HADEWIJCH. ENTRE LA FE Y LA PASIÓN (Hadewijch, Francia, 2009)

HadewijchDirección y Guión. Bruno Dumont/ Fotografía en color. Yves Cape/ Música. Armand Amar/ Edición. Guy Lecorne/ Diseño de producción. Jean-MarcTran/ Vestuario. Alirol Manon/ Dirección de Arte: Vincent Amiel y Pauline Gracia/ Con. Julie Sokolowski (Céline / Hadewijch), Yassine Salihine (Yassine Chikh), David Dewaele (David), Karl Sarafidis (Nassir Chikh), Brigitte Mayeux-Clerget (la Madre Superiora), Marie Castelain (la madre de Céline), Luc Francois-Bouyssonie (el padre de Céline), Henri Cretel (albañil), Duración. 97 mins.

SINOPSIS 

Céline, hija de un pudiente diplomático y una madre distante, es una joven novicia veinteañera que decide rebautizarse como Hadewijch, nombre religioso que toma en honor de una monja, mística y poetisa del medievo. Céline confunde la abstinencia con el martirio, como lo muestran sus constantes actos de auto penitencia. Debido a su excesivo amor por Cristo y al verla entregada a una fe ciega y a un fervor desmedido, la Madre Superiora, le obliga a abandonar el convento donde vive confinada y decide regresarla a la sociedad secular con la esperanza de que logre encontrar su “verdadero yo”. De vuelta en París, Hadewijch vuelve a ser Céline, quien se ha tomado muy en serio su intención de convertirse en esposa de Dios. Para ella, Cristo es el amante ausente y se ha mantenido virgen para servirle. Es entonces cuando conoce a dos hermanos musulmanes que habitan en las afueras de París: Yassine, un jovencito impulsivo al que le gusta enfrentar a la autoridad y Nassir, el mayor, quien dirige un grupo de estudio de fe islámica, mismo que terminará por definir el sacrificio amoroso de Hadewijch, cuya rabia interior y crisis existencial, la conducirán por caminos peligrosos, ya que Nassir es en realidad un terrorista que encuentra en ella a la persona ideal para llevar a cabo sus teorías de fanatismo extremo. Así, la historia sigue a Hadewijch a lo largo de su viaje más allá de los muros del convento en su búsqueda de la gracia divina y el encuentro con Dios, de la manera que sea.

”Hago cine para expresar mi visión sobre los misterios de la vida”.

“El mal habita en nosotros, pero podemos convertirlo en bien y así alcanzar la gracia. Quería mostrar la belleza de ese amor puro por Dios que es una verdadera maravilla, pero también advertir cómo esa maravilla puede llevarnos a lo peor” -Bruno Dumont dixit-.

Hadewijch. Entre la fe y la pasión obtuvo el Premio Fipresci de la crítica internacional en el Festival Internacional de Toronto, Canadá.

El polémico realizador francés Bruno Dumont regresa de nuevo a sus temas de disyuntivas morales, de violencia y sacrificio. Un relato profundamente religioso y conmovedor que busca retratar el sufrimiento humano y la fe trastocada en un arma de dos filos. Se trata de una suerte de continuación de sus relatos y variantes acerca de la pasión y la brutalidad humana observada en toda su filmografía. La historia de una joven alma, torturada por un desasosiego cristiano que la carcome. Hadewijch de Amberes es a su vez, el nombre de una poetisa mística del siglo 13, fallecida posiblemente hacia el año 1260. Una beguina –mujeres laicas católicas- dedicada a la contemplación religiosa, a obras de caridad y a la ayuda a los desamparados. Inspirada en su devoción por Cristo escribió sus encendidos versos y poemas amorosos, algunos de ellos de carácter epistolar, que tomaron como punto de partida sus experiencias místicas. La verdadera Hadewijch no escribió en latín, sino en lengua vulgar, es decir en su natal neerlandés medio. Entre sus obras se encuentran los libros: El lenguaje del deseo. Poemas de Hadewijch de Ámberes, editado y traducido por Mará Tabuy y Dios, amor y amante de ediciones Paulinas.

Y es que el caso de Bruno Dumont es insólito. Al igual que el austriaco Michael Haneke (Juegos divertidos, Observador oculto, Amour), Dumont fue primero maestro en Filosofía y de ahí dio el salto al cine de manera tardía. Nacido en Bailleul, Francia en 1958, probó suerte en el periodismo, la publicidad y la televisión. Después, realizó infinidad de cortos y documentales institucionales y de esa experiencia surge su primera película realizada a los 39 años de edad: La vida de Jesús (1997) centrada en un grupo de jovencitos que vagan sin rumbo, uno de ellos con crisis epilépticas. Con ella obtuvo reconocimiento mundial, así como el premio de la Cámara de Oro en el Festival de Cannes. La humanidad (1999), su segundo filme, se inserta en esa vorágine experimental de un nuevo cine galo dispuesto a romper con las reglas establecidas. Desde el arranque mismo, el cineasta coloca al espectador ante la disyuntiva del horror y la exasperación como metáfora de nuestros propios temores. Un hombre asustado, el oficial Pharaon de Winter (Emmanuel Schotté), corre sin rumbo fijo para caer de bruces sobre un campo arado y en tanto, muy cerca de él, yace el cadáver de una niña asesinada con la vagina deshecha. En efecto, todo resulta enigmático en un filme que inicia como una cinta de investigación policiaca para tomar otros derroteros más inquietantes en la historia de un policía que se busca así mismo en los actos de los demás como una purga redentora de los males humanos. Dumont volvió a triunfar en Cannes, obteniendo el Gran Premio del Jurado y un doble reconocimiento a mejor actor. Para su tercer filme, Dumont abandonó su región natal en el norte de Francia y se trasladó a California para rodar 29 palmas (2003), relato de descarnada sexualidad sobre un fotógrafo independiente y una joven que se adentran en el desierto de Los Ángeles para llevar a cabo una audaz sesión fotográfica. Flandres (2006) con la que el realizador volvió a obtener el Gran Premio del Jurado de Cannes, describe la vida de provincia de unos muchachos, destrozada por la guerra. Después de Hadewijch. Entre la fe y la pasión, Dumont realizó la controversial Bajo el sol de Satán (2011), acerca de la extraña relación entre un joven solitario y una muchacha que vive en una granja. Su más reciente trabajo es: Camille Claudel 1915 (2013) inspirado en un episodio verídico sobre la vida de la escultora francesa hermana del poeta y dramaturgo Paul Claudel y amante del escultor Auguste Rodin. Protagonizada por Juliette Binoche, Dumont filmó esta historia en un manicomio real rodeado de pacientes con discapacidad mental verdadera.

“El poder del amor puede convertirse en delirio incluso en la propia religión. Es un sentimiento colosal que puede ir más allá dejando a Dios a un lado y amando a los demás, es la razón por la cual Hadewijch muere en Dios para poder nacer en el hombre….Dios es teatro, es un personaje de cine. En el cine hay que creer en lo que se ve. Dios es poesía, y puede ser cierta o falsa…Fui atraído por la belleza de los textos de esta poetisa de la Edad Media, para quien el amor puede ser el de una mujer con un hombre, pero para ella es el que le inspira Cristo, el amante perfecto, el amante ausente. Respecto a las historias de mis películas: no se trata de entender, sino de sentir. Hay muchas cosas que no son comprensibles. Habría que dejar la comprensión en el vestíbulo y tratar de sentir. Hadewijch es una película muy sencilla. No quise hacer una película intelectual porque es muy aburrido. Henri Bergson, el filósofo francés, ha criticado mucho la inteligencia: Él dice que uno debe ser más intuitivo. Para mí fue muy importante estudiar primero filosofía y después hacer películas. No me interesa ver muchas cintas, sino leer mucho sobre los temas de los que quiero hablar en la pantalla. Además, yo quise entrar a una escuela de cine y no me dejaron. Pero lo importante no es ir a la escuela y aprender a usar la tecnología, sino tener una visión particular de las cosas. Los grandes cineastas como Bergman, Dreyer, Bresson o Kubrick técnicamente tenían errores, pero también tenían esa visión de la que hablo. –fragmentos de una entrevista a Bruno Dumont por Leticia Carrillo-

Y es que en Hadewijch, Dumont apuesta por un personaje intrigante que pareciera entresacado de una película de Dreyer, Bresson o Godard. Y al igual que en sus anteriores obras, detalla la contemplación, el aburrimiento incluso, pero también la exacerbación de sentimientos en los barrios populares de París y en las zonas aristocráticas en donde aparentemente no sucede nada. Lo curioso es que su propuesta anímica tan exasperante como perturbadora de poca acción y mucha introspección consigue mantener en un hilo al espectador. En ese sentido, destaca sobre manera la intensidad dramática que impone el trabajo de la sensible debutante Julie Sokolowski y ahí está para demostrarlo, escenas como aquella en la que, Céline se monta en la parte trasera de una motocicleta robada conducida por Yassine, a quien conoce en un café del barrio, o en los escarceos sexuales que Yassine intenta con la joven ex novicia, quien rechaza sus avances, ya que reserva su virginidad para Cristo. Otra escena interesante es aquella donde Céline invita al joven árabe, a una cena en la mansión de sus padres, ante el evidente rechazo de su gélida madre y el indiferente padre, quien sólo interviene en la plática para comentar algo acerca de la posibilidad de conseguir un trabajo para Yassine.

