EL PRECIO DE LA VERDAD (Shattered Glass, Estados Unidos-Canadá, 2003)

20120302-121235.jpg

Dirección. Billy Ray/ Guión. Billy Ray, inspirado en un artículo periodístico publicado en la revista Vanity Fair en septiembre de 1998, escrito por Buzz Bissinger/ Fotografía en color. Mandy Walker/ Música. Mychael Danna/ Edición. Jeffrey Ford/ Diseño de arte. Pierre Perrault/ Con. Hayden Christensen (Stephen Glass), Peter Sarsgaard (Charles “Chuck” Lane), Chloë Sevigny (Caitlin Avey), Rosario Dawson (Andy Fox), Melanie Lynskey (Amy Brand), Hank Azaria (Michael Kelly), Steve Zahn (Adam Penenberg), Ted Kotcheff (Martin Peretz)/ Duración. 94 mins.

Sinopsis

El filme se inspira en la historia verídica de Stephen Glass, joven promesa del periodismo en Washington nacido en 1972 y egresado de la Universidad de Pensilvania, que cae en desgracia hacia 1998, cuando se descubre que al menos la mitad de sus reportajes en la afamada y prestigiosa revista de actualidad política The New Republic, habían sido inventados. A la salida del Editor en Jefe, Michael Kelly, quien siempre abogó de buena fe por Glass, es nombrado Director Editorial, su compañero Charles Chuck Lane, quien terminaría despidiendo a Glass, el más joven de sus reporteros –tenía 23 años cuando fue contratado-, por inventarse un artículo que apareció como principal en The New Republic, bajo el título de Hack Heaven. Se trataba de un curioso reportaje de gran coyuntura empresarial, que describía los pormenores alrededor de un hacker adolescente: un pirata informático menor de edad, cuyo representante había conseguido un lucrativo negocio, extorsionando a una compañía de software, víctima del hacker, quien había logrado ser contratado para trabajar como consultor de seguridad luego de haber entrado a su sistema informático y expuesto sus debilidades. A

partir de ese momento, la credibilidad de Glass se tambalea, más no su talento para la ficción. Aparecieron múltiples quejas de personas e instituciones que replicaban acerca de otros artículos de Glass. Adam Penenberg, reportero y editor del pequeño magazine Forbes.com investigó el asunto y enfrentó a Glass y a su prestigiosa revista. El precio de la verdad había salido a la luz.

