EN UN MUNDO MEJOR (Haevnen, Dinamarca-Suecia, 2010)

En un mundo mejor

Dirección. Susanne Bier/ Guión. Anders Thomas Jensen y Susanne Bier/ Fotografía en color. Morten Soborg/ Música. Johan Söderqvist/ Edición. Pernille Bech Christensen y Morten Egholm/ Dirección de arte. Lene Eljlersen y Mathias Holmgreen/ Vestuario. Manon Rasmussen/ Con. Mikael Persbrandt (Anton), William Johnk Nielsen (Christian), Ulrich Tomsen (Claus), Markus Rygaard (Elias), Trine Dyrholm (Marianne), Toke Lars Bjarke (Morten), Simon Maagaard Holm (Sofus), Odiegue Matthew (Big Man)/ Duración. 114 mins.

SINOPSIS

Anton es médico que vive en un pequeño y tranquilo suburbio en Dinamarca y al mismo tiempo, pasa largas temporadas en un campo de refugiados en África donde día a día ayuda a una empobrecida comunidad compuesta en su mayoría por mujeres y niños, azotada por el hambre y la violencia que ejerce un grupo de mercenarios. En estos dos mundos tan opuestos, él y su familia enfrentarán conflictos que les llevarán a escoger entre la venganza y la comprensión. Anton y su esposa Marianne tienen dos hijos, están separados y consideran la posibilidad de divorciarse. El mayor de ellos es Elias, de 13 años, un chico tranquilo y pacífico del que abusan de forma permanente sus compañeros de clase hasta que aparece Christian, otro adolescente, que ha llegado a Dinamarca desde Londres con su padre, Claus, luego de la muerte de su madre por cáncer. Elias y Christian se vuelven inseparables, sin embargo, motivado por la venganza y el odio que siente hacia la vida, Christian, violento y muy inteligente,  involucra a Elias en un peligroso acto de violencia de consecuencias trágicas, al tiempo que Anton sin proponérselo, desata la ira de la comunidad africana contra el malvado líder que los tiene sometidos. Son los padres de Christian y Elias, quienes deberán ayudar a sus hijos a comprender la complejidad de las emociones, el dolor y la pérdida.

Es triste admitirlo pero la noción de venganza ahora es parte de nuestro vocabulario cotidiano. Hace diez años no se escuchaba de forma tan frecuente, pero ahora ha sido atrapada en nosotros como una noción natural inconsciente. Sin embargo, para la mayoría todavía no es natural, aunque diariamente la enfrentemos en los medios. A pesar de todo, aún es una idea aterradora y extraña. Ahora, sabemos que vengarse es malo, pero cuando te han hecho un daño personal a ti o a tu familia, tu mecanismo de defensa será reaccionar. Es lo más humano…”

…”En mi película En un mundo mejor se exploran las limitaciones con las que nos encontramos al intentar controlar la sociedad y nuestras vidas personales. Plantea la pregunta de si nuestra “avanzada” cultura es el modelo para un mundo mejor, o si la misma desorganización que produce la ausencia de leyes se agazapa justo debajo de la superficie de nuestra civilización. ¿Somos inmunes al caos o nos tambaleamos al borde del abismo del desorden, ajenos a la realidad?”…

La noción de “civilización” que plantea la cineasta danesa Susanne Bier se conecta con películas recientes como Michael del austriaco Markus Schleinzer, sobre un joven treintañero oficinista que mantiene oculto en el sótano de su infranqueable departamento, a un niño de diez años del que abusa sexualmente, en el interior de una sociedad gélida en la que a nadie le importa lo que suceda a su alrededor y nadie se mete con nadie. Bier plantea En un mundo mejor algunas de las claves de esa sociedad moderna imposibilitada de abstraerse ante la violencia como frustración del entorno cotidiano, su filme obtuvo el Oscar a la Mejor Película Extranjera en 2011, el Globo de Oro en la misma categoría, el Premio a la Mejor Dirección en el Festival de Cine Europeo y el galardón a Mejor Película y Guión en el Festival de Sevilla, España.

Nacida en Copenhague en 1960, Susanne Bier es una de las herederas del movimiento Dogma 95, ese estilo sucio, directo, casi amateur, con una cámara que se mueve abruptamente y una fotografía granulosa que maneja con exceso el gran angular e intenta desnudar las miserias morales y los temores de sus personajes, en lo que es tal vez el experimento fílmico más arriesgado de finales del siglo XX, desde que aparecieran los conceptos transgresores de la llamada nueva ola francesa con Jean-Luc Godard a la cabeza de un grupo de jóvenes cineastas empeñados en desbaratar las reglas establecidas por un cine falso y comercial. Festen (1997) de Thomas Vinterberg, fue sin duda la punta de lanza de ese curioso movimiento cinematográfico danés del que forman y/o formaron parte a su vez: Lars Von Trier, Kristian Levring, Soren Kragh-Jacobsen y por supuesto, Susanne Bier.

