos de visceralidad, sino a planteamientos teórico-cerebrales y se vale para ello de un alejamiento casi brechtiano incluso fársico-sádico, con el que consigue en ocasiones un terrible tono de humor negro. Aquí se retrata de nuevo el tema del horror invisible y el frágil desequilibrio que provoca la inseguridad y la culpa. La amenaza que se oculta en las sombras y en las que cualquiera puede convertirse en un sospechoso, en este caso de la destrucción moral y mental del protagonista encarnado por ese estupendo actor que es Daniel Auteuil (La reina Margot, Un corazón en invierno, Sade) y la no menos notable Juliette Binoche (Tres colores. Azul, El paciente inglés, Copia fiel).

Los primeros minutos de Observador oculto, remiten de inmediato a aquellos fascinantes juegos de suspenso visual con elementos que incluyen videos e imágenes grabadas al estilo de los eficaces divertimentos del estadunidense Brian De Palma considerado el heredero de Hitchcock (Greetings, Home movies, Estallido, Doble de cuerpo), e incluso, a algunas de las inquietantes escenas de Carretera perdida (1996) de David Lynch –la pareja videograbada mientras duerme, en el interior de su domicilio, por ejemplo-. Sin embargo, conforme avanza la historia nos damos cuenta que se trata de un juego sádico y desconcertante que involucra al espectador de una manera más profunda y agresiva, al tiempo que retrata las miserias sociales y los lados oscuros y ocultos del individuo, o la violencia latente y contenida del ser humano. Ejemplo de ello, el absurdo enfrentamiento con el joven negro que circula en sentido contrario en su bicicleta, o la manera en que Georges increpa a Majid convertido en un adulto frustrado, aquel niño mayor que él de origen argelino que estuvo a punto de convertirse en su hermanastro, luego del asesinato de sus padres, trabajadores en la finca de la familia Laurent cuando Georges era un pequeño temeroso que no deseaba compartir sus posesiones con nadie.

De hecho, los sucesos que se relacionan con la situación política y las culpas históricas de la nación francesa en relación a la represión antiárabe hacia 1961 y el Frente de Liberación nacional argelino, a los que se hace referencia en el filme y que costaron la vida de los padres de Majid, pasan a un segundo plano. El tema central es la culpa y la paranoia. Ese horror dormido en la conciencia del protagonista que se materializa varias décadas después y que se traduce en angustia y desconfianza. ¿Quién es el enemigo? ¿El niño torturado por los recuerdos, que terminó en un hospicio infantil sin tener derecho a educación y confort? ¿El hijo adolescente de éste, que ha crecido con rencor y frustración hacia la familia que echó a perder el bienestar futuro de su padre y de él mismo? ¿La esposa, que en apariencia mantiene una relación oculta con un amigo de la familia? ¿Pierrot, el hijo distante y solitario que carga con sus desilusiones y suposiciones equivocadas quizá y que parece odiar a sus padres mientras lidia con la crisis de la adolescencia? ¿O es que hay alguien más dispuesto a aterrorizar a los Laurent y al propio espectador? ¿Tal vez el propio cineasta Michael Haneke que manipula las situaciones y la trama?

Para ello, resulta fundamental no sólo la manera en que se plantea la historia, sino la impecable técnica que caracteriza el cine de Haneke. Sus intrigantes planos-secuencia, o esa cámara fija que observa y analiza, abandonando todo tipo de trampas y efectismos de un montaje de acción vertiginosa. Por el contrario, ese impass y sus silencios, o la ausencia de música, ayudan a crear un suspenso mayúsculo. Ahí, dónde no sucede nada en apariencia, ocurren en realidad muchas cosas. Las miradas, las reacciones, los diálogos triviales, aportan mucho más, que las explicaciones políticas o sociales.

No faltan por supuesto aquellos momentos de gran intensidad violenta y brutal, que rompe la tensión creada, típicos del cine de Haneke, sin embargo aquí resultan breves y contundentes. Al final, el cineasta regresa continúa distanciándose del espectador para convertirse en otro observador oculto, tal y como lo muestra la última secuencia, misma que en el encuadre y a lo lejos, justo en el área izquierda, revela una situación insospechada. Una posible y pavorosa complicidad entre el hijo frustrado del aquel argelino olvidado que habita en una zona de condominios populares y el vástago de ese matrimonio bien avenido que disfruta de las comodidades de su clase y posición. Aunque, también, pareciera que esa misma escena está siendo videograbada clandestinamente a la distancia por alguien más.