El precio de la verdad nunca fue exhibida en nuestros país de manera comercial (se proyectó en una sola función en el Festival de Morelia en 2004). El hecho no resulta sorprendente, sobre todo si analizamos la cartelera comercial, en la que prevalece la superficialidad, la estridencia y la espectacularidad sin sentido. El filme de Billy Ray, eficaz guionista hollywoodense (El color de la noche con Bruce Willis, Sospechoso Cero con Ben Kingsley, Plan de vuelo con Jodie Foster, Un enemigo en casa con Ryan Phillips, Los secretos del poder con Russel Crowe y aún sin estrenar, Los juegos del hambre con Jennifer Lawrence), con el que debutaba como realizador, habla de un tema poco apreciado en Hollywood: la ética periodística no en los grandes diarios, sino en una revista y acerca de las relaciones laborales en los ámbitos culturales y periodísticos. Quizá la película no profundiza en los aspectos sicológicos del personaje (su familia, sus amigos, sus compañeros), no obstante, su mirada al interior del trabajo reporteril es muy buena y eficaz.
En ese sentido, El precio de la verdad, mantiene varios puntos de contacto con otros filmes que han tocado el tema de la prensa, los medios y la manipulación que se hace de ésta, desde aquel clásico mundial: El ciudadano Kane (Orson Welles, 1941), El gran reloj (John Farrow, 1948), Todos los hombres del presidente (Alan Pakula, 1976), Quiz Show/El dilema (Robert Redford, 1994), o El informante (Michael Mann, 1999). En todas ellas, se retrata un intrigante descenso a los infiernos de la paranoia, la ética y la moral estadunidense. Y en el caso particular del debutante Billy Ray, su película se adecúa al cinismo y la incertidumbre propia de la década de los noventa -época en que sucede la historia- evitando en lo posible la manipulación efectista de Hollywood y apelando a una apabullante sencillez y realismo cotidiano.
Lo interesante del asunto es que su realizador y guionista consigue transformar una suerte de relato documental/testimonial en un intenso y cautivador drama personal, combinando el tema de la denuncia periodística, el suspenso y el trabajo diario y rutinario de la profesión: una labor que se altera siempre por las presiones psicológicas y de tiempo. Lo curioso es que Ray deja de lado, justamente el asunto de los motivos que llevan a Glass, articulista free lance a su vez, de publicaciones como: Rolling Stone o Harper´s, a inventar esos reportajes y más bien se concentra en su habilidad para manipular, mentir y al mismo tiempo para sacar adelante un trabajo profesional con datos falsos (tópico habitual en centenares de documentales, por cierto).
Más interesante aún, es el hecho de que el filme está plagado de rostros conocidos de Hollywood y todos ellos, están al servicio de una historia inquietante y bien contada, con registros muy atractivos y sobrios, al grado que Peter Sarsgaard obtuvo varios reconocimientos en festivales internacionales y una nominación al Globo de Oro por su papel de Editor en jefe incómodo, capaz de cuestionar el trabajo de su joven reportero. Y sobre todo, el hecho de que Hayden Christensen que encarna al personaje de Stephen Glass, consiga sacudirse por completo de su popular papel de Anakin Skywalker, el futuro Darth Vader en los primeros episodios de la saga de La guerra de las galaxias creada por George Lucas.
Y es que queda claro que Glass era un periodista con mucho talento y habilidades y a su vez, con varias debilidades. Lo que demuestra, que el ejercicio de la prensa protege la libertad de la información mediante la búsqueda de la verdad, la responsabilidad y la honorabilidad y el filme de Ray muestra lo que sucede cuando la confianza del lector se ve traicionada. Y es que por desgracia, el periodismo se ha visto envuelto en casos de amarillismo, mentira y manipulación con tal de vender, véase el repugnante asunto de las revistas, pasquines y programas de radio y TV en relación a las estrellas del espectáculo. En el caso de Glass, se supo poco después a partir de las denuncias sobre varios de sus artículos, entre ellos el de: Spring Breakdown, que describía orgías y borracheras de varios jóvenes de Acción Política Conservadora, que manipuló, inventó la totalidad o una buena parte de los hechos que plasmaba en 27 de los 41 artículos que publicó para The New Republic, escándalo que salió a la luz a partir de la investigación casi casual del reportero Adam Penenberg, quien nunca encontró evidencia alguna de la empresa de software Jukt Micronics, así como de las personas y fuentes citadas por Glass en el texto Hack Heaven. Al verse acorralado, Glass alegó que había sido engañado por sus fuentes, no obstante, su propio Editor en Jefe, Charles Lane sospechaba que su reportero estaba mintiendo y al demostrárselo, lo corrió de la revista.
El precio de la verdad se aleja por completo de los típicos relatos hollywoodenses. La acción se concentra en la búsqueda de la verdad, en una historia narrada en dos niveles. Por una parte, la fantasiosa mente de Glass y las historias que suceden en su cabeza y por otra parte, la narración cotidiana, casi documental, que describe los sucesos alrededor de un personaje que se vale de su inteligencia, simpatía y enorme carisma, para echarse al bolsillo a compañeros y entrevistados. Incluso, cuando se siente acorralado, no duda en colocar a todos sus colegas en contra de Lane, el nuevo Editor, cuando su mentor y protector Michael Kelly, es despedido por el dueño de la revista, Martin Peretz, debido a sus ataques contra Bill Clinton.
Asimismo, se vale de una eficaz construcción de la historia que genera dinamismo e interés y de diálogos y escenas atractivas: la inicial, en la que Glass explica el proceso de redacción e investigación, hasta la publicación de un artículo que ha pasado por diversas manos, desde redactores y correctores, hasta los abogados de la empresa para evitar demandas. Asimismo, la secuencia en la sala de juntas, donde Glass divierte a todo el mundo con sus propuestas y ocurrencias falsas por supuesto, así como el encuentro entre Penenberg y Glass, cuando es desenmascarado. No obstante, lo que resulta estupendo es el trabajo de Sarsgaard, su mirada y su actitud cuando obliga a Glass a llevarlo al vestíbulo del hotel donde se supone ocurrió una convención de hackers en Maryland, es más que elocuente y eficaz.
Por último, es importante mencionar que luego de ser despedido, Glass publicó un exitoso libro autobiográfico de ficción titulado El fabulador (Planeta Internacional, 2003), al mismo tiempo, se licenció en Derecho por la Universidad de Georgetown y a su vez, colaboró en una compañía cómica de cabaret performance. En una entrevista para el noticiero 60 minutos de CBS, comentó a Steve Kroft lo siguiente: “Quiero que crean que yo fui un buen periodista, una buena persona. Quiero que amen la historia así podrán amarme a mi”. Y la nota introductoria de su libro empieza así: “En 1998 perdí mi puesto de redactor en The New Republic y mis colaboraciones con otros medios como periodista independiente por haberme inventado docenas de artículos. Lamento profundamente mi comportamiento de entonces y todo el dolor que causé”.

