EL LADRÓN (Der Räuber/ The Robber, Austria-Alemania, 2010)

Dirección. Benjamin Heisenberg/ Guion. Martin Prinz y Benjamin Heisenberg, inspirado en la novela del primero/ Fotografía en color. Reinhold Vorschneider/ Música. Lorenz Dangel/ Edición. Benjamin Heisenberg y Andrea Wagner/ Diseño de producción. Renate Schmaderer/ Vestuario. Stephanie Rieb/ Con. Andreas Lust (Johann Rettenberger), Franziska Weisz (Erika), Markus Schleinzer (oficial de libertad condicional) Florian Wotruba (Markus Kreczi), Johann Bednar (Comisario Lukac), Max Edelbacher (Comisario Seidl), Peter Velnai (anciano), Bernd Christian Althoff (Joven en el estacionamiento), Michael Christl (Secuestrada)/ Duración. 98 mins.

 

SINOPSIS

 

Luego de un par de intentos de escape, Johann Rettenberger pasa sus últimos días en prisión entrenándose en el patio. Se trata de un solitario e introvertido atleta maratonista que purga una condena por el asalto a un banco. Al salir, Johann se mantiene en un perfil bajo a pesar de que consigue ganar el maratón de Viena imponiendo un nuevo récord nacional amateur, un pretexto magnífico para evadir al oficial de libertad condicional que lo presiona para que consiga un trabajo y le informe de su nueva dirección. No obstante, Johann tiene otros planes muy alejados de su posible integración a la sociedad. Al tiempo que participa con éxito en competencias nacionales y de su reencuentro con Erika, una antigua amante con la que se muda a vivir a su casa, el callado Johann se dedica a asaltar toda clase de pequeños Bancos de Viena y de sus alrededores armado con una escopeta, una gabardina, una sudadera con capucha y una máscara de hule con el rostro de Ronald Reagan. El hombre trabaja en solitario sin lastimar a nadie y huye por lo general en autos robados o corriendo a campo traviesa y entre las callejuelas y estacionamientos. Sin embargo, el oficial de prisión lo presiona cada vez más y Erika lo descubre, orillándolo a terminar con todo ello. Al ser delatado por su novia, Johann es atrapado por la policía, sin embargo, de manera inesperada consigue escapar. Un anciano al que le roba el auto lo apuñala de gravedad con una navaja que oculta y Johann, herido y sangrante, termina siendo rodeado por más de 450 elementos de la policía en los alrededores de un bosque cercano a la carretera que conecta Viena y Salzburgo.

 

El ladrón, tercer largometraje de Benjamin Heisenberg (Alemania, 1974), se inspira en hechos reales. El creador de la afamada revista Revólver y cineasta ligado a la llamada Escuela de Berlín – aunque él pertenezca a la Escuela de Cine de Munich-, realizadores representantes del Nuevo Cine Alemán del Siglo XXI, entre los que se encuentran: Thomas Arslan, Angela Schanelec o Christian Petzold, desarrolla un sobrio thriller para sumergirse en las motivaciones del atleta y asaltante de bancos vienés, Johan Kastenberger quien murió a los 30 años. El filme, describe prácticamente paso a paso su vida y su carrera delictiva y obtuvo el Premio al Mejor Director en el Festival de Bavaria, luego de ser nominada al Oso de Oro en Berlín. A su vez, Heisenberg ganó el Premio al Mejor Director en la Viennale, festival dedicado a galardonar lo mejor del cine austriaco y también El ladrón se llevó la presea al Mejor Guion en el Festival de Gijón, España.