Observador oculto es una obra que no da tregua ni respiro, un relato sobre la inseguridad y el temor a ser juzgado, que no siempre encuentra espectadores capaces de tolerar y seguir ese juego sádico que el realizador propone.

RAFAEL AVIÑA

OBABA (España, 2005)

ObabaDirección. Montxo Armendáriz/ Guión. Montxo Armendáriz, inspirado en varios relatos del libro Obabakoak de Bernardo Atxaga/ Fotografía en color. Javier Aguirresarobe/ Música. Xavier Capellas/ Edición. Rori Sáinz de Rozas/ Dirección de Arte. Julio Esteban y Julio Torrecilla/ Con. Bárbara Lennie (Lourdes), Pilar López de Ayala (Profesora), Juan Diego Botto (Miguel), Eduard Fernández (Lucas), Peter Lohmeyer (Ingeniero), Héctor Colomé (Ismael adulto), Pepa López (Merche adulta), Txema Blasco (Tomás adulto), Mercedes Sampietro (Madre de Miguel), Lluís Homar (Esteban adulto)/ Duración. 100 mins.

Sinopsis

 

Lourdes de 25 años es una estudiante de la Licenciatura en Artes Visuales en el País Vasco. Decidida a terminar su tesis escolar, emprende un viaje hacia la zona de Navarra y se sumerge en los territorios de un pueblo oculto en las montañas llamado Obaba, con el fin de realizar una investigación sobre una mina y un ingeniero que vivió en el lugar, tío abuelo de un compañero suyo de la Facultad. Con su cámara de vídeo se propone atrapar la realidad de Obaba, de su particular y cerrado universo, de la obsesión de los lugareños por las lagartijas verdes que abundan en los alrededores, de sus historias ocultas, del ayer y del presente actual. Sin embargo, Obaba no es el lugar que Lourdes ha imaginado, y pronto descubre que quienes viven allí, como Merche, Ismael, Lucas o Tomás, están anclados en un pasado del que no pueden –o no quieren- dejar atrás. A través de ellos y de Miguel, joven desenvuelto, alegre y fanático de la música, con quien establece una relación y cuyos padres también tienen una historia importante en Obaba, Lourdes empieza a armar el rompecabezas de ese pueblo y de los hombres y mujeres que habitan ahí: en su época de niños o en su etapa adulta y décadas después, cuando apenas les quedan ilusiones. Retazos de unas vidas que provocan pasiones, envidias y violencia. Como la joven maestra que pasea su soledad por las calles de Obaba. O la del adolescente Esteban que recibe extrañas cartas de una mujer alemana. O el inteligente niño Tomás que de adulto ha quedado afectado de la cabeza ya que una lagartija le comió el cerebro. Con todo ello, Lourdes intenta resolver el acertijo de Obaba que intenta atrapar con su cámara de vídeo. Pero siempre hay algo que falta, que se escapa, que no se alcanza a comprender. Como el misterioso comportamiento de aquellos lagartos verdes que habitan en la zona. Un misterio que nadie, ni siquiera la video cámara de Lourdes, es capaz de revelar.

Traducida a más de 25 idiomas, elogiada por la crítica y el público, Obabakoak/ Obaba, es una joya literaria de imaginación arrebatadora, en la que su autor consigue sumergir al lector en los ambientes y situaciones que describe. El libro de cuentos, escrito en euskera, obtuvo el Premio Nacional de Literatura, el premio de la Crítica y el premio Euskadi entre otros. Se trata de un lugar imaginario creado por Bernardo Atxaga, seudónimo de José Irazu Garmendia (Guipúzcoa, 1951), hijo de un carpintero y una maestra y cuya obra abarca cuento, novela, ensayo y poesía. Atxaga, además de ser el autor en euskera más leído y traducido y de pertenecer a la Real Academia de Lengua Vasca, creó ese espacio extraño, misterioso e indeterminado llamado Obaba, en donde se sitúan algunas de sus narraciones más conocidas, como: Sugeak txoriari begiratzen dionean (Cuando la serpiente mira al pájaro) (1984), Bi letter (Dos letras) (1984), Bi anai (Dos hermanos) (1985) y en particular Obabakoak (1988) que inspiró la película Obaba con la que el cineasta vasco Montxo Armendáriz rinde un atractivo y emotivo homenaje a esa geografía imaginaria de Atxaga, que remite a espacios presentes en la infancia del autor que sirven de excusa narrativa para transmitir un mundo antiguo en el que no rige la causalidad lógica sino la mágica. La oposición entre naturaleza y cultura es la que condiciona el devenir de los acontecimientos en Obaba. En realidad, se trata de un mundo atrapado en el ayer, en el que no existen palabras como “depresión” o “esquizofrenia” y donde se recurre a los animales para explicar acontecimientos incompresibles para sus habitantes, como la creencia de que un lagarto puede volvernos locos tras introducirse por nuestro oído. La compleja estructura de la novela sirve al realizador para trazar un bello, pausado y absorbente caleidoscopio intimista de personajes. Un retrato colectivo y coral de corte nostálgico, en ocasiones emotivo, enigmático, poético, e incluso aterrador.