RAFAEL AVIÑA

Anuncios

VODKA-LIMÓN (Vodka-Lemon, Armenia-Rusia-Francia, 2003)

Vodka LemonDirección. Hiner Saleem / Guión. Hiner Saleem, Lei Dinety y Pauline Gouzenne / Fotografía en color. Christophe Pollock / Música. Roustam Sadoyan y Michael Korb / Edición. Dora Mantzorou / Dirección de Producción. Albert Hamarash / Con. Romen Avinian (Hamo), Lala Sarkissian (Nina), Ivan Franek (Dilovan), Ruzan Mesropyan (Zine), Zahal Karielachvili (Giano), Armen Sarkissian (Conductor de autobús). / Duración. 86 mins.

Sinopsis

En uno de los pueblos kurdos del Cáucaso, rodeado en su totalidad por nieve, Hamo, un viudo de sesenta y tantos años y oficial retirado del Ejército Rojo de la antigua Unión Soviética que dominó su pueblo, vive con las limitaciones y penurias de aquella región de Armenia. Lo único que le queda, es un armario de madera, una vieja televisión, su uniforme del ejército y una pensión de 7 dólares mensuales. A su vez, Hamo es padre de un joven que intenta trabajar como inmigrante ilegal en París y otro más, perezoso, alcohólico y desempleado que vive muy cerca de él. Cuando recibe un sobre de su hijo que se halla en Francia, todo el pueblo se altera, suponiendo que el antiguo militar ha recibido dinero y el principal chasco es para el padre. Todos los días, Hamo acude al cementerio para contarle a su esposa las novedades y pormenores de su vida. Cerca de ahí, Nina -una atractiva viuda de cincuenta años-, quita la nieve a la tumba de su esposo para hablar con él. En el camión que los lleva de regreso al pueblo, ambos se sientan en diferentes lugares. Ninguno de los dos se atreve a iniciar la conversación, pero muy pronto se dan cuenta de que tienen en común una rutina que los une y que en medio de un clima tan hostil y gélido, es capaz de nacer entre ellos una cálida relación.

 

 

Hijo de un peshmerga (guerrero liberador kurdo) el cineasta Hiner Saleem (1964), originario de la aldea de Akkra, en Irak, sufrió el exilio de su tierra en la zona del Kurdistán iraquí. Más tarde, logró emigrar a Italia donde se mantuvo, realizando dibujos para turistas en Florencia. Después, en Paris, trabajó en diversas asociaciones kurdas, organizó exhibiciones de pintura y se avocó a un libro inspirado en sus memorias respecto a su infancia kurda.  Saleem, llega al cine casi de manera autodidacta y debuta a los 33 años con la película, Vive la mariée… et la libération du Kurdistan/ Aquí viene la novia… y la liberación del Kurdistán (1997), filmada en los barrios kurdos de Paris y ganadora del premio del público en el Festival de Mannheim-Heidelberg. A ésta, le sigue, Passeurs de rêves/ Contrabandistas de sueños (2000), cuyo fondo son los pueblos kurdos de Armenia. Su tercer filme es Vodka-Limón que obtuvo el aplauso unánime de la crítica internacional luego de ganar el premio de San Marcos en el Festival de Venecia en 2003. Seguidos de: Kilómetro Cero (2005), sobre la tragedia de una familia durante la guerra entre Irán e Irak y Si tu meurs, je te tue/ Si te mueres, te mato  (2011), comedia sobre dos amigos contra su voluntad, que buscan a un criminal kurdo.

