LA DAMA DE HONOR (Francia-Alemania, 2004)

La dama de honorDirección. Claude Chabrol/ Guión. Claude Chabrol y Pierre Leccia, inspirado en la novela de Ruth Rendell, The Bridesmaid/ Fotografía en color. Eduardo Serra/ Música. Matthieu Chabrol/ Edición. Monique Fardoulis/ Dirección de arte. Francis Benoit-Fresco/ Vestuario. Mic Cheminal y Sandrine Bernard/ Con. Benoit Magimel (Philippe Tardieu), Laura Smet (StephanieSenta” Bellange), Aurore Clément (Christine), Bernard Le Coq (Gérard Courtois), Solene Bouton (Sophie), Anna Mihalcea (Patricia), Eric Seigne (Jacques)/ Duración. 110 mins.

SINOPSIS

La historia se ambienta en un suburbio ubicado en el País del Loira en las afueras de Nantes. Philippe joven atractivo de 25 años, huérfano de padre, quien trabaja como mano derecha de un contratista inmobiliario, vive con Christine, su madre y sus hermanas: Sophie, joven tranquila y prudente quien está a punto de casarse con Jacques, y Patricia, adolescente más bien rebelde con tendencias a la vagancia. La madre, quien obtiene dinero peinando, aplicando tintes, o cortando el cabello a las vecinas en la cocina de la casa familiar, sale con Gérard, un hombre divorciado de su edad y posible sustituto de su marido, al que olvida muy pronto. Philippe, quien tiene que lidiar con amas de casa ya mayores que solicitan ampliaciones o reparaciones en sus hogares, conoce en la boda de Sophie a Stephanie también llamada Senta, una joven seductora y atrayente que funge como dama de honor y es prima del novio de su hermana. Senta no parece atraída por Philippe, sin embargo, cuando éste se marcha a su casa, la joven lo sigue y en minutos su encuentro se transforma en una apasionada relación, obsesiva y desenfrenadamente sexual. Para él, significa la entrada a un universo oscuro, sensual, e impulsivo que poco a poco empieza a adquirir un carácter anómalo y trágico. Senta habita en un enorme caserón en el área del sótano y su madre adoptiva, que constantemente sale fuera para participar en concursos de tango, vive aislada en el piso de arriba. Senta es callada e impulsiva y está convencida que Philippe es sólo para ella y ella sólo para él. Le revela extrañas confidencias que parecen ser mentiras. Le dice que nació en Islandia y que su madre murió en el parto, que es actriz y modelo que ha trabajado al lado de John Malcovich y Woody Allen, por ejemplo y que, como prueba de amor, cada uno tiene que matar a alguien ¿Todo es verdad o simple invención de su mente fantasiosa? Sin embargo, cuando más ilusionado y extasiado se encuentra Philippe, descubre que la realidad puede ser más brutal que cualquier imaginación desbordada y fuera de control.

La dama de honor, compitió en el Festival de Venecia, en la sección Zabaltegui de San Sebastián y en el Festival de Gante donde el cineasta francés Claude Chabrol obtuvo una nominación a la Mejor Dirección. Y es que, una vez más, ese gran maestro de las relaciones obsesivas y el suspenso, hurga bajo la superficie de la pequeña burguesía francesa, con todas sus mezquindades, temores y secretos, en otro de sus sobrios e intensos relatos policiacos de patologías enfermizas y personajes manipuladores. La dama de honor, al igual que otra de sus obras mayores, La ceremonia (1995) con Isabelle Huppert y Sandrine Bonnaire, que narra la relación que se establece entre dos mujeres: una sirvienta y una empleada de correos, se inspira en una novela de la prolífica escritora inglesa Ruth Rendell (1930), quien en 1996 obtuvo el título de Dama del Imperio Británico. Ganadora de múltiples premios literarios y autora de decenas de novelas de serie negra y relatos de suspenso policiaco, algunos escritas bajo el seudónimo de Barbara Vine, publicó su primera novela en 1967, en la que aparece ya uno de sus personajes más populares: el Inspector Wexford, protagonista de 20 títulos. Varias de sus obras, que han sido comparadas con el trabajo de Agatha Christie, utilizan referencias directas o veladas de clásicos de la literatura universal. Su éxito ha trascendido de tal forma, que algunas de sus novelas han sido adaptadas a la pantalla por personalidades de la talla de Chabrol, Pedro Almodóvar quien filmó Carne trémula (1996) a partir de su novela Live Flesh de 1986, historia de pasiones sexuales inspirada por cierto en Crimen y castigo de Dostoyevski.