Bruno Dumont regresa a los terrenos de La vida de Jesús para contar un oscuro relato de amor, sacrificio y fanatismo, en el cual los detalles cotidianos se convierten en actos terribles, en un drama extraño y conmovedor para retratar el sufrimiento humano, sus recovecos y sus escapes, en el que se sumerge en una historia sobre los peligros de la obcecación y el apasionamiento y lo hace con una sutileza y una fuerza arrolladora que desemboca en un clímax impactante y desolador. Y es que Hadewijch toma un impulso descomunal en su última media hora. Ese momento de la verdad, en el que la protagonista decide convertirse en un “soldado de Cristo”, cuando el hermano mayor, Nassir, propone en su clase de Islam, hablar de lo “invisible”: “Si tienes fe, deberás actuar. Debes continuar el trabajo del Creador”. Aunque ya antes, el espectador ha sido testigo de pequeñas señales: el jardín interior de la zona habitacional que parece una cruz, o el anuncio publicitario con la palabra “eternidad”.

El filme de Dumont ha sido visto como una oda al terrorismo en frases como: “Dios es la espada contra la injusticia” o “Lo más dulce del amor es su violencia”. Sin embargo, se trata de una interesante reflexión moral sobre la fe cristiana como modelo de vida, que bien pudiera compararse con obras como La pasión de Juana de Arco (1928) de Carl Dreyer, Teresa (1986) de Alain Cavalier, o Yo te saludo María (1984), otra interesante relectura cristiana traspolada a la actualidad a cargo de Jean Luc Godard. Hadewijch mezcla el  fundamentalismo islámico con la fe católica para hablar de las convicciones personales y también de la barbarie humana. Y cierra con una secuencia inquietante, hermosa y dolorosa. Primero, una explosión y después, el regreso de Céline/ Hadewijch al convento donde la novicia se reencuentra con un huraño albañil que trabaja dentro del claustro. ¿Qué es lo que sigue? El espectador sacará sus propias conclusiones.

Rafael Aviña

Centro Histórico de la Ciudad de México

Julio 30 2013

Luna Papa, Austria-Alemania-Rusia-Suiza-Francia-Japón-Uzbekistán-Tajikistán, 1999

Luna Papa

Luna Papa

Dirección. Bakhtiyar Khudojnazarov/ Guión. Bakhtiyar Khudojnazarov e Irakli Kvirikadze/ Fotografía en color. Daniar Abdurakhmanov, Martin Gschlacht, Dusan Joksimovic, Rostislav Pirumov, Rali Raltschev/ Música. Daler Nazarov/ Edición. Evi Romen y Kirk von Heflin/ Dirección de arte. Negmat Jouraiev y Viktor Ushakov/Vestuario. Zebo Nasirova/ Con. Chulpan Khamatova (Mamlakat), Moritz Bleibtreu (Nasreddin), Ato Mukhamedshanov (Safar), Polina Rajkina (Khabidula –la voz del niño-), Merab Ninidze (Alik), Nikolay Fomenko (Yassir), Lola Mirzorakhimova (Zube), Dinmukhamet Akhimov (ginecólogo)/ Duración. 100 mins.

SINOPSIS

Enuna aldea próxima a Samarcanda vive la familia de los Bekmouradova, compuesta por la ingenua y explosiva Mamlakat, una muchacha de 17 años, Safar, su padre viudo y su hermano Nasreddin, que sufre un problema de memoria como consecuencia de la guerra de Afganistán: sólo recuerda 33 palabras y parece tener un retraso mental ya que se cree avión o automóvil. Ese desolado rincón de Asia Central entre Uzbekistán y Tajikistán está plagado de soldados enloquecidos, delincuentes de poca monta y actores de teatro que recorren los pueblos en una avioneta. Como la policía no tiene mucho control, la ley y el orden están representados por un grupo de ex-soldados que recorren la región a bordo de un tanque. Mamlakat sueña con ser actriz y pasa mucho tiempo merodeando por los teatros y escuchando a los actores. Cuando se anuncia una función de Otelo que se celebrará por la noche, Mamlakat se retrasa debido a que su padre, que vende conejos, tiene un percance con los militares y además, se ve en la necesidad de cambiar una rueda de su camioneta. Unos comerciantes en lancha, serán los que trasladen a Mamlakat hasta el teatro, sin embargo llega tarde y la función ha terminado. Esa noche, en la que brilla en los cielos una misteriosa luna llena, es seducida por un hombre que dice ser actor profesional y que desaparece inmediatamente después. Mamlakat no tarda en descubrir que ha quedado embarazada. Intenta abortar acudiendo al ginecólogo, pero éste muere de una manera absurda mientras intenta comprar un refresco. Cuando la joven confiesa su situación en casa, la familia clama venganza para limpiar tal deshonra. A partir de entonces el padre y el hermano, inician la búsqueda del enigmático forastero que ha embarazado a la hija, recorriendo teatro por teatro. En ese trayecto, se topan con un joven médico que trafica con sangre, con una bruja, una vaca que cae del cielo y el rechazo del pueblo entero. Sin embargo, en el cada vez más abultado vientre de Mamlakat, Khabibula el niño por nacer, compartirá con su futura madre, su abuelo y su tío las tribulaciones de tan peculiar viaje. Un insólito itinerario tragicómico, triste y esperpéntico al mismo tiempo.

 

Luna Papa fue nominada al Oscar como mejor Película Extranjera en el año 2000. Obtuvo el Premio Fipresci y una Mención Especial para su Director: Bakhtiyar Khudojnazarov, en el Festival de Cine de Bruselas, Bélgica. Asimismo, ganó el Premio del Público en el Festival de Cine de los Tres Continentes de Nantes en Francia y el Premio a la Mejor Contribución Artística en el Festival de Tokio, Japón.

 

 

Pocas veces una película tiene tantos elementos de interés desde su producción multinacional, como su impresionante trabajo fotográfico, de dirección de arte y musical. A lo que se suma su exótica ubicación geográfica en un pueblo perdido en la provincia de Tajikistán donde el equipo de producción levantó una aldea completa, incluyendo los canales, las calles y la playa y en la que además, el rodaje se veía constantemente interrumpido  debido a las extremas condiciones climatológicas de ese lugar de Asia Central, obligándolos a emplazar por varios meses la filmación. Luna Papa es una de esas rarezas donde todo resulta importante y trascendental: desde la ambientación del lugar, al diseño de personajes, incluyendo al nonato Khabidula. A ello se suma, la impresionante coordinación de extras, de animales y de vehículos que coinciden al mismo tiempo en varias escenas: caballos que cruzan el encuadre, una avioneta en pleno despegue que pasa rozando a motocicletas y otros vehículos. Y al mismo tiempo el vestuario cotidiano y el de los actores de las obras de teatro y las bailarinas. Y sobre todo: los números musicales y la propia instrumentación, inspirada en la música tradicional persa de esa región llamada maqam, así como los instrumentos populares del lugar.

 

En Luna Papa no hay personaje secundario fuera de lugar. Todos tienen su razón de ser: el ginecólogo que fallece en una escena aparentemente sin sentido al encontrarse en medio de una balacera entre dos facciones, o la vendedora de refrescos que viendo a su cliente en los últimos estertores de vida, aún le pregunta por el sabor de su bebida. Lo mismo sucede con ese exitoso actor de teatro que parece obsesionado con el sexo, la amante madura a la que visita unos minutos para hacerle el amor en ausencia del marido, el líder de los mercenarios que viajan en un tanque, o el propio piloto de la avioneta que conduce el hábil Mikhail Avdeyev, o los violentos jugadores de cartas que arrojan desde un tren en marcha al médico de una apócrifa Cruz Roja que es salvado de morir por la atractiva y atrabancada Mamlakat, quien a su vez es rescatada del suicidio por el mismo Doctor, quien decide casarse con ella y convertirse en el padre del hijo que espera: un niño concebido de una manera casi fantástica a lo largo de una pendiente de tierra y hierba donde el actor forastero le hace el amor y la embaraza esa misma noche de luna llena.

 

La película abre con una pequeña dedicatoria: “A nuestras madres”. La cámara avanza desde los cielos siguiendo las llanuras, las aldeas y el Mar Caspio de esa zona de Tajikistán o Tayikistán de donde es oriundo el realizador tayiko Bakhtyar Khudojnazarov y que aquí aparece como el ficticio pueblo de Far-Khor, una suerte de aldea en construcción permanente. Esa cámara, de hecho, se convierte en uno de los personajes centrales: Khabidula, el niño por nacer que parece llegar del cielo para presentarnos a la incauta, idealista y entusiasta jovencita Mamlakat que se convertirá en su madre. Si El ocaso de una vida/Sunset Boulevard(Billy Wilder, 1950) está narrada por un muerto y tanto las historias de Atrapado por su pasado/ Carlito’s Way (Brian De Palma, 1993) como Drugstore Cowboys (Gus Van Sant, 1989) son relatadas por hombres a punto de fallecer, en Luna Papa, el cineasta soviético propone contar la trama de su historia por la voz de un narrador omnipresente que aún no nace pero que se comunica con el espectador desde el vientre de su madre, incluso antes de ser concebido. Lo curioso, es que además de ese nonato, de su madre, la estupenda actriz Chulpan Khamatova, posteriormente, la enfermera y novia del protagonista Daniel Brühl en Adiós Lenin (Wolfgang Becker, 2003) y protagonista de la delirante fábula Tuvalu (Veit Helmer, 1999). Del estupendo Ato Mukhamedshanov en su última cinta como el explosivo, violento y al mismo tiempo, tierno padre (véase la escena del vestido que le compra a su hija, o el momento en que abraza a sus dos vástagos) y del espléndido actor alemán Moritz Bleibtreu, co protagonista de Corre, Lola corre (Tom Tykwer, 1998) y estrella de la fascinante cinta El experimento (Oliver Hirschbiegel, 2001), el hermano con aparente retraso, obsesionado con volar y que recorre las polvorientas calles sin pavimentar de la aldea arrojando bombas como si fuera un avión bombardero o cruzando las calles como si de un automóvil humano se tratase, sin duda, el otro gran protagonista de Luna Papa es la impresionante y rítmica banda sonora que parece llenar todos los espacios y al mismo tiempo ser omnipresente, compuesta por el talentoso músico pop-folk, cantante y actor, originario también de Tajikistán, Daler Nazarov, quien se vale prácticamente de la guitarra y la cítara para crear brillantes y cadenciosas armonías que consiguen hacer aún más agradable este extraño y fascinante relato tan mágico y exotista como realista.

