EL GUARDIA (The Guard, Irlanda, 2011)

El guardia

El guardia

Dirección y Guion. John Michael McDonagh/ Fotografía en color. Larry Smith/ Música. Calexico/ Edición. Chris Gill/ Diseño de producción. John Paul Kelly/ Vestuario. Eimer Ni Mhaoldomhnaigh/ Dirección de Arte: Lucy van Lonkhuyzen/ Con. Brendan Gleeson (Sargento Gerry Boyle), Don Cheadle (Agente Federal Wendell Everett), Mark Strong (Clive Cornell), Liam Cunningham (Francis Sheehy-Skelfington), Fionnula Flanagan (Eileen Boyle, la madre de Gerry), David Wilmot (Liam), Patt Short (Colum Hennessey), Rory Keenan (Agente Aidan McBride), Katarina Cas (Gabriela McBride)/ Duración. 95 mins.

SINOPSIS
El sargento Gerry Boyle, gran nadador, quien dice haber llegado en cuarto lugar en los 1500 libres de nado en las Olimpiadas de Seúl y que se hace llamar “El último independiente”, es un atípico policía de Galway, un pequeño pueblo costero en Irlanda. Se trata de un hombre con una personalidad conflictiva que le lleva a chocar constantemente con su jefe y con sus compañeros. Lo curioso, es que pese a su insolencia, a su inclinación hacia el alcohol y las drogas y su afición a contratar prostitutas, se toma muy en serio su labor y su responsabilidad como policía. Justo en el momento en que Boyle atraviesa una situación conflictiva debido a la enfermedad terminal de su madre, mujer de carácter afable y bromista ajena a cualquier chantaje y melodrama y al asesinato de su nuevo compañero, el policía Aidan McBride, recién llegado de Dublín, el sargento Boyle se ve en la necesidad de colaborar con un agente especial del FBI norteamericano, Wendell Everett a quien acosa con sus chistes racistas debido a sus orígenes afroestadunidenses. La misión de Everett, es atrapar a una importante banda de narcotraficantes británico-galeses, e interceptar un cargamento millonario de cocaína que supuestamente llegará a las costas de Galway. La aparente vida monótona y placentera de Boyle se ve interrumpida no sólo por la situación de su madre, la desaparición de su compañero y la llegada de ese agente negro del FBI y graduado en Yale, a quien todo mundo parece rechazar, sino además, por el asesinato de uno de los narcotraficantes y la presencia de la atractiva esposa de McBride, una joven croata, quien le confiesa que su marido era homosexual y que contrajo matrimonio con él, para cubrir las apariencias y para que ella obtuviera su visa. Boyle decide vengar la muerte de su compañero y colaborar en serio con el agente Everett quien tiene que enfrentarse a la corrupción policiaca que rodea al departamento de la guardia irlandesa.

Atractiva mezcla de thriller y amoral comedia negra, El guardia se convirtió en la película independiente irlandesa más taquillera de la historia de ese país, recaudando más de 4.1 millones de euros, apenas por debajo de Batman. El caballero de la noche asciende de Christopher Nolan. El guardia fue nominada a Mejor Guión en los BAFTA, que premia lo mejor del cine británico. En el Festival de Berlín, su realizador John Michael McDonagh obtuvo el premio al Mejor Cineasta Debutante y fue nominado al Gran Premio del Jurado en Sundance. Por su parte, el protagonista Brendan Gleeson ganó el Premio a Mejor Actor en el Festival de Valladolid y fue nominado por su papel en los Globos de Oro para Mejor Actor de Comedia, premio que finalmente obtuvo Jean Dujardin por El artista.

Hermano del cineasta Martin McDonagh, el mismo de En Brujas (2008) –con Colin Farrell y el propio Brendan Gleeson- y Siete sicópatas (2011), debuta como realizador con El guardia, luego de su paso como guionista del western posmoderno Ned Kelly (Gregor Jordan, 2003) con el desaparecido Heath Ledger y Orlando Bloom, centrado en el famoso bandido australiano homónimo, objeto de numerosas modificaciones que alejaron a John Michael McDonagh del cine para concentrarse en la escritura. El realizador, responsable del muy eficaz corto: Second Death/ Segunda muerte (2000), retomó sus propios personajes, entre ellos el sargento Boyle que encarnaba aquí Gary Lydon y que aparece en El guardia como el corrupto jefe de Boyle- y varios de los actores que lo acompañaron en esa aventura. Eliminó la subtrama dramática y aderezó la historia con un recalcitrante humor negro que arranca desde la secuencia inicial, para conseguir un filme muy divertido y poco convencional como lo es El guardia, pese a explotar un tema muy reconocible: el de la pareja-dispareja interracial que tuvo su máxima expresión en el filme de Walter Hill: 48 horas (1982) con Nick Nolte y Eddie Murphy y que John Michael McDonagh toma como modelo inicial, aunque suscribiéndolo al contexto irlandés contemporáneo.

En efecto, desde los primeros minutos queda claro el rumbo que tomará la película con ese grupo de mozalbetes que, drogados y alcoholizados corren a toda velocidad a bordo de un auto deportivo por un camino de Galway. Luego del inminente accidente, el sargento Gerry Boyle lo único que hace es tomar de los bolsillos de uno de los jóvenes, un sobre con anfetaminas. Las siguientes escenas son aún más ilustrativas: el fotógrafo forense enfermizo y fascinado con el crimen en apariencia ritual de un desconocido y los diálogos que se establecen entre Boyle, quien palpa los testículos del muerto alegando clarividencia (“Tengo un don. ¿No lo sabías?”), sólo para jugarle una broma a su nuevo y refinado compañero, Aidan McBride que ha sido trasladado de Dublín, la capital a Galway.
Se trata de una escena muy divertida y ácida en la que dialogan sobre la naturaleza de los asesinos en serie y una extraña inscripción: 5 ½ que da pie a reflexiones cinéfilas: 8 ½ de Federico Fellini o Seven de David Fincher. No obstante, más delirante resulta la discusión entre los narcotraficantes sobre filósofos y escritores célebres en donde citan a Friedrich Nietzche, Arthur Schopenhauer, Dylan Thomas y Bertrand Russell. O aquel personaje de un niño en bicicleta que parece tener mucha información sobre los narcotraficantes, armas y asesinatos, en un filme incorrectamente político, que lo hace más divertido.