Lo mismo sucede con Betty Fisher y otras historias (2001) inspirada en otra historia de Ruth Rendell. En ella, bajo el aparente barniz de un thriller sicológico, el gran realizador Claude Miller, construye un emotivo retrato oscuro y luminoso al mismo tiempo, sobre la ambivalencia del amor materno y la falta de sensibilidad que reúne a tres personajes femeninos: una talentosa escritora que pierde a su pequeño hijo, su insensible madre que trata de guiar su vida y le consigue un niño sustituto y una guapa mesera de bar con un hijo al que rechaza, en una historia anómala y conmovedora por partes iguales. En La dama de honor, de nueva cuenta, un personaje femenino detona las patologías enfermizas a su alrededor, sin embargo, Chabrol y su co guionista Pierre Leccia han contado con un magnífico y carismático actor, Benoit Magimel, quien construye un personaje vulnerable e intuitivo que poco a poco se va enredando en una espiral de demencia y amor loco y obsesivo. Encarna de alguna manera al hombre ingenuo e inocente típico del amo del suspenso, Alfred Hitchcock envuelto en una intriga tan extraña como fascinante y peligrosa al conectarse con una mujer fatal incapaz de controlar sus emociones y sus pensamientos.

A ello, habrá que sumar que en buena medida, el filme resulta intrigante por la enigmática presencia de la joven Laura Smet (Los cuerpos impacientes, Pauline y Francois), hija nada menos que de la espléndida actriz francesa Nathalie Baye (El cuarto verde, La provincial, La flor del mal, una relación pornográfica) y del rockero y actor francés Johnny Hallyday (Detective, El hombre en el tren, Los ríos de color púrpura 2). Lo interesante de La dama de honor, es que consigue mantenerse al margen sin posiciones moralistas frente a la exacerbada pasión amorosa que presenta. Es decir, coloca al espectador de tal manera que uno puede entender e incluso vivir la peculiar manera de entender el amor, ya sea desde el punto de vista de Senta: “Estamos hechos el uno para el otro. ¿No te has dado cuenta que somos especiales?” o del propio Philippe, quien se deja arrastrar por ese remolino de emociones sin saber los límites que conlleva y lo rápido que se aproxima al abismo.

Luego de aquellos fascinantes retratos de la perversidad observados en Gracias por el chocolate, Una dama para dos y La flor del mal,  Chabrol se concentra en una pareja de amantes malditos muy en deuda con los clásicos del cine negro estadunidense de los años 40 y 50, que encuentran en el sexo, la muerte y las fantasías sobre ésta, una extensión del orgasmo y la culminación romántica. De ahí, las palabras que Senta dice a su amante: “La única manera de encontrar el mayor placer en la vida es plantando un árbol, escribiendo un poema, hacer el amor con alguien de tu mismo sexo y asesinando a alguien”. Es decir: rebasar todo límite y trasgresión. “Estamos por encima de la ley y de la moral”, comenta la joven Senta, quien sin tratarse particularmente una belleza, resulta una mujer muy sensual y atrayente, en un filme que desde un inicio nos anuncia lo que vendrá.