Su manifiesto fílmico incluía un rechazo al cine de autor en el sentido académico del término: rodaje en locaciones auténticas, cámara en mano que evite fijar el encuadre, iluminación natural que rechaza filtros y luces especiales, una mirada sexual más descarnada y la ausencia de música efectista que supla el dramatismo natural de una situación. Es decir, una serie de principios estéticos o “votos de castidad”, en palabras del grupo, que consiguieron centrar la atención en el contenido temático por encima de la puesta en escena y el refinamiento técnico. Varios de estos elementos se insertan en las primeras películas de Bier, es el caso de: Pensionat Oskar (1995), Credo (1997), Una vez en la vida (2000) que fuera un éxito de taquilla en Dinamarca, pero sobre todo, A corazón abierto (2002), que narraba la historia una joven a punto de casarse cuyo novio era atropellado y quedaba tetrapléjico y más tarde, ella terminaba enamorada del marido de la responsable del brutal accidente. Sin desprenderse de los elementos típicos de Dogma 95, Susanne Bier mostraba aquí de manera más contundente el tipo de cine que va a desarrollar: historias complejas y arriesgadas, insertadas en un melodrama feroz, capaces de fascinar a las grandes audiencias y a los círculos de los festivales de arte, como lo sería Después de la boda (2004) –nominada al Oscar- en donde hace estallar los principios del melodrama más tradicional, cercano incluso a la telenovela, pero manejado con ironía y sutileza al mismo tiempo. De hecho, aquí, aparece una situación muy similar a En un mundo mejor: el retrato humanitario del doctor europeo en los infiernos tercermundistas. En aquella, se trata de la India, en la que sobresalen varios niños que le roban el corazón al protagonista y en ésta, se trata de una comuna africana. En ambas, se contrasta la pobreza, la solidaridad y la alegría infantil con el universo moderno y civilizado occidental repleto de simulaciones.

Ya desde Después de la boda, pero sobre todo En un mundo mejor, Bier decidió abandonar de forma total el estilo agresivo y amateur del Dogma 95 apostando por una espectacular y controlada puesta en escena y una fotografía preciosista pero sobre todo funcional para la trama en donde lo cotidiano se entremezcla con el melodrama extremo de manera excepcional.

Las películas de Bier, en particular ésta, son un llamado a la conciencia en donde se plantean dilemas morales y personales. Por un lado, una familia destruida en apariencia por la muerte de la madre y la otra por la separación de los padres, dejando en la orfandad física a un adolescente y en la orfandad emocional a otro. A ello, se suma el tema de la percepción de la violencia en los niños y adolescentes en sociedades infestadas por ese virus y en otras que se supone civilizadas, pero en las que sin embargo, no pueden abstraerse de situaciones cotidianas como el bullying o el acoso, que parece un acto común en las escuelas y que es llevado a extremos de brutalidad en la figura de Big Man, un hombre que incluso abre los vientres de las mujeres embarazadas para confirmar el sexo de los fetos por nacer. Todo ello bajo la perspectiva del personaje de Anton y en segundo lugar Christian. El primero, intenta actuar de manera correcta y civilizada, les enseña a sus hijos y al amigo que aquel que comete violencia es el que pierde. A su vez, tiene problemas con su mujer ha sido infiel y piensa que está fallando con sus hijos. Pese a todo intenta actuar de forma decente. Por su parte, Christian percibe que la violencia sólo se controla con mayor violencia y que la venganza es un acto de justicia, hasta que descubre el alto espíritu de heroicidad de su amigo y cómplice y entiende que la agresividad es una suerte de bomba de tiempo incontrolable y devastadora.

Lo curioso es que ya sea en un entorno rural y alejado de la civilización, o en uno doméstico, confortable y perfecto, los resultados de la violencia siempre son los mismos y nadie sale ganando, por el contrario: la violencia es un bumerang. A ello, se suma la subtrama del núcleo familiar violentado y agredido. Es a través de esa alegoría sobre la reconciliación moral y familiar que el filme plantea un final si no feliz, al menos esperanzador a partir de los temas manejados: pérdida, soledad, incomunicación, crisis de la pareja, orfandad, temor, culpa y redención, manejados con una habilidad sorprendente por una realizadora que al parecer tiene ya una carrera asegurada no sólo en los países nórdicos donde suele filmar, sino en Hollywood donde dirigió Lo que perdimos en el camino (2007) con Halle Berry y Benicio del Toro y donde actualmente dirige: Serena con Bradley Cooper y Jennifer Lawrence.

Una última reflexión tiene que ver con la estupenda puesta en escena que ayuda a crear un halo de verosimilitud y contundencia al relato. Una banda sonora anímica y excepcional, con una fotografía que funciona de manera emocional y estética y sobre todo un trabajo de actuación contenido y preciso –en ocasiones sumamente conmovedor-, en el que destaca sin duda el trabajo de los adolescentes protagonistas apoyados por un reparto adulto siempre excepcional, marca de casa de una cineasta que ha logrado encabalgar cine de arte, melodrama y cine comercial de manera natural y eficaz.

RAFAEL AVIÑA

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