Luego de su explosiva cinta sobre una juventud abúlica, violenta y dependiente del sexo y las drogas, Historias del Kronen (1994) y de su exitoso y depurado trabajo Secretos del corazón (1997), una sensible visión de la infancia, ganadora del premio Ángel Azul en el Festival de Berlín y nominada al Óscar como Mejor Cinta Extranjera, el director nacido en Navarra hacia 1949, Juan Ramón Armendáriz Barrios, mejor conocido como Montxo Armendáriz, Premio Nacional de Cinematografía y ganador del Goya a Mejor Guión por Historias del Kronen, regresa con Obaba, al cine introspectivo de sus tres anteriores obras: Tasio (1984) 27 horas (1986) y Las cartas de Alou (1990). En una línea semi documental y semi realista, el ex documentalista Armendáriz (Carboneros de Navarra, 1981), intenta unir los relatos íntimos de seres marginales y olvidados rescatados por la cámara de su protagonista que encarna la guapa Bárbara Lennie.

Inconsciencia total, irresponsabilidad, ignorancia y una amoralidad que se traduce en situaciones violentas, según el punto de vista nihilista de Madrid a fin de milenio, eran los temas de Historias del Kronen. Secretos del corazón se adentraba en los temores infantiles a partir de una historia de aprendizaje y madurez que sucedía en Pamplona, España, en la década de los sesenta. Un país en las postrimerías de la dictadura franquista que empezaba a abrirse a la modernidad (las baladas juveniles, las medias de nylon, las llantas Michelin) y que al mismo tiempo mantenía intactos los insondables misterios de provincia. En Silencio roto (2001), narraba una historia de amor que remitía a los maquis, aquellos guerrilleros ocultos en la sierra, liderados, principalmente por el joven Manuel Girón, analfabeta pero valiente estratega. Personaje real que aparece en los recuerdos de los ancianos entrevistados por el realizador Javier Corcuera en La guerrilla de la memoria (2002) producida precisamente por Montxo Armendáriz y el equipo que hizo posible Silencio roto, en un afán de presentar la parte real y los rostros verdaderos que inspiraron su relato de ficción. A Escenario móvil (2004), roadmovie musical y documental, le siguió Obaba y más recientemente No tengas miedo (2011), drama sobre una joven traumatizada por una oscura infancia que intenta rehacer su vida.

El epicentro de un filme difícil de clasificar como lo es Obaba, es sin duda el viaje iniciático que encara la protagonista, quien no sólo va descubriendo varios de los aspectos emocionales del lugar y sus personajes: la soledad, la frustración, la locura, el desarraigo, la tristeza, el amor, sino que encuentra en ese paisaje atípico, onírico y fascinante la razón de su vida, apoyada en ese personaje que no quiere marcharse de allí, encarnado por Miguel, mismo que se trastoca en alegoría de la integración del pueblo. Con la ayuda del extraordinario cinefotógrafo Javier Aguirresarobe y una especial sensibilidad para dirigir actores, ya sean niños o histriones consagrados, en particular la estupenda y joven actriz Pilar López de Ayala, el cineasta vasco Montxo Armendáriz saca partido de las hermosas locaciones en Álava y Navarra y de un eficaz reparto, a pesar de que algunas historias son superiores a otras y que es evidente que no se les ha prestado la debida atención a todas –por ejemplo, la historia de los hermanos Pellot, o la del hijo del alemán en época actual-. Pese a ello, la maestría del realizador consigue sacar adelante un relato que compitió en San Sebastián y fue la elección española para concursar en la entrega de los Oscares.