Sabemos por ejemplo, que aquel incidente justo al arranque y que se observa en un noticiero televisivo: la desaparición de una jovencita, o el huraño novio de la mamá de Philippe, e incluso la muerte de un vagabundo de la que se habla en un periódico, tendrán relación con los protagonistas. En ese sentido y pese a que las situaciones toman derroteros que parecen poco creíbles o excesivas, están planteadas para alimentar nuestras expectativas, sin ofrecernos pistas falsas o personajes sacados de la manga. Incluso, los personajes secundarios y periféricos (las hermanas, el vagabundo, los policías, las clientas y tenderas), están ahí al igual que ese singular busto de una joven que, curiosamente guarda mucho parecido con Senta –regalo del fallecido padre de Philippe  a su esposa y que pasa del jardín de la casa familiar al de Gerard y de ahí, al armario de Philippe y después a la recámara de su amante-, para alimentar más el fuego interior que la trama elabora, el mismo que quema y devora a esos amantes ávidos de intimidad que buscan trastocar sus cuerpos y pensamientos en uno solo.

Tanto Megimel como Smet, van de menos a más. Ambos personajes van creciendo en intensidad, como se expande su propia y extraña relación. Philippe perteneciente a una familia pequeño burguesa de provincia venida a menos, quien viene a ocupar el lugar del padre, hace recordar en mucho a su papel para La pianista (Michael Haneke, 2001). Un joven serio, responsable, con un buen trabajo que va en ascenso, pero que desea huir de un ambiente familiar más bien sofocante: una madre sobreprotectora, una hermana que coquetea con la delincuencia. Y a su vez, con algunas obsesiones e inseguridades, representadas por ejemplo, en ese fetichismo por el busto de piedra que su madre desecha y el recupera. Duerme incluso con el busto y besa sus labios de granito, como si fuera su amante: algo así como una suerte de mcguffin hitchcokiano y es que de alguna forma, la sombra de el Hitchcock más perverso, realista y contemporáneo, permea en ésta película.

Senta por su parte, la espléndida Laura Smet está muy próxima a las perversas heroínas de Hitchcock, pero sobre todo a las de Claude Chabrol –en particular en las citadas: Gracias por el chocolate, La flor del mal, Una dama para dos-. Una joven desconcertante, que sugiere toda clase de horrores, fantasías y delicias con una mirada, un beso, o, a través de su cuerpo desnudo. Es a través de esa pasión que los devora, como se sumerge Philippe en un universo tortuoso y delirante –basta con ver los espacios que cada uno habita: el luminoso y tradicional de él y el oscuro, inquietante y misterioso de ella, entre paredes descarapeladas, humedad, muebles cubiertos de sábanas, espejos y pancartas para dejar recados-. Un mundo que adquiere una forma brutal en los últimos 15 minutos de la película.

La dama de honor es un filme sobre las apariencias, las etiquetas sociales que acaban por asfixiar, la soledad y sobre la obsesión del amor y sus consecuencias. Una historia que responde de manera exacta a los planteamientos argumentales y estilísticos de ese enorme cineasta que es Claude Chabrol, retratista de la hipocresía social y las miserias del alma humana, ocultas y agazapadas que esperan salir en el momento preciso.

RAFAEL AVIÑA

UNA DAMA PARA DOS (La fille coupée en deux, Francia-Alemania, 2007)

Una dama para dosDirección. Claude Chabrol/ Guión. Claude Chabrol y Cecile Maistre/ Fotografía en color. Eduardo Serra/ Música: Matthieu Chabrol/ Edición: Monique Fardoulis/ Vestuario. Mic Cheminal/ Con: Ludivine Sagnier (Gabrielle Deneige), Benoît Magimel (Paul Gaudens), François Berléand (Charles Saint-Denis), Mathilda May (Capucine Jamet), Caroline Silhol (Geneviève Gaudens), Marie Bunel (Marie Deneige), Valéria Cavalli (Dona Saint-Denis), Thomas Chabrol (Lorbach)./ Duración. 115 mins.

