Luna Papa, Austria-Alemania-Rusia-Suiza-Francia-Japón-Uzbekistán-Tajikistán, 1999

Luna Papa

Luna Papa

Dirección. Bakhtiyar Khudojnazarov/ Guión. Bakhtiyar Khudojnazarov e Irakli Kvirikadze/ Fotografía en color. Daniar Abdurakhmanov, Martin Gschlacht, Dusan Joksimovic, Rostislav Pirumov, Rali Raltschev/ Música. Daler Nazarov/ Edición. Evi Romen y Kirk von Heflin/ Dirección de arte. Negmat Jouraiev y Viktor Ushakov/Vestuario. Zebo Nasirova/ Con. Chulpan Khamatova (Mamlakat), Moritz Bleibtreu (Nasreddin), Ato Mukhamedshanov (Safar), Polina Rajkina (Khabidula –la voz del niño-), Merab Ninidze (Alik), Nikolay Fomenko (Yassir), Lola Mirzorakhimova (Zube), Dinmukhamet Akhimov (ginecólogo)/ Duración. 100 mins.

SINOPSIS

Enuna aldea próxima a Samarcanda vive la familia de los Bekmouradova, compuesta por la ingenua y explosiva Mamlakat, una muchacha de 17 años, Safar, su padre viudo y su hermano Nasreddin, que sufre un problema de memoria como consecuencia de la guerra de Afganistán: sólo recuerda 33 palabras y parece tener un retraso mental ya que se cree avión o automóvil. Ese desolado rincón de Asia Central entre Uzbekistán y Tajikistán está plagado de soldados enloquecidos, delincuentes de poca monta y actores de teatro que recorren los pueblos en una avioneta. Como la policía no tiene mucho control, la ley y el orden están representados por un grupo de ex-soldados que recorren la región a bordo de un tanque. Mamlakat sueña con ser actriz y pasa mucho tiempo merodeando por los teatros y escuchando a los actores. Cuando se anuncia una función de Otelo que se celebrará por la noche, Mamlakat se retrasa debido a que su padre, que vende conejos, tiene un percance con los militares y además, se ve en la necesidad de cambiar una rueda de su camioneta. Unos comerciantes en lancha, serán los que trasladen a Mamlakat hasta el teatro, sin embargo llega tarde y la función ha terminado. Esa noche, en la que brilla en los cielos una misteriosa luna llena, es seducida por un hombre que dice ser actor profesional y que desaparece inmediatamente después. Mamlakat no tarda en descubrir que ha quedado embarazada. Intenta abortar acudiendo al ginecólogo, pero éste muere de una manera absurda mientras intenta comprar un refresco. Cuando la joven confiesa su situación en casa, la familia clama venganza para limpiar tal deshonra. A partir de entonces el padre y el hermano, inician la búsqueda del enigmático forastero que ha embarazado a la hija, recorriendo teatro por teatro. En ese trayecto, se topan con un joven médico que trafica con sangre, con una bruja, una vaca que cae del cielo y el rechazo del pueblo entero. Sin embargo, en el cada vez más abultado vientre de Mamlakat, Khabibula el niño por nacer, compartirá con su futura madre, su abuelo y su tío las tribulaciones de tan peculiar viaje. Un insólito itinerario tragicómico, triste y esperpéntico al mismo tiempo.

 

Luna Papa fue nominada al Oscar como mejor Película Extranjera en el año 2000. Obtuvo el Premio Fipresci y una Mención Especial para su Director: Bakhtiyar Khudojnazarov, en el Festival de Cine de Bruselas, Bélgica. Asimismo, ganó el Premio del Público en el Festival de Cine de los Tres Continentes de Nantes en Francia y el Premio a la Mejor Contribución Artística en el Festival de Tokio, Japón.