-“Hay momentos de pura comedia, otros de acción, de thriller… hay incluso una componente social, como en la mayor parte de las películas británicas. También es una obra nostálgica, algo que suele gustar al público en general y al espectador irlandés en particular. En cierto modo sería un déjà-vu ofrecer una de policías en la que dos compañeros se desprecian continuamente y que el agente que debe pedir la identificación es un racista o un psicópata y pone trabas o impide directamente la colaboración. Con todo, estas características no suelen acompañar a un personaje hasta el final de una película. No debo ser el único que padece la frustración que me llevó a hacer El guardia, sin embargo a pesar de los problemas financieros que tuvimos, la película funciona y la gente se divierte y comprende perfectamente adónde quería llegar” – John Michael McDonagh dixit-.

“El racismo es parte de mi cultura. Soy irlandés”. Son las palabras que justifican la actitud de Gerry Boyle ante la presencia de un agente afroestadunidense del FBI que llega a Galway desde Wisconsin, para concretar una operación internacional contra un grupo de narcotraficantes galeses.-británicos que operan en esa región y que planean importar una cantidad cercana a los 500 millones de dólares en cocaína. Y en efecto, el agente federal Wendell Everett parece invisible para aquel pueblo costero. Algunos ni siquiera le dirigen la palabra. Otros le hablan en gaélico y para colmo, las altas autoridades policiacas lo engañan y le ofrecen pistas falsas, ya que han sido comprados por el trío de narcotraficantes, entre ellos: el sujeto cerebral y despiadado, Sheehy-Skelfington (Cunningham ), el sicópata e inestable emocionalmente, Liam (Wilmott) y el asesino frío y metódico, Cornell (Strong), como lo muestra aquella escena del acuario que resulta una suerte de homenaje-referencia a una escena similar de La dama de Shanghai (1948) de Orson Welles, en la que éste y la femme fatale que encarnaba Rita Hayworth tienen un encuentro testificado por morenas y tiburones que se mueven inquietantes detrás de ellos en el ventanal de un acuario.
Lo curioso es que en medio de situaciones de violencia, drama y crimen, el elemento de humor negro y corrosivo se mantiene incólume. Ejemplos: la escena donde Boyle visita a su madre en el hospital. La muerte de Liam, a quien le encomiendan la tarea de eliminar a Boyle, mismo que utiliza una treta tan vulgar como simpática y eficaz para escapar de la muerte. O la discusión entre Boyle y el niño, quien descubre un pequeño arsenal que Boyle ofrece a un miembro del ERI (Ejército Republicano Irlandés). Lo mismo sucede con las escenas de intimidad del protagonista, manejadas con mucho humor, como aquella de las dos hermosas, simpáticas y atractivas prostitutas disfrazadas de policías (Dominique McElligott y Sarah Greene), que contrata el sargento Boyle, o aquella donde la guapa Gabriela (Cas) se presenta en casa de éste para avisar de la desaparición de su marido y Boyle la recibe en ropa interior (“Disculpa. Voy a ponerme algo menos cómodo”), comenta.
El guardia es un filme cuyo interés jamás decae. Tiene un magnífico ritmo y cuenta una historia con eficacia pese a que se trata de un argumento previsible y de fórmula en apariencia, ya que sabe darle la vuelta al asunto y su incorrección política ayuda mucho (“Pensé que todos los narcos eran negros o mexicanos”, comenta Boyle). Pero sobre todo, tiene un trabajo de actuación extraordinario por parte de esos dos grandes actores que son Brendan Gleeson, quien tiene por primera vez la oportunidad de interpretar un protagónico, luego de varios trabajos memorables como actor de apoyo o secundario en cintas como: Pandillas de Nueva York, En Brujas, Corazón valiente y varias de los filmes de la serie dedicada al personaje de Harry Potter en el papel del Tuerto Alastor Moody. Al igual que el brillante y eficaz trabajo de Don Cheadle, figura importante del cine de Hollywood, en cintas como: Boogey Nights/ Juegos de placer, Alto impacto, Hotel Ruanda y las sagas de La gran estafa y Iron Man.
El guardia, no es por supuesto una obra maestra, pero si es un relato de enorme eficacia narrativa, irreverente y divertido, con un personaje de gran carisma. Un thriller y comedia negra que recuerda los westerns crepusculares con dos modernos alguaciles: uno irlandés y otro estadunidense. Una historia con mucha ironía que evita toda solemnidad y de paso, habla del choque de culturas europeo-estadunidense y explora con simpatía temas como la sexualidad y el tráfico de drogas, pero sobre todo, consigue crear un personaje excepcional que merece regresar de nuevo a la pantalla.