Hay mucho de contemplativo en el cine de Armendáriz y en particular en Obaba. Lo interesante es que a través de la cámara de la protagonista y más aún de la propia cámara de Aguirresarobe descubrimos mucho más de aquello que salta a la vista, y así, poco a poco, se van desarrollando ante el espectador las pasiones y las verdades a medias del lugar a través de sus habitantes. Lo primero que Lourdes encuentra en ese camino a Obaba, surcado de curvas, es a un hombre (Ismael) acariciando a un lagarto verde. Más tarde por medio de lo que captura la lente de su cámara y de los testimonios de los lugareños, va descubriendo a personajes como la solterona Begoña, su hermano Tomás, quien ha quedado sordo y loco. El propio Ismael, responsable del Hostal “El Lagarto”. A la antigua profesora del pueblo, madre de Miguel casada con Manuel, un labriego más joven que ella. Lucas Pellot, cuya hermana Lucía murió ahogada durante una excursión escolar. O Esteban, profesor en una Universidad cercana, hijo de un inmigrante alemán ex responsable de una mina, ahora abandonada, hasta convertirse ella misma en otro personaje más de ese extraño, fascinante y cerrado universo que es Obaba.

La doble moral de los pequeños pueblos, las historias que se mueven entre lo real y lo imaginario en universos rurales, las fantasías infantiles desde la perspectiva de los adultos, los misterios insondables de la naturaleza y de los campos navarros. La aparente tranquilidad y bonhomía de provincia, cuyos parajes parecen en efecto, una fachada que oculta otras realidades vehementes y contenidas o secretos ocultos. Todo ello, bajo una extraña luz y una inquietante banda sonora –que incluye la canción Ella del mexicano José Alfredo Jiménez- que consigue crear una atmósfera asfixiante y enigmática, de ese pueblo que acaba por absorber a los lugareños y a sus visitantes. Al igual que en sus anteriores trabajos, Montxo Armendáriz recurre a la nostalgia como elemento catalizador de las historias, a través del flash back. De hecho, el realizador consigue estructurar con sensibilidad los diversos planos temporales: el pasado en el que se despliegan las historias que constituyen el trasfondo sobre el que se sustenta el mayor peso dramático de la película y un presente el que se interpreta y se otorga sentido a los relatos, amarrando sentimientos, relaciones y pensamientos ligados a ese pasado. Como en Tasio  y en Secretos del corazón, los niños y adolescentes adquieren un especial protagonismo. Y el personaje de Lourdes que no existe en el libro, quien trabaja con un material fragmentado, se convierte en una suerte de alter ego del propio cineasta: el elemento que da coherencia a todos los relatos para propiciar una reflexión sobre la propia creación cinematográfica. Desde las primeras escenas a través del auto de la protagonista que avanza por aquella carretera nocturna que recuerda a Twin Peaks (David Lynch, 1990), nos sumergimos en ese pueblo mágico que parece revivir o cobrar sentido justo al aparecer ante nosotros un lagarto: el animal fantástico, figura supersticiosa y pagana en que se transmuta el espíritu insondable y misterioso de Obaba.

RAFAEL AVIÑA

REGRESIONES DE UN HOMBRE MUERTO (The Jacket, Gran Bretaña-Estados Unidos-Alemania, 2005)

Dirección. John Maybury/ Guión. Tom Bleecker, Marc Rocco, Massy Tadjedin/ Fotografía en color. Peter Deming/ Música: Brian Eno/ Edición: Emma E. Hickox / Diseño de Producción: Alan MacDonald/ Con: Adrien Brody (Jack Starks), Keira Knightley (Jackie Price), Kris Kristofferson (Dr. Thomas Becker), Jennifer Jason Leigh (Dra. Beth Lorenson), Kelly Lynch (madre de Jackie), Daniel Craig (Rudy Mackenzie) / Duración. 103 mins.

