Luna Papa, Austria-Alemania-Rusia-Suiza-Francia-Japón-Uzbekistán-Tajikistán, 1999

Luna Papa

Luna Papa

Dirección. Bakhtiyar Khudojnazarov/ Guión. Bakhtiyar Khudojnazarov e Irakli Kvirikadze/ Fotografía en color. Daniar Abdurakhmanov, Martin Gschlacht, Dusan Joksimovic, Rostislav Pirumov, Rali Raltschev/ Música. Daler Nazarov/ Edición. Evi Romen y Kirk von Heflin/ Dirección de arte. Negmat Jouraiev y Viktor Ushakov/Vestuario. Zebo Nasirova/ Con. Chulpan Khamatova (Mamlakat), Moritz Bleibtreu (Nasreddin), Ato Mukhamedshanov (Safar), Polina Rajkina (Khabidula –la voz del niño-), Merab Ninidze (Alik), Nikolay Fomenko (Yassir), Lola Mirzorakhimova (Zube), Dinmukhamet Akhimov (ginecólogo)/ Duración. 100 mins.

SINOPSIS

Enuna aldea próxima a Samarcanda vive la familia de los Bekmouradova, compuesta por la ingenua y explosiva Mamlakat, una muchacha de 17 años, Safar, su padre viudo y su hermano Nasreddin, que sufre un problema de memoria como consecuencia de la guerra de Afganistán: sólo recuerda 33 palabras y parece tener un retraso mental ya que se cree avión o automóvil. Ese desolado rincón de Asia Central entre Uzbekistán y Tajikistán está plagado de soldados enloquecidos, delincuentes de poca monta y actores de teatro que recorren los pueblos en una avioneta. Como la policía no tiene mucho control, la ley y el orden están representados por un grupo de ex-soldados que recorren la región a bordo de un tanque. Mamlakat sueña con ser actriz y pasa mucho tiempo merodeando por los teatros y escuchando a los actores. Cuando se anuncia una función de Otelo que se celebrará por la noche, Mamlakat se retrasa debido a que su padre, que vende conejos, tiene un percance con los militares y además, se ve en la necesidad de cambiar una rueda de su camioneta. Unos comerciantes en lancha, serán los que trasladen a Mamlakat hasta el teatro, sin embargo llega tarde y la función ha terminado. Esa noche, en la que brilla en los cielos una misteriosa luna llena, es seducida por un hombre que dice ser actor profesional y que desaparece inmediatamente después. Mamlakat no tarda en descubrir que ha quedado embarazada. Intenta abortar acudiendo al ginecólogo, pero éste muere de una manera absurda mientras intenta comprar un refresco. Cuando la joven confiesa su situación en casa, la familia clama venganza para limpiar tal deshonra. A partir de entonces el padre y el hermano, inician la búsqueda del enigmático forastero que ha embarazado a la hija, recorriendo teatro por teatro. En ese trayecto, se topan con un joven médico que trafica con sangre, con una bruja, una vaca que cae del cielo y el rechazo del pueblo entero. Sin embargo, en el cada vez más abultado vientre de Mamlakat, Khabibula el niño por nacer, compartirá con su futura madre, su abuelo y su tío las tribulaciones de tan peculiar viaje. Un insólito itinerario tragicómico, triste y esperpéntico al mismo tiempo.

 

Luna Papa fue nominada al Oscar como mejor Película Extranjera en el año 2000. Obtuvo el Premio Fipresci y una Mención Especial para su Director: Bakhtiyar Khudojnazarov, en el Festival de Cine de Bruselas, Bélgica. Asimismo, ganó el Premio del Público en el Festival de Cine de los Tres Continentes de Nantes en Francia y el Premio a la Mejor Contribución Artística en el Festival de Tokio, Japón.