 

Se trata sin duda de la mejor película de Bakhtiyar Khudojnazarov (1965) nacido en Dushanbe, Tajikistán, quien se inició desde muy joven como reportero televisivo y de la radio en Moscú. A la edad de 20 años, asistió en la dirección a Konstantin Arazaliev en una serie de televisión sobre Asia Central, para ingresar a mediados de los años ochenta a la Escuela de Cine de Alk en Moscú. Luego de algunos cortos, debutó en 1991 con: Bratan, premiada en Turín y Ojo por ojo/ Kosh ba kosh, donde se llevó el León de Oro en el Festival de Cine de Venecia en 1993. Luego de Luna Papa en 1999, dirigió en 2003, otra estupenda cinta: El traje, centrada en tres jóvenes de 18 años, habitantes de una aldea rusa junto al Mar Negro, quienes buscan huir de las pobres perspectivas y la realidad cotidiana y ese escape llega cuando descubren en una gran ciudad costera, el aparador de una tienda donde exhiben un elegante traje. A ésta le seguiría Tanker “Tango” (2006) y Esperando por el mar (2012), sobre un marinero que vaga por el desierto con una barcaza con la que ha naufragado.

Su filme Luna Papa, recuerda los recorridos mágico-poético-folclórico-realistas del yugoslavo Emir Kusturica (Tiempo de gitanos, Underground, Gato negro, gato blanco) y su herencia gitana. Soldados que pelean en una guerra absurda, una compañía shakespereana que recorre la región en avión, enfermeros que trafican con sangre y más, en medio del viaje de una adolescente embarazada, ambientada en Tajikistán, una de las muchas naciones independientes de la ex República Soviética. Ello, en un tono de farsa permanente en ocasiones violenta, con algunos momentos tragicómicos, como reflejo del caos y desorden interno de Rusia años después de la caída del Muro de Berlín y la disolución de la Unión Soviética. El deterioro social como metáfora de un relato con toques surrealistas y de realismo mágico que la conecta con aquella espléndida cinta armenia-rusa-francesa de Hiner Saleem: Vodka Limón (2003), ambientada en una aldea kurda del Cáucaso. Aquí como en Luna Papa, se aplica una máxima del realizador kurdo Hiner Saleem: “Nuestro pasado es triste, nuestro presente es catastrófico, pero afortunadamente no tenemos porvenir”.

Se trata de un enigmático, enternecedor, divertido e inesperado relato de humor extraño y surrealista (el toro que cae del cielo y mata a dos de los personajes principales), que ofrece además unos increíbles paisajes de Tajikistán y un viaje por su cultura islámica, que incluye el rechazo de la sociedad conservadora del pueblo hacia la protagonista, instalado más en la ley musulmana que en la fallida modernidad ex-comunista. Una nación sin rumbo con ausencia total de autoridad, donde reina el dinero cada vez más escaso y las tradiciones se niegan a fallecer, y en la que predomina el humor, la violencia o el ingenio para estafar (por ejemplo: la falsa ambulancia que paga cinco dólares por transfusión de sangre pero que “se pagan por correo”). Y es que no hay duda, que a partir de la caída de las Repúblicas ex-Soviéticas las naciones que las componían se sumergieron en todo tipo de situaciones delirantes al derrumbarse sus sistemas ideológicos avanzando hacia el caos y el capitalismo salvaje. Luna Papa es un fascinante y vigoroso relato sobre el amor de los padres por los hijos, acerca de la libertad y los sueños, que se mueve entre la triste realidad y la fantasía más bella y escapista como lo muestra ese arrebatado y hermoso final con ese techo impulsado por ventiladores donde la inocencia de la joven Mamlakat y de su hijo por nacer, triunfan sobre la locura, la violencia y el Mal.

RAFAEL AVIÑA

Noviembre 2012

LA CHISPA DE LA VIDA (España-Francia-Estados Unidos, 2011)

La chispa de la vidaDirección. Alex de la Iglesia/ Guión. Randy Feldman, adaptación española Alex de la Iglesia/ Fotografía en color. Kiko de la Rica/ Música. Joan Valent/ Edición. Pablo Blanco/ Dirección de arte. Arturo García y José Arrizabalaga/ Vestuario. Iván Marquerie/ Con. José Mota (Roberto Gómez), Salma Hayek (Luisa), Blanca Portillo (Mercedes, Directora del Museo), Juan Luis Galiardo (Alcalde), Fernando Tejero (Johnny), Antonio Garrido (Dr. Velasco), Antonio de la Torre (Kiko Segura), Carolina Bang (Pilar Álvarez)/ Duración. 94 mins.

 

 

 

SINOPSIS

Roberto Gómez es un publicista desempleado en vísperas de su aniversario de bodas, que varios años atrás fuera el principal creador responsable del famoso slogan de Coca-Cola: La chispa de la vida” y Luisa, su entusiasta esposa de origen mexicano quien lo alienta y conforta. Desesperado por no encontrar trabajo, decide ir a su antigua agencia para solicitar al menos un empleo de medio tiempo o de free lance. Ahí, termina siendo humillado y rechazado. De regreso, decide visitar Cartagena, en Murcia, a buscar el viejo hotelito donde pasó su luna de miel. Al llegar ahí, se encuentra con que el hotel ya no existe y se ha erigido un museo de sitio sobre las ruinas de un antiguo teatro romano recién descubierto. Por accidente y en su afán de salir de ahí, sufrirá un absurdo accidente. Al no poder sostenerse de una antigua y colosal estatua que se balancea sujetada por una grúa periférica, caerá sobre las estructuras del museo en construcción y terminará con una varilla clavada en su cabeza. Incapacitado para desplazarse de ahí, ya que cualquier movimiento puede ser fatal, se creará un caos a su alrededor que aprovecharán los medios. El propio Roberto, hábil publicista al fin, tratará de sacar partido de la situación trastocada en noticia de impacto en toda España y su accidente se convertirá en melodrama televisivo. No obstante, su mujer, acompañada de sus hijos, hará todo lo posible por rescatar la vida y la dignidad de su marido y de su familia por encima del circo mediático que se levanta sobre ellos.

Algunos creen en la dignidad. Que nadie se engañe: esto no es una comedia. Es un drama terrible sobre un hombre desesperado porque no encuentra trabajo y que cree que todavía es posible tener algún tipo de dignidad. Pero ya no es posible. De eso trata la película. Él tiene un accidente, se queda atrapado con un hierro en la cabeza, sobrevive y decide vender la exclusiva de su muerte. Quiere negociar con su propio dolor, algo que yo hago todos los días; mis películas son eso. Los únicos personajes positivos son los de Salma Hayek y Carolina Bang. Ellas creen todavía en la dignidad, en que es posible ser una persona respetable en este mundo. Yo ya no lo creo; mis personajes, sí”… -Alex de la Iglesia dixit-

De nueva cuenta, con La chispa de la vida, el director bilbaíno Álex de la Iglesia, continúa desarrollando su particular universo tragicómico al lado de una pareja un tanto insólita: el afamado comediante manchego José Mota y la exuberante actriz mexicana-libanesa Salma Hayek. Ambos recibieron sendas nominaciones al Goya a Mejor Actor Revelación y Mejor Actriz, por su trabajo. El primero fue vencido por Jan Cornet y Salma derrotada por la hermosa Elena Anaya, ambos ganadores por la película La piel que habito de Pedro Almodóvar.

“Somos peligrosos, somos guerrilleros, terroristas diletantes, tiembla mientras puedas, este no es un juego, es Acción Mutante”. Con ese himno de batalla, un grupo de torpes anarquistas minusválidos intentaban combatir a los pijos y niños bonitos en un hipotético año 2012 en Madrid. Delirante y esperpéntica farsa negra muy en deuda con Buñuel, fue Acción mutante (1993) producida por Pedro Almodóvar, que mostraba la otra cara de un cine español alternativo y a su vez, confirmaba la posición de provocador por parte del joven realizador Álex de la Iglesia, nacido en Bilbao, en el País Vasco en 1965, cuyo primer cortometraje Mirindas asesinas (1990) sátira gore fantástica, lo había colocado ya como la vanguardia del nuevo cine ibérico.