Sinopsis

Tras recuperarse de una herida de bala en la cabeza, el soldado veterano de la Guerra del Golfo Pérsico, Jack Starks regresa a su pueblo natal Vermont. En un camino solitario y cubierto por la nieve, se topa con una mujer alcoholizada y drogada que viaja con su pequeña hija en una camioneta que se ha descompuesto. Jack les ayuda pero la mujer lo rechaza. Más tarde, un hombre lo recoge en el trayecto y éste tiene un altercado con un policía de caminos en el que Jack resulta herido y además se colapsa su trauma amnésico. Se le acusa del asesinato del policía y por ello es enviado a un hospital psiquiátrico. Ahí, el director del lugar, el Dr. Becker, le somete a un tratamiento extraño y controvertido: se le inyectan drogas experimentales, le colocan una chaqueta de fuerza y le encierran durante horas en un depósito de cadáveres. Drogado y desorientado, la mente de Starks lo proyecta hacia el futuro, donde conoce a Jackie, una joven traumatizada por su pasado y descubre a su vez, que está destinado a morir en pocos días. En efecto, producto de las sádicas terapias de aislamiento del médico, Jack desarrollará la sorprendente habilidad de viajar en el tiempo. Pero ¿Son reales sus viajes, o son tan sólo parte del delirio de un hombre, cuyo cerebro ha sufrido un trauma irrecuperable? Starks y Jackie buscarán la forma de enfrentar y salvar su destino trágico.

En efecto, el Mal puede adquirir formas represivas. El entrenamiento militar, la disciplina bélica, las terapias conductivas y agresivas que acaban por destruir la mente de las personas. Sin embargo, la trama de Regresiones de un hombre muerto se aproxima más a los delirios que sufre el protagonista de Alucinaciones del pasado (Adrian Lyne, 1990) y al acoso clínico como microcosmos de una sociedad represora en Atrapado sin salida (Milos Forman, 1975), que a aquellos relatos sobre implantación de códigos enajenantes como ocurría en El embajador del miedo (John Frankenheimer, 1962) y su secuela dirigida en 2004 por Jonathan Demme, o aquel intrigante thriller protagonizado por Charles Bronson en 1977, Teléfono rojo dirigida por el gran artesano Don Siegel y escrita por el también eficaz realizador Peter Hyams.

Por si ello fuera poco, Regresiones de un hombre muerto, apuesta por una suerte de thriller fantástico en tono oscuro y sórdido que juega con las posibilidades de alterar el futuro como ocurre con varios relatos que van de La máquina del tiempo (George Pal, 1960) inspirada en la novela de H.G. Wells a la exitosa y muy entretenida trilogía de Volver el futuro (Robert Zemeckis, 1985-1990), pasando por Peggy Sue, su pasado la espera (Francis Ford Coppola, 1986). Pero sobre todo, conecta en particular, con otras historias de corte pesimista como: Alas de mariposa (1991) del vasco Juanma Bajo Ulloa, Desafío en el tiempo (Gregory Hoblit, 2000) y El efecto mariposa (2003) de Eric Bress y J. Mackye Gruber.

Más curioso aún, se trata de una coproducción europea-hollywoodense producida por los exitosos socios: el actor George Clooney y el realizador Steven Soderbergh, atentos siempre a propuestas novedosa en géneros que van del suspenso, al drama y el thriller,  dirigido por John Maybury, un cineasta británico que debutó en la industria -luego de una carrera en el cine experimental y el cortometraje-, con un relato inspirado en la vida íntima del iconoclasta artista irlandés y pintor gay, Francis Bacon (1909-1992). En efecto, con cierta influencia del cineasta Derek Jarman, Maybury emprendió dicha biografía artística desde un punto de vista intimista bajo el título de: El amor es el diablo (1998) centrada en una anécdota en la vida de Bacon, quien sorprende al ladrón George Dyer en el interior de su casa y a partir de ese momento, el joven se convierte en amante y modelo favorito del artista. Se trataba sobre todo, de un filme atmosférico más que una introducción a la personalidad de Bacon interpretado por Derek Jacoby y a su vez, una descripción de sus demonios interiores y su masoquismo intelectual y sexual compartido por Dyer, protagonizado por el entonces joven y desconocido actor inglés Daniel Craig, futuro James Bond cinematográfico del presente siglo.

Regresiones de un hombre muerto, segunda película industrial de John Maybury, responsable por cierto de la exitosa teleserie dramática e histórica: Roma (2005-2007), deja muy rápido la intriga bélica para sumergirse en una trama de corte existencialista-fantástica, protagonizada por el neoyorquino Adrien Brody, sin duda, uno de los más solventes actores del nuevo milenio y cuya carrera arrancó en los noventa. Brody obtuvo el Premio a la Mejor Actuación en Cannes por El pianista (2002) de Roman Polanski y a su vez, ha protagonizado otros tantos relatos intrigantes como: Hollywoodland, Manolete, El detective cantante, King Kong o GIallo del maestro del gore italiano Dario Argento.