 

 

Pocas veces una película tiene tantos elementos de interés desde su producción multinacional, como su impresionante trabajo fotográfico, de dirección de arte y musical. A lo que se suma su exótica ubicación geográfica en un pueblo perdido en la provincia de Tajikistán donde el equipo de producción levantó una aldea completa, incluyendo los canales, las calles y la playa y en la que además, el rodaje se veía constantemente interrumpido  debido a las extremas condiciones climatológicas de ese lugar de Asia Central, obligándolos a emplazar por varios meses la filmación. Luna Papa es una de esas rarezas donde todo resulta importante y trascendental: desde la ambientación del lugar, al diseño de personajes, incluyendo al nonato Khabidula. A ello se suma, la impresionante coordinación de extras, de animales y de vehículos que coinciden al mismo tiempo en varias escenas: caballos que cruzan el encuadre, una avioneta en pleno despegue que pasa rozando a motocicletas y otros vehículos. Y al mismo tiempo el vestuario cotidiano y el de los actores de las obras de teatro y las bailarinas. Y sobre todo: los números musicales y la propia instrumentación, inspirada en la música tradicional persa de esa región llamada maqam, así como los instrumentos populares del lugar.

 

En Luna Papa no hay personaje secundario fuera de lugar. Todos tienen su razón de ser: el ginecólogo que fallece en una escena aparentemente sin sentido al encontrarse en medio de una balacera entre dos facciones, o la vendedora de refrescos que viendo a su cliente en los últimos estertores de vida, aún le pregunta por el sabor de su bebida. Lo mismo sucede con ese exitoso actor de teatro que parece obsesionado con el sexo, la amante madura a la que visita unos minutos para hacerle el amor en ausencia del marido, el líder de los mercenarios que viajan en un tanque, o el propio piloto de la avioneta que conduce el hábil Mikhail Avdeyev, o los violentos jugadores de cartas que arrojan desde un tren en marcha al médico de una apócrifa Cruz Roja que es salvado de morir por la atractiva y atrabancada Mamlakat, quien a su vez es rescatada del suicidio por el mismo Doctor, quien decide casarse con ella y convertirse en el padre del hijo que espera: un niño concebido de una manera casi fantástica a lo largo de una pendiente de tierra y hierba donde el actor forastero le hace el amor y la embaraza esa misma noche de luna llena.

 

La película abre con una pequeña dedicatoria: “A nuestras madres”. La cámara avanza desde los cielos siguiendo las llanuras, las aldeas y el Mar Caspio de esa zona de Tajikistán o Tayikistán de donde es oriundo el realizador tayiko Bakhtyar Khudojnazarov y que aquí aparece como el ficticio pueblo de Far-Khor, una suerte de aldea en construcción permanente. Esa cámara, de hecho, se convierte en uno de los personajes centrales: Khabidula, el niño por nacer que parece llegar del cielo para presentarnos a la incauta, idealista y entusiasta jovencita Mamlakat que se convertirá en su madre. Si El ocaso de una vida/Sunset Boulevard(Billy Wilder, 1950) está narrada por un muerto y tanto las historias de Atrapado por su pasado/ Carlito’s Way (Brian De Palma, 1993) como Drugstore Cowboys (Gus Van Sant, 1989) son relatadas por hombres a punto de fallecer, en Luna Papa, el cineasta soviético propone contar la trama de su historia por la voz de un narrador omnipresente que aún no nace pero que se comunica con el espectador desde el vientre de su madre, incluso antes de ser concebido. Lo curioso, es que además de ese nonato, de su madre, la estupenda actriz Chulpan Khamatova, posteriormente, la enfermera y novia del protagonista Daniel Brühl en Adiós Lenin (Wolfgang Becker, 2003) y protagonista de la delirante fábula Tuvalu (Veit Helmer, 1999). Del estupendo Ato Mukhamedshanov en su última cinta como el explosivo, violento y al mismo tiempo, tierno padre (véase la escena del vestido que le compra a su hija, o el momento en que abraza a sus dos vástagos) y del espléndido actor alemán Moritz Bleibtreu, co protagonista de Corre, Lola corre (Tom Tykwer, 1998) y estrella de la fascinante cinta El experimento (Oliver Hirschbiegel, 2001), el hermano con aparente retraso, obsesionado con volar y que recorre las polvorientas calles sin pavimentar de la aldea arrojando bombas como si fuera un avión bombardero o cruzando las calles como si de un automóvil humano se tratase, sin duda, el otro gran protagonista de Luna Papa es la impresionante y rítmica banda sonora que parece llenar todos los espacios y al mismo tiempo ser omnipresente, compuesta por el talentoso músico pop-folk, cantante y actor, originario también de Tajikistán, Daler Nazarov, quien se vale prácticamente de la guitarra y la cítara para crear brillantes y cadenciosas armonías que consiguen hacer aún más agradable este extraño y fascinante relato tan mágico y exotista como realista.