Al igual que su anterior largometraje, Vodka-Limón se filmó en una aldea aislada del Cáucaso: “El primer día de rodaje, casi coincide con la intervención aliada en Irak”, comenta el director: “En los pueblos donde filmábamos, no existía ni radio, ni televisión. Todas las tardes, al terminar la jornada, me iba a la cima de la montaña más alta de los alrededores para captar una señal de radio en lengua comprensible”. “Cuando filmé mi segunda película Passeurs de Rêve en los pueblos kurdos de Armenia. Comprendí tres cosas: Cuando te dicen Problem Niet, significa que habrá muchos problemas. Cuando te dicen Tardará un minuto, quiere decir que se llevará de dos a tres días. Cuando te dicen Mañana, significa que nunca sucederá. Después de los primeros días de filmación prometí que nunca regresaría aquí por razones profesionales, sin embargo, poco a poco, comencé a fascinarme con la gente que me rodeaba. Un país que era exactamente como mi tierra, Kurdistán, en el momento que me prohibieron regresar y al que me gustaría volver después de tantos años.

“No comprendo cómo sobreviven los armenios. Supongo que ni ellos mismos lo saben. Lo absurdo y su optimismo, la miseria y el amor, esas vidas que cambian de tragedias a comedias, son los elementos que me llevaron al cine y que me llevaron a este país para filmar Vodka-Limón”. En efecto, lo más sobresaliente de un relato como éste, cuya trama podría virar con facilidad hacia un drama trágico y patético, es la sutileza de su humor y la emotividad que se desprende de sus acciones. Un humor casi surrealista que nace de los absurdos de la miseria y el desamparo de un pueblo como el de Armenia, abandonado a su suerte luego de la inopia post-soviética. De hecho, la trama describe en buena medida las consecuencias sufridas por varios países de aquellas regiones, que con la caída del bloque comunista perdieron los subsidios y la seguridad que la dictadura les proporcionaba. Más que realizar una crítica, el cineasta crea una fábula enternecedora, divertida y a su vez, inclemente y devastadora, focalizada en la pobreza en que viven sus personajes, tantos los que prefieren la libertad como aquellos que regresarían el tiempo a los años del dominio ruso. Para Hamo, por ejemplo, su principal esperanza se localiza en Alfortville, en París, lugar que el viejo oficial retirado presume a los vecinos, que vive su hijo, quien, en lugar de enviarle los dólares anhelados, sólo escribe para solicitar ayuda paterna, en especial, dinero.

A Hiner Saleem le gusta citar una frase de su abuelo a propósito del pueblo kurdo: “Nuestro pasado es triste, nuestro presente es catastrófico, pero afortunadamente no tenemos porvenir”. De alguna forma, de ello se trata precisamente Vodka-Limón. Y la manera en que el realizador afronta las injusticias de la que es víctima su pueblo, es a través de la comedia, no exenta de situaciones terribles: la manera en que el hijo mayor de Hamo, vende prácticamente a su joven hija en matrimonio con un militar, con quien termina discutiendo agriamente. O la secuencia de la virtuosa pianista, hija de Nina, quien tiene que recurrir a la prostitución. E incluso, la pésima venta paulatina de las pertenencias del protagonista, o la de aquellos viajantes abandonados por el camión sin sus pertenencias. La tesis de Vodka-Limón es la de sobrevivir a través del humor. Un humor ácido y negro, que por supuesto rezume melancolía, compasión y también delirio y realismo mágico que surge de los elementos cotidianos. El mejor ejemplo de ello, se localiza en el arranque y el cierre de la película en un par de escenas que tienen que ver con el desplazamiento. El anciano postrado en cama, arrastrado por una camioneta a través de la nieve, quien es llevado al cementerio para tocar el clarinete en un entierro luego de despojarse de su dentadura postiza y ese final, en donde los maduros protagonistas, él galante y maduro, ella, siempre radiante y atractiva, enfrentan su destino de pobreza con alegría, tocando el piano de ella, la última posesión que le queda. O la escena de la recámara, donde Hamo corre la cortina que da privacidad a su aposento para dar el salto a aquella ligera tormenta nocturna de nieve.
Pocas son las películas que intentan abordar con dignidad el universo de la tercera edad, un tema reducido por lo general a las intervenciones simpáticas de ancianos que deciden recuperar momentáneamente los años perdidos. Personajes marginados, como lo es el propio cine dedicado a ese tópico. En ese sentido, Vodka-Limón, aporta varios elementos de enorme interés, como lo han hecho algunos escasos filmes dedicados a protagonistas y personajes maduros, como es el caso de las cintas japonesas: Vivir y La balada del Narayama de Akira Kurosawa y Shohei Imamura, respectivamente, al igual que Cocoon, Harry y Tonto, Asalto en el ocaso, Atlantic City, Chicas de calendario, Vera Drake, London RIver, o las mexicanas, Por si no te vuelvo a ver y Los años de Greta. Pero sobre todo, una originalidad y un tono entre emotivo, poético y divertido que convierte en una suerte de cuento mágico, la historia de amor y solidaridad que surge en ese paisaje helado y devastado por la penuria, un drama romántico quizá poco emocionante pero muy creíble.