Sinopsis 

Gabrielle Deneige, vive en Lyon con su madre Marie, quien la ha criado sola y es dueña de una pequeña librería. Gabrielle es una joven atractiva y encantadora, en busca de experiencias nuevas, que se dedica a ofrecer los pronósticos del tiempo como meteoróloga en una cadena de televisión local. En ocasión del lanzamiento promocional de un nuevo programa, Gabrielle conoce al arrogante escritor Charles Saint-Denis, quien vive en las afueras, en el campo, alejado del bullicio parisino. Saint-Denis, intelectual cincuentón, extravagante y fanático de las subastas de arte y de las citas literarias, es un adulador y un seductor consumado a pesar de sus 25 años de matrimonio con la aún muy guapa Dona. No obstante, el escritor enloquece por Gabrielle y la seduce a pesar de doblarle la edad. Ambos inician una apasionada y tirante relación que se complica con la presencia de Paul Gaudens, un hombre más joven, rico y caprichoso, con algunos rasgos sicópatas, que se empeña a toda costa en conquistar el corazón de Gabrielle con resultados trágicos e insospechados.

 

En Una dama para dos, el afamado cineasta francés Claude Chabrol (1930-2010), toma como punto de partida la muerte del maduro Stanford White, célebre y millonario arquitecto del Madison Square Garden, en Nueva York a principios del siglo XX, asesinado por el posterior marido de su joven amante, la guapa modelo y corista de Broadway, Evelyn Nesbit, quien tenía 16 años cuando White de 47, la sedujo y a su vez, la obligaba a columpiarse desnuda antes sus adinerados amigos en su lujoso departamento neoyorquino. El sonado caso de nota roja fue llevado antes a la pantalla por el realizador Richard Fleischer (Compulsión, Los vikingos, El estrangulador de Boston), en la película El escándalo del siglo (The Girl in the Red Velvet Swing, 1955). En ella, Ray Milland hacía el papel de White, mientras que la bella Joan Collins, interpretaba a la bailarina, codiciada a su vez por el joven y acaudalado heredero Harry KendallThaw (interpretado por Farley Granger), que termina arrebatándosela y casándose con ella pero poco después enloquecía por los celos y terminaba disparando a muerte contra su rival. De hecho, la propia Nesbit fue asesora del filme.

Chabrol traslada los sucesos de principios del siglo XX a la Francia contemporánea para insistir en sus temas sobre la decadencia y perversión burguesa. El amor y el sexo como mercancía y objeto de consumo que puede obtenerse en una subasta moral y emocional, la misma que enfrentan, el sicópata y desequilibrado Paul Gaudens, dandy que ha vivido siempre bajo las faldas de su madre y el cínico, depravado y veterano escritor Saint-Denis, quien comenta: “¿Me pregunto si la sociedad francesa se encamina al puritanismo, o a la decadencia”. No resultan casuales aquí, las citas al erotómano escritor Pierre Louÿs, autor de La mujer y el pelele. No sólo por la obcecación sexual que significa Gabrielle, sino por la dualidad que representan esas dos formas de amar en la protagonista, como sucedía con el héroe de la novela, obsesionado por los dos rostros de una misma mujer, en una historia llevada varias veces al cine entre otros, por Luis Buñuel en Ese oscuro objeto del deseo (1977). Sin embargo, a diferencia de otras películas suyas como Violette Noziere, señorita de día, prostituta de noche (1978), Chabrol elige la sutileza, la malicia y la ironía. Ejemplo de ello, es la secuencia aquella en la que Gabrielle se somete a las fantasías de Saint-Denis y se arrastra por el suelo disfrazada de pavo real. Chabrol no explora la fascinación erótica. Por el contrario, la minimiza. De hecho, la primera mitad de Una dama para dos, se acerca más a una ácida comedia de dilema moral y en cambio, la segunda parte funciona más como un thriller oscuro y amargo, en concordancia con sus últimos filmes como: La dama de honor, La flor del mal o La comedia del poder, que forman parte a su vez de su cuarta etapa cinematográfica, apoyada por el productor Patrick Godeau, cuando Chabrol rebasaba los 75 años y en donde se insertan los triángulos amorosos, las fábulas éticas, o la participación de figuras como Isabelle Huppert, Benoît Magimel, o François Berléand.