 

 

Pocas veces una película tiene tantos elementos de interés desde su producción multinacional, como su impresionante trabajo fotográfico, de dirección de arte y musical. A lo que se suma su exótica ubicación geográfica en un pueblo perdido en la provincia de Tajikistán donde el equipo de producción levantó una aldea completa, incluyendo los canales, las calles y la playa y en la que además, el rodaje se veía constantemente interrumpido  debido a las extremas condiciones climatológicas de ese lugar de Asia Central, obligándolos a emplazar por varios meses la filmación. Luna Papa es una de esas rarezas donde todo resulta importante y trascendental: desde la ambientación del lugar, al diseño de personajes, incluyendo al nonato Khabidula. A ello se suma, la impresionante coordinación de extras, de animales y de vehículos que coinciden al mismo tiempo en varias escenas: caballos que cruzan el encuadre, una avioneta en pleno despegue que pasa rozando a motocicletas y otros vehículos. Y al mismo tiempo el vestuario cotidiano y el de los actores de las obras de teatro y las bailarinas. Y sobre todo: los números musicales y la propia instrumentación, inspirada en la música tradicional persa de esa región llamada maqam, así como los instrumentos populares del lugar.

 

En Luna Papa no hay personaje secundario fuera de lugar. Todos tienen su razón de ser: el ginecólogo que fallece en una escena aparentemente sin sentido al encontrarse en medio de una balacera entre dos facciones, o la vendedora de refrescos que viendo a su cliente en los últimos estertores de vida, aún le pregunta por el sabor de su bebida. Lo mismo sucede con ese exitoso actor de teatro que parece obsesionado con el sexo, la amante madura a la que visita unos minutos para hacerle el amor en ausencia del marido, el líder de los mercenarios que viajan en un tanque, o el propio piloto de la avioneta que conduce el hábil Mikhail Avdeyev, o los violentos jugadores de cartas que arrojan desde un tren en marcha al médico de una apócrifa Cruz Roja que es salvado de morir por la atractiva y atrabancada Mamlakat, quien a su vez es rescatada del suicidio por el mismo Doctor, quien decide casarse con ella y convertirse en el padre del hijo que espera: un niño concebido de una manera casi fantástica a lo largo de una pendiente de tierra y hierba donde el actor forastero le hace el amor y la embaraza esa misma noche de luna llena.

 

La película abre con una pequeña dedicatoria: “A nuestras madres”. La cámara avanza desde los cielos siguiendo las llanuras, las aldeas y el Mar Caspio de esa zona de Tajikistán o Tayikistán de donde es oriundo el realizador tayiko Bakhtyar Khudojnazarov y que aquí aparece como el ficticio pueblo de Far-Khor, una suerte de aldea en construcción permanente. Esa cámara, de hecho, se convierte en uno de los personajes centrales: Khabidula, el niño por nacer que parece llegar del cielo para presentarnos a la incauta, idealista y entusiasta jovencita Mamlakat que se convertirá en su madre. Si El ocaso de una vida/Sunset Boulevard(Billy Wilder, 1950) está narrada por un muerto y tanto las historias de Atrapado por su pasado/ Carlito’s Way (Brian De Palma, 1993) como Drugstore Cowboys (Gus Van Sant, 1989) son relatadas por hombres a punto de fallecer, en Luna Papa, el cineasta soviético propone contar la trama de su historia por la voz de un narrador omnipresente que aún no nace pero que se comunica con el espectador desde el vientre de su madre, incluso antes de ser concebido. Lo curioso, es que además de ese nonato, de su madre, la estupenda actriz Chulpan Khamatova, posteriormente, la enfermera y novia del protagonista Daniel Brühl en Adiós Lenin (Wolfgang Becker, 2003) y protagonista de la delirante fábula Tuvalu (Veit Helmer, 1999). Del estupendo Ato Mukhamedshanov en su última cinta como el explosivo, violento y al mismo tiempo, tierno padre (véase la escena del vestido que le compra a su hija, o el momento en que abraza a sus dos vástagos) y del espléndido actor alemán Moritz Bleibtreu, co protagonista de Corre, Lola corre (Tom Tykwer, 1998) y estrella de la fascinante cinta El experimento (Oliver Hirschbiegel, 2001), el hermano con aparente retraso, obsesionado con volar y que recorre las polvorientas calles sin pavimentar de la aldea arrojando bombas como si fuera un avión bombardero o cruzando las calles como si de un automóvil humano se tratase, sin duda, el otro gran protagonista de Luna Papa es la impresionante y rítmica banda sonora que parece llenar todos los espacios y al mismo tiempo ser omnipresente, compuesta por el talentoso músico pop-folk, cantante y actor, originario también de Tajikistán, Daler Nazarov, quien se vale prácticamente de la guitarra y la cítara para crear brillantes y cadenciosas armonías que consiguen hacer aún más agradable este extraño y fascinante relato tan mágico y exotista como realista.