Los grandes temas de la humanidad: amor, confianza, supervivencia, dignidad, compasión, están presentes en éstos sitios ignotos y desconocidos, alejados de la mano de Dios y del progreso. Montañas y caminos cubiertos por la nieve, lugares donde la comunicación se da a gritos y una llamada telefónica pone en movimiento a todo el pueblo, personajes callados que se mueven con lentitud como si se tratase de fantasmas, entre el olvido y la nostalgia, tendajones donde se vende licor barato, como el que da título a la cinta: el tal Vodka-Limon, que lejos de tener un sabor a cítrico, sabe a almendras: “Así es Armenia”, responde Nina a la pregunta del alcohólico hijo de Hamo. Es decir, nada es coherente en Armenia, incluso ese local de bebidas, que atiende Nina y cuyo dueño va a cerrar a pesar de las buenas ventas, o aquellos improvisados puestos donde la gente vende sus últimas pertenencias a precios ridículos. Un país al borde de la catástrofe económica, donde todo puede suceder y donde la mayoría de la población que no ha podido emigrar, o se niega a hacerlo, vive en espera de las dádivas que lleguen de otros países. “Antes aquí no había libertad”, “Sí, pero había todo lo demás”, se comenta en la película.

En Vodka-Limón se prescinde a toda costa el melodrama sentimental y el discurso miserabilista, como se muestra en escenas como la del autobús casi vacío en el que coincide la pareja en su viaje al cementerio, cuyo conductor entona melodías francesas, o las secuencias con aquellos absurdos compradores de mercancías en desuso. Aquí, se funden con eficacia la poesía de ese cine agridulce, realizado en las condiciones más difíciles como la perspectiva misma de sus protagonistas de ficción y el cine documental que describe esas regiones abandonadas, rescatando del olvido a esos seres reales en los que se inspiraron los guionistas del filme, cuyos pueblos se van transformando poco a poco en poblados fantasma, en un relato que deja a su vez espacio a el espectador, para imaginar situaciones y compartir un trozo de existencia de aquellos cálidos personajes que se mueven en gélidos ambientes y quienes se conocen, curiosamente, eliminando la escarcha formada en las tumbas de sus respectivos cónyuges fallecidos, a quienes ambos guardan aún fidelidad. Vodka-Limón es una apreciable y sencilla fábula de una sutileza y un encanto especial.

 

RAFAEL AVIÑA

EL REGRESO (Vozvrashchenie, Rusia, 2003)

El regreso (Vozvrashcheni)Dirección. Andréi Zvyagintsev/ Guión. Vladimir Moiseenko y Alexander Novototsky/ Fotografía en color. Mijail Kritchman / Música. Andrei Dergatchev/ Edición. Vladimir Mogilevsky/ Diseño de Producción. Zhanna Pakhomova/ Con. Vladimir Garin (Andrei), Ivan Dobronrarov (Ivan), Konstantin Lavronenko (el padre), Natalya Vdovina (la madre), Yelizaveta Aleksandrova (camarera), Galina Petrova (abuela)/ Duración. 105 mins.