        El día de la bestia (1995) confirmaba las expectativas de un cineasta atípico con un relato centrado en la violencia madrileña impuesta por los skin heads de aquel momento, la influencia del mentalismo y las ciencias ocultas, el asunto del rock satánico, así como la subcultura del fanzine de horror gore. Ángel Berriartúa, un maduro y pequeñito cura y catedrático de teología en la Universidad de Deusto, ha pasado toda su vida descifrando el Apocalipsis de San Juan: descubre que el Anticristo nacerá en Madrid el día de Navidad de 1995. Dispuesto a terminar con Satanás, el sacerdote viaja a Madrid y entra en contacto con el obeso dependiente de un negocio especializado en heavy metal y un tal profesor Cavan, parasicólogo que conduce un amañado programa de TV, quienes le ayudarán a enfrentar al maligno.

De la Iglesia tomaría la estafeta abandonada por Almodóvar y más tarde por el genial Bigas Luna en la realización de Perdita Durango (1997) protagonizada por Rosie Pérez –aunque originalmente se contempló a Salma Hayek- y un estupendo Javier Bardem. Inspirada en la novela de Barry Gifford colaborador habitual de David Lynch (Salvaje de corazón, Por el lado oscuro del camino), la historia servía al cineasta para insistir en sus anómalos retratos de perversión y violencia, sexualidad y muerte, aderezados con un humor negrísimo y endemoniadas escenas de acción. En la historia de Perdita, insensible joven, cuyo mayor deseo es hacer el amor con un jaguar y Romeo Dolorosa, un delincuente salvaje que práctica la magia negra ligado a un santero vudú -el genial bluesero “Screaming” J. Hawkins de El tren del misterio-. Una pareja que enfrentaba un destino trágico en un road movie narcosatánico, a medio camino entre David Lynch y John Waters.

Con homenajes que iban de Tod Browning a la comedieta española televisiva de los años setenta, su cuarta película, Muertos de risa (1999) centrada en dos cómicos de esa década, con patillas y pantalones acampanados protagonizados por Santiago Segura y José Manuel Monzón El Gran Wyoming, fue un fracaso comercial, como sucedió con La comunidad (2001) con Carmen Maura: un thriller de corte fantástico con mucha sangre e ironía que pasaba revista a Hitchcock y a La guerra de las galaxias. 800 balas (2002), en cambio, era otra comedia de humor negro en la que De la Iglesia homenajeaba el spaguetti western a través de un extraño grupo de personajes, entre ellos, Carmen Maura, madre de un chiquillo fanático del cine, Sancho Gracia, el abuelo y extra de varios westerns y Eusebio Poncela, un ambicioso empresario. La cinta se ambientaba en Almería, lugar donde se rodaron varias de las películas del italiano Sergio Leone.

Crimen ferpecto (2004) era una farsa negrísima muy divertida, sobre un vendedor estrella de unos grandes almacenes al que le gusta la buena ropa y las mujeres hermosas, chantajeado por una joven horrible que lo convierte primero en su amante, su marido y su esclavo, hasta que aquel ejecutaba un plan para deshacerse por completo de aquella pesadilla. Los crímenes de Oxford (2008), por el contrario, era un sobrio relato de suspenso de producción estadunidense, sobre un joven universitario y un profesor que descubrían una serie de códigos matemáticos que los conducían a seguir los pasos de un asesino en serie. Seguida de la magistral y excesiva Balada triste de trompeta (2010), con la Alex de la Iglesia regresaba a su humor sádico y sarcástico y a sus estilizados relatos de hiperviolencia, ambientada en los últimos años del franquismo, en el aterrador y luminoso escenario de un circo. Dos payasos (Carlos Arces y Antonio de la Torre) se disputan la intimidad de la voluptuosa trapecista que encarna Carolina Bang, en ésta suerte de homenaje al cine freak de Tod Browning y Rafael Azcona. Un filme agresivo, descarnado y suicida, que se sumergeía entre galones de sangre y maquillaje, con una espléndida secuencia de créditos que valía por toda la película y una delirante escena con el cantante Raphael interpretando el tema homónimo.

Hacia 1951 en pleno apogeo del macartismo y en la etapa más oscura y desesperanzadora del llamado cine negro que prevalecía en Hollywood, el cineasta Billy Wilder dirigía una de sus mayores y más incomprendidas obras. Cadenas de roca protagonizada por un notable Kirk Douglas, era el oscuro retrato del reportero ambicioso de un pequeño pueblo que mantenía a un hombre atrapado en una mina derrumbada, con el fin de obtener la gran noticia para su beneficio personal. Wilder –El ocaso de una vida (1950) y Días sin huella (1945)- no sólo mostraba la decadencia emocional de su protagonista, sino la exploración de los medios como fuente de corrupción sensacionalista y de histeria de las masas. Casi 50 años después, el griego-francés Constantin Costa-Gavras actualizaba la trama básica de aquella, para adentrarse en la irresponsabilidad de los medios televisivos que alimentan a un público frívolo y consumista de la desgracia ajena con El cuarto poder (1997), en una historia ambientada en un pequeño pueblo de California. Ahí, en el interior de un pequeño museo y en un arranque de locura, un guardia (John Travolta), despedido de su trabajo dispara accidentalmente contra su compañero, un policía negro. De ello, es testigo el maduro y colmilludo reportero Dustin Hoffman, quien decide convertir aquello en su gran reportaje personal mientras el inestable Bailey toma como rehénes a su jefa, al propio Brackett y a un grupo de niños.

A medio camino entre el filme de Wilder, el amargo alegato social de Costa Gavras y la ácida visión del cineasta español Álex de la Iglesia, se localiza La chispa de la vida, filme de gran actualidad que reflexiona sobre la dura realidad económica en España, a partir de un tono mesurado, contenido y equilibrado, donde el cineasta lleva a consecuencias extremas la tragicomedia de un hombre común, angustiado por su situación y que termina accidentado y con una varilla clavada en la nuca, en las ruinas de un teatro romano en Murcia. Con un guión del artesano estadunidense Randy Feldman (Tango y Cash, Ganar o morir), adaptado al entorno español, De La Iglesia abandona sus excesivos y estilizados relatos de humor sádico y violento al estilo de: Perdita Durango, La comunidad o Balada triste de trompeta, para concebir una alegoría sobre la actual crisis económica de su país, la banalidad, voracidad y sensacionalismo de la televisión y el morbo de las masas, así como una pequeña épica sobre la dignidad.

Una serie de situaciones ominosas (un vagabundo que lo agrede, un limpia vidrios que lo baña, un portarretrato que se quiebra) se ciernen sobre el protagonista, otrora creador del celebérrimo slogan de la campaña de Coca Cola, “La chispa de la vida”. Sus conocidos y antiguos jefes, sujetos engreídos y superficiales, le dan la espalda a pesar de que prácticamente se encuentra en bancarrota. El azar y un impulso romántico lo colocan a un paso de la muerte balanceándose en el aire abrazado a una escultura milenaria que pende de una gigantesca grúa, lo que da pie al abuso de los medios, a la arrogancia y estupidez del poder (el alcalde, la directora del Museo) y a la fama efímera que crea la televisión.

Imposible negar la habilidad del cineasta para mantener el suspenso y el interés de la trama con espectacular eficacia y algunas pinceladas de humor negro o absurdo (la mujer que le ofrece desde una ventana un bocadillo), en un relato donde cabe la solidaridad y la integridad humana ante la estulticia y el abuso. La idea de utilizar el antiguo y famoso slogan de aquella exitosa campaña de Coca Cola sirve de paradójico detonante temático, ya que la vida del protagonista pende de un delgado hilo. El suceso congrega a una multitud de televisoras y curiosos que se agolpan para contemplar y narrar una posible muerte en directo. El desfile casi circense es constante: políticos oportunistas, museógrafos, intermediarios dispuestos a pagar una fortuna a la familia del accidentado, si ésta acepta vender la exclusiva del penoso espectáculo.
El cómico José Mota tiene momentos notables en esta tragicomedia que Alex de la Iglesia logra controlar sin que se desborde. No faltan algunos personajes exagerados como ese hijo adolescente que se autodefine como un “gótico siniestro”. Innecesaria es también quizá el lucimiento final de Salma, o la reacción de la guapa reportera que encarna Carolina Bang. Sin embargo, el cineasta recrea elementos que definen muy bien a la irreflexiva y manipulada sociedad actual donde todo se encuentra a la venta, incluyendo la dignidad. La chispa de la vida resulta sin duda un entretenimiento inteligente, moderado y muy actual.

RAFAEL AVIÑA

A LA ORILLA DEL RIO (London River, Gran Bretaña-Francia-Argelia, 2009)

A la orilla del ríoDirección. Rachid Bouchareb/ Guión. Rachid Bouchareb, Zoé Galeron y Olivier Lorelle/ Fotografía en color. Jerôme Alméras/ Música. Armand Amar/ Edición. Yannick Kergoas/ Dirección de arte. Jean Marc Tran y Tan Ba/ Vestuario. Karine Serrano/ Con. Brenda Blethyn (Elisabeth Sommers), Sotigui Kouyaté (Ousmane), Francis Magee (inspector), Sami Bouajila (Imán), Roschdy Zem (carnicero), Marc Baylis (Edward), Aurélie Eltvedt (Guía en la capilla)/ Duración. 84 mins.