 

Se trata sin duda de la mejor película de Bakhtiyar Khudojnazarov (1965) nacido en Dushanbe, Tajikistán, quien se inició desde muy joven como reportero televisivo y de la radio en Moscú. A la edad de 20 años, asistió en la dirección a Konstantin Arazaliev en una serie de televisión sobre Asia Central, para ingresar a mediados de los años ochenta a la Escuela de Cine de Alk en Moscú. Luego de algunos cortos, debutó en 1991 con: Bratan, premiada en Turín y Ojo por ojo/ Kosh ba kosh, donde se llevó el León de Oro en el Festival de Cine de Venecia en 1993. Luego de Luna Papa en 1999, dirigió en 2003, otra estupenda cinta: El traje, centrada en tres jóvenes de 18 años, habitantes de una aldea rusa junto al Mar Negro, quienes buscan huir de las pobres perspectivas y la realidad cotidiana y ese escape llega cuando descubren en una gran ciudad costera, el aparador de una tienda donde exhiben un elegante traje. A ésta le seguiría Tanker “Tango” (2006) y Esperando por el mar (2012), sobre un marinero que vaga por el desierto con una barcaza con la que ha naufragado.

Su filme Luna Papa, recuerda los recorridos mágico-poético-folclórico-realistas del yugoslavo Emir Kusturica (Tiempo de gitanos, Underground, Gato negro, gato blanco) y su herencia gitana. Soldados que pelean en una guerra absurda, una compañía shakespereana que recorre la región en avión, enfermeros que trafican con sangre y más, en medio del viaje de una adolescente embarazada, ambientada en Tajikistán, una de las muchas naciones independientes de la ex República Soviética. Ello, en un tono de farsa permanente en ocasiones violenta, con algunos momentos tragicómicos, como reflejo del caos y desorden interno de Rusia años después de la caída del Muro de Berlín y la disolución de la Unión Soviética. El deterioro social como metáfora de un relato con toques surrealistas y de realismo mágico que la conecta con aquella espléndida cinta armenia-rusa-francesa de Hiner Saleem: Vodka Limón (2003), ambientada en una aldea kurda del Cáucaso. Aquí como en Luna Papa, se aplica una máxima del realizador kurdo Hiner Saleem: “Nuestro pasado es triste, nuestro presente es catastrófico, pero afortunadamente no tenemos porvenir”.

Se trata de un enigmático, enternecedor, divertido e inesperado relato de humor extraño y surrealista (el toro que cae del cielo y mata a dos de los personajes principales), que ofrece además unos increíbles paisajes de Tajikistán y un viaje por su cultura islámica, que incluye el rechazo de la sociedad conservadora del pueblo hacia la protagonista, instalado más en la ley musulmana que en la fallida modernidad ex-comunista. Una nación sin rumbo con ausencia total de autoridad, donde reina el dinero cada vez más escaso y las tradiciones se niegan a fallecer, y en la que predomina el humor, la violencia o el ingenio para estafar (por ejemplo: la falsa ambulancia que paga cinco dólares por transfusión de sangre pero que “se pagan por correo”). Y es que no hay duda, que a partir de la caída de las Repúblicas ex-Soviéticas las naciones que las componían se sumergieron en todo tipo de situaciones delirantes al derrumbarse sus sistemas ideológicos avanzando hacia el caos y el capitalismo salvaje. Luna Papa es un fascinante y vigoroso relato sobre el amor de los padres por los hijos, acerca de la libertad y los sueños, que se mueve entre la triste realidad y la fantasía más bella y escapista como lo muestra ese arrebatado y hermoso final con ese techo impulsado por ventiladores donde la inocencia de la joven Mamlakat y de su hijo por nacer, triunfan sobre la locura, la violencia y el Mal.

