EL NIÑO DE LA BICICLETA (Le gamín au vélo, Bélgica-Francia-Italia, 2010)

El niño de la bicicletaDirección y Guión. Jean-Pierre y Luc Dardenne/ Fotografía en color. Alain Marcoen/ Música. Concierto Emperador, de Beethoven/ Edición. Jean-Pierre y Luc Dardenne/ Vestuario. Maira Ramedhan Lévy/ Con. Thomas Doret (Cyril Catoul), Cécile De France (Samantha), Jérémie Renier (Guy Catoul, el padre), Egon Di Mateo (Wes), Batiste Sornin (Educador 1), Samuel De Rijk (Educador 2), Frédéric Dussenne (El conserje)/ Duración. 87 mins.

Sinopsis

Cyril es un rebelde niño belga de once años, obsesionado con encontrar a su padre, quien lo abandonó temporalmente en una escuela-hogar infantil de acogida. En uno de sus múltiples intentos por dar con su progenitor, quien al parecer se ha esfumado sin dejar rastro llevándose consigo la bicicleta del niño, conoce por casualidad a Samantha, peluquera del lugar y dueña de una pequeña estética femenina. Conmovida ante la impotencia y la obcecación de Cyril, Samantha accede a que se quede con ella los fines de semana y a su vez, recupera la bicicleta que el padre ha vendido, mientras sirve de intermediaria entre el niño y éste, quien demuestra no tener interés alguno en recobrar a su hijo. Cyril se niega a reconocer el amor y la paciencia que Samantha siente por él, un amor que el niño necesita con desesperación para calmar su rabia, mientras va descubriendo poco a poco la amarga realidad a la que se enfrenta, al tiempo que conoce a Wes, un joven maleante que empieza a llevarlo por senderos peligrosos y violentos.

Nominada en festivales como el de Londres y a los galardones del Cine Europeo, El niño de la bicicleta obtuvo el Gran Premio del Jurado en el Festival de Cannes celebrado éste año y su joven protagonista, Thomas Doret, ganó una Mención Honorifica en el Festival de Valladolid.

“Para esta película imaginamos un triángulo: la ciudad, el bosque y la gasolinera. El bosque es un lugar lleno de peligros para Cyril porque ahí es donde puede aprender a convertirse en delincuente. La ciudad representa el pasado con su padre, y el presente es Samantha. La gasolinera es un lugar de transición, donde el argumento adquiere nuevos y numerosos giros. Queríamos construir la película como si fuera un cuento de hadas, con malos que quieren arruinar las ilusiones del chico, y donde Samantha surge como una especie de hada. De hecho, en algún momento pensamos que la película podría titularse: “Un cuento de hadas de nuestro tiempo…”.

“…Respecto a Doret, lo encontramos por la vía habitual para buscar actores de su edad: colocando un anuncio en el periódico. Al casting se presentaron más de cien jovencitos. Thomas vino el primer día. Era el quinto que veíamos y enseguida supimos que era él. Nos impresionó la expresión de sus ojos, su aspecto de niño testarudo, su actitud concentrada. Además, tenía una capacidad asombrosa para aprenderse los diálogos… Desde las primeras pruebas -que en realidad son la escena de apertura de la película-, supimos que era el personaje. Comprendió de forma intuitiva en qué consistía su papel. Resultó preciso y conmovedor, pero nada melodramático…” –Jean-Pierre y Luc Dardenne.

Con una larga y singular carrera en la realización fílmica con películas como Rosetta (1999) y El niño (2005), ganadoras ambas de la Palma de Oro en Cannes, o El silencio de Lorna (2008) que obtuvo el premio al Mejor Guión en el mismo festival, los hermanos Dardenne, sin duda los cineastas belgas más importantes de su país, ofrecen una vez más una visión agridulce y semi trágica de la existencia humana con esta película sobre la irresponsabilidad de los adultos y la dramática odisea de un pequeño lleno de rabia y frustración (el espléndido debutante, Thomas Doret), tras la pista de su padre que le abandonó en un centro de menores, contando tan sólo con la ayuda y el amor desinteresado de una peluquera soltera y treintañera (la siempre atractiva Cécile De France), que le acoge como si fuera su propio hijo.

Como en sus películas arriba citadas, desde el inicio, la acción y la premisa arrancan al mismo tiempo, atrapando con ello la atención del espectador. De esa forma, se ve imposibilitado de abandonar el relato y a su vez, obligado a compartir el desaliento, las amenazas, los sinsabores y también los momentos de alegría del protagonista. De alguna forma, los Dardenne reactualizan y homenajean en espíritu, las desventuras que sufría el pequeño Antoine Doinel (Jean-Pierre Léaud) en Los 400 golpes (1959) de Francois Truffaut, así como el antihéroe de La infancia desnuda (1969) de Maurice Pialat, en situaciones que hacen recordar las largas caminatas en busca de un trabajo digno que sufría la joven Rosetta quien vive con su madre alcohólica.