SINOPSIS

Entre las nueve y las diez de la mañana del 7 de julio de 2005, un total de cuatro bombas explotaron en Londres. Cuatro personas que viajaban en el transporte público londinés fueron los responsables de activar los explosivos que cargaban en el interior de sus mochilas. Ese acto costó la vida de 56 personas y resultaron heridas de gravedad más de 700, entre aquellos que viajaban en tres diferentes trenes del metro y un autobús. Más tarde, fue descubierta una cinta de video en la que un grupo de terroristas islámicos anunciaba que su organización estaba en guerra contra la sociedad británica, luego del apoyo que el Primer Ministro inglés Tony Blair brindó a los Estados Unidos en su lucha contra Al Qaeda luego de los atentados del 11 de septiembre del 2001. Los sucesos de julio del 2005 terminan por sacudir violentamente a dos personas que no solo se encontraban muy lejos de los lugares de las explosiones, sino que además eran ajenas por completo a aquellos actos. Por un lado, Ousmane, un musulmán de origen africano residente en Francia con un trabajo de guardabosques y amante de la naturaleza y la madura viuda Elisabeth Sommers, una mujer cristiana dedicada a su pequeña granja en Guernsey, al norte de Normandía en una de las islas del Canal de la Mancha, desde la muerte de su marido fallecido en la Guerra de las Malvinas. Elisabeth, intenta encontrar a su hija, estudiante universitaria en Londres, quien vive en apariencia muy cerca del lugar de los atentados. Al no recibir ninguna respuesta a sus múltiples llamadas telefónicas decide ir en su búsqueda. Al llegar, coincide con Ousmane, quien a su vez, busca a su hijo desaparecido, a quien no ha visto desde que el niño tenía seis años cuando emigró a Francia y a insistencia de su ex esposa. Los dos recorrerán las calles de Londres intentando localizar alguna pista que les diga si sus vástagos están vivos o no, atravesando todas las fases de quien, de repente, tiene que lidiar con algo que considera ajeno, extraño, empezando por ellos mismos. Cuando Elisabeth y Ousmane descubren que sus respectivos hijos estudiaban juntos el idioma árabe en la mezquita de Finsbury Park, sus vidas quedarán unidas temporalmente, mientras intentan lidiar con sus prejuicios y el destino.

“Cualquiera que sea el rincón del mundo de donde provengamos o donde vivamos, nuestros pensamientos, sentimientos, miedos, alegrías, esperanzas y preocupaciones no son tan distintos. Al final, creo, son los mismos para todos”…

“El guión estuvo escrito antes de empezar la filmación, pero una vez que arrancó dejé mucho lugar para la improvisación. Las escenas estaban allí, pero había varios huecos por llenar. Por ejemplo, cuando el personaje de Blethyn entra por primera vez a la carnicería que está en la planta baja del edificio donde vive su hija, o cuando se encuentra por primera vez con el señor Ousmane, sus gestos fueron completamente espontáneos. Hay mucha improvisación también en las escenas entre los protagonistas; tomas enteras que no fueron escritas previamente, como cuando comparten una manzana, o la escena de su despedida. Nunca habría podido escribir la dimensión física de ese abrazo final: él, fuerte y erguido como un árbol, mientras ella se cuelga literalmente. DE igual manera, tampoco habría podido escribir la canción con la que el personaje de Sotigui consuela a Blethyn. Esa maravilla salió enteramente de él. Sentía la necesidad de cantar, así que lo hizo. Ese método de trabajo produjo algunos de los más conmovedores momentos del filme”… Rachid Bouchareb, director de A la orilla del río, ganadora del Oso de Plata a la Mejor Actuación Masculina y Femenina en el Festival de Berlín y Mención Especial del Jurado Ecuménico. Nominada al Oso de Oro al Mejor Director en el mismo festival.

Desde las primeras imágenes. Aquella en la que Elisabeth asiste a la ceremonia cristiana y el Pastor habla del versículo de Mateo en el que dice que hay que “amar a los enemigos que nos hacen daño” y en paralelo, Ousmane escucha la voz de una guía en una capilla francesa que comenta la violencia existente ahí hace centenares de años, trastocada en la belleza de los jardines y la paz del lugar actual, sabemos que la trama no sólo pondrá a prueba a los protagonistas, sino al espectador mismo en los temas de odio y violencia absurda e inexplicable.

El realizador, se centra en un par de historias de los miles de relatos individuales de vida, que se ven interrumpidos por la sinrazón terrorista. Y lo hace con una distancia respetuosa, evadiendo el exceso, el melodrama, de manera contenida y eludiendo el afán explicativo que busca culpables. Y es que se trata sobre todo de un relato que intenta ahondar en las emociones de sus protagonistas. Es por ello que ha contado con dos espléndidos actores capaces de desnudar sus almas y sacar a flor de piel los miedos, emociones y las pulsiones internas que los mueven, ello a partir de una experiencia de improvisación creada por el propio cineasta Rachid Bouchareb, por medio del personaje de una madre británica y el padre de un joven de origen africano a quien no ha visto en años (“Ya no sé que cara tiene. Ya es un hombre”), quienes terminan por entender que el dolor es un sentimiento universal compartido. Es decir. Más allá de la Historia con mayúscula y de las discusiones políticas que inundan los medios de comunicación y los debates intelectuales sobre el tema, se encuentran las historias personales de familias que se transforman por el dolor o de progenitores metidos en sus propios problemas domésticos o de trabajo y que por más que amen a sus hijos con todas sus fuerzas, un día descubren que son ajenos a ellos, que de sus vidas y de sus sentimientos no saben prácticamente nada.

Llama la atención la sobriedad con que Bouchareb construye el drama que acoge a los personajes. Pero sobre todo, destaca el trabajo histriónico de sus intérpretes, ya que se trata a su vez, de un filme de personajes. Por ejemplo, el africano Sotigui Kouyaté (El cielo protector, Negocios entrañables), en ocasiones director del Volta Teatro Ballet, quien murió meses después de filmar London River -su última película-, crea un personaje sorprendente por su dignidad y su perseverancia: el de un hombre surcado de arrugas y aparentemente imperturbable como los rugosos y milenarios árboles que cuida (la escena en la que habla por teléfono con su mujer es impresionante). Por su parte, Brenda Blethyn, estupenda en  Vocecita y sin duda, la gran protagonista de Secretos y mentiras de Mike Leigh, con la que obtuvo la Palma de Oro a la Mejor Actriz, así como de la divertida comedia El jardín de la alegría en la que encarnaba a una viuda forzada a plantar marihuana en su jardín, consigue una interpretación altamente emotiva: el de la mujer solitaria que se niega a pensar que haya pasado algo malo y cuyas sonrisas nerviosas y su buen humor sólo intentan ocultar su desesperanza y el pavor a la sociedad urbana a la que permanece ajena desde su encierro personal en una isla del Canal de la Mancha en donde dialoga tan sólo con sus animales y lidiando con esa tierra que ara una y otra vez, la misma donde está enterrado su marido, héroe de una guerra inútil y absurda. Sin contar por supuesto con el trabajo de los actores secundarios, a los que el realizador los envuelve en una atmósfera de apoyo, como serían los policías –uno de ellos musulmán-, el carnicero, el empleado de la agencia de viajes y los mismos musulmanes de la mezquita: todos ellos están ahí para ayudar más allá de parecer sospechosos de actos terroristas, en una trama centrada sobre todo, en la solidaridad, los prejuicios raciales y la fortaleza del espíritu.

Y es que la carrera del franco-argelino Rachid Bouchareb (1960), ha tocado temas similares a lo largo de su filmografía.  Debutó como director con Bâton Rouge (1985), un duro relato centrado en un trío de parisinos marginales que sueñan con emigrar a los Estados Unidos, seguido de otras obras como: Pequeño Senegal (2001), notable drama sobre un anciano trabajador en un museo senegalés en el que, investigando sobre su árbol genealógico, descubre que varios de sus antepasados fueron raptados y vendidos como esclavos en Carolina del Sur, por lo que viaja a Estados Unidos para investigar el asunto. O Indigènes (2006), inspirado en historias reales de soldados africanos que pelearon por la liberación de la Francia ocupada por los nazis.

A la orilla del río prescinde de todo morbo, fanatismo y posiciones melodramáticas pese al tema y a la situación que aborda, para conseguir un sensible drama humanista sobre una tragedia universal, nacional y doméstica.

Ha contado aquí con una pareja protagonista notable y un relato conciso realizado de manera independiente, sobre las emociones a flor de piel y la aceptación del otro. Por un lado, resulta muy eficaz la sobriedad y la distancia histriónica del actor africano Sotigui Kouyaté en contraste con esa vena emocional que obtiene esa extraordinaria actriz británica que es Brenda Blethyn.

El filme se enuentra más allá del suspenso de la indagación: Elizabeth descubre que su hija vive en un barrio musulmán, que tomaba clases de árabe y que a su vez, comparte el departamento con un  joven africano musulmán, el mismo que busca el solitario Ousmane. La relación que ambos establecen, primero de desconfianza por parte de ella: una mujer reservada, prejuiciosa y cristiana y él, un hombre extraño, callado y de una apariencia muy opuesta a la suya, se va trastocando poco a poco en una relación de solidaridad y esperanza.

Pese a que se intuye lo que sucederá hacia el final, A la orilla del río no pierde nunca el interés. Por el contrario, es un filme que crece, que conmociona, que transmite la devastación social e individual de un mundo enloquecido sumido en un caos moral.