Sinopsis

El adolescente Andréi y su hermano menor, Iván, viven con su madre y su abuela en un pequeño pueblo costero de la provincia Rusia. Luego de un pleito entre ambos, llegan a su casa para encontrarse con que su padre ausente por doce años, ha vuelto de manera inesperada. Los niños no lo conocen, la única referencia que tienen de él es una gastada fotografía resguardada en un libro de estampas bíblicas. En un esfuerzo por recuperar el tiempo perdido, el padre, decide llevar a sus hijos a acampar al bosque y de pesca a una isla solitaria a la que el hombre necesita ir para desenterrar un misterio. Desde las primeras horas de ese viaje, surgen de inmediato las tendencias hacia la dominación y el abuso. El hijo mayor, Andréi, intenta agradar al padre, mientras que el menor, lo enfrenta cargado de resentimiento, en una travesía dolorosa cuya tensión va en aumento. La trama se desarrolla a lo largo de siete días y a través de un diario de viaje que los hermanos redactan, en el que se hace evidente que las relaciones familiares requieren de tiempo y constancia y que difícilmente un desconocido, extraño y agresivo puede reparar lo que no hizo en doce años.

El regreso es sin lugar a dudas una obra maestra de una austeridad y una tensión que impacta. Se trata de una de las películas de mayor belleza plástica de los últimos años que destaca además por una magistral dirección escénica y y actuaciones notables, que pareciera encerrar en sí mismo lo más profundo de otros importantes cineastas rusos como Andrei Tarkovski (La infancia de Iván, El espejo, Stalker) o Aleksandr Sokúrov (El arca rusa, Madre e hijo, Padre e hijo). Lo más sorprendente, es que se trata de la ópera prima del actor secundario Andréi Zvyagintsev, quien a los treinta y nueve años debuta como realizador mostrando un perfecto dominio del espacio, de las situaciones y de la narrativa cinematográfica. La película obtuvo el León de Oro en el Festival de Venecia en ese año 2003, al igual que el Premio Luigi de Laurentis a la Mejor Ópera Prima en el mismo certamen y el Premio Fassbinder a la Mejor Película Revelación de los Premios del Cine Europeo, los Premios de Mejor Película, Realizador y Actores –para los tres protagonistas- en el Festival de Gijón, España y la nominación al Globo de Oro como mejor Película Extranjera.

Andréi Zvyagintsev, nació en1964 en una ciudad del norte de Novosibirsk y se graduó en la Escuela de Actores de esa misma localidad a los 20 años. Sus primeros pasos fueron los escenarios de los teatros de provincia y a principios de 1990 llega a Moscú con la ambición de convertirse en figura del cine y la televisión que empezaba a crecer en ese entonces. Por supuesto, el camino no fue fácil. Así, entre 1992 y el 2000 intervino como extra en varias series televisivas y películas sin llamar la atención. Su destino cambió cuando un amigo le ofrece un trabajo como director de REN TV, una productora independiente dedicada a la realización de programas policiacos y telenovelas baratonas. Empieza a dirigir numerosos episodios de populares series de televisión como Habitación oscura, con tales habilidades, que casi de inmediato recibe la oferta para dirigir un largometraje de arte de bajísimo presupuesto. El resultado fue precisamente El regreso, centrado en el tema de la ausencia paterna que marca de manera absoluta la personalidad de los hijos.

El éxito del filme le llevaron a la realización de su segunda obra: El destierro (Izgnanie, 2007), estrenada en el Festival Cannes, misma que se alzó con el Premio a la Mejor Actuación para Konstantin Lavronenko, quien hiciera el papel del padre en El regreso, y que se convirtió en el primer actor ruso en ganar este reconocimiento. Finalmente, en 2008 realizó el corto Apocrypha en Estados Unidos, originalmente como integrante de uno de los fragmentos de Nueva York, te amo.

A los temas de la admiración, el rencor y la desconfianza que se da entre los hermanos en relación con su padre, se suma el de los misterios y enigmas del pasado familiar, así como los motivos que mueven a ese hombre callado y distante a llevar a sus hijos a una excursión durante varios días. Así, el vínculo que se estrecha entre un padre autoritario y unos hijos que inician un viaje de maduración, en el que quedan atrás los temores y los juegos de infancia, le sirve al realizador para sumergirse en el drama interior de un padre que entiende la educación al estilo militar, que quiere que sus hijos crezcan muy rápido y sepan sobrevivir ante las adversidades de la naturaleza. Hay escenas terribles como aquella del restaurante en la que Iván se niega a comer, o en la que el padre lo abandona en medio de un camino solitario y lo deja ahí varias horas bajo una impresionante tempestad. Lo mismo sucede con el episodio de los adolescentes vándalos que roban la cartera del padre a Andréi.