Sus personajes son parias rechazados por la sociedad que buscan integrarse emocional y socialmente. Al igual que Rosetta, obstinada en encontrar un oficio, Cyril se aferra a un padre cobarde incapaz de asumir su responsabilidad en busca de una vida más cómoda. En El niño de la bicicleta, la historia adquiere cada vez más un tono de fábula moderna. La vestimenta roja del niño –ya sea su camiseta, o su chamarra-, colabora. En ese sentido, el pequeño corre peligros como el acoso de un fiero lobo que encarna la sociedad misma y una juventud ociosa, en el interior de un bosque tenebroso que es la periferia del suburbio pueblerino donde el niño se mueve, huyendo siempre de todos y de sí mismo a bordo de su bicicleta, como una extensión de su propio menudo cuerpo, en un filme que evita el melodrama y el sentimentalismo y aboga por un posible final optimista.

“Me estresa. No lo quiero. Ocúpese usted”, con esas frases, Guy Catoul, encarnado por Jérémie Renier -actor constante en la filmografía de los hermanos Jean-Pierre y Luc Dardenne-, enfrenta la paternidad de su hijo Cyril, ese niño violento, rebelde e hiperactivo: una suerte de animal herido repudiado por la sociedad, que se empeña a pesar del evidente rechazo de su padre, único familiar con vida que tiene, en convencerlo de que se haga cargo de él.

Cyril huye una y otra vez de la escuela-hogar donde habita para buscar a su progenitor en su antiguo departamento. Burla la vigilancia de educadores y porteros, asegura que su padre debe estar por ahí, esperándolo con la bicicleta que le pertenece, su única posesión. En una de esas tantas escapadas, se sujeta del brazo de una desconocida, Samantha, como quien se aferra a una boya en altamar. Ese es el detonante para que la mujer, estilista del barrio, decida buscarlo y acogerlo los fines de semana e intentar proporcionarle el amor que requiere. Sin embargo, el camino será difícil.

Visto así. El niño de la bicicleta, pareciera una obra que tiende al melodrama familiar más sensiblero. Nada de eso. Se trata de un relato duro y seco ligeramente optimista, como lo demuestra aquella secuencia en la que el niño confirma que el padre vendió su bicicleta –recuperada más tarde por Samantha-, o la desesperada reacción que Cyril sostiene en el auto de su protectora luego del repudio del padre, y sobre todo, la tensa secuencia final que se encuentra a medio camino entre los dos desenlaces opuestos de esa obra maestra sobre la infancia vulnerada que continúa siendo Los olvidados (1950) de Luís Buñuel.

Una vez más, están presentes los temas de sus filmes anteriores: el abandono, la decepción, la doble moral de la sociedad, el abuso de los adultos y el penoso viaje de liberación emocional de sus jóvenes protagonistas. Si Renier vendía a su hijo recién nacido en El niño (2005), aquí lo abandona a su suerte, a pesar de los desesperados intentos de su vástago por encontrarlo. En ese sentido, la película de los Dardenne, se emparenta además con un par de filmes rusos de tópicos similares: El regreso (Andréi Zvyagintsev, 2003), sobre la angustiosa convivencia en un fin de semana, entre dos hermanos y su padre ausente. Y en especial, Koktebel (Boris Khlebnikov y Alexei Popogrebsky, 2003), acerca de un hombre viudo que viaja más de mil kilómetros con su hijo de 11 años, en busca de un familiar que se haga cargo del niño para que él inicie una nueva vida. El niño de la bicicleta resulta una obra notable y luminosa, sobre la generosidad y la tolerancia.

RAFAEL AVIÑA

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UN SECRETO (Un Secret, Francia, 2007)

Un secretDirección. Claude Miller/ Guión. Claude Miller y Natalie Carter, inspirados en la novela de Philippe Grimbert / Fotografía en color y en blanco y negro. Gérard De Battista / Música: Zbigniew Preisner/ Edición: Verónica Lange / Con: Cécile De France (Tania), Patrick Bruel (Maxime), Ludivine Sagnier (Hannah), Julie Depardieu (Louise), Mathieu Amalric (François adulto), Orlando Nicoletti (Simón), Valentin Vigourt (François niño), Quentin Dubuis (François adolescente)/ Duración. 105 mins.