RAFAEL AVIÑA

LA DAMA DE HONOR (Francia-Alemania, 2004)

La dama de honorDirección. Claude Chabrol/ Guión. Claude Chabrol y Pierre Leccia, inspirado en la novela de Ruth Rendell, The Bridesmaid/ Fotografía en color. Eduardo Serra/ Música. Matthieu Chabrol/ Edición. Monique Fardoulis/ Dirección de arte. Francis Benoit-Fresco/ Vestuario. Mic Cheminal y Sandrine Bernard/ Con. Benoit Magimel (Philippe Tardieu), Laura Smet (StephanieSenta” Bellange), Aurore Clément (Christine), Bernard Le Coq (Gérard Courtois), Solene Bouton (Sophie), Anna Mihalcea (Patricia), Eric Seigne (Jacques)/ Duración. 110 mins.

SINOPSIS

La historia se ambienta en un suburbio ubicado en el País del Loira en las afueras de Nantes. Philippe joven atractivo de 25 años, huérfano de padre, quien trabaja como mano derecha de un contratista inmobiliario, vive con Christine, su madre y sus hermanas: Sophie, joven tranquila y prudente quien está a punto de casarse con Jacques, y Patricia, adolescente más bien rebelde con tendencias a la vagancia. La madre, quien obtiene dinero peinando, aplicando tintes, o cortando el cabello a las vecinas en la cocina de la casa familiar, sale con Gérard, un hombre divorciado de su edad y posible sustituto de su marido, al que olvida muy pronto. Philippe, quien tiene que lidiar con amas de casa ya mayores que solicitan ampliaciones o reparaciones en sus hogares, conoce en la boda de Sophie a Stephanie también llamada Senta, una joven seductora y atrayente que funge como dama de honor y es prima del novio de su hermana. Senta no parece atraída por Philippe, sin embargo, cuando éste se marcha a su casa, la joven lo sigue y en minutos su encuentro se transforma en una apasionada relación, obsesiva y desenfrenadamente sexual. Para él, significa la entrada a un universo oscuro, sensual, e impulsivo que poco a poco empieza a adquirir un carácter anómalo y trágico. Senta habita en un enorme caserón en el área del sótano y su madre adoptiva, que constantemente sale fuera para participar en concursos de tango, vive aislada en el piso de arriba. Senta es callada e impulsiva y está convencida que Philippe es sólo para ella y ella sólo para él. Le revela extrañas confidencias que parecen ser mentiras. Le dice que nació en Islandia y que su madre murió en el parto, que es actriz y modelo que ha trabajado al lado de John Malcovich y Woody Allen, por ejemplo y que, como prueba de amor, cada uno tiene que matar a alguien ¿Todo es verdad o simple invención de su mente fantasiosa? Sin embargo, cuando más ilusionado y extasiado se encuentra Philippe, descubre que la realidad puede ser más brutal que cualquier imaginación desbordada y fuera de control.

La dama de honor, compitió en el Festival de Venecia, en la sección Zabaltegui de San Sebastián y en el Festival de Gante donde el cineasta francés Claude Chabrol obtuvo una nominación a la Mejor Dirección. Y es que, una vez más, ese gran maestro de las relaciones obsesivas y el suspenso, hurga bajo la superficie de la pequeña burguesía francesa, con todas sus mezquindades, temores y secretos, en otro de sus sobrios e intensos relatos policiacos de patologías enfermizas y personajes manipuladores. La dama de honor, al igual que otra de sus obras mayores, La ceremonia (1995) con Isabelle Huppert y Sandrine Bonnaire, que narra la relación que se establece entre dos mujeres: una sirvienta y una empleada de correos, se inspira en una novela de la prolífica escritora inglesa Ruth Rendell (1930), quien en 1996 obtuvo el título de Dama del Imperio Británico. Ganadora de múltiples premios literarios y autora de decenas de novelas de serie negra y relatos de suspenso policiaco, algunos escritas bajo el seudónimo de Barbara Vine, publicó su primera novela en 1967, en la que aparece ya uno de sus personajes más populares: el Inspector Wexford, protagonista de 20 títulos. Varias de sus obras, que han sido comparadas con el trabajo de Agatha Christie, utilizan referencias directas o veladas de clásicos de la literatura universal. Su éxito ha trascendido de tal forma, que algunas de sus novelas han sido adaptadas a la pantalla por personalidades de la talla de Chabrol, Pedro Almodóvar quien filmó Carne trémula (1996) a partir de su novela Live Flesh de 1986, historia de pasiones sexuales inspirada por cierto en Crimen y castigo de Dostoyevski.

Lo mismo sucede con Betty Fisher y otras historias (2001) inspirada en otra historia de Ruth Rendell. En ella, bajo el aparente barniz de un thriller sicológico, el gran realizador Claude Miller, construye un emotivo retrato oscuro y luminoso al mismo tiempo, sobre la ambivalencia del amor materno y la falta de sensibilidad que reúne a tres personajes femeninos: una talentosa escritora que pierde a su pequeño hijo, su insensible madre que trata de guiar su vida y le consigue un niño sustituto y una guapa mesera de bar con un hijo al que rechaza, en una historia anómala y conmovedora por partes iguales. En La dama de honor, de nueva cuenta, un personaje femenino detona las patologías enfermizas a su alrededor, sin embargo, Chabrol y su co guionista Pierre Leccia han contado con un magnífico y carismático actor, Benoit Magimel, quien construye un personaje vulnerable e intuitivo que poco a poco se va enredando en una espiral de demencia y amor loco y obsesivo. Encarna de alguna manera al hombre ingenuo e inocente típico del amo del suspenso, Alfred Hitchcock envuelto en una intriga tan extraña como fascinante y peligrosa al conectarse con una mujer fatal incapaz de controlar sus emociones y sus pensamientos.

A ello, habrá que sumar que en buena medida, el filme resulta intrigante por la enigmática presencia de la joven Laura Smet (Los cuerpos impacientes, Pauline y Francois), hija nada menos que de la espléndida actriz francesa Nathalie Baye (El cuarto verde, La provincial, La flor del mal, una relación pornográfica) y del rockero y actor francés Johnny Hallyday (Detective, El hombre en el tren, Los ríos de color púrpura 2). Lo interesante de La dama de honor, es que consigue mantenerse al margen sin posiciones moralistas frente a la exacerbada pasión amorosa que presenta. Es decir, coloca al espectador de tal manera que uno puede entender e incluso vivir la peculiar manera de entender el amor, ya sea desde el punto de vista de Senta: “Estamos hechos el uno para el otro. ¿No te has dado cuenta que somos especiales?” o del propio Philippe, quien se deja arrastrar por ese remolino de emociones sin saber los límites que conlleva y lo rápido que se aproxima al abismo.

Luego de aquellos fascinantes retratos de la perversidad observados en Gracias por el chocolate, Una dama para dos y La flor del mal,  Chabrol se concentra en una pareja de amantes malditos muy en deuda con los clásicos del cine negro estadunidense de los años 40 y 50, que encuentran en el sexo, la muerte y las fantasías sobre ésta, una extensión del orgasmo y la culminación romántica. De ahí, las palabras que Senta dice a su amante: “La única manera de encontrar el mayor placer en la vida es plantando un árbol, escribiendo un poema, hacer el amor con alguien de tu mismo sexo y asesinando a alguien”. Es decir: rebasar todo límite y trasgresión. “Estamos por encima de la ley y de la moral”, comenta la joven Senta, quien sin tratarse particularmente una belleza, resulta una mujer muy sensual y atrayente, en un filme que desde un inicio nos anuncia lo que vendrá.

Sabemos por ejemplo, que aquel incidente justo al arranque y que se observa en un noticiero televisivo: la desaparición de una jovencita, o el huraño novio de la mamá de Philippe, e incluso la muerte de un vagabundo de la que se habla en un periódico, tendrán relación con los protagonistas. En ese sentido y pese a que las situaciones toman derroteros que parecen poco creíbles o excesivas, están planteadas para alimentar nuestras expectativas, sin ofrecernos pistas falsas o personajes sacados de la manga. Incluso, los personajes secundarios y periféricos (las hermanas, el vagabundo, los policías, las clientas y tenderas), están ahí al igual que ese singular busto de una joven que, curiosamente guarda mucho parecido con Senta –regalo del fallecido padre de Philippe  a su esposa y que pasa del jardín de la casa familiar al de Gerard y de ahí, al armario de Philippe y después a la recámara de su amante-, para alimentar más el fuego interior que la trama elabora, el mismo que quema y devora a esos amantes ávidos de intimidad que buscan trastocar sus cuerpos y pensamientos en uno solo.

Tanto Megimel como Smet, van de menos a más. Ambos personajes van creciendo en intensidad, como se expande su propia y extraña relación. Philippe perteneciente a una familia pequeño burguesa de provincia venida a menos, quien viene a ocupar el lugar del padre, hace recordar en mucho a su papel para La pianista (Michael Haneke, 2001). Un joven serio, responsable, con un buen trabajo que va en ascenso, pero que desea huir de un ambiente familiar más bien sofocante: una madre sobreprotectora, una hermana que coquetea con la delincuencia. Y a su vez, con algunas obsesiones e inseguridades, representadas por ejemplo, en ese fetichismo por el busto de piedra que su madre desecha y el recupera. Duerme incluso con el busto y besa sus labios de granito, como si fuera su amante: algo así como una suerte de mcguffin hitchcokiano y es que de alguna forma, la sombra de el Hitchcock más perverso, realista y contemporáneo, permea en ésta película.