Rafael Aviña
Centro Histórico de la Ciudad de México 24 de junio 2013

Anuncios

LA CHISPA DE LA VIDA (España-Francia-Estados Unidos, 2011)

La chispa de la vidaDirección. Alex de la Iglesia/ Guión. Randy Feldman, adaptación española Alex de la Iglesia/ Fotografía en color. Kiko de la Rica/ Música. Joan Valent/ Edición. Pablo Blanco/ Dirección de arte. Arturo García y José Arrizabalaga/ Vestuario. Iván Marquerie/ Con. José Mota (Roberto Gómez), Salma Hayek (Luisa), Blanca Portillo (Mercedes, Directora del Museo), Juan Luis Galiardo (Alcalde), Fernando Tejero (Johnny), Antonio Garrido (Dr. Velasco), Antonio de la Torre (Kiko Segura), Carolina Bang (Pilar Álvarez)/ Duración. 94 mins.

 

 

 

SINOPSIS

Roberto Gómez es un publicista desempleado en vísperas de su aniversario de bodas, que varios años atrás fuera el principal creador responsable del famoso slogan de Coca-Cola: La chispa de la vida” y Luisa, su entusiasta esposa de origen mexicano quien lo alienta y conforta. Desesperado por no encontrar trabajo, decide ir a su antigua agencia para solicitar al menos un empleo de medio tiempo o de free lance. Ahí, termina siendo humillado y rechazado. De regreso, decide visitar Cartagena, en Murcia, a buscar el viejo hotelito donde pasó su luna de miel. Al llegar ahí, se encuentra con que el hotel ya no existe y se ha erigido un museo de sitio sobre las ruinas de un antiguo teatro romano recién descubierto. Por accidente y en su afán de salir de ahí, sufrirá un absurdo accidente. Al no poder sostenerse de una antigua y colosal estatua que se balancea sujetada por una grúa periférica, caerá sobre las estructuras del museo en construcción y terminará con una varilla clavada en su cabeza. Incapacitado para desplazarse de ahí, ya que cualquier movimiento puede ser fatal, se creará un caos a su alrededor que aprovecharán los medios. El propio Roberto, hábil publicista al fin, tratará de sacar partido de la situación trastocada en noticia de impacto en toda España y su accidente se convertirá en melodrama televisivo. No obstante, su mujer, acompañada de sus hijos, hará todo lo posible por rescatar la vida y la dignidad de su marido y de su familia por encima del circo mediático que se levanta sobre ellos.

Algunos creen en la dignidad. Que nadie se engañe: esto no es una comedia. Es un drama terrible sobre un hombre desesperado porque no encuentra trabajo y que cree que todavía es posible tener algún tipo de dignidad. Pero ya no es posible. De eso trata la película. Él tiene un accidente, se queda atrapado con un hierro en la cabeza, sobrevive y decide vender la exclusiva de su muerte. Quiere negociar con su propio dolor, algo que yo hago todos los días; mis películas son eso. Los únicos personajes positivos son los de Salma Hayek y Carolina Bang. Ellas creen todavía en la dignidad, en que es posible ser una persona respetable en este mundo. Yo ya no lo creo; mis personajes, sí”… -Alex de la Iglesia dixit-

De nueva cuenta, con La chispa de la vida, el director bilbaíno Álex de la Iglesia, continúa desarrollando su particular universo tragicómico al lado de una pareja un tanto insólita: el afamado comediante manchego José Mota y la exuberante actriz mexicana-libanesa Salma Hayek. Ambos recibieron sendas nominaciones al Goya a Mejor Actor Revelación y Mejor Actriz, por su trabajo. El primero fue vencido por Jan Cornet y Salma derrotada por la hermosa Elena Anaya, ambos ganadores por la película La piel que habito de Pedro Almodóvar.

“Somos peligrosos, somos guerrilleros, terroristas diletantes, tiembla mientras puedas, este no es un juego, es Acción Mutante”. Con ese himno de batalla, un grupo de torpes anarquistas minusválidos intentaban combatir a los pijos y niños bonitos en un hipotético año 2012 en Madrid. Delirante y esperpéntica farsa negra muy en deuda con Buñuel, fue Acción mutante (1993) producida por Pedro Almodóvar, que mostraba la otra cara de un cine español alternativo y a su vez, confirmaba la posición de provocador por parte del joven realizador Álex de la Iglesia, nacido en Bilbao, en el País Vasco en 1965, cuyo primer cortometraje Mirindas asesinas (1990) sátira gore fantástica, lo había colocado ya como la vanguardia del nuevo cine ibérico.

        El día de la bestia (1995) confirmaba las expectativas de un cineasta atípico con un relato centrado en la violencia madrileña impuesta por los skin heads de aquel momento, la influencia del mentalismo y las ciencias ocultas, el asunto del rock satánico, así como la subcultura del fanzine de horror gore. Ángel Berriartúa, un maduro y pequeñito cura y catedrático de teología en la Universidad de Deusto, ha pasado toda su vida descifrando el Apocalipsis de San Juan: descubre que el Anticristo nacerá en Madrid el día de Navidad de 1995. Dispuesto a terminar con Satanás, el sacerdote viaja a Madrid y entra en contacto con el obeso dependiente de un negocio especializado en heavy metal y un tal profesor Cavan, parasicólogo que conduce un amañado programa de TV, quienes le ayudarán a enfrentar al maligno.

De la Iglesia tomaría la estafeta abandonada por Almodóvar y más tarde por el genial Bigas Luna en la realización de Perdita Durango (1997) protagonizada por Rosie Pérez –aunque originalmente se contempló a Salma Hayek- y un estupendo Javier Bardem. Inspirada en la novela de Barry Gifford colaborador habitual de David Lynch (Salvaje de corazón, Por el lado oscuro del camino), la historia servía al cineasta para insistir en sus anómalos retratos de perversión y violencia, sexualidad y muerte, aderezados con un humor negrísimo y endemoniadas escenas de acción. En la historia de Perdita, insensible joven, cuyo mayor deseo es hacer el amor con un jaguar y Romeo Dolorosa, un delincuente salvaje que práctica la magia negra ligado a un santero vudú -el genial bluesero “Screaming” J. Hawkins de El tren del misterio-. Una pareja que enfrentaba un destino trágico en un road movie narcosatánico, a medio camino entre David Lynch y John Waters.