 

Se trata sin duda de la mejor película de Bakhtiyar Khudojnazarov (1965) nacido en Dushanbe, Tajikistán, quien se inició desde muy joven como reportero televisivo y de la radio en Moscú. A la edad de 20 años, asistió en la dirección a Konstantin Arazaliev en una serie de televisión sobre Asia Central, para ingresar a mediados de los años ochenta a la Escuela de Cine de Alk en Moscú. Luego de algunos cortos, debutó en 1991 con: Bratan, premiada en Turín y Ojo por ojo/ Kosh ba kosh, donde se llevó el León de Oro en el Festival de Cine de Venecia en 1993. Luego de Luna Papa en 1999, dirigió en 2003, otra estupenda cinta: El traje, centrada en tres jóvenes de 18 años, habitantes de una aldea rusa junto al Mar Negro, quienes buscan huir de las pobres perspectivas y la realidad cotidiana y ese escape llega cuando descubren en una gran ciudad costera, el aparador de una tienda donde exhiben un elegante traje. A ésta le seguiría Tanker “Tango” (2006) y Esperando por el mar (2012), sobre un marinero que vaga por el desierto con una barcaza con la que ha naufragado.

Su filme Luna Papa, recuerda los recorridos mágico-poético-folclórico-realistas del yugoslavo Emir Kusturica (Tiempo de gitanos, Underground, Gato negro, gato blanco) y su herencia gitana. Soldados que pelean en una guerra absurda, una compañía shakespereana que recorre la región en avión, enfermeros que trafican con sangre y más, en medio del viaje de una adolescente embarazada, ambientada en Tajikistán, una de las muchas naciones independientes de la ex República Soviética. Ello, en un tono de farsa permanente en ocasiones violenta, con algunos momentos tragicómicos, como reflejo del caos y desorden interno de Rusia años después de la caída del Muro de Berlín y la disolución de la Unión Soviética. El deterioro social como metáfora de un relato con toques surrealistas y de realismo mágico que la conecta con aquella espléndida cinta armenia-rusa-francesa de Hiner Saleem: Vodka Limón (2003), ambientada en una aldea kurda del Cáucaso. Aquí como en Luna Papa, se aplica una máxima del realizador kurdo Hiner Saleem: “Nuestro pasado es triste, nuestro presente es catastrófico, pero afortunadamente no tenemos porvenir”.

Se trata de un enigmático, enternecedor, divertido e inesperado relato de humor extraño y surrealista (el toro que cae del cielo y mata a dos de los personajes principales), que ofrece además unos increíbles paisajes de Tajikistán y un viaje por su cultura islámica, que incluye el rechazo de la sociedad conservadora del pueblo hacia la protagonista, instalado más en la ley musulmana que en la fallida modernidad ex-comunista. Una nación sin rumbo con ausencia total de autoridad, donde reina el dinero cada vez más escaso y las tradiciones se niegan a fallecer, y en la que predomina el humor, la violencia o el ingenio para estafar (por ejemplo: la falsa ambulancia que paga cinco dólares por transfusión de sangre pero que “se pagan por correo”). Y es que no hay duda, que a partir de la caída de las Repúblicas ex-Soviéticas las naciones que las componían se sumergieron en todo tipo de situaciones delirantes al derrumbarse sus sistemas ideológicos avanzando hacia el caos y el capitalismo salvaje. Luna Papa es un fascinante y vigoroso relato sobre el amor de los padres por los hijos, acerca de la libertad y los sueños, que se mueve entre la triste realidad y la fantasía más bella y escapista como lo muestra ese arrebatado y hermoso final con ese techo impulsado por ventiladores donde la inocencia de la joven Mamlakat y de su hijo por nacer, triunfan sobre la locura, la violencia y el Mal.