RAFAEL AVIÑA

Noviembre 2012

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OBSERVADOR OCULTO (Caché, Francia-Austria-Alemania-Italia, 2005)

Dirección y Guión. Michael Haneke/ Fotografía en color. Christian Berger/ Edición. Michael Hudecek y Nadine Muse/ Diseño de producción. Emmanuel De Chauvigny y Christoph Kanter/ Con. Daniel Auteuil (Georges), Juliette Binoche (Anne), Maurice Bénichou (Majid), Annie Girardot (Madre de Georges), Lester Makedonsky (Pierrot), Bernard Le Coq (Editor), Walid Afkir (Hijo de Majid), Daniel Duval (Pierre), Nathalie Richard (Mathilde), Denis Podalydès (Yvon), Aissa Maiga (Chantal)/ Duración. 112 mins.

Sinopsis

Georges Laurent, exitoso periodista cultural, burgués y acomodado, que conduce un programa de crítica literaria por televisión, vive a las afueras de París, con su esposa Anne, editora y traductora y Pierrot, un hijo adolescente que estudia la secundaria y toma clases de natación. Su tranquilidad y vida apacible se interrumpen drásticamente, cuando Georges comienza a recibir una serie de extraños vídeos de más de dos horas de duración, filmados clandestinamente afuera de su casa, acompañados a su vez, de inquietantes dibujos de tono infantil con elementos de sangre y violencia. De la indiferencia y la sorpresa, el matrimonio pasa a la angustia y la paranoia, ya que el contenido de los videos y el tono de las ilustraciones se vuelven cada vez más personales y agresivos, e incluso, éstos empiezan a llegar también a su centro de trabajo y a la escuela del hijo. La policía no puede hacer nada hasta que no haya un hecho delictivo que perseguir. ¿Se trata de una broma o de una venganza? Es entonces que Georges recuerda algunos hechos vergonzosos de su infancia que permanecían dormidos y encuentra un posible sospechoso. Al mismo tiempo, su hijo Pierrot desaparece por varias horas y ello lleva la situación a un extremo de demencia y angustia, ya que está convencido que tanto él, como su familia se encuentran amenazados. Traiciones y miedos ocultos se dirimen a plena luz y una mala conciencia del pasado lleva la situación a un punto trágico.

El filme Observador oculto estuvo nominado a la Palma de Oro en Cannes y obtuvo el Premio a la Mejor Dirección y el de la Fipresci en dicho festival. Asimismo, se llevó los cinco principales galardones del Cine Europeo: Película, Director, Actor, Edición y Premio de la Crítica.

Afirma Haneke, radiólogo exquisito de la podredumbre humana, que su intención a través de su discurso cinematográfico, es el de ampliar ese problemático margen para el espectador en el que resulta tan importa aquello que se narra y se ve en pantalla, como lo que no se cuenta y se aprecia a cuadro. Elementos que se han trastocado en el estilo del creador de obras como: 71 fragmentos al azar (1994), Funny Games/ Juegos divertidos (1997) o La cinta blanca (2009), que exigen una respuesta activa del espectador. El suspenso y el misterio se crean a partir de la falta de información, de tal forma que al mirar un filme de Haneke, difícilmente se puede asumir un rol pasivo. En su cine no hay situaciones masticadas y menos aú n, manuales de instrucciones.