Su rostro cadavérico, su espigada y delgada figura paradójicamente en un cuerpo fuerte, aportan la fragilidad emocional del personaje, que sin embargo es capaz de transmitir la fuerza de la insistencia para apostar por lo que considera trascendental y cuyo personaje logra traspasar las barreras de la realidad y el tiempo, en una historia que arranca en 1991 durante la llamada “Operación Tormenta del Desierto” en el Golfo Pérsico, donde el protagonista es dado por muerto en un inicio. De alguna manera, resucita y un par de años después, es enviado a su casa luego de un tiempo de crisis y cuadros de amnesia, para acabar acusado falsamente de un asesinato, torturado, saturado de drogas médico-experimentales y con una camisa de fuerza, en una clínica donde se practican métodos poco ortodoxos que le llevan a saltar en el tiempo hacia el año 2007, cada vez que es encerrado en una gaveta del depósito de cadáveres como parte de la terapia de rehabilitación practicada por el Dr. Becker.

Más interesante aún, como apunta el ensayista Sergio González Rodríguez: “Se puede entrever en el relato de The Jacket el caso de David Morehouse (cf. Psychic Warrior, St Martin Press, 1998), quien recibió una bala mientras era soldado en el Jordán y a partir de entonces, comenzó a tener visiones remotas, premoniciones y experiencias de desprendimiento de sí mismo, que lo llevaron a ser incorporado en un programa secreto del Gobierno de Estados Unidos aplicado a prácticas de espionaje psíquico, en el que intervinieron sus principales agencias de inteligencia. Desde el punto de vista científico, la existencia de un “sexto sentido” era parte del folclor universal hasta que a últimas fechas los neurólogos Joshua W. Brown y Todd S. Braver encontraron signos de actividad cerebral, como lo divulgó la revista Science el 18 de febrero de 2005, que podría referirse a una capacidad de prever acontecimientos futuros mediante la percepción de indicios sutiles en la zona llamada en inglés “anterior cingulate cortex”.

Como en Alucinaciones del pasado, el protagonista intentará sobrevivir en un mundo moral y emocionalmente devastado. Por ello, no es casual las referencias a la Guerra del Golfo en los años de George Bush: la nueva pérdida del sueño americano y la antesala de los horrores terroristas por venir. Al igual que aquella, los delirios y alucinaciones empezarán a asfixiar el universo del héroe ¿Qué es real, que es imaginario? Es decir, Jack Starks se trastocará literalmente en un muerto en vida, una suerte de zombie que deambula entre un espacio temporal y otro, entre recuerdos fragmentados en donde hacen falta pequeñas partes que armen su rompecabezas emocional. Y a su vez, el amor o la posibilidad de encontrar un amor que le otorgue paz, será el motor que mueva al protagonista a enfrentar su destino. Así. Irá superando su amnesia posbélica y al mismo tiempo, explorando los peligros que corre al enterarse en el futuro que murió varios años atrás.

A destacar sin duda el trabajo visual, así como las presencias de actores como: Kris Kristofferson, ese sádico médico que resulta un engranaje más del sistema y su gaveta experimental, la metáfora de toda la película: esa especie de cámara opresora del hombre común sometido a un tratamiento maligno. La Dra. Lorenson que encarna esa actriz de excepción que es Jennifer Jason Leigh, quien a su vez, encontrará ayuda en la experiencia atemporal de Starks, mientras busca solucionar el estado casi vegetativo del pequeño hijo de una amiga, quien sale de su mutismo gracias a una terapia moderada de electro choques. Asimismo, la aparición de Daniel Craig, un año antes de convertirse en el nuevo agente 007 en su papel de maniático que ayuda al héroe a encontrar respuestas muy en la línea de los “locos” de Atrapado sin salida. Y por supuesto, el encanto de esa hermosa e intrigante joven actriz que es Keira Knightley, capaz de aporta una sensibilidad muy especial a la jovencita amargada que busca sanar las heridas del pasado como proyección misma de una nación triste, sin esperanza y sin rumbo en una trama romántica que coquetea con los saltos en el tiempo de manera audaz.

En apariencia, Regresiones de un hombre muerto es un relato de entretenimiento más en la línea del mainstream de Hollywood, que trastoca la historia de la máquina del tiempo en una gaveta de la morgue y una camisa de fuerza, para rematar con un ilusorio happy end y una moraleja sobre la importancia de apreciar la vida, la fragilidad de ésta y la búsqueda de la felicidad. Sin embargo, va más allá de eso. Se trata de una suerte de thriller metafísico sobre los errores del pasado y la saturación de la memoria. El olvido como una barrera contra la ignominia y la capacidad de enfrentar la realidad incluso por encima de la muerte.