RAFAEL AVIÑA

Noviembre 2012

VODKA-LIMÓN (Vodka-Lemon, Armenia-Rusia-Francia, 2003)

Vodka LemonDirección. Hiner Saleem / Guión. Hiner Saleem, Lei Dinety y Pauline Gouzenne / Fotografía en color. Christophe Pollock / Música. Roustam Sadoyan y Michael Korb / Edición. Dora Mantzorou / Dirección de Producción. Albert Hamarash / Con. Romen Avinian (Hamo), Lala Sarkissian (Nina), Ivan Franek (Dilovan), Ruzan Mesropyan (Zine), Zahal Karielachvili (Giano), Armen Sarkissian (Conductor de autobús). / Duración. 86 mins.

Sinopsis

En uno de los pueblos kurdos del Cáucaso, rodeado en su totalidad por nieve, Hamo, un viudo de sesenta y tantos años y oficial retirado del Ejército Rojo de la antigua Unión Soviética que dominó su pueblo, vive con las limitaciones y penurias de aquella región de Armenia. Lo único que le queda, es un armario de madera, una vieja televisión, su uniforme del ejército y una pensión de 7 dólares mensuales. A su vez, Hamo es padre de un joven que intenta trabajar como inmigrante ilegal en París y otro más, perezoso, alcohólico y desempleado que vive muy cerca de él. Cuando recibe un sobre de su hijo que se halla en Francia, todo el pueblo se altera, suponiendo que el antiguo militar ha recibido dinero y el principal chasco es para el padre. Todos los días, Hamo acude al cementerio para contarle a su esposa las novedades y pormenores de su vida. Cerca de ahí, Nina -una atractiva viuda de cincuenta años-, quita la nieve a la tumba de su esposo para hablar con él. En el camión que los lleva de regreso al pueblo, ambos se sientan en diferentes lugares. Ninguno de los dos se atreve a iniciar la conversación, pero muy pronto se dan cuenta de que tienen en común una rutina que los une y que en medio de un clima tan hostil y gélido, es capaz de nacer entre ellos una cálida relación.

 

 

Hijo de un peshmerga (guerrero liberador kurdo) el cineasta Hiner Saleem (1964), originario de la aldea de Akkra, en Irak, sufrió el exilio de su tierra en la zona del Kurdistán iraquí. Más tarde, logró emigrar a Italia donde se mantuvo, realizando dibujos para turistas en Florencia. Después, en Paris, trabajó en diversas asociaciones kurdas, organizó exhibiciones de pintura y se avocó a un libro inspirado en sus memorias respecto a su infancia kurda.  Saleem, llega al cine casi de manera autodidacta y debuta a los 33 años con la película, Vive la mariée… et la libération du Kurdistan/ Aquí viene la novia… y la liberación del Kurdistán (1997), filmada en los barrios kurdos de Paris y ganadora del premio del público en el Festival de Mannheim-Heidelberg. A ésta, le sigue, Passeurs de rêves/ Contrabandistas de sueños (2000), cuyo fondo son los pueblos kurdos de Armenia. Su tercer filme es Vodka-Limón que obtuvo el aplauso unánime de la crítica internacional luego de ganar el premio de San Marcos en el Festival de Venecia en 2003. Seguidos de: Kilómetro Cero (2005), sobre la tragedia de una familia durante la guerra entre Irán e Irak y Si tu meurs, je te tue/ Si te mueres, te mato  (2011), comedia sobre dos amigos contra su voluntad, que buscan a un criminal kurdo.

Al igual que su anterior largometraje, Vodka-Limón se filmó en una aldea aislada del Cáucaso: “El primer día de rodaje, casi coincide con la intervención aliada en Irak”, comenta el director: “En los pueblos donde filmábamos, no existía ni radio, ni televisión. Todas las tardes, al terminar la jornada, me iba a la cima de la montaña más alta de los alrededores para captar una señal de radio en lengua comprensible”. “Cuando filmé mi segunda película Passeurs de Rêve en los pueblos kurdos de Armenia. Comprendí tres cosas: Cuando te dicen Problem Niet, significa que habrá muchos problemas. Cuando te dicen Tardará un minuto, quiere decir que se llevará de dos a tres días. Cuando te dicen Mañana, significa que nunca sucederá. Después de los primeros días de filmación prometí que nunca regresaría aquí por razones profesionales, sin embargo, poco a poco, comencé a fascinarme con la gente que me rodeaba. Un país que era exactamente como mi tierra, Kurdistán, en el momento que me prohibieron regresar y al que me gustaría volver después de tantos años.