 

Breve datos biográficos del antihéroe protagonista del filme

Johan Kastenberger (Austria, 1958 – 1988) fue un ladrón de bancos austríaco, exitoso maratonista y asesino de un solo hombre, con una enorme adicción a la endorfina. Ingresó a los anales criminales de Austria bajo el apodo de “Pumpgun-Ronnie”. En la década de los ochenta ganó muchas competencias para aficionados en Austria. El 25 de enero 1977 llevó a cabo su primer asalto bancario, no obstante, fue reconocido por varios de los empleados del lugar y detenido cuando huía en un tren a Viena. Fue condenado a siete años de cárcel. Una vez cumplida su condena, regresó con su antigua novia y se mudó a su departamento. A partir de entonces inicia una escalada de robos, en ocasiones, incluso tres bancos el mismo día, armado con una escopeta y oculto bajo una máscara de látex con la imagen de Ronald Reagan –de ahí su mote criminal-. Finalmente, Kastenberger fue detenido el 11 de noviembre de 1988. El botín de sus asaltos estaba oculto en el departamento de su novia. Dos días después, la policía le hizo firmar su confesión y él aprovechó un descuido para huir de la comisaria escapando por la ventana del primer piso y cayendo sobre el toldo de un auto y salir corriendo con la velocidad y habilidad que lo caracterizaba. Se oculta, roba el auto de una mujer y después el de un hombre mayor, quien logra liberarse de las ataduras y herirlo y a su vez, dar aviso a la policía. Rodeado por una fuerza policiaca de más de 450 elementos, es alcanzado por un tiro mientras huía en otro auto robado. Finalmente se detiene y el mismo pone fin a su existencia disparándose en la cabeza.

 

Encapuchados, enmascarados, hombres que se cubren medio rostro con un pañuelo y que empuñan todo tipo de armas: revólveres, escopetas, metralletas, cuernos de chivo y que, tras el grito de: “¡Esto es un asalto!”, ejercen presión sicológica, momentos de ironía, crueldad, incertidumbre, nerviosismo, e incluso de compasión, sobre rehenes que intentan salir bien librados de una experiencia criminal como ésta, misma que el inconsciente colectivo ha trastocado en un escenario a todas luces romántico. El cine, a lo largo de su historia, no sólo ha creado y reforzado mitos y situaciones imitando a la realidad para más tarde superarla, enriquecerla o enfrentarla de manera insólita.

Desde sus primeros balbuceos, el cine pobló la pantalla de héroes, villanos y una mezcla de ambos: los antihéroes que encontraron su clímax durante los oscuros años del llamado cine negro estadunidense que pronto encontró vasos comunicantes en otras cinematografías como la inglesa, la francesa e incluso la mexicana. Así, antes de que Eisenstein y Griffith descubrieran el lenguaje fílmico en los albores del siglo XX, Edwin S. Porter inauguraba el cine de acción criminal y al mismo tiempo el western en 1903 con El gran asalto al tren; en ella, un grupo de bandidos atracaban una locomotora que transportaba hombres y dinero y al final, uno de los asaltantes se acercaba pistola en mano disparando contra la cámara, anticipando así lo que vendrá: un público inerme y fascinado ante la amenaza de una delincuencia que llevará a extremos de delirio fílmico el robo a todo tipo de instituciones financieras.

Billetes, bonos, joyas, fotografías, documentos cobrables y comprometedores. Enormes instituciones bancarias, pequeños bancos rurales, cajas de seguridad, camionetas de valores, bóvedas infranqueables, taquillas del hipódromo, incluso museos, se convertirán en la obsesión de un puñado de personajes, algunos trastocados en mitos cinematográficos como Butch Cassidy y Sundance Kid, Al Capone, Dillinger, Borsalino o Rififi, en una suerte de tema recurrente que el cine convertirá en uno de sus favoritos: el asalto a mano armada y el robo bancario (Cuatro contra el mundo, Casta de malditos, Sin ley y sin alma, Topkapi, Para atrapar al ladrón, Punto de quiebra –donde también aparece una máscara de Reagan para asaltar un banco-, Bestia salvaje y más), valiéndose del western, el thriller, el suspenso, el cine policiaco y el más escandaloso true crime, como es el caso de la cinta de Heisenberg, El Ladrón, inspirado en hechos de la vida cotidiana.