Pocas veces, un filme contemplativo con un impecable manejo de la cámara y de la banda sonora, puede trastocarse en un relato tan hipnótico y tenso que evita al máximo el otorgar respiro al espectador, al tiempo que provoca la reflexión constante. Y es que en esta historia de ideas y sensaciones que sobrecogen e intimidan al espectador, queda claro que no hay villanos ni héroes, sólo víctimas de sistemas anquilosados, sean sociedades o relaciones familiares. Así, la expedición del padre y sus hijos a una isla, que resulta en sí misma una metáfora del viaje interior, permite ahondar en bellísimos paisajes marítimos, playas solitarias, bosques y pueblos semi abandonados y cuyos escenarios parecieran matizados de manera constante por la lluvia y bajo filtros de colores azules y grises que predominan en esos sus ambientes cargados de desolación y frialdad como las relaciones mismas entre los hijos con el padre.

Se trata de un relato apenas susurrado, de una sencillez, una austeridad y un minimalismo demoledor, ya que en el fondo es de una complejidad y una profundidad poética. Una historia que en cada escena crea un clímax de enorme tensión y atmósferas de agresividad contenida, en la que se hace evidente que la catarsis final será brutal. Ello, se debe no sólo a un hábil manejo narrativo de los tiempos y el espacio, a la relación entre entorno y los protagonistas de la historia, sino a un gran trabajo en la dirección de actores y al carácter de éstos. Si Konstantin Lavronenko se encuentra excepcional en ese su retrato de dureza paterna, de acoso constante y al mismo tiempo distanciado y sereno. Vladimir Garin como Andrei e Ivan Dobronrarov como el pequeño Iván, alcanzan cuotas extraordinarias. De hecho, resulta palpable la transformación y la madurez que alcanzan a golpes de una brutal cotidianidad. Ejemplo de ello, la escena en la que el padre golpea a Andrei, aquella en la que Iván oculta la navaja de su progenitor y arroja su plato al mar, pero sobre todo en esa escena final en la que finalmente, el hijo menor pronuncia angustiado la palabra “papá”.

En efecto, unido al tema de la ausencia, el realizador ruso construye con gran inspiración un dramático alegato sobre los roles impuestos socialmente para los hombres como sería: la frialdad, la dureza, el arrojo y en cambio, el sentimentalismo, el cariño y la suavidad para las mujeres. De ahí, se desprenden un par de secuencias que resultan fundamentales en la trama: la escena de arranque en la que Iván es tachado de miedoso y timorato por varios adolescentes, entre ellos su hermano, cuando se niega a saltar de una torre a un lago, misma que encuentra una dramática similitud con la secuencia en la que el niño huye de su padre y escala el faro de la isla. Las palabras que Iván le dice a su madre “Es que tú siempre sabrás que no salté, que fui un cobarde” y las que grita a su padre en la isla, se sumergen a su vez en el tema del respeto y la dignidad infantil que el realizador y sus excepcionales e inteligentes guionistas tocan con sutileza maestra.

El regreso resulta una combinación perfecta de tensión, suspenso, reflexión y poesía sobre la infancia y la influencia paterna. El asunto de la amargura, el recelo y el odio hacia esa figura ausente y despótica adquieren al final un intrigante camino hacia el amor paternal y la comprensión de que más que una amenaza se trata de un bienestar, a pesar de la manera en que ese desconocido se atreve a entrar a las vidas de estos niños haciendo valer su autoridad. Asimismo, esa nostalgia e incertidumbre que surge de una fotografía antigua -en la que Iván era tan sólo un bebé y su hermano Andréi un niño de cuatro años, quien más tarde intenta reconocer en la figura de ese hombre que duerme en la cama de su madre, a su padre-, cobra sentido con las crípticas imágenes finales ya sobre créditos, armadas con instantáneas fotográficas de ese viaje aleccionador y de una crudeza emocional y terrible, tal y como ocurre en otra obra maestra sobre la infancia y el abandono: Paisaje en la niebla (1988) del cineasta griego Théo Angelopoulos.

PD. Como dato fatal habría que agregar que un par de semanas después del rodaje el joven actor Vladimir Garin que interpreta al personaje de Andréi, se ahogó en uno de los lagos donde se filmó la película. Es decir, Garin jamás pudo ver su participación cinematográfica. En el guión su personaje originalmente moría. Al final el realizador decidió que su personaje siguiera con vida. Sin embargo la realidad le dio una vuelta de tuerca terrible a tal situación.

RAFAEL AVIÑA