Sinopsis

En el París de 1985, François Grimbert de 40 años, es un taciturno psicólogo de niños autistas. Una llamada de su madre en la que le comunica que su padre ha salido a caminar sin rumbo fijo, despierta recuerdos dormidos de su infancia y adolescencia. A los diez años, François es un niño enclenque, enfermizo, solitario, introvertido y poco inclinado al deporte. A su vez, está convencido de ser una permanente fuente de desilusión para Maxime, su padre, un gimnasta atlético y seductor y su bellísima y atractiva madre, Tania, una ex modelo y campeona de natación. Por ello, François se inventa un hermano fantasma, un alter ego, atleta, viril y capaz de vencer cualquier obstáculo. Esa sensación de permanente descalificación a todo lo que sus padres esperan de él, parece estar íntimamente ligada al descubrimiento de ciertas verdades y secretos incómodos sobre la juventud de sus progenitores quienes intentaban lidiar con su condición de judíos en la Francia ocupada por los nazis. Se trata de secretos familiares revelados por Louise, enfermera, masajista y una amiga muy cercana de sus padres, que le permitirán al frágil François, comenzar a construir su propia vida.

Un secreto adapta la novela autobiográfica homónima del sicoanalista y escritor Philippe Grimbert (publicada en español por Tusquets). A pesar de la aparente sencillez de la trama, se trata de un complejo entramado de saltos cronológicos, emocionales e históricos, que se sumergen a los largo de cuatro décadas de Historia de Francia y tres distintas etapas de la vida del personaje protagónico. Pero sobre todo, se trata de un relato que intenta ahondar en el ambiente previo y posterior de discriminación racial bajo la ocupación alemana en el París de la segunda guerra mundial, que por un lado contó con la simpatía y colaboración tácita de varios personajes de la política e intelectualidad francesa y otros miembros de la población en general (el político Pierre Laval, el mariscal Philippe Petáin, el periodista Robert Brasillach, entre otros, quienes apoyaron el régimen de Vichy, citados en éste filme). Una situación que condujo a su vez a miles de judíos –entre ellos, varios miembros de la familia Grimbert- a una muerte terrible y humillante en los campos de concentración y las cámaras de gases ideadas por los nazis.

Si algo queda patente en esta versión fílmica de la novela de Grimbert que obtuvo once nominaciones al Premio César, máximo galardón del cine francés y el Gran Premio de las Américas en el Festival de Montreal, es la elegancia, profundidad y sensibilidad que le imprime al relato un realizador como Claude Miller, sin duda, una de las figuras más atractivas del cine galo, perteneciente a la segunda generación de la nueva ola francesa. Nacido en 1942 en Paris, Francia, ingresó al célebre instituto fílmico del IDHEC en 1962. Su servicio militar lo realizó en el área cinematográfica del ejército y a partir de 1965, se convierte en asistente de notables cineastas como: Robert Bresson, Michel Deville, Jacques Demy, Agnès Varda y Jean-Luc Godard a quien asistió en la dirección de la cinta Week End (1967) y fungió como su director de producción en: Dos o tres cosas que yo se de ella (1967), un trabajo que desempeñó a su vez para François Truffaut en obras como: El niño salvaje (1969), La noche americana (1972), La historia de Adele H. (1975), entre otras.

Su primer cortometraje, Juliet dans Paris (1967), protagonizada por Juliet Berto, es una curiosa comedia negra de corte vampírico, seguido por La Question Ordinaire, con el tema de la tortura y censurado en su momento y Camille ou la comédie catastrophique, que ridiculaza a la milicia, hasta que finalmente debuta en el largometraje con la extraordinaria cinta: La mejor manera de caminar protagonizada por un joven Michel Blanc y el malogrado actor Patrick Dewaere, en torno a un tímido jovencito incapaz de adaptarse a su grupo y humillado por éste. No obstante, su primer gran éxito de crítica y público surge con el inclemente policial paranoico, Garde a vue/ Bajo custodia, estelarizado por Lino Ventura, Michel Serrault y Romy Schneider.

A partir de entonces, el cine de Miller no sólo ha obtenido un sonoro impacto fuera y dentro de su país, sino que ha abordado diversos géneros con un alto refinamiento de profundidad de sus tramas. El devenir adolescente en La sinvergüenza (1985) y La pequeña ladrona (1988), inspirada en un guión inédito de François Truffaut, o la novela negra en Betty Fisher y otras historias (2001). En 2003 su película La pequeña Lili fue seleccionada para competir por la Palma de Oro en Cannes y obtuvo cuatro nominaciones al César (una de ellas a la Mejor Dirección).

Tal y como ocurre en Un secreto, Miller ya había demostrado su interés por niños y jovencitos frágiles e indefensos desde su ópera prima La mejor manera de caminar. En Betty Fisher y otras historias, bajo el aparente barniz de un thriller sicológico, construía un emotivo retrato oscuro y luminoso al mismo tiempo, sobre la ambivalencia del amor materno y la falta de sensibilidad. Y en su anterior filme, La clase de nieve (1998), los niños son el motor del horror, las emociones y la esperanza, sobre una escritora que pierde a su hijo y cuya insensible madre le lleva un sustituto en una suerte de intenso e irónico cuento de hadas contemporáneo sobre la barbarie de los adultos, la violencia contra los niños y las paranoias de una sociedad alimentada por el morbo y la desconfianza.