“No comprendo cómo sobreviven los armenios. Supongo que ni ellos mismos lo saben. Lo absurdo y su optimismo, la miseria y el amor, esas vidas que cambian de tragedias a comedias, son los elementos que me llevaron al cine y que me llevaron a este país para filmar Vodka-Limón”. En efecto, lo más sobresaliente de un relato como éste, cuya trama podría virar con facilidad hacia un drama trágico y patético, es la sutileza de su humor y la emotividad que se desprende de sus acciones. Un humor casi surrealista que nace de los absurdos de la miseria y el desamparo de un pueblo como el de Armenia, abandonado a su suerte luego de la inopia post-soviética. De hecho, la trama describe en buena medida las consecuencias sufridas por varios países de aquellas regiones, que con la caída del bloque comunista perdieron los subsidios y la seguridad que la dictadura les proporcionaba. Más que realizar una crítica, el cineasta crea una fábula enternecedora, divertida y a su vez, inclemente y devastadora, focalizada en la pobreza en que viven sus personajes, tantos los que prefieren la libertad como aquellos que regresarían el tiempo a los años del dominio ruso. Para Hamo, por ejemplo, su principal esperanza se localiza en Alfortville, en París, lugar que el viejo oficial retirado presume a los vecinos, que vive su hijo, quien, en lugar de enviarle los dólares anhelados, sólo escribe para solicitar ayuda paterna, en especial, dinero.

A Hiner Saleem le gusta citar una frase de su abuelo a propósito del pueblo kurdo: “Nuestro pasado es triste, nuestro presente es catastrófico, pero afortunadamente no tenemos porvenir”. De alguna forma, de ello se trata precisamente Vodka-Limón. Y la manera en que el realizador afronta las injusticias de la que es víctima su pueblo, es a través de la comedia, no exenta de situaciones terribles: la manera en que el hijo mayor de Hamo, vende prácticamente a su joven hija en matrimonio con un militar, con quien termina discutiendo agriamente. O la secuencia de la virtuosa pianista, hija de Nina, quien tiene que recurrir a la prostitución. E incluso, la pésima venta paulatina de las pertenencias del protagonista, o la de aquellos viajantes abandonados por el camión sin sus pertenencias. La tesis de Vodka-Limón es la de sobrevivir a través del humor. Un humor ácido y negro, que por supuesto rezume melancolía, compasión y también delirio y realismo mágico que surge de los elementos cotidianos. El mejor ejemplo de ello, se localiza en el arranque y el cierre de la película en un par de escenas que tienen que ver con el desplazamiento. El anciano postrado en cama, arrastrado por una camioneta a través de la nieve, quien es llevado al cementerio para tocar el clarinete en un entierro luego de despojarse de su dentadura postiza y ese final, en donde los maduros protagonistas, él galante y maduro, ella, siempre radiante y atractiva, enfrentan su destino de pobreza con alegría, tocando el piano de ella, la última posesión que le queda. O la escena de la recámara, donde Hamo corre la cortina que da privacidad a su aposento para dar el salto a aquella ligera tormenta nocturna de nieve.
Pocas son las películas que intentan abordar con dignidad el universo de la tercera edad, un tema reducido por lo general a las intervenciones simpáticas de ancianos que deciden recuperar momentáneamente los años perdidos. Personajes marginados, como lo es el propio cine dedicado a ese tópico. En ese sentido, Vodka-Limón, aporta varios elementos de enorme interés, como lo han hecho algunos escasos filmes dedicados a protagonistas y personajes maduros, como es el caso de las cintas japonesas: Vivir y La balada del Narayama de Akira Kurosawa y Shohei Imamura, respectivamente, al igual que Cocoon, Harry y Tonto, Asalto en el ocaso, Atlantic City, Chicas de calendario, Vera Drake, London RIver, o las mexicanas, Por si no te vuelvo a ver y Los años de Greta. Pero sobre todo, una originalidad y un tono entre emotivo, poético y divertido que convierte en una suerte de cuento mágico, la historia de amor y solidaridad que surge en ese paisaje helado y devastado por la penuria, un drama romántico quizá poco emocionante pero muy creíble.