Con homenajes que iban de Tod Browning a la comedieta española televisiva de los años setenta, su cuarta película, Muertos de risa (1999) centrada en dos cómicos de esa década, con patillas y pantalones acampanados protagonizados por Santiago Segura y José Manuel Monzón El Gran Wyoming, fue un fracaso comercial, como sucedió con La comunidad (2001) con Carmen Maura: un thriller de corte fantástico con mucha sangre e ironía que pasaba revista a Hitchcock y a La guerra de las galaxias. 800 balas (2002), en cambio, era otra comedia de humor negro en la que De la Iglesia homenajeaba el spaguetti western a través de un extraño grupo de personajes, entre ellos, Carmen Maura, madre de un chiquillo fanático del cine, Sancho Gracia, el abuelo y extra de varios westerns y Eusebio Poncela, un ambicioso empresario. La cinta se ambientaba en Almería, lugar donde se rodaron varias de las películas del italiano Sergio Leone.

Crimen ferpecto (2004) era una farsa negrísima muy divertida, sobre un vendedor estrella de unos grandes almacenes al que le gusta la buena ropa y las mujeres hermosas, chantajeado por una joven horrible que lo convierte primero en su amante, su marido y su esclavo, hasta que aquel ejecutaba un plan para deshacerse por completo de aquella pesadilla. Los crímenes de Oxford (2008), por el contrario, era un sobrio relato de suspenso de producción estadunidense, sobre un joven universitario y un profesor que descubrían una serie de códigos matemáticos que los conducían a seguir los pasos de un asesino en serie. Seguida de la magistral y excesiva Balada triste de trompeta (2010), con la Alex de la Iglesia regresaba a su humor sádico y sarcástico y a sus estilizados relatos de hiperviolencia, ambientada en los últimos años del franquismo, en el aterrador y luminoso escenario de un circo. Dos payasos (Carlos Arces y Antonio de la Torre) se disputan la intimidad de la voluptuosa trapecista que encarna Carolina Bang, en ésta suerte de homenaje al cine freak de Tod Browning y Rafael Azcona. Un filme agresivo, descarnado y suicida, que se sumergeía entre galones de sangre y maquillaje, con una espléndida secuencia de créditos que valía por toda la película y una delirante escena con el cantante Raphael interpretando el tema homónimo.

Hacia 1951 en pleno apogeo del macartismo y en la etapa más oscura y desesperanzadora del llamado cine negro que prevalecía en Hollywood, el cineasta Billy Wilder dirigía una de sus mayores y más incomprendidas obras. Cadenas de roca protagonizada por un notable Kirk Douglas, era el oscuro retrato del reportero ambicioso de un pequeño pueblo que mantenía a un hombre atrapado en una mina derrumbada, con el fin de obtener la gran noticia para su beneficio personal. Wilder –El ocaso de una vida (1950) y Días sin huella (1945)- no sólo mostraba la decadencia emocional de su protagonista, sino la exploración de los medios como fuente de corrupción sensacionalista y de histeria de las masas. Casi 50 años después, el griego-francés Constantin Costa-Gavras actualizaba la trama básica de aquella, para adentrarse en la irresponsabilidad de los medios televisivos que alimentan a un público frívolo y consumista de la desgracia ajena con El cuarto poder (1997), en una historia ambientada en un pequeño pueblo de California. Ahí, en el interior de un pequeño museo y en un arranque de locura, un guardia (John Travolta), despedido de su trabajo dispara accidentalmente contra su compañero, un policía negro. De ello, es testigo el maduro y colmilludo reportero Dustin Hoffman, quien decide convertir aquello en su gran reportaje personal mientras el inestable Bailey toma como rehénes a su jefa, al propio Brackett y a un grupo de niños.

A medio camino entre el filme de Wilder, el amargo alegato social de Costa Gavras y la ácida visión del cineasta español Álex de la Iglesia, se localiza La chispa de la vida, filme de gran actualidad que reflexiona sobre la dura realidad económica en España, a partir de un tono mesurado, contenido y equilibrado, donde el cineasta lleva a consecuencias extremas la tragicomedia de un hombre común, angustiado por su situación y que termina accidentado y con una varilla clavada en la nuca, en las ruinas de un teatro romano en Murcia. Con un guión del artesano estadunidense Randy Feldman (Tango y Cash, Ganar o morir), adaptado al entorno español, De La Iglesia abandona sus excesivos y estilizados relatos de humor sádico y violento al estilo de: Perdita Durango, La comunidad o Balada triste de trompeta, para concebir una alegoría sobre la actual crisis económica de su país, la banalidad, voracidad y sensacionalismo de la televisión y el morbo de las masas, así como una pequeña épica sobre la dignidad.

Una serie de situaciones ominosas (un vagabundo que lo agrede, un limpia vidrios que lo baña, un portarretrato que se quiebra) se ciernen sobre el protagonista, otrora creador del celebérrimo slogan de la campaña de Coca Cola, “La chispa de la vida”. Sus conocidos y antiguos jefes, sujetos engreídos y superficiales, le dan la espalda a pesar de que prácticamente se encuentra en bancarrota. El azar y un impulso romántico lo colocan a un paso de la muerte balanceándose en el aire abrazado a una escultura milenaria que pende de una gigantesca grúa, lo que da pie al abuso de los medios, a la arrogancia y estupidez del poder (el alcalde, la directora del Museo) y a la fama efímera que crea la televisión.