“Todos mantenemos secretos que no queremos compartir” -Michael Haneke

El ayer es un bumerang. Fiel a sus obsesiones, el cineasta austriaco presenta un perturbador y desconcertante drama sobre la culpa y el pasado envuelto bajo la capa de un thriller de suspenso sicológico y moral que narra el descenso a los infiernos de una familia en apariencia común y corriente, a partir de una película que se conecta de inmediato con su anterior y desasosegante cinta, El tiempo del lobo (2003), una cruda fábula apocalíptica sobre una familia sin problemas económicos, inmersa en una inexplicable escalada de violencia. Aquí, los protagonistas sufren un paulatino acoso sicológico que invade su privacidad. En ese sentido, el filme requiere espectadores atentos, forzados a entender los sucesos a través de pistas en apariencia triviales que conducen a un final anticlimático que genera más dudas y desconcierto.

Si El video de Benny (1992) era una de las obras más insólitas y crudas sobre la psicopatía y la cultura de la brutalidad, no fue sino hasta la aparición de Funny games/Juegos divertidos (1997) que Haneke consiguió llamar la atención con esa obra anómala, cuya constante obsesión era justamente la crítica de la violencia en urbes utilitaristas y “confortables” en apariencia. Más allá de especular con la violencia como fenómeno-espectáculo, Haneke intenta distanciarse de manera radical consiguiendo relatos de un realismo en verdad aterrador rodeados de un entorno sociópata: una sociedad protegida por una cultura del hedonismo y el consumo.

Si Juegos divertidos arrancaba en una apacible zona residencial a las orillas de un bellísimo lago donde habitan familias acomodadas aisladas del mundo, en La pianista (2001), por ejemplo, el escenario es la capital europea de la alta cultura como es Viena, sus salones de concierto y en paralelo, sus pequeños locales de sexo donde se consume pornografía dura y se alimenta las fantasías con objetos de sadomasoquismo para mentes exigentes y/o enfermas como Erika Kohut (Isabelle Huppert extraordinaria), una exigente y severa profesora de piano, cuya pasión por el piano y erudita frialdad sintetizan esa dualidad que le llevan a extraer su lado más oscuro y vulnerable al mismo tiempo.

Sin duda, el cine de este singular cineasta provoca escozor y una sensación de malestar, lo curioso es que sus imágenes frías, distantes en ocasiones y en otras intrigantemente cercanas, no se adhieren a conceptos de visceralidad, sino a planteamientos teórico-cerebrales y se vale para ello de un alejamiento casi brechtiano incluso fársico-sádico, con el que consigue en ocasiones un terrible tono de humor negro. Aquí se retrata de nuevo el tema del horror invisible y el frágil desequilibrio que provoca la inseguridad y la culpa. La amenaza que se oculta en las sombras y en las que cualquiera puede convertirse en un sospechoso, en este caso de la destrucción moral y mental del protagonista encarnado por ese estupendo actor que es Daniel Auteuil (La reina Margot, Un corazón en invierno, Sade) y la no menos notable Juliette Binoche (Tres colores. Azul, El paciente inglés, Copia fiel).

Los primeros minutos de Observador oculto, remiten de inmediato a aquellos fascinantes juegos de suspenso visual con elementos que incluyen videos e imágenes grabadas al estilo de los eficaces divertimentos del estadunidense Brian De Palma considerado el heredero de Hitchcock (Greetings, Home movies, Estallido, Doble de cuerpo), e incluso, a algunas de las inquietantes escenas de Carretera perdida (1996) de David Lynch –la pareja videograbada mientras duerme, en el interior de su domicilio, por ejemplo-. Sin embargo, conforme avanza la historia nos damos cuenta que se trata de un juego sádico y desconcertante que involucra al espectador de una manera más profunda y agresiva, al tiempo que retrata las miserias sociales y los lados oscuros y ocultos del individuo, o la violencia latente y contenida del ser humano. Ejemplo de ello, el absurdo enfrentamiento con el joven negro que circula en sentido contrario en su bicicleta, o la manera en que Georges increpa a Majid convertido en un adulto frustrado, aquel niño mayor que él de origen argelino que estuvo a punto de convertirse en su hermanastro, luego del asesinato de sus padres, trabajadores en la finca de la familia Laurent cuando Georges era un pequeño temeroso que no deseaba compartir sus posesiones con nadie.