Los grandes temas de la humanidad: amor, confianza, supervivencia, dignidad, compasión, están presentes en éstos sitios ignotos y desconocidos, alejados de la mano de Dios y del progreso. Montañas y caminos cubiertos por la nieve, lugares donde la comunicación se da a gritos y una llamada telefónica pone en movimiento a todo el pueblo, personajes callados que se mueven con lentitud como si se tratase de fantasmas, entre el olvido y la nostalgia, tendajones donde se vende licor barato, como el que da título a la cinta: el tal Vodka-Limon, que lejos de tener un sabor a cítrico, sabe a almendras: “Así es Armenia”, responde Nina a la pregunta del alcohólico hijo de Hamo. Es decir, nada es coherente en Armenia, incluso ese local de bebidas, que atiende Nina y cuyo dueño va a cerrar a pesar de las buenas ventas, o aquellos improvisados puestos donde la gente vende sus últimas pertenencias a precios ridículos. Un país al borde de la catástrofe económica, donde todo puede suceder y donde la mayoría de la población que no ha podido emigrar, o se niega a hacerlo, vive en espera de las dádivas que lleguen de otros países. “Antes aquí no había libertad”, “Sí, pero había todo lo demás”, se comenta en la película.

En Vodka-Limón se prescinde a toda costa el melodrama sentimental y el discurso miserabilista, como se muestra en escenas como la del autobús casi vacío en el que coincide la pareja en su viaje al cementerio, cuyo conductor entona melodías francesas, o las secuencias con aquellos absurdos compradores de mercancías en desuso. Aquí, se funden con eficacia la poesía de ese cine agridulce, realizado en las condiciones más difíciles como la perspectiva misma de sus protagonistas de ficción y el cine documental que describe esas regiones abandonadas, rescatando del olvido a esos seres reales en los que se inspiraron los guionistas del filme, cuyos pueblos se van transformando poco a poco en poblados fantasma, en un relato que deja a su vez espacio a el espectador, para imaginar situaciones y compartir un trozo de existencia de aquellos cálidos personajes que se mueven en gélidos ambientes y quienes se conocen, curiosamente, eliminando la escarcha formada en las tumbas de sus respectivos cónyuges fallecidos, a quienes ambos guardan aún fidelidad. Vodka-Limón es una apreciable y sencilla fábula de una sutileza y un encanto especial.

 

RAFAEL AVIÑA

EL REGRESO (Vozvrashchenie, Rusia, 2003)

El regreso (Vozvrashcheni)Dirección. Andréi Zvyagintsev/ Guión. Vladimir Moiseenko y Alexander Novototsky/ Fotografía en color. Mijail Kritchman / Música. Andrei Dergatchev/ Edición. Vladimir Mogilevsky/ Diseño de Producción. Zhanna Pakhomova/ Con. Vladimir Garin (Andrei), Ivan Dobronrarov (Ivan), Konstantin Lavronenko (el padre), Natalya Vdovina (la madre), Yelizaveta Aleksandrova (camarera), Galina Petrova (abuela)/ Duración. 105 mins.

Sinopsis

El adolescente Andréi y su hermano menor, Iván, viven con su madre y su abuela en un pequeño pueblo costero de la provincia Rusia. Luego de un pleito entre ambos, llegan a su casa para encontrarse con que su padre ausente por doce años, ha vuelto de manera inesperada. Los niños no lo conocen, la única referencia que tienen de él es una gastada fotografía resguardada en un libro de estampas bíblicas. En un esfuerzo por recuperar el tiempo perdido, el padre, decide llevar a sus hijos a acampar al bosque y de pesca a una isla solitaria a la que el hombre necesita ir para desenterrar un misterio. Desde las primeras horas de ese viaje, surgen de inmediato las tendencias hacia la dominación y el abuso. El hijo mayor, Andréi, intenta agradar al padre, mientras que el menor, lo enfrenta cargado de resentimiento, en una travesía dolorosa cuya tensión va en aumento. La trama se desarrolla a lo largo de siete días y a través de un diario de viaje que los hermanos redactan, en el que se hace evidente que las relaciones familiares requieren de tiempo y constancia y que difícilmente un desconocido, extraño y agresivo puede reparar lo que no hizo en doce años.