Imposible negar la habilidad del cineasta para mantener el suspenso y el interés de la trama con espectacular eficacia y algunas pinceladas de humor negro o absurdo (la mujer que le ofrece desde una ventana un bocadillo), en un relato donde cabe la solidaridad y la integridad humana ante la estulticia y el abuso. La idea de utilizar el antiguo y famoso slogan de aquella exitosa campaña de Coca Cola sirve de paradójico detonante temático, ya que la vida del protagonista pende de un delgado hilo. El suceso congrega a una multitud de televisoras y curiosos que se agolpan para contemplar y narrar una posible muerte en directo. El desfile casi circense es constante: políticos oportunistas, museógrafos, intermediarios dispuestos a pagar una fortuna a la familia del accidentado, si ésta acepta vender la exclusiva del penoso espectáculo.
El cómico José Mota tiene momentos notables en esta tragicomedia que Alex de la Iglesia logra controlar sin que se desborde. No faltan algunos personajes exagerados como ese hijo adolescente que se autodefine como un “gótico siniestro”. Innecesaria es también quizá el lucimiento final de Salma, o la reacción de la guapa reportera que encarna Carolina Bang. Sin embargo, el cineasta recrea elementos que definen muy bien a la irreflexiva y manipulada sociedad actual donde todo se encuentra a la venta, incluyendo la dignidad. La chispa de la vida resulta sin duda un entretenimiento inteligente, moderado y muy actual.

RAFAEL AVIÑA

MIENTRAS DUERMES (España, 2011)

Mientras duermesDirección. Jaume Balagueró/ Guión. Alberto Marini/ Fotografía en color. Pablo Rosso/ Música. Lucas Vidal/ Edición. Guillermo de la Cal/ Dirección de arte. Javier Alvariño, Montse Soler/ Vestuario. Marian Coromina/ Con. Luis Tosar (César), Martha Etura (Clara), Alberto San Juan (Marcos), Petra Martínez (Sra. Verónica), Iris Almeida (Úrsula), Amparo Fernández (mujer de la limpieza), Roger Morilla (joven de la limpieza), Margarita Rosed (madre de César)/ Duración. 102 mins.

SINOPSIS
César trabaja como conserje en un antiguo y elegante edificio de departamentos en Barcelona. No sólo se encuentra al cuidado de la entrada, sino que arregla los desperfectos interiores y exteriores del inmueble. Tal vez no sea uno de los mejores oficios, sin embargo, no lo cambiaría por ningún otro, ya que éste trabajo le permite a César conocer a fondo a todos los inquilinos del lugar: sus movimientos, hábitos, horarios y sus puntos débiles. Desde su posición, resulta fácil controlar las llegadas y salidas de los condóminos, estudiarles, descubrir sus gustos y secretos. Si quisiera, podría incluso controlar sus vidas, influir en ellas como si fuera un Dios: abrir sus heridas y hurgar en ellas. Y todo sin levantar ninguna sospecha. Y es que César tiene un secreto, un juego particular: le gusta hacer daño, mover las piezas necesarias para crear dolor a su alrededor. La nueva vecina del 5ºB no deja de sonreír; entra y sale cada día radiante y feliz. Así que pronto se convertirá en el nuevo objetivo del conserje. Un reto personal. Una obsesión. No obstante, el pasatiempo de César va a empezar a complicarse más de lo debido: se volverá impredecible, peligroso. Incluso, puede revertirse en contra suya.

Mientras duermes obtuvo seis de los principales premios Gaudí a lo mejor del cine catalán de 15 nominaciones en las que participaba: Mejor Película española de lengua no catalana, Mejor Director, Guión, Edición, Sonido y Mejor Actor protagónico para Luis Tosar. Asimismo, el propio Tosar compitió por el Premio Goya a Mejor Actor que había ganado un año antes con Celda 211 y Petra Martínez, obtuvo el Premio a Mejor Actriz de Reparto, otorgado por el sindicato de actores españoles.

Una de las cinematografías más atractivas, innovadoras, tesoneras y dispuesta a apostar por múltiples caminos, es sin duda la española de hoy en día. El llamado destape del cine ibérico a fines de los años setenta y la proliferación de obras alternativas que dieron pie en muy poco tiempo a una nueva industria taquillera y triunfadora en festivales internacionales, trajo como consecuencia la creación de nuevos cineastas de culto, superando incluso a los mitos fílmicos ibéricos como: Luis Buñuel, José Luis García Berlanga, Juan Antonio Bardem, Carlos Saura o Víctor Erice.
Al cine español contemporáneo, el de las últimas tres décadas, se le deben personalidades radicales como las de: Vicente Aranda, Bigas Luna, Pedro Almodóvar, Julio Medem, José Luis Guerin, Agustí Villaronga, Alex de la Iglesia, Alejandro Amenábar, Fernando y David Trueba, así como una pléyade de jóvenes cineastas que han sorprendido por su eficacia, garra, originalidad y un renovado manejo de los géneros tradicionales, como serían: Fernando León de Aranoa, Benito Zambrano, Jaume Balagueró, Paco Plaza, o Nacho Vigalondo, entre muchos otros.