“Se trata de un personaje muy parecido al del Doctor Jekyll y Mr. Hyde”, explica en entrevista el cineasta: “La dualidad podría marcarse en las dos únicas actividades que aparentan llenar la vida de este ex presidiario: correr y robar. Tanto es así que Johann alcanza la cresta emocional cuando pone lo primero al servicio de lo segundo: el tipo llega a un banco, carga su bolso con dinero ajeno y huye por las calles, hasta perderse en la pasividad centroeuropea”. No obstante lo que rompe su rutina es el encuentro con su atractiva ex novia, encuentro que pone a temblar los cimientos sobre los que se afianza su modo de vida.

“Había algo fascinante en el sentido filosófico de esa manera de vivir. Johann es alguien que no puede sentirse y que necesita ir hasta el límite para saber quién es”. El realizador y su lacónico protagonista construyen un personaje fascinante a pesar de ciertas situaciones que parecieran errores de apreciación ¿Cómo es posible que la policía no sospeche desde un principio de un maratonista que acaba de salir de la cárcel por asalto bancario, por ejemplo. No obstante, esas inconsistencias resultan menores si comparamos la tensión que logra crear Heisenberg tanto en las escenas de acción física y persecución, como en los momentos de aparente calma y sobre todo de aquellos instantes donde el protagonista rompe su rutina para establecer una relación íntima con Erika, asistente social con la que se reencuentra de manera casual.

“Es casi una leyenda. Cuando la historia llegó a los medios fue discutida por mucha gente y aún está muy dividido entre los que piensan que era un maniático que simplemente engañaba a la gente, y los que lo ven como un revolucionario y un activista político contra el establishment, una suerte de moderno Robin Hood que no le daba dinero a nadie, ni a él mismo”, señala Heisenberg. “En relación a la realidad, el final es distinto. Otro aspecto es que el original no mató al oficial que controlaba su libertad condicional, pero sí a un compañero de celda al que se encontró luego de ser liberado. Considerábamos mucho más importante la historia afuera de la prisión que dentro. La tercera diferencia es la relación con su novia. En la vida real, ella no era tan atractiva como en la película, era una mujer todavía mucho más maternal que lo que se ve y tenía un trabajo totalmente distinto y finalmente, es que decidimos no ambientarla en los años 80 donde sucedieron los hechos, sino en época actual”.

Es un hecho que El ladrón se aleja de los mecanismos y los chantajes emocionales típicos del cine de Hollywood. El cineasta alemán procura no instalarse en la historia de amor y menos en la acción policiaca o persecutoria, no obstante consigue momentos de gran aliento emocional apoyado a su vez en una intensa y atípica banda sonora cargada de percusiones. De hecho, el montaje del filme resulta esencial para crear emociones y pulsiones en el espectador, moviéndose entre el vértigo y el reposo. Secuencias como aquella donde es seguido por un largo y excepcional travelling a campo traviesa, la escena donde es acosado en un estacionamiento, e incluso el momento en que consigue escapar de la comisaría. Pese a que elude la violencia, la secuencia con el oficial de libertad condicional es realmente brutal y sin embargo, pudiendo incidir en otra escena violenta, por ejemplo, cuando es agredido por el anciano, Heisenberg evita mostrar agresividad innecesaria.

Para el realizador, la idea era contar la historia de un reto personal, oblicuo y extraño, pero muy íntimo que llevaba a este hombre a robar y a correr por partes iguales, acumulando dinero que jamás usaba. Una manera de encontrarse consigo mismo y de probarse a sí mismo (“parece que viene desde adentro” comenta el antihéroe de El Ladrón). Y es que la realidad parece siempre superar a la ficción como sucede en este filme en el que el espectador tendrá que sacar sus propias conclusiones involucrándolo en el enigma que representa el protagonista (tanto el real como el ficticio). Por cierto resulta extraordinario el trabajo actoral de Andreas Lust quien físicamente se parece mucho al personaje verdadero cuya esencia de vida parece ser la de huir constantemente, correr para reencontrarse, quizá por ello, resulta imposible despegarse de la pantalla para observar a un personaje desesperado y cargado de adrenalina interior que necesita hacerla estallar para sobrevivir a la rutina cotidiana de un mundo cargado de reglas y restricciones.

 

RAFAEL AVIÑA

Centro Histórico de la Ciudad de México

26 de mayo 2013

 

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