EL LATIDO DEL TAMBOR (Zhan. gu, Hong Kong-Taiwán-Alemania, 2007)

El latido del tamborDirección y Guión. Kenneth Bi/ Fotografía en color. Sam Koa/ Música. Andre Matthias/ Edición. Kenneth Bi e Isabel Meier/ Diseño de Producción. Alex Mok/ Con: Jaycee Chan (Sid), Tony Leung Ka Fai (Kwan), Angelica Lee (Hong Dou), Roy Cheung (Ah Chiu), Josie Ho (Sina), Kenneth Tsang (Stephen Ma)/ Duración. 108 mins.

Sinopsis

El impetuoso y hedonista junior y playboy Sid, hijo de Kwan, importante jefe de la mafia de Hong Kong, es descubierto in fraganti manteniendo relaciones íntimas con la mujer de Stephen Ma, capo rival de otra de las triadas criminales del lugar. Para complicar aún más su situación, insulta al jerarca frente a sus subordinados. El mafioso agraviado exige a su amigo y padre del arrebatado joven y aplicado baterista de rock, cercene las manos de su hijo para pagar su culpa y dar un escarmiento público. Para alejarlo de la amenaza, Kwan decide ocultar a su irresponsable vástago en las montañas de Taiwán, vigilado y protegido por uno de sus hombres de confianza. Ahí, Sid conocerá por azar a un grupo de tamboristas ambulantes y expertos en artes marciales, dedicados a perfeccionar su mente, su cuerpo y su espíritu, combinando percusiones zen y ritmos de tambor. Aprovechando sus dotes de baterista, Sid convence a los maestros de aceptarlo como aprendiz y descubre a través de ésta música y de la férrea disciplina del grupo, el verdadero sentido de su existencia.

“El filme inicia en la ciudad y después se traslada a una austera montaña, por lo que tenía que encontrar la forma de unir ambos mundos. No se trataba de un asunto estético, sino también de encontrar el camino de cómo relatar la historia. Elegí enfocarme en Sid, el protagonista, quien actúa de acuerdo a sus sentimientos” –Kenneth Bi

El latido del tambor, cuyo título original Zhang.gu significa literalmente Guerra.tambores, fue nominada al Gran Premio del Jurado en el Festival Sundance 2008, compitiendo en la categoría dramática de la sección Cine del Mundo y merecedora de los Premios a Mejor Actor de Reparto en el Festival Golden Horse de Taipei y a Mejor Actor Protagónico y Mejor Película en el Wine Country Film Festival de California, Estados Unidos. Se trata del tercer largometraje del cineasta hongkonés Kenneth Bi (Rapsodia del arroz, 2004), graduado en la Facultad de Cine y Teatro de la Universidad Brock de Canadá, quien convivió durante varios meses con músicos zen verdaderos en particular la Compañía del llamado Teatro U, para otorgarle un toque de mayor veracidad a su película.

Pero ello, no sólo es parte del atractivo de un filme que se mueve a medio camino entre el cine de arte y el cine comercial de género, sino que además, el realizador aprovecha la capacidad del joven Jaycee Chan, hijo de la popular estrella de cine y artes marciales, Jackie Chan, quien se ha convertido en uno de los actores noveles más prometedores de su generación, rescata al notable actor Tony Leung Ka Fai, el mismo de El amante y Elección de Johnnie To y apuesta por una hermosa banda sonora de Andre Matthias y una notable fotografía que intenta capturar la conversión espiritual del protagonista. De alguna manera, tanto la historia como su concepto estilístico, buscan reflejar la personalidad contradictoria y energética del rebelde urbano Sid en su proceso de transición.

Por supuesto, la filosofía zen resulta fundamental para plantear el drama interior de maduración personal de un muchacho inestable que deberá elegir entre el universo criminal en el que se mueve su progenitor, mismo que le atrae por lo que tiene de insurrecto y de violento, pero que rechaza a la vez por tratarse de la figura paterna y a su vez, voltear hacia la disciplina y la contemplación de la naturaleza que se desprenden de las actividades de la compañía de tamboristas que habitan en esa suerte de oasis de paz. Sid se cuestionará la posibilidad de apostar por la vida frenética citadina con sus automóviles, vías rápidas, anuncios luminosos y grandes edificios así como el juego de comercialización y estandarización de la música, o el silencio, la paz interior, la convivencia ecológica con el entorno y el placer de tocar un instrumento y componer música por encima de afanes lucrativos.