Si en La clase de nieve, el protagonista es un jovencito ansioso, sobreprotegido por sus padres y apocado que se inventa historias aterradoras (descuartizamientos, asesinatos, cabezas parlantes) hasta que sus relatos son sustituidos por una realidad devastadora en una estación de esquí alpino en una historia sobre la madurez emocional y las fobias ocultas, todo ello bajo el concepto de una trama policiaca con tintes fantásticos. En el caso de Un secreto, los temores del protagonista, un niño que busca estar a la altura de las expectativas de sus padres, deportistas físicamente muy atractivos y que a su vez se inventa un hermano misterioso y fantasmal con el que habla, juega, discute y pelea, la trama de intriga y tensión emocional se trastoca en una crónica íntima y dramática sobre la culpa y el perdón, y a su vez, acerca de las decisiones personales que quedan marcadas generación tras generación.

Al igual que Truffaut –recuérdese Los 400 golpes (1959)-, Claude Miller decide observar el frágil universo infantil incomprendido por los adultos. Así, a través de una impecable puesta en escena, el cineasta se mueve con habilidad a lo largo de tres momentos distintos en el tiempo, apoyado en un acertado diseño de producción y elementos de época como la inclusión del afamado tema musical Tout ca c’est pour nous de 1941 interpretado por Charles Trenet, pero sobre todo, sostenido por un extraordinario trabajo histriónico del elenco en general.

Hacia 1976, acerca del propio Miller, François Truffaut comentó: “Encuentro en él, una feliz combinación para moldear sus historias de tres maneras distintas: a través de la fábula, la trama psicológica y el relato autobiográfico”. Una observación que se adecua a la perfección al argumento que encierra Un secreto. “Yo también era un chico temeroso –recuerda Miller– y cómo no serlo, si mi madre me había llenado de miedos. Nací en 1942, casi todos mis tíos, tías y abuelos jamás regresaron de los campos de concentración… de niño y adolescente viví atormentado por ese trauma”.

Cuando de forma accidental, François encuentra en el ático un viejo juguete guardado en un añejo baúl y cuya aparición pone nerviosos a sus padres, sin entender el porqué de la perturbación que el hallazgo les provoca, el niño acude a Louise en busca de la verdad y descubre que ha tenido alguna vez un medio hermano y más adelante, cuando adolescente entiende que la unión de sus padres no se ha producido bajo las idílicas circunstancias que ellos mismos le han hecho creer, sino más bien en el contexto de una terrible tragedia.
Así, en el instante en que el relato de Un secreto se sumerge en la etapa anterior a la guerra, sabemos que Maxime estaba comprometido seriamente con Hannah Golda Stirn, joven judía, cuyos padres ven con gran preocupación el ascenso de Hitler al poder. Maxime, por el contrario, reniega de sus orígenes franco-judíos y se considera francés puro, lo cual supone la actitud de buena parte de la sociedad, ya que el ser judío resultaba en ese momento un lastre histórico y después incluso un objeto de humillación como sucede en la secuencia de la escuela, donde Françcois adolescente observa con sus compañeros de clase las escenas de la impactante Noche y niebla (1955) de Alain Resnais, una crónica documental de los campos de concentración nazis y un alumno se burla de los cadáveres provocando la ira del protagonista.

El mismo día de su boda con Hannah, Maxime queda impactado con la belleza de una rubia desconocida: Tania, esposa de Robert, hermano de Hannah, tan vigorosa físicamente como él, quien también se siente inmediatamente atraída por éste. Maxime y Hannah tienen un hijo, Simon, un simpático niño de gran condición física y atlética, cuya vida al igual que la de Hannah darán un vuelco terrible cuando sobreviene la invasión nazi, todo ello, bajo los recuerdos fragmentados de François y Louise, la culpa que cargará por años Maxime, la inesperada y fatal decisión de Hannah y la visión melancólica y fantasmal de aquella ondulante piscina azul donde la hermosa Tania ejecuta intensos y bellos clavados.

Un secreto se aleja de los excesos melodramáticos y del facilismo de las historias sobre el holocausto. Apuesta por una emoción contenida y se sumerge con inteligencia y sensibilidad en temas como la culpa, la redención, la idealización de la figura paterna, el deseo carnal, el despecho, el miedo, la religión, las fantasías infantiles, la relación padre-hijo y madre-hijo, la infidelidad y la condición de raza. Así, los conflictos individuales van mostrando esos secretos íntimos: como se rechaza un origen y una identidad, cómo se oculta un nombre propio y un apellido y como la memoria colectiva del holocausto es una mancha indeleble que aún a la distancia sigue creciendo.

RAFAEL AVIÑA