Senta por su parte, la espléndida Laura Smet está muy próxima a las perversas heroínas de Hitchcock, pero sobre todo a las de Claude Chabrol –en particular en las citadas: Gracias por el chocolate, La flor del mal, Una dama para dos-. Una joven desconcertante, que sugiere toda clase de horrores, fantasías y delicias con una mirada, un beso, o, a través de su cuerpo desnudo. Es a través de esa pasión que los devora, como se sumerge Philippe en un universo tortuoso y delirante –basta con ver los espacios que cada uno habita: el luminoso y tradicional de él y el oscuro, inquietante y misterioso de ella, entre paredes descarapeladas, humedad, muebles cubiertos de sábanas, espejos y pancartas para dejar recados-. Un mundo que adquiere una forma brutal en los últimos 15 minutos de la película.

La dama de honor es un filme sobre las apariencias, las etiquetas sociales que acaban por asfixiar, la soledad y sobre la obsesión del amor y sus consecuencias. Una historia que responde de manera exacta a los planteamientos argumentales y estilísticos de ese enorme cineasta que es Claude Chabrol, retratista de la hipocresía social y las miserias del alma humana, ocultas y agazapadas que esperan salir en el momento preciso.

RAFAEL AVIÑA

Le Havre: El puerto de la esperanza (Le Havre, Finlandia-Francia-Alemania-Noruega, 2011)

Le HavreDirección y Guión. Aki Kaurismaki/ Fotografía en color. Timo Salminen/ Música. Tango Cuesta abajo interpretado por Carlos Gardel/ Edición. Timo Linnasalo/ Diseño de arte. Wouter Zoon, Pascal Courtinel, Gerard Simonet/ Vestuario. Frédéric Cambier/ Con. André Wilms (Marcel Marx), Kati Outinen (Arletty), Jean-Pierre Darrousin (Inspector Monet), Blondin Miguel (Idrissa), Elina Salo (Claire), Evelyne Didi (Yvette), Jean-Pierre Léaud (el denunciante)/ Duración. 93 mins.

Sinopsis

Marcel Marx, antiguo escritor y bohemio empedernido que suele andar sin un centavo en la bolsa, se ha exiliado de forma voluntaria en la ciudad portuaria de Le Havre. Ahí, ha escogido un trabajo honrado pero poco lucrativo: el de limpiabotas o bolero, que le hace sentirse más cercano a las personas, al estar a su servicio. De hecho, ha decidido dejar atrás sus ambiciones literarias para llevar una vida tranquila y satisfactoria en tres espacios que dividen su tiempo: el bar de la esquina, su nuevo oficio que lo lleva a vagar sin rumbo fijo por todo el puerto y la relación con su compasiva mujer Arletty. Sin embargo, su vida da un giro drástico cuando de repente el destino coloca en medio de su camino a Idrissa, un niño inmigrante originario del África negra. Al mismo tiempo, su esposa cae enferma de gravedad y debe guardar reposo en un hospital. Marcel, se ve obligado entonces, a enfrentar la fría barrera de la indiferencia humana, el padecimiento de su mujer y su muy precaria y volátil situación económica, armado tan solo con su habitual optimismo y la obstinada solidaridad de los habitantes de su barrio. Es así como decide desafiar a la intolerante maquinaria de un Estado de derecho occidental, representado por el cerco policial que se estrecha sobre el adolescente refugiado, a quien ha escondido en su pequeño departamento. Es la hora de que Marcel tome una decisión extrema.

Luego de seis años de inactividad, Aki Kaurismaki, consigue con Le Havre: el puerto de la esperanza, trasladar su corrosivo humor finlandés a Francia, con este filme con el que inicia una nueva trilogía sobre ciudades portuarias europeas. La película compitió por la Palma de Oro en Cannes donde obtuvo el Premio Fipresci. Asimismo, estuvo nominada a Mejor Película, Director y Diseño de Arte en los premios César que otorga la cinematografía francesa y fue a su vez, la selección de Finlandia para competir por el Óscar de Hollywood a la Mejor Cinta Extranjera.

“La idea me vino hace unos años, pero no sabía dónde rodar la película. En realidad, la historia podría transcurrir en cualquier país de Europa, excepto en el Vaticano, o quizá allí más que en ningún otro sitio. Por lógica, habría debido rodar en Grecia, Italia o España porque son los tres países donde la presión es mayor. Recorrí toda la costa desde Génova a Holanda, y descubrí lo que quería en la ciudad del blues, el soul y el rock’n’roll, en El Havre… La fraternidad se encuentra en cualquier parte, incluso en Francia” –Aki Kaurismaki

Cartero, clavadista, crítico y actor de cine, Aki Kaurismaki (Finlandia, 1957), co escribió y actuó en el mediometraje de su hermano Mika, El mentiroso en 1981 y codirigió con éste ese mismo año, el documental La gesta de Saimaa, para debutar dos años después como realizador en el cine de ficción, con Crimen y castigo y convertirse a partir de ese instante, en un cineasta de culto en Festivales Internacionales donde, cada año se espera otro de sus austeros y minimalistas relatos que se mueven entre la comedia del absurdo y el drama con tintes negros, protagonizados por seres marginales y solitarios que intentan controlar un destino adverso a partir de finales optimistas en apariencia, tal y como sucede con su trilogía sobre perdedores en urbes frías y hostiles que incluye a: Nubes pasajeras (1997), El hombre sin pasado (2002) y Luces al atardecer (2006).

En efecto, el caso del finlandés Aki Kaurismaki resulta luminoso y revelador. Sus personajes patéticos y solitarios deambulan en paisajes similares, sometidos a relaciones de trabajo degradantes y aburridas, como la jovencita fea y fanática de las novelas rosa en La muchacha de la fábrica de cerillos (1990), el chofer de un camión de basura y la cajera de supermercado recién despedida en Sombras en el paraíso (1986), la lastimosa banda de polka-rock con sus copetes y botas puntiagudas en Los vaqueros de Leningrado en América (1989), la pareja de amantes malditos involuntarios de Ariel (1988), la humilde camarera del kiosco de comida callejera y el guardia de seguridad, protagonistas de Luces al atardecer, o el escritor y filósofo que ha decidido dedicarse a lustrar los zapatos de los otros, menos los suyos, en Le Havre: el puerto de la esperanza.

Toda esa búsqueda actual de poesía visual en relatos minimalistas hoy tan de moda en el cine mundial y a cuyos autores, la crítica ha convertido a varios de ellos en genios incomprendidos (el caso de: Béla Tarr, Brillante Mendoza, Apichatpong Weerasethakul y más), ha sido la propuesta constante del responsable de títulos como: Contraté a un asesino a sueldo o La vida bohemia. Lo más sorprendente, es que sus historias, están realizadas con una sencillez abrumadora y por si ello fuera poco, resultan además, emocionantes y universales en un punto donde alcanzan un magistral equilibrio, el humor y la tragedia.

Le Havre: el puerto de la esperanza, sintetiza el microcosmos de Kaurismaki. De hecho, su protagonista Marcel Marx  (André Wilms), es uno de los tres intérpretes centrales de La vida bohemia (1991), en la que también aparecía en un cameo, el legendario actor de Truffaut, Jean-Pierre Léaud. El otrora escritor vagabundo de los bajos fondos parisinos se ha autoexiliado en la ciudad portuaria de Le Havre en Normandía, para abrazar una actividad poco redituable que lo coloca en la realidad cotidiana: limpiabotas.

Los personajes de Kaurismaki resultan de una dignidad abismal y su vez, enternecedores y solidarios. Seres marginales y desfavorecidos por el sistema con el don de la generosidad y el optimismo, mirando siempre hacia adelante a pesar de lo que sea, incluso, si se trata de proteger a un adolescente africano inmigrante, que desea cruzar el Canal de La Mancha para encontrarse con su madre en Londres. En un universo gélido y hostil, Marcel encuentra refugio en ese otro mundo donde no existe la globalización, ni hay pantallas de plasma, internet o celulares, mismo que pareciera entresacado de un escenario cinematográfico de los años cincuenta o sesenta, con sus paredes y puertas color fiusha. Un universo obsoleto en apariencia, donde un perro se llama Laika, y en cuyos barecitos, se escucha la voz de Carlos Gardel cantar Cuesta abajo, un tema musical que funciona sin duda como la posible ruta emocional del protagonista.

Ahí, en esos coloridos callejones con tiendas de barrio donde nadie compra. Entre viejos rocanroleros enamorados (“ella es la manager de mi alma”) a un paso de la jubilación, e inspectores de policía duros en apariencia (Jean-Pierre Darrousin), entresacados de una película del primer Jean-Luc Godard, inmigrantes vietnamitas que pasan como chinos y capaces de soltar frases como: “El mar Mediterráneo tiene más actas de nacimiento que peces”, enfermos de cáncer que fuman en los hospitales y alegres mujeres de la tercera edad, Marcel encuentra el apoyo solidario y moral para sortear la enfermedad de Arletty (Kati Outinen), su esposa desahuciada y a su vez, para ayudar a Idrissa (Blondin Miguel) el niño negro.

Alejado de todo tipo de sermoneos morales o edificantes, se trata quizá del cuento de hadas moderno más hermoso sobre el problema de la inmigración en Europa hasta el momento (40 metros cuadrados de Alemania, Paisaje en la niebla, Bajarse al moro, entre muchísimas otras). Un relato que rastrea en lo más recóndito de lo poco que queda de humanidad en el mundo, para encontrar la clave que pueda arreglar los problemas sociales. Y es que, una vez más,

Kaurismaki dota a sus personajes de corazón y realismo. Max, Arletty, Idrissa, Claire, el tendero de la esquina, el propio Monet, nos resultan extrañamente familiares y cercanos. Nos contagian de sus crisis, tristezas, alegrías y pequeños triunfos. Nos hacen creer que si queremos podemos convertirnos en mejores personas. Le Havre: el puerto de la esperanza, es otra de sus pequeñas y emotivas obras maestras. Una gran fábula sobre las fronteras y la magnanimidad de espíritu.