No obstante, es sin duda en el cine fantástico y de horror donde el cine español ha encontrado una veta inagotable explorando elementos como el fantástico, el suspenso, el drama, e incluso la comedia negra. La década de los noventa dio cabida a la resurrección de un género arrinconado por lo general al cine de bajísimo presupuesto y al softcore más cutre, ejemplificado en el infracine de realizadores como Jesús Franco, Juan Piquer y Paul Naschy, autores de una filmografía iniciada en los años sesenta y en la que se mezclaban de manera caótica todo tipo de temas que se desprendian del porno y del cine de terror más previsible.
En contraste, el nuevo cine fantástico y algunos de sus subgéneros como el horror y la ciencia ficción empezaron a tomar un original impulso en España, gracias, sobre todo, al trabajo de una novísima generación de realizadores como Juan Miñón, responsable de Supernova (1992), Alex de la Iglesia y Oscar Aibar, sin menospreciar por supuesto, la incursión en el horror por parte de maestros como: Vicente Aranda, Bigas Luna y Pedro Almodóvar, autores de La novia ensangrentada (1972) Angustia (1987) y La piel que habito (2011), respectivamente.
Atolladero (1995) de Oscar Aibar, por ejemplo, era heredera de las cintas apocalípticas al estilo de Mad Max, una producción catalana ambientada en el año 2048 y cuya acción tenía lugar en el desierto de Sonora perteneciente a Texas. Por su parte, El día de la bestia (1995) de Alex de la Iglesia, confirmaba las expectativas de un cineasta atípico que había elegido el camino del trash y la sangre a la ibérica. Desde su corto Mirindas asesinas (1990) y sobre todo en su debut industrial con Acción mutante (1993). De la Iglesia tomaría la estafeta que dejó Almodóvar y más tarde el genial Bigas Luna en la realización de Perdita Durango (1997) protagonizada por Rosie Pérez y un estupendo Javier Bardem. Basada en la novela de Barry Gifford colaborador habitual de David Lynch (Salvaje de corazón, Por el lado oscuro del camino). Seguida de obras inquietantes, divertidas e irónicas como: Muertos de risa, La comunidad, 800 balas, Balada triste de trompeta y La chispa de la vida.
La cinematografía española de la última década: es decir, el cine de transición al nuevo milenio que coincide con otras propuestas europeas, intentó renovar el concepto de sexualidad a través de la explosión de los sentidos y la sensualidad corporal en relatos que oscilan entre el sueño y la vigilia como lo muestran Los amantes del círculo polar, Lucía el sexo, Caótica Ana o Habitación en Roma de Julio Medem y/o Alas de mariposa, La madre muerta o Airbag de Juanma Bajo Ulloa. En ese sentido, vale la pena destacar una perturbadora concepción de la fatalidad del destino y acerca de esa fina línea que separa la razón de la locura cuando se encuentra de por medio una feroz liberación hormonal: Abre los ojos (1999) del joven Alejandro Amenábar quien saltó al estrellato internacional con Tesis (96) logrando algo que parecía remoto: que un thriller de horror y suspenso fuese aclamado por público y crítica no solo en España, sino en todo el mundo cuando el cineasta no llegaba a los 21 años, en un relato centrado en el cine snuff y la representación de la violencia. Amenábar realizaría también con enorme éxito y en la antesala de los Óscares: Los otros: atractivo e inquietante filme de fantasmas, Mar adentro sobre un tetrapléjico que desea morir con dignidad y el gélido relato de Historia antigua El ágora.

Heredero de estos nuevos cineastas que han renovado los temas del suspenso a través de la violencia, la fantasía gore, la sexualidad y el erotismo, es sin duda el joven Jaume Balagueró, quien desde sus primeros cortos: Alicia (1994) y Días sin luz (1995), mostró una enorme habilidad para contar historias malsanas y siniestras, como sucede en su angustiante primer largometraje; La secta/Los sin nombre (1999) protagonizada por Karra Elejalde, acerca de una niña desaparecida en circunstancias extrañas, seguida por un extraño y fascinante relato de fantasmas: Darkness/Oscuridad (2002), sobre una extraña presencia agazapada en las tinieblas de una vieja casa. Frágiles (2005) con Elena Anaya era la historia de horror centrada en un viejo hospital infantil aterrorizado por las apariciones de una niña mecánica.
Vendría entonces REC (2007) co dirigida con Paco Plaza, que se trastocaría de inmediato en una película de culto, generando no sólo un remake estadunidense (Cuarentena, 2008), sino una insólita continuación: REC 2 (2009), que arrancaba minutos después del desenlace de la película original y cuya oferta argumental aportaba un nuevo giro a la trama que proponía su antecesora. El tono de horror y suspenso costumbrista centrado en un variopinto grupo de inquilinos de un viejo edificio barcelonés, una reportera de televisión conductora de un programa nocturno en vivo, desaparecía en esta continuación. El claustrofóbico escenario que albergaba una trama de zombies hambrientos y enloquecidos muy en deuda con Exterminio (2002) de Danny Boyle y La noche de los muertos vivientes (1968) de Georges A. Romero, se trastocaba en REC 2 en un literal reducto del infierno muy en deuda con el cine de posesiones satánicas como El exorcista (William Friedkin, 1973), con un estilo visual ultramoderno y un montaje frenético. REC 3 Génesis: desaforada y muy entretenida tercera parte que corre en paralelo a los eventos que propiciaban la demencial infección de muertos vivientes, sería dirigida únicamente por Paco Plaza para dejar a Balagueró la hechura de la cuarta parte: REC 4. Apocalipsis (2013).
Lo primero a destacar en Mientras duermes en la que Balagueró cambia el horror sangriento y lo sobrenatural por un realista thriller de suspenso, es la gran presencia de su actor principal, Luis Tosar, considerado como una de las figuras histriónicas más atrayentes del nuevo cine español junto con Javier Bardem, quien filma por lo general fuera de España: por cierto, ambos trabajaron juntos en Los lunes al sol (2002). Notable protagonista de Te doy mis ojos (2003), sobrecogedor relato de maltrato doméstico y de la violenta y estupenda Celda 211 (2010) en su papel del brutal reo Malamadre, estelarizó junto con el mexicano Gael García Bernal, También la lluvia (2010) de la actriz y directora Icíar Bolláin, escrita por el guionista de Ken Loach, Paul Laverty, un calculado panfleto demagógico, centrado en un equipo de producción que filmaba una cinta épica sobre el Descubrimiento de América en Bolivia, empobrecido país con gran población indígena donde los costos se abaratan al máximo, al tiempo que estalla la violenta Guerra del agua en Cochabamba.
En España, la fascinación por el asesino sicópata y sus rituales de sangre ha encontrado eficaz correspondencia fílmica con títulos como: La madre muerta de Juanma Bajo Ulloa, Tesis de Alejandro Amenábar, Las horas del día de Jaime Rosales, o Bilbao de Bigas Luna, cuyo retraído y depravado personaje principal se conecta de algún modo con el anómalo y mezquino protagonista de Mientras duermes. Intrigante relato de pulsiones asesinas donde Balagueró prueba suerte con un relato de suspenso, de corte clásico y enfermizo horror cotidiano, sobre un hombre dedicado a quebrantar con saña la vida privada de un grupo de inquilinos, a los que agrede física y emocionalmente mientras duermen.
“No puedo ser feliz. Lo único que me alivia es que los demás tampoco son felices”. De su soledad, de la relación con su anciana madre arrumbada en un hospital, de sus traumas y complejos ligados a su incapacidad de disfrutar la vida, César, el conserje de ese vetusto edificio de departamentos barcelonés, utiliza buena parte de su tiempo libre a transgredir la intimidad de los condóminos para quienes trabaja. Y en particular, elige como objeto experimental a Clara, esa guapa vecina del 5º piso, quien día a día, no deja de sonreír y César ve en ello, una afrenta, un reto, una obsesión.
Balagueró y su guionista Alberto Marini construyen otra historia de suspenso y maldad, de esas que se han contado infinidad de veces en la pantalla, que recuerda las perturbadoras atmósferas del primer Polanski (Repulsión, El inquilino, El bebé de Rosemary) y que a su vez, cae en las tentaciones de los efectismos dramáticos del nuevo Hollywood. Para su fortuna, se apoyan en un actor de temple magistral como lo es Tosar, quien consigue crear un fuerte vínculo con el espectador, a tal grado que la empatía resulta más atractiva con el sicópata que con las víctimas. Es cierto sí, que la trama no sólo se alarga demasiado, sino que al final, se vuelve reiterativa, previsible y excesiva en sus vueltas de tuerca, sin embargo, Mientras duermes resulta una disfrutable y perversa parábola erótico-patológica del individuo común de la sociedad contemporánea globalizada y una metáfora sobre el Mal y la Frustración con mayúscula.