Incluso esa dicotomía en que se mueve el protagonista se extiende a su vez en la propia impulsiva forma de tocar la batería en la que es llevado por la agresividad y la inestabilidad emocional y por el contrario, aprender a apreciar el silencio para entender los sonidos de la naturaleza y encontrar su propio ritmo y sus propios sonidos a partir de la armonía interior. Es decir. Más allá de los contrastes entre urbe y entorno rural, entre criminalidad nocturna citadina y la claridad del cielo limpio y la espiritualidad de la montaña, el realizador pretende crear una metáfora del alma y la mente convulsa del héroe que busca sin saberlo realmente, trastocar su manera de vida y reencontrar los sonidos que laten en el fondo del corazón. Lo que arranca como un filme convencional gansteril made in Hong Kong, gira de manera opuesta hacia un derrotero espiritual en el que Sid se planteará una cualidad que desconoce: la humildad, misma que le ayudará a darle sentido a su vida inestable y vacía.

En ese sentido, El latido del tambor se mueve entre la contemplación de la naturaleza y los sentimientos turbulentos en la línea de Kim Ki-duk (Las estaciones de la vida, Por amor o por deseo) y el humor negro y la violencia explosiva catapultada por los convulsionados lazos familiares al estilo de Takeshi Kitano (Fuegos artificiales, El capo). El cineasta Kenneth Bi, construye aquí un atractivo y emotivo drama sobre el aprendizaje emocional y el viaje interior de ese atrabancado baterista adolescente, hijo de un explosivo mafioso que en un inicio aparece obsesionado con la joven amante de ese gángster hongkonés amigo de su padre.

De esa forma, las primeras escenas colocan a la cinta en territorio del cine gangsteril chino a lo Johnnie Too (Election y secuela, Exiled). Sid, se ve obligado a ocultarse en la clínica veterinaria de su hermana (la guapa Josie Ho) y a enfrentar ahí la furia de su padre, cuando éste se entera de que su amigo Stephen Ma, a quien le debe la vida, le pide la cabeza o más bien las manos de su hijo, por lo que decide esconder a su vástago en una zona montañosa de Taiwán. Sid experimentará un cambio espiritual y romántico, no obstante es un hecho que tarde o temprano tendrá que regresar a saldar cuentas con la triada mafiosa. El filme funciona tanto como una agresiva y espectacular cinta de acción y violencia gangsteril y a su vez como un eficaz y sincero viaje de maduración interior. Y es que su realizador y guionista otorga una gran fuerza a sus escenas urbanas y altos grados de sensibilidad a las secuencias contemplativas y de educación espiritual a través de la interacción el héroe con la naturaleza y la música que emerge de esos tambores zen.

Asimismo, lo que hace la diferencia entre El latido del tambor y aquellos relatos de misticismo y aprendizaje célebres en los setenta y ochenta como la teleserie Kung Fu con David Carradine y El karate kid (John Avildsen, 1984) con Ralph Macchio y Pat Morita, es la insistencia del realizador Kenneth Bi, en contrastar los dos mundos en los que se debate el joven protagonista. Por un lado, la locura urbana del Hong Kong actual y la austeridad bucólica de los escenarios taiwaneses, que llevan a Sid no sólo a busca el amor y la paz interior, sino a entender a su padre. De hecho, por encima de las alegorías sobre la técnica y el sonido de los tambores milenarios que van marcando la estabilidad emocional de Sid, el filme plantea un drama doméstico no resuelto: el de una familia convulsionada por el abandono de la madre y por la violenta profesión del padre, un hombre que a pesar de su oficio, no pierde su humanidad, como sucede con los personajes del cine de Kitano.

Un giro muy interesante hubiera sido el de sumergirse precisamente en el pasado familiar, un tema que es desaprovechado en aras de la construcción espiritual del protagonista. Incluso para otorgarle más verosimilitud. Quizá por ello, el desarrollo de la trama se torna previsible. No obstante hay imágenes y momentos que por sí solas se encuentran por encima de los altibajos de un filme que incluye la presencia del famoso cellista chino Trey Lee, quien toca un solo de cello y a su vez, algunos momentos humorísticos como ese arduo trabajo que requiere reducir el nivel de testosterona del héroe al que los maestros le imponen la tarea de cargar sin utilidad alguna, varias y pesadas rocas en un saco. A su vez, otras imágenes como aquellas de Sid tocando para su padre desde el exterior de la cárcel donde éste se encuentra recluido, el funeral del propio progenitor, el enfrentamiento entre el villano y el joven transformado, o la extraordinaria secuencia final con el Teatro U ejecutando su espléndido concierto de tambores. Sobrada tal vez de metraje, El latido del tambor resulta un relato atractivo y emocional, en el que el cadencioso sonido de las percusiones termina por conducir al espectador a espacios íntimos de gran aliento poético.

RAFAEL AVIÑA

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