No obstante, a diferencia de otras películas de Chabrol, cuyos personajes suelen ser sumamente complejos y opuestos a los estereotipos, aquí, parecen ser lineales y sin aristas en apariencia (Saint-Denis seduce muy rápido a Gabrielle, por ejemplo, quien a pesar de ser hija de una librera se enorgullece de no abrir ningún libro), en una trama que simula orientarse hacia el debate moral. La joven protagonista se siente atraída por la inteligencia, extravagancia y la experiencia de Saint-Denis, sin embargo, no duda en hacer lo que sea necesario para asegurar su futuro profesional, además de que tiene a todo el mundo detrás suyo en la estación televisiva y también en lo económico, puesto que no rechaza del todo a Paul. Por cierto, ambos personajes masculinos están trazados con muchos signos de repulsión: el egoísmo, arrogancia y las mentiras del escritor que utiliza a la joven a su antojo, o los mohines de niño mimado y carácter irascible y convulso del joven heredero, para el que Gabrielle resulta en suma un capricho más.

 

Así, la primera mitad transcurre en un tono ágil e inteligente de alta comedia y diálogos similares, en ese enfrentamiento intelectual entre el maduro y libertino escritor, el millonario ocioso e hijo de mamá acostumbrado a conseguirlo todo y la hermosa y sugestiva chica del tiempo motivada primero por la independencia personal, después por su poder de seducción y el salto a lo prohibido que encarna ese novelista casado y sexualmente activo y la estabilidad que representa el matrimonio con un joven acaudalado. No obstante, pronto el filme se coloca en una zona oscura para narrar un amor loco, en un cambio de género proclive a la tragedia que recuerda la trama de Las relaciones peligrosas escrita por Pierre Choderlos de Laclos en 1782, llevada al cine por Roger Vadim y Stephen Frears. Como sucede en aquella, aquí, el escritor Saint-Denis, se dedica a acumular aventuras y seducir mujeres, cuenta con una editora, Capucine Jamet, cómplice de sus escapadas eróticas y Gabrielle Deneige, representa a la joven ingenua y sacrificable en apariencia, ya que sabe cómo manejar a esos hombres entre los que se siente dividida. Es decir. La historia de ésta mujer repartida entre dos amores, cuya vida afectiva es al igual que en su trabajo en la televisión, una suma de días soleados y nublados, termina por convertirse en un nuevo descenso chabroliano a los infiernos  de la alta burguesía e intelectualidad francesa, cuyos pecados y voracidad no tienen límite.

Una vez más, Chabrol se presenta fiel a los postulados de la nueva ola francesa, de donde surgió como uno de sus principales representantes desde su notable debut con El bello Sergio (1958). Ex crítico de la célebre revista Cahiers du Cinema y gran admirador de Henri-Georges Clouzot uno de los grandes maestros del cine de suspenso francés, a quien homenajeó con El infierno, filme que debió realizar Clouzot sobre el tema de los celos patológicos, consigue darle la vuelta a su etapa anterior plagada de tramas policiales en la que el autor de Qué las bestia muera, El carnicero, o La ceremonia, abandona sus relatos urbanos para situar sus acciones en la provincia acomodada de Lyon, donde tiene la oportunidad de burlarse además de la banalidad de la televisión como lo muestra la escena de la entrevista al escritor en un programa de celebridades literarias. Una dama apara dos tiene una intriga atractiva, un elenco  eficaz y una puesta en escena admirable en la que destaca la música atonal e inquietante de su hijo Matthieu Chabrol y sobre todo el trabajo visual y fotográfico a cargo de Eduardo Serra. El tema de la perversión, el amor y la seducción son puestos a andar con un mecanismo de relojería eficazmente manejado por Chabrol, en un relato sobre las relaciones amorosas, vueltas relaciones de poder, mismas que no dan pie a confusiones de los acontecimientos y los desencantos que viven los personajes. Incluso, el bello y aparentemente desconcertante epílogo que sucede en un teatro donde se lleva a cabo un acto de ilusionismo: el de la chica partida en dos, título original al filme, tiene como finalidad, perturbar al espectador y desbalancearlo, al tiempo que evita caer en los convencionalismos de fórmula en historias similares. Una dama para dos es una pieza moderna sobre la decadencia amorosa y la pasión dividida.

RAFAEL AVIÑA