El regreso es sin lugar a dudas una obra maestra de una austeridad y una tensión que impacta. Se trata de una de las películas de mayor belleza plástica de los últimos años que destaca además por una magistral dirección escénica y y actuaciones notables, que pareciera encerrar en sí mismo lo más profundo de otros importantes cineastas rusos como Andrei Tarkovski (La infancia de Iván, El espejo, Stalker) o Aleksandr Sokúrov (El arca rusa, Madre e hijo, Padre e hijo). Lo más sorprendente, es que se trata de la ópera prima del actor secundario Andréi Zvyagintsev, quien a los treinta y nueve años debuta como realizador mostrando un perfecto dominio del espacio, de las situaciones y de la narrativa cinematográfica. La película obtuvo el León de Oro en el Festival de Venecia en ese año 2003, al igual que el Premio Luigi de Laurentis a la Mejor Ópera Prima en el mismo certamen y el Premio Fassbinder a la Mejor Película Revelación de los Premios del Cine Europeo, los Premios de Mejor Película, Realizador y Actores –para los tres protagonistas- en el Festival de Gijón, España y la nominación al Globo de Oro como mejor Película Extranjera.

Andréi Zvyagintsev, nació en1964 en una ciudad del norte de Novosibirsk y se graduó en la Escuela de Actores de esa misma localidad a los 20 años. Sus primeros pasos fueron los escenarios de los teatros de provincia y a principios de 1990 llega a Moscú con la ambición de convertirse en figura del cine y la televisión que empezaba a crecer en ese entonces. Por supuesto, el camino no fue fácil. Así, entre 1992 y el 2000 intervino como extra en varias series televisivas y películas sin llamar la atención. Su destino cambió cuando un amigo le ofrece un trabajo como director de REN TV, una productora independiente dedicada a la realización de programas policiacos y telenovelas baratonas. Empieza a dirigir numerosos episodios de populares series de televisión como Habitación oscura, con tales habilidades, que casi de inmediato recibe la oferta para dirigir un largometraje de arte de bajísimo presupuesto. El resultado fue precisamente El regreso, centrado en el tema de la ausencia paterna que marca de manera absoluta la personalidad de los hijos.

El éxito del filme le llevaron a la realización de su segunda obra: El destierro (Izgnanie, 2007), estrenada en el Festival Cannes, misma que se alzó con el Premio a la Mejor Actuación para Konstantin Lavronenko, quien hiciera el papel del padre en El regreso, y que se convirtió en el primer actor ruso en ganar este reconocimiento. Finalmente, en 2008 realizó el corto Apocrypha en Estados Unidos, originalmente como integrante de uno de los fragmentos de Nueva York, te amo.

A los temas de la admiración, el rencor y la desconfianza que se da entre los hermanos en relación con su padre, se suma el de los misterios y enigmas del pasado familiar, así como los motivos que mueven a ese hombre callado y distante a llevar a sus hijos a una excursión durante varios días. Así, el vínculo que se estrecha entre un padre autoritario y unos hijos que inician un viaje de maduración, en el que quedan atrás los temores y los juegos de infancia, le sirve al realizador para sumergirse en el drama interior de un padre que entiende la educación al estilo militar, que quiere que sus hijos crezcan muy rápido y sepan sobrevivir ante las adversidades de la naturaleza. Hay escenas terribles como aquella del restaurante en la que Iván se niega a comer, o en la que el padre lo abandona en medio de un camino solitario y lo deja ahí varias horas bajo una impresionante tempestad. Lo mismo sucede con el episodio de los adolescentes vándalos que roban la cartera del padre a Andréi.