RAFAEL AVIÑA

Le Havre: El puerto de la esperanza (Le Havre, Finlandia-Francia-Alemania-Noruega, 2011)

Le HavreDirección y Guión. Aki Kaurismaki/ Fotografía en color. Timo Salminen/ Música. Tango Cuesta abajo interpretado por Carlos Gardel/ Edición. Timo Linnasalo/ Diseño de arte. Wouter Zoon, Pascal Courtinel, Gerard Simonet/ Vestuario. Frédéric Cambier/ Con. André Wilms (Marcel Marx), Kati Outinen (Arletty), Jean-Pierre Darrousin (Inspector Monet), Blondin Miguel (Idrissa), Elina Salo (Claire), Evelyne Didi (Yvette), Jean-Pierre Léaud (el denunciante)/ Duración. 93 mins.

Sinopsis

Marcel Marx, antiguo escritor y bohemio empedernido que suele andar sin un centavo en la bolsa, se ha exiliado de forma voluntaria en la ciudad portuaria de Le Havre. Ahí, ha escogido un trabajo honrado pero poco lucrativo: el de limpiabotas o bolero, que le hace sentirse más cercano a las personas, al estar a su servicio. De hecho, ha decidido dejar atrás sus ambiciones literarias para llevar una vida tranquila y satisfactoria en tres espacios que dividen su tiempo: el bar de la esquina, su nuevo oficio que lo lleva a vagar sin rumbo fijo por todo el puerto y la relación con su compasiva mujer Arletty. Sin embargo, su vida da un giro drástico cuando de repente el destino coloca en medio de su camino a Idrissa, un niño inmigrante originario del África negra. Al mismo tiempo, su esposa cae enferma de gravedad y debe guardar reposo en un hospital. Marcel, se ve obligado entonces, a enfrentar la fría barrera de la indiferencia humana, el padecimiento de su mujer y su muy precaria y volátil situación económica, armado tan solo con su habitual optimismo y la obstinada solidaridad de los habitantes de su barrio. Es así como decide desafiar a la intolerante maquinaria de un Estado de derecho occidental, representado por el cerco policial que se estrecha sobre el adolescente refugiado, a quien ha escondido en su pequeño departamento. Es la hora de que Marcel tome una decisión extrema.

Luego de seis años de inactividad, Aki Kaurismaki, consigue con Le Havre: el puerto de la esperanza, trasladar su corrosivo humor finlandés a Francia, con este filme con el que inicia una nueva trilogía sobre ciudades portuarias europeas. La película compitió por la Palma de Oro en Cannes donde obtuvo el Premio Fipresci. Asimismo, estuvo nominada a Mejor Película, Director y Diseño de Arte en los premios César que otorga la cinematografía francesa y fue a su vez, la selección de Finlandia para competir por el Óscar de Hollywood a la Mejor Cinta Extranjera.