RAFAEL AVIÑA

Flores rotas (Broken Flowers, Estados Unidos, 2005)

Dirección y Guión. Jim Jarmusch/ Fotografía en color. Frederick Elmes/ Música: Mulatu Astatke/ Edición: Jay Rabinowitz / Con: Bill Murray (Don Johnston), Jeffrey Wright (Winston), Sharon Stone (Laura), Frances Conroy (Dora), Jessica Lange (Carmen), Tilda Swinton (Penny), Julie Delpy (Sherry)/ Duración. 108 mins.

Sinopsis.

Don Johnston, un solterón empedernido, ha sido abandonado por su última aman-te, Sherry. Sin mucha preocupación, Don se resigna a seguir con su vida monótona y tranquila. No obstante, dará un giro notable justo en el momento en que recibe una misteriosa misiva en un sobre color rosa. La carta anónima, es de una antigua novia que le informa de que tiene un hijo suyo de 19 años que podría estar buscándole. Don se ve obligado a investigar este misterio junto a su mejor amigo y vecino, Winston, hombre de familia y detective aficionado. Con mucha reticencia a viajar, Don decide embarcarse en la búsqueda de la antigua amante y del posible hijo, en un extraño viaje por todo el país, siguiendo la pista de cuatro antiguos amores: Carmen, Laura, Dora y Penny y cuyas inesperadas visitas a estas mujeres, acumulan nuevos enigmas para el protagonista quien acaba enfrentándose a su pasado y en consecuencia a su presente.

Poeta, actor ocasional, ayudante de dirección del cineasta Nicholas Ray y compositor para filmes de Wim Wenders, el cineasta Jim Jarmusch (Ohio, 1953), consiguió afinar en breve un estilo austero y adquirir además la categoría de culto desde su primer filme: Permanent Vacation (1980), confirmada con Strangers than Paradise/ Más extraño que el paraíso (1984) con la que obtuviera La Cámara de Oro en el Festival de Cannes. A ésta le siguió la furiosa comedia negra de tema carcelario y enredos verbales Bajo la ley (1986), protagonizada por el italiano Roberto Benigni. No obstante, con El tren del misterio (1989) lograba un magistral triptico minimalista ambientado en Memphis, muy por encima de su recorrido global en taxi según el filme: Noche en la tierra (1991) para rematar con su obra cumbre titulada Hombre muerto (1995), protagonizada por Johnny Deep.

Concebida como una suerte de homenaje irónico a Elvis Presley, Mystery Train recurría de nuevo al tema del viaje, en este caso, el de varios extranjeros (aliens) en Estados Unidos, enfrentados a una suerte de anti sueño americano, al mismo tiempo que juega de manera brillante con algunos de los mitos de la cultura pop estadunidense. Como en toda su filmografía (el trío de húngaros en América de Strangers than Paradise, los tres maniacos reos de Bajo la ley), presenta una fábula moderna sobre los destinos cruzados, la ambigüedad del idioma y los perdedores sociales en ciudades capitalistas, muy en la línea de los hermanos Kaurismaki –por cierto, Jarmusch aparece en Vaqueros de Leningrado y Tigrero, de este par de cineastas.

Hombre muerto era un inquietante y alegórico western que pretendía mostrar desde una perspectiva minimalista y desparpajada típica del cineasta, una metáfora del genocidio indígena, del brutal ecocidio estadunidense y la muerte de las leyendas románticas, con un timorato contador que se transformaba contra su voluntad en un forajido criminal en la epopeya del viejo oeste. Además de sus breves viñetas para las colecciones de cortos incluidos en sus series de Coffee and Cigarrettes (1986/ 1989/ 1993/ 2003), destacan sobremanera Ghost Dog: el camino del samurai (1999), Los límites del control –(2009) su más reciente filme- y Flores Rotas.

Ghost Dog es una historia escrita en código que rebasa el nivel del thriller de enfrentamientos con la mafia. Un relato de de seres en extinción que representan la fidelidad de principios básicos y elementales, así como un honor en desuso por parte de mafiosos o matones, como el propio protagonista, Ghost Dog (Forrest Whitaker), un asesino a sueldo que viste como rapero y que sigue las reglas del Hagakure o Libro del samurai, cuya filosofía estructura el relato a través de breves citas. Un fanático de la lectura que posee un arsenal muy sofisticado aunque enfunda sus armas como si se tratase de sables samurai. Una suerte de caballero medieval en una urbe moderna, cuyo mejor amigo es un vendedor de helados que sólo habla francés, idioma que Ghost Dog desconoce y que entabla contacto con una niña a la que ha elegido como su sucesora.