RAFAEL AVIÑA

PAISAJE EN LA NIEBLA (Topio stin omichli, Grecia-Italia-Francia, 1988)

Paisaje en la nieblaDirección. Theodoros Angelopoulos/ Guión. Theodoros Angelopoulos, Tonino Guerra y Thanassis Valtinos, inspirado en un argumento del primero/ Fotografía en color. Giorgos Arvanitis/ Música. Eleni Karandriou/ Edición. Yannis Tsitsopoulos/ Diseño de arte. Mikes Karapiperis, Farhad Saba/ Con. Michalis Zeke (Alexandros), Tania Palaiologou (Voula), Stratos Tzortzoglou (Orestes), Vasilis Kolovos (chófer del tráiler), Ilias Logothetis (el hombre gaviota), Mihalis Giannatos (Jefe de estación de trenes) / Duración. 119 mins.

Sinopsis

Voula, una niña de once años y su hermanito Alexandros de cinco, fantasean con la idea de encontrar a su padre. Un día, deciden abandonar su casa en un barrio popular de Atenas, para ir al encuentro con su progenitor, quien según su madre, ha emigrado hacia Alemania. Luego de abordar un tren de manera clandestina, son descubiertos y detenidos en una estación. Sin embargo, consiguen huir y juntos, de la mano, emprenden su camino por la geografía griega a pie, o en diferentes transportes, bajo una inclemente lluvia, nevadas o terribles ventiscas y enfrentando a todo tipo de personajes: cálidos o malvados. En su odisea, se encuentran con un camionero que agrede sexualmente a Voula. Asimismo, a un agradable joven, Orestes, miembro de una compañía de teatro ambulante que recorre toda Grecia en un viejo autobús y con severas incertidumbres en cuanto a ganancias y sitios para hacer su espectáculo. Y finalmente a un militar que asombrado ante la desparpajada e inocente petición de dinero por parte de la niña, le ofrece la cantidad necesaria para tomar el tren rumbo a Alemania sin pretender nada de ellos. Voula y Alexandros consiguen llegar a la frontera germana enmarcada por un río, una espesa niebla y un hermoso árbol que los acoge como si se tratase de un padre.

Hace tan sólo unas semanas, se supo de la absurda muerte de uno de los mayores cineastas de finales del siglo XX. El gran maestro Theodoros Angelopoulos, conocido simplemente como Theo Angelopoulos, nacido en Atenas, Grecia en 1935. Justo cuando el cineasta trabajaba en un nuevo proyecto, fallecía el pasado 24 de enero a los 76 años, luego de ser arrollado por un motociclista cuando cruzaba una calle…

…Luego de ingresar a la Facultad de Derecho en su país natal, Angelopoulos, decidió emigrar a París para estudiar cine y literatura, no obstante es expulsado del IDHEC (el Instituto de Estudios Superiores Cinematográficos de Francia) por inconformista y regresa a Grecia en 1963, año en que inicia su primera película de corte policiaco, Negro y blanco  que no logra terminar por falta de fondos, como sucedió con su segundo intento fílmico: Forminx Story (1965), sobre un grupo griego de rock que realizaría una serie de presentaciones por Estados Unidos. La gira fue cancelada y el proyecto también. Finalmente, Angelopoulos, quien sobrevivía como crítico de cine en un periódico de izquierda, debuta finalmente con el cortometraje Broadcast (1968) que obtiene el Premio de la Crítica en el Festival de Cine de Tesalonica. A ésta, le sigue el largo: Reconstrucción (1970) inspirado en un crimen real sucedido en Grecia y Días de 36  (1972) su primer filme de corte histórico-político, tema de casi toda su obra a través de relatos intimistas y cotidianos. Varias de ellas, enormes y galardonadas obras como: El viaje de los comediantes (1975), Alejandro Magno (1980), Viaje a Citeria (1984), El apicultor (1986), El paso suspendido de la cigüeña (1991), La mirada de Ulises (1995), La eternidad y un día (1998) –ganadora de la Palma de Oro en Cannes-, Eleni (2004), El polvo del tiempo (2008) y por supuesto, esa pieza fundamental en su filmografía, cargada de una dolorosa e hipnótica belleza como lo es: Paisaje en la niebla (1988), ganadora del Premio Forum en el Festival de Berlín, el León de Plata en Venecia para su realizador y el Premio Félix a la Mejor Película Europea de 1988.

Paisaje en la niebla es un relato plagado de referencias y símbolos. Un terrible y aleccionador viaje iniciático y de maduración infantil que se comunica con otras historias similares como: Los 400 golpes (Francois Truffaut, 1959), Las tortugas pueden volar (Bahman Ghobadi, 2004) y en particular, El círculo perfecto (Ademir Kenovic,1997), centrada en dos huérfanos de siete y nueve años, quienes han perdido a sus padres durante la guerra en Bosnia y que encuentran refugio en casa de un poeta de edad madura quien se convierte en protector de los hermanos y se ofrece a localizar a una tía de éstos perdida en algún lugar de Alemania.

Lo que inicia como un melodramático recuento del tipo De los Apeninos a los Andes (relato incluido en Corazón. Diario de un  niño de Edmundo de Amicis), se transforma de manera radical en una suerte de road movie espiritual. El viaje de dos menores hacia un encuentro consigo mismos. Un periplo a todos lados y a ninguna parte que los conducirá a la pérdida de la inocencia -en la parte posterior de un  tráiler, o en la ruda línea fronteriza con Alemania- y al cruce con la madurez y una cruda realidad…”La vida debe de ser terrible y la necesidad de ser amado aún más, para que dos niños decidan partir solos a un largo viaje” –Angelopoulos dixit

A partir de una anécdota extraída de la realidad, el director de El viaje de los comediantes, construye una épica personal, sobre el silencio y la derrota, sobre los sueños rotos y los amores vencidos, en una Grecia cubierta de lluvia y neblina: un paisaje frío y desolador, para narrar la Odisea emprendida por la adolescente Voula y su hermano menor Alexandros, en busca de su padre, en una Alemania que sólo existe en sus inocentes elucubraciones. Alentados por los sueños del pequeño (“Parecías tan cercano, que estirando la mano te hubiera tocado”) y la férrea decisión de la hermana, Voula y Alexandros, se sumergen en una suerte de epopeya homérica moderna, o cuento de hadas cruel y desesperanzador, donde descubrirán el amor, la muerte, las mentiras, la perversidad, la generosidad y el odio.

Ello, en medio de inclementes tormentas que los desvían de su itinerario físico y espiritual. De vestigios arqueológicos como la gigantesca mano de piedra que sale del mar para ser alzada en los aires por un helicóptero. De hombres uniformados inmovilizados momentáneamente mientras los hermanos huyen en cámara lenta. De zonas industriales aterrorizantes. De ambiguos jóvenes motociclistas. De inmensos trailers que cruzan entre lodazales. De gigantescas maquinarias que simulan monstruos legendarios y de otros signos inquietantes, como aquella novia que huye de su boda llorando, o el caballo agonizante arrastrado por un tractor, o los comediantes envejecidos que recitan sus recuerdos dolorosos de la guerra y que rematan su vestuario como archivando su propia memoria.

Un padre que no existe en realidad (“para que tengan en que soñar”). Cartas inexistentes armadas fuera de cuadro por esos solidarios hermanos. Una madre que tan sólo es una presencia virtual en un recorrido repleto de brutalidad (la escena del camión) o de decepción amorosa: Voula turbada por Orestes, el único amigo en ese viaje y chofer de esa compañía itinerante de comediantes, que acaba ligando con otro joven en un bar. Para Angelopoulos, el único paisaje ideal en este recorrido brumoso e inmensamente triste, es el reinventado a través de un fragmento de película velada al que parecen acceder los hermanos en una de las secuencias más bellas en la historia del cine, con textos tomados del Génesis, en una película dolorosa y de gran fuerza poética, que se mueve entre lo crudamente real y lo mágico-onírico.

En efecto se trata de una suerte de fábula moral o un crudo cuento infantil contemporáneo de múltiples lecturas, a medio camino entre el realismo y el sueño, que aborda en particular el tema de la fraternidad, la fe y la incertidumbre de la infancia sobre el futuro. La verdad, las mentiras piadosas que pueden ser devastadoras y sobre todo la búsqueda de las propias raíces (de ahí la metáfora del árbol) y de un padre utópico que sólo existe en las ingenuas mentes infantiles de sus protagonistas a quien ubican en una suerte de Edén  con todo y su árbol del Bien y del Mal. Un mundo en caos, en una Grecia que se mueve entre los vestigios de un pasado histórico memorable  (las efigies de piedra y otros fragmentos de memoria de enorme riqueza cultural) y una modernidad convulsionada que ha roto todo elemento de comunicación, tolerancia y piedad. La fe y la imaginación es lo que mueve los fatigosos pasos de ese par de hermanos en un mundo sin padres, sin amor, sin sentido, sin esperanza, en un retrato desolador que apela a lo más profundo de nuestros sentimientos.

RAFAEL AVIÑA