De hecho, los sucesos que se relacionan con la situación política y las culpas históricas de la nación francesa en relación a la represión antiárabe hacia 1961 y el Frente de Liberación nacional argelino, a los que se hace referencia en el filme y que costaron la vida de los padres de Majid, pasan a un segundo plano. El tema central es la culpa y la paranoia. Ese horror dormido en la conciencia del protagonista que se materializa varias décadas después y que se traduce en angustia y desconfianza. ¿Quién es el enemigo? ¿El niño torturado por los recuerdos, que terminó en un hospicio infantil sin tener derecho a educación y confort? ¿El hijo adolescente de éste, que ha crecido con rencor y frustración hacia la familia que echó a perder el bienestar futuro de su padre y de él mismo? ¿La esposa, que en apariencia mantiene una relación oculta con un amigo de la familia? ¿Pierrot, el hijo distante y solitario que carga con sus desilusiones y suposiciones equivocadas quizá y que parece odiar a sus padres mientras lidia con la crisis de la adolescencia? ¿O es que hay alguien más dispuesto a aterrorizar a los Laurent y al propio espectador? ¿Tal vez el propio cineasta Michael Haneke que manipula las situaciones y la trama?

Para ello, resulta fundamental no sólo la manera en que se plantea la historia, sino la impecable técnica que caracteriza el cine de Haneke. Sus intrigantes planos-secuencia, o esa cámara fija que observa y analiza, abandonando todo tipo de trampas y efectismos de un montaje de acción vertiginosa. Por el contrario, ese impass y sus silencios, o la ausencia de música, ayudan a crear un suspenso mayúsculo. Ahí, dónde no sucede nada en apariencia, ocurren en realidad muchas cosas. Las miradas, las reacciones, los diálogos triviales, aportan mucho más, que las explicaciones políticas o sociales.

No faltan por supuesto aquellos momentos de gran intensidad violenta y brutal, que rompe la tensión creada, típicos del cine de Haneke, sin embargo aquí resultan breves y contundentes. Al final, el cineasta regresa continúa distanciándose del espectador para convertirse en otro observador oculto, tal y como lo muestra la última secuencia, misma que en el encuadre y a lo lejos, justo en el área izquierda, revela una situación insospechada. Una posible y pavorosa complicidad entre el hijo frustrado del aquel argelino olvidado que habita en una zona de condominios populares y el vástago de ese matrimonio bien avenido que disfruta de las comodidades de su clase y posición. Aunque, también, pareciera que esa misma escena está siendo videograbada clandestinamente a la distancia por alguien más.

Observador oculto es una obra que no da tregua ni respiro, un relato sobre la inseguridad y el temor a ser juzgado, que no siempre encuentra espectadores capaces de tolerar y seguir ese juego sádico que el realizador propone.

RAFAEL AVIÑA

Juegos Divertidos (Funny Games, Austria, 1997)

Funny GamesDirección y Guión. Michael Haneke/ Fotografía en color. Jürgen Jürges/ Música: Händel, Mozart, Mascagni, John Zorn/ Edición: Andreas Prochaska/ Con: Susanne Lothar (Anna), Ulrich Mühe (Georg), Arno Frisch (Paul), Frank Giering (Peter), Stefan Clapzynski (Schorschi) / Duración. 108 mins.

Sinopsis.