“La idea me vino hace unos años, pero no sabía dónde rodar la película. En realidad, la historia podría transcurrir en cualquier país de Europa, excepto en el Vaticano, o quizá allí más que en ningún otro sitio. Por lógica, habría debido rodar en Grecia, Italia o España porque son los tres países donde la presión es mayor. Recorrí toda la costa desde Génova a Holanda, y descubrí lo que quería en la ciudad del blues, el soul y el rock’n’roll, en El Havre… La fraternidad se encuentra en cualquier parte, incluso en Francia” –Aki Kaurismaki

Cartero, clavadista, crítico y actor de cine, Aki Kaurismaki (Finlandia, 1957), co escribió y actuó en el mediometraje de su hermano Mika, El mentiroso en 1981 y codirigió con éste ese mismo año, el documental La gesta de Saimaa, para debutar dos años después como realizador en el cine de ficción, con Crimen y castigo y convertirse a partir de ese instante, en un cineasta de culto en Festivales Internacionales donde, cada año se espera otro de sus austeros y minimalistas relatos que se mueven entre la comedia del absurdo y el drama con tintes negros, protagonizados por seres marginales y solitarios que intentan controlar un destino adverso a partir de finales optimistas en apariencia, tal y como sucede con su trilogía sobre perdedores en urbes frías y hostiles que incluye a: Nubes pasajeras (1997), El hombre sin pasado (2002) y Luces al atardecer (2006).

En efecto, el caso del finlandés Aki Kaurismaki resulta luminoso y revelador. Sus personajes patéticos y solitarios deambulan en paisajes similares, sometidos a relaciones de trabajo degradantes y aburridas, como la jovencita fea y fanática de las novelas rosa en La muchacha de la fábrica de cerillos (1990), el chofer de un camión de basura y la cajera de supermercado recién despedida en Sombras en el paraíso (1986), la lastimosa banda de polka-rock con sus copetes y botas puntiagudas en Los vaqueros de Leningrado en América (1989), la pareja de amantes malditos involuntarios de Ariel (1988), la humilde camarera del kiosco de comida callejera y el guardia de seguridad, protagonistas de Luces al atardecer, o el escritor y filósofo que ha decidido dedicarse a lustrar los zapatos de los otros, menos los suyos, en Le Havre: el puerto de la esperanza.

Toda esa búsqueda actual de poesía visual en relatos minimalistas hoy tan de moda en el cine mundial y a cuyos autores, la crítica ha convertido a varios de ellos en genios incomprendidos (el caso de: Béla Tarr, Brillante Mendoza, Apichatpong Weerasethakul y más), ha sido la propuesta constante del responsable de títulos como: Contraté a un asesino a sueldo o La vida bohemia. Lo más sorprendente, es que sus historias, están realizadas con una sencillez abrumadora y por si ello fuera poco, resultan además, emocionantes y universales en un punto donde alcanzan un magistral equilibrio, el humor y la tragedia.

Le Havre: el puerto de la esperanza, sintetiza el microcosmos de Kaurismaki. De hecho, su protagonista Marcel Marx  (André Wilms), es uno de los tres intérpretes centrales de La vida bohemia (1991), en la que también aparecía en un cameo, el legendario actor de Truffaut, Jean-Pierre Léaud. El otrora escritor vagabundo de los bajos fondos parisinos se ha autoexiliado en la ciudad portuaria de Le Havre en Normandía, para abrazar una actividad poco redituable que lo coloca en la realidad cotidiana: limpiabotas.

Los personajes de Kaurismaki resultan de una dignidad abismal y su vez, enternecedores y solidarios. Seres marginales y desfavorecidos por el sistema con el don de la generosidad y el optimismo, mirando siempre hacia adelante a pesar de lo que sea, incluso, si se trata de proteger a un adolescente africano inmigrante, que desea cruzar el Canal de La Mancha para encontrarse con su madre en Londres. En un universo gélido y hostil, Marcel encuentra refugio en ese otro mundo donde no existe la globalización, ni hay pantallas de plasma, internet o celulares, mismo que pareciera entresacado de un escenario cinematográfico de los años cincuenta o sesenta, con sus paredes y puertas color fiusha. Un universo obsoleto en apariencia, donde un perro se llama Laika, y en cuyos barecitos, se escucha la voz de Carlos Gardel cantar Cuesta abajo, un tema musical que funciona sin duda como la posible ruta emocional del protagonista.

Ahí, en esos coloridos callejones con tiendas de barrio donde nadie compra. Entre viejos rocanroleros enamorados (“ella es la manager de mi alma”) a un paso de la jubilación, e inspectores de policía duros en apariencia (Jean-Pierre Darrousin), entresacados de una película del primer Jean-Luc Godard, inmigrantes vietnamitas que pasan como chinos y capaces de soltar frases como: “El mar Mediterráneo tiene más actas de nacimiento que peces”, enfermos de cáncer que fuman en los hospitales y alegres mujeres de la tercera edad, Marcel encuentra el apoyo solidario y moral para sortear la enfermedad de Arletty (Kati Outinen), su esposa desahuciada y a su vez, para ayudar a Idrissa (Blondin Miguel) el niño negro.

Alejado de todo tipo de sermoneos morales o edificantes, se trata quizá del cuento de hadas moderno más hermoso sobre el problema de la inmigración en Europa hasta el momento (40 metros cuadrados de Alemania, Paisaje en la niebla, Bajarse al moro, entre muchísimas otras). Un relato que rastrea en lo más recóndito de lo poco que queda de humanidad en el mundo, para encontrar la clave que pueda arreglar los problemas sociales. Y es que, una vez más,

Kaurismaki dota a sus personajes de corazón y realismo. Max, Arletty, Idrissa, Claire, el tendero de la esquina, el propio Monet, nos resultan extrañamente familiares y cercanos. Nos contagian de sus crisis, tristezas, alegrías y pequeños triunfos. Nos hacen creer que si queremos podemos convertirnos en mejores personas. Le Havre: el puerto de la esperanza, es otra de sus pequeñas y emotivas obras maestras. Una gran fábula sobre las fronteras y la magnanimidad de espíritu.

RAFAEL AVIÑA