Pocas veces, un filme contemplativo con un impecable manejo de la cámara y de la banda sonora, puede trastocarse en un relato tan hipnótico y tenso que evita al máximo el otorgar respiro al espectador, al tiempo que provoca la reflexión constante. Y es que en esta historia de ideas y sensaciones que sobrecogen e intimidan al espectador, queda claro que no hay villanos ni héroes, sólo víctimas de sistemas anquilosados, sean sociedades o relaciones familiares. Así, la expedición del padre y sus hijos a una isla, que resulta en sí misma una metáfora del viaje interior, permite ahondar en bellísimos paisajes marítimos, playas solitarias, bosques y pueblos semi abandonados y cuyos escenarios parecieran matizados de manera constante por la lluvia y bajo filtros de colores azules y grises que predominan en esos sus ambientes cargados de desolación y frialdad como las relaciones mismas entre los hijos con el padre.

Se trata de un relato apenas susurrado, de una sencillez, una austeridad y un minimalismo demoledor, ya que en el fondo es de una complejidad y una profundidad poética. Una historia que en cada escena crea un clímax de enorme tensión y atmósferas de agresividad contenida, en la que se hace evidente que la catarsis final será brutal. Ello, se debe no sólo a un hábil manejo narrativo de los tiempos y el espacio, a la relación entre entorno y los protagonistas de la historia, sino a un gran trabajo en la dirección de actores y al carácter de éstos. Si Konstantin Lavronenko se encuentra excepcional en ese su retrato de dureza paterna, de acoso constante y al mismo tiempo distanciado y sereno. Vladimir Garin como Andrei e Ivan Dobronrarov como el pequeño Iván, alcanzan cuotas extraordinarias. De hecho, resulta palpable la transformación y la madurez que alcanzan a golpes de una brutal cotidianidad. Ejemplo de ello, la escena en la que el padre golpea a Andrei, aquella en la que Iván oculta la navaja de su progenitor y arroja su plato al mar, pero sobre todo en esa escena final en la que finalmente, el hijo menor pronuncia angustiado la palabra “papá”.

En efecto, unido al tema de la ausencia, el realizador ruso construye con gran inspiración un dramático alegato sobre los roles impuestos socialmente para los hombres como sería: la frialdad, la dureza, el arrojo y en cambio, el sentimentalismo, el cariño y la suavidad para las mujeres. De ahí, se desprenden un par de secuencias que resultan fundamentales en la trama: la escena de arranque en la que Iván es tachado de miedoso y timorato por varios adolescentes, entre ellos su hermano, cuando se niega a saltar de una torre a un lago, misma que encuentra una dramática similitud con la secuencia en la que el niño huye de su padre y escala el faro de la isla. Las palabras que Iván le dice a su madre “Es que tú siempre sabrás que no salté, que fui un cobarde” y las que grita a su padre en la isla, se sumergen a su vez en el tema del respeto y la dignidad infantil que el realizador y sus excepcionales e inteligentes guionistas tocan con sutileza maestra.

El regreso resulta una combinación perfecta de tensión, suspenso, reflexión y poesía sobre la infancia y la influencia paterna. El asunto de la amargura, el recelo y el odio hacia esa figura ausente y despótica adquieren al final un intrigante camino hacia el amor paternal y la comprensión de que más que una amenaza se trata de un bienestar, a pesar de la manera en que ese desconocido se atreve a entrar a las vidas de estos niños haciendo valer su autoridad. Asimismo, esa nostalgia e incertidumbre que surge de una fotografía antigua -en la que Iván era tan sólo un bebé y su hermano Andréi un niño de cuatro años, quien más tarde intenta reconocer en la figura de ese hombre que duerme en la cama de su madre, a su padre-, cobra sentido con las crípticas imágenes finales ya sobre créditos, armadas con instantáneas fotográficas de ese viaje aleccionador y de una crudeza emocional y terrible, tal y como ocurre en otra obra maestra sobre la infancia y el abandono: Paisaje en la niebla (1988) del cineasta griego Théo Angelopoulos.

PD. Como dato fatal habría que agregar que un par de semanas después del rodaje el joven actor Vladimir Garin que interpreta al personaje de Andréi, se ahogó en uno de los lagos donde se filmó la película. Es decir, Garin jamás pudo ver su participación cinematográfica. En el guión su personaje originalmente moría. Al final el realizador decidió que su personaje siguiera con vida. Sin embargo la realidad le dio una vuelta de tuerca terrible a tal situación.

RAFAEL AVIÑA