Han iniciado las vacaciones de verano. Anna, Georg y su pequeño hijo de 10 años, Schorschi, se enfilan rumbo a su hermosa casa de campo en una zona privilegiada a la orilla de un lago. Al llegar, saludan a la distancia a sus vecinos Fred y Eva, a quienes notan extraños y acompañados de dos jóvenes desconocidos ataviados con ropa de golfistas. Más tarde, mientras padre e hijo intentan colocar los aparejos de su velero, Anna prepara la cena y de repente, aparece Peter, un joven muy educado aparentemente huésped de sus vecinos, quien viene a pedirles unos huevos prestados. Ella se los entrega pero poco a poco empieza a percatarse de que algo no está bien, justo cuando llega Paul, amigo del primero y es entonces cuando queda claro que el horror no saldrá jamás de ahí. Después de romperle una pierna al marido, los jóvenes inician una serie de “juegos divertidos” con la familia, cuya apuesta final será que todos habrán fallecido antes de las 9 de la mañana del día siguiente.

Motivado quizá por lo difícil que resulta exhibir a gran escala un filme extranjero en los Estados Unidos, o tal vez por el hecho de que su escalofriante y enfermiza película pasara inadvertida en su momento en aquel país, el filósofo y cineasta alemán afincado en Austria, Michael Haneke, realizó en Hollywood un remake que copia paso a paso su perturbadora cinta Juegos divertidos (1997). Si El video de Benny (1992), era una de las obras más insólitas y crudas sobre la psicopatía y la cultura de la brutalidad y 71 fragmentos de una cronología al azar (1994), daba continuación a esa misma exploración de la ira en las sociedades modernas, la desintegración de la familia y el punto de vista del espectador respecto a la violencia en los medios de comunicación, no fue sino hasta la aparición de Funny Games que Haneke consiguió llamar la atención con una obra anómala, cuya constante obsesión es justamente la crítica de la violencia en urbes utilitaristas y “confortables” en apariencia.

En efecto, además de especular con la violencia irracional como fenómeno-espectáculo, como pretendió hacerlo Oliver Stone en Asesinos por naturaleza (1994), Haneke intenta distanciarse de manera radical consiguiendo fábulas morales y contemporáneas de un realismo aterrador y espeluznante en ocasiones, rodeados por lo general de un entorno sociópata en medio de una sociedad protegida por una cultura del hedonismo y el consumo. Así, tanto la original, como la nueva versión: Funny Games U.S./ Juegos divertidos (EU-Gran Bretaña-Francia-Alemania-Italia, 2007), inicia en una apacible zona residencial a las orillas de un bellísimo lago donde habitan familias acomodadas aisladas del mundo, ajenas no sólo a los problemas económicos, sino a la “maldad” del mundo “exterior” -como sucede en el filme mexicano La zona (Rodrigo Plá, 2007)-, más preocupadas por ejemplo, por la gran cantidad de filetes que tendrán que consumirse debido a un imprevisto descongelamiento del refrigerador.

En ese ambiente idílico y a su vez clínicamente enfermizo, aparecen de improviso dos jóvenes refinados que saben de golf, visten a la moda y aplican su buen acento francés o italiano para humillar, torturar física y sicológicamente y finalmente masacrar familias simplemente por placer. Funny Games se encuentra en las antípodas de un cine hollywoodense que ha hecho de la violencia una suerte de circo sanguinolento para documentar entre la diversión y el morbo el consumo cotidiano de la nota roja. En efecto, se trata de una de las grandes obras maestras del cine de la paranoia y del asesinato en serie fuera de Hollywood. Un relato que no es tanto una obra sobre la violencia y la sicopatía de fin de siglo, sino una suerte de juego fílmico interactivo que intenta involucrar al espectador en una espiral de violencia inexplicable que hace cómplice y víctima. Nunca antes, una película había conseguido de tal manera sacudir al espectador, humillarlo como a sus personajes y alertarlo sobre la irracionalidad de la brutalidad y el pensamiento materialista.