Por su parte, Los límites del control, es un extraño ejercicio minimalista, centrado en un hombre negro, enigmático y solitario (Isaach De Bankolé), cuyas actividades se encuentran en el misterio y al margen de la ley, que lleva un intrigante violín bajo el brazo y que llega a España con el objetivo de terminar un trabajo. El hombre no confía en nadie y sus intenciones no se conocen, sin embargo, en su camino aparecerán toda clase de peculiares personajes.

Flores rotas, abre con una dedicatoria a Jean Eustache (1938-81), cineasta maldito del cine francés autor de: La maman et la putain (1973), considerada el testamento de esa notable corriente que fue la nouvelle vague. Más allá de una referencia snobista, se trata de un dato emocional para comprender la certeza de una obra como la de Jarmusch, quizá, el único cineasta verdaderamente independiente del Hollywood contemporáneo. Fiel a su universo personal y su cine minimalista y melancólico en donde importa más un gesto, un silencio, o un paisaje lacónico, que cualquier giro argumental, Jarmusch reúne una buena cantidad de magníficas estrellas alrededor del impasible protagonista que encarna Bill Murray con su habitual virtuosismo en línea directa con Perdidos en Tokio (Sofia Coppola, 2003). Una suerte de cansado Don Juan – recuérdese que su nombre es Don Johnston, una suerte de metáfora- a cuya solvencia económica, corresponde un esterilidad emocional, en la que ha acumulado un sin fin de relaciones desechables.

Una carta anónima escrita en papel rosa, es el pretexto para que el protagonista se sumerja en el pasado. Apoyado por un vecino negro, feliz, cargado de hijos y con afición a los juegos detectivescos, e impulsado más por una suerte de insana curiosidad que por un interés real, Don Johnston, inicia un viaje iniciático en el tiempo, para descubrir a la autora de la misiva: una de las cuatro mujeres con la que mantuvo una relación amorosa años atrás y que al parecer, tuvo un hijo suyo que hoy tendría 19 años.

El tema del Mal aparece como una alegoría en Flores rotas, ganadora del Gran Premio del Jurado en Cannes. La banalidad, el hedonismo, el egocentrismo, la soberbia, la falta de compromiso, la visión del sexo por encima del amor, la acumulación de romances como si fueran trofeos, son los males que aquejan al protagonista; mismos que ira descubriendo a través de un acto que en un inicio encierra también cierta maldad ¿venganza?: la misiva anónima que amenaza con destruir al menos su tranquilidad. Un hecho quizá cruel, que en el fondo se convierte en un bien para Johnston: una manera de enfrentar una realidad que siempre ha negado a pesar del ejemplo que tiene justo frente a sus ojos y que representa ese amigo novelista que busca una trama detectivesca para un nuevo libro y que resulta su polo opuesto y un personaje clave en la trama.

Es el retrato crudo de seres vacíos y sin afecto y el espejo de una sociedad consumista y superficial que desecha todo tipo de emociones verdaderas y trascendentales. Con una serie de breves pero contundentes viñetas que van del humor feroz al desencanto más amargo, a lo que se suma una estupenda banda sonora del jazzista etíope Mulatu Astatke y notables temas a cargo de Marvin Gaye y The Greenhornes, Jarmusch construye una emocionante y sensible fábula moderna sobre la soledad, el vacío sentimental y el desamor, y lo hace a través de la comedia dramática y un anticonvencional road movie con un extraordinario Bill Murray que lleva encima el rostro impenetrable de un hombre maduro que comprueba el vacío de su pasado y su presente.

La atractiva y cálida aunque frívola amante con una Lolita procaz como hija. La ex hippie convertida en esposa reprimida y burguesa vendedora de casas. Aquella, que comercializa con mascotas como terapista “conversadora de animales” con una celosa secretaria (Chloe Sevigny). La furia instintiva y el agresivo rechazo de la última de esas mujeres, sin faltar la silenciosa presencia de novia difunta, a las que se enfrenta ese hombre apático y autista emocional con un ramo de flores rosas en las manos, que busca inútilmente en el presente lo que nunca consolidó en el pasado ¿Y al final, qué nos queda…?

RAFAEL AVIÑA