Inútil resulta comparar a Haneke con Stanley Kubrick de Naranja mecánica (1971) o Wes Craven responsable de Scream (1996). Su filme se aproxima sobre todo a Swoon (1992) de Tom Kalin y a Compulsión (1959) de Richard Flesicher, inspiradas ambas en el caso de los jóvenes asesinos de buena familia Nathan Leopold y Richard Loeb, no sólo por las incidencias argumentales, sino por la apuesta fría y distanciada de la violencia. En efecto, los jóvenes de Juegos divertidos coinciden con la pareja gay de Swoon y Compulsión, no sólo por su refinamiento y su doble juego de dominación -además de un homosexualismo latente que permea en el relato-. Se trata de criminales que matan simplemente por diversión. De hecho, los asesinos de Haneke no son drogadictos, ni parias sociales ni desposeídos; no roban por dinero, saquean emociones y principalmente el dolor y la paranoia que sus víctimas desconocen.

Como sucede en la cinta independiente Henry, retrato de un asesino en serie (John McNaughton, 1990), no existe salida ni protección alguna y para más, la policía brilla por su ausencia. De hecho, Juegos divertidos evita las torturas y los asesinatos a cámara, sin embargo el sonido y lo que sucede en el encuadre fuera de la acción principal resulta aún más brutal y angustiante. Una de las imágenes más terribles es aquella que muestra un televisor encendido cuya pantalla se baña con la sangre de una de las víctimas. En efecto, Haneke apuesta por esa insoportable brutalidad que se suscita fuera de cuadro, misma que resulta más terrible que las carnicerías de filmes de reciente factura como: Hostal y secuela (Eli Roth, 2005 y 2007), Maligno (Gregory Dark, 2006), La casa de los mil cuerpos y secuela (Rob Zombie, 2004 y 2006), o La frontera del miedo (Xavier Gens, 2007).

Al cineasta alemán le interesa más el llanto y la impotencia de las víctimas que mostrar sus heridas, al igual que la fría banalidad de los victimarios por encima de sus acciones violentas. Ejemplo de ello: la secuencia en la que Paul, quien asume el papel de líder, se prepara tranquilamente unos emparedados, mientras que el nervioso Peter sacrifica a uno de los Farber. Tampoco resulta casual el hecho de que los asesinos vistan de un blanco impoluto –como los criminales de Naranja mecánica (1971), aunque el discurso de la película de Kubrick vaya en otro sentido- y que nunca se deshagan de sus impecables guantes blancos: una asepsia que se extiende a las fundas de la almohada con la que los victimarios juegan a asfixiar al hijo de los Farber.

No obstante, lo más atractivo y a su vez, lo más espeluznante de un filme fuera de serie como Juegos divertidos son sus deliberados rompimientos emocionales. Uno de los asesinos interroga o apuesta con el público sobre el desarrollo que tomarán los hechos: y en una escena insólita, el mismo asesino toma el control remoto del televisor para regresar el tiempo y proponer un cauce diferente a su propia conveniencia para demostrar a fin de cuentas que ellos tienen el control en ésta inquietante y provocativa mezcla de realidad y ficción.

Haneke es a su vez responsable de otros relatos perturbadores como: Código desconocido (2000), El tiempo del lobo (2003), Caché (2005),             La pianista (2001) y más recientemente La cinta blanca (2009), una radiología de los orígenes del nacional socialismo alemán y de la podredumbre humana, ambientada en los años previos a la Primera Guerra Mundial, nominada al Oscar a la Mejor Película de habla no inglesa y con la que el realizador obtuvo la Palma de Oro en Cannes, misma por la que fuera nominado por Funny Games. Sin duda, el cine de este singular cineasta provoca escozor y una sensación de malestar, lo curioso es que sus imágenes frías, distantes en ocasiones y en otras intrigantemente cercanas, no se adhieren a conceptos de visceralidad, sino a planteamientos teórico-cerebrales y se vale para ello de un alejamiento casi brechtiano, incluso fársico-sádico, con el que consigue un terrible tono de humor negro, violento y reflexivo.