A LA ORILLA DEL RIO (London River, Gran Bretaña-Francia-Argelia, 2009)

A la orilla del ríoDirección. Rachid Bouchareb/ Guión. Rachid Bouchareb, Zoé Galeron y Olivier Lorelle/ Fotografía en color. Jerôme Alméras/ Música. Armand Amar/ Edición. Yannick Kergoas/ Dirección de arte. Jean Marc Tran y Tan Ba/ Vestuario. Karine Serrano/ Con. Brenda Blethyn (Elisabeth Sommers), Sotigui Kouyaté (Ousmane), Francis Magee (inspector), Sami Bouajila (Imán), Roschdy Zem (carnicero), Marc Baylis (Edward), Aurélie Eltvedt (Guía en la capilla)/ Duración. 84 mins.

SINOPSIS

Entre las nueve y las diez de la mañana del 7 de julio de 2005, un total de cuatro bombas explotaron en Londres. Cuatro personas que viajaban en el transporte público londinés fueron los responsables de activar los explosivos que cargaban en el interior de sus mochilas. Ese acto costó la vida de 56 personas y resultaron heridas de gravedad más de 700, entre aquellos que viajaban en tres diferentes trenes del metro y un autobús. Más tarde, fue descubierta una cinta de video en la que un grupo de terroristas islámicos anunciaba que su organización estaba en guerra contra la sociedad británica, luego del apoyo que el Primer Ministro inglés Tony Blair brindó a los Estados Unidos en su lucha contra Al Qaeda luego de los atentados del 11 de septiembre del 2001. Los sucesos de julio del 2005 terminan por sacudir violentamente a dos personas que no solo se encontraban muy lejos de los lugares de las explosiones, sino que además eran ajenas por completo a aquellos actos. Por un lado, Ousmane, un musulmán de origen africano residente en Francia con un trabajo de guardabosques y amante de la naturaleza y la madura viuda Elisabeth Sommers, una mujer cristiana dedicada a su pequeña granja en Guernsey, al norte de Normandía en una de las islas del Canal de la Mancha, desde la muerte de su marido fallecido en la Guerra de las Malvinas. Elisabeth, intenta encontrar a su hija, estudiante universitaria en Londres, quien vive en apariencia muy cerca del lugar de los atentados. Al no recibir ninguna respuesta a sus múltiples llamadas telefónicas decide ir en su búsqueda. Al llegar, coincide con Ousmane, quien a su vez, busca a su hijo desaparecido, a quien no ha visto desde que el niño tenía seis años cuando emigró a Francia y a insistencia de su ex esposa. Los dos recorrerán las calles de Londres intentando localizar alguna pista que les diga si sus vástagos están vivos o no, atravesando todas las fases de quien, de repente, tiene que lidiar con algo que considera ajeno, extraño, empezando por ellos mismos. Cuando Elisabeth y Ousmane descubren que sus respectivos hijos estudiaban juntos el idioma árabe en la mezquita de Finsbury Park, sus vidas quedarán unidas temporalmente, mientras intentan lidiar con sus prejuicios y el destino.

“Cualquiera que sea el rincón del mundo de donde provengamos o donde vivamos, nuestros pensamientos, sentimientos, miedos, alegrías, esperanzas y preocupaciones no son tan distintos. Al final, creo, son los mismos para todos”…

“El guión estuvo escrito antes de empezar la filmación, pero una vez que arrancó dejé mucho lugar para la improvisación. Las escenas estaban allí, pero había varios huecos por llenar. Por ejemplo, cuando el personaje de Blethyn entra por primera vez a la carnicería que está en la planta baja del edificio donde vive su hija, o cuando se encuentra por primera vez con el señor Ousmane, sus gestos fueron completamente espontáneos. Hay mucha improvisación también en las escenas entre los protagonistas; tomas enteras que no fueron escritas previamente, como cuando comparten una manzana, o la escena de su despedida. Nunca habría podido escribir la dimensión física de ese abrazo final: él, fuerte y erguido como un árbol, mientras ella se cuelga literalmente. DE igual manera, tampoco habría podido escribir la canción con la que el personaje de Sotigui consuela a Blethyn. Esa maravilla salió enteramente de él. Sentía la necesidad de cantar, así que lo hizo. Ese método de trabajo produjo algunos de los más conmovedores momentos del filme”… Rachid Bouchareb, director de A la orilla del río, ganadora del Oso de Plata a la Mejor Actuación Masculina y Femenina en el Festival de Berlín y Mención Especial del Jurado Ecuménico. Nominada al Oso de Oro al Mejor Director en el mismo festival.

Desde las primeras imágenes. Aquella en la que Elisabeth asiste a la ceremonia cristiana y el Pastor habla del versículo de Mateo en el que dice que hay que “amar a los enemigos que nos hacen daño” y en paralelo, Ousmane escucha la voz de una guía en una capilla francesa que comenta la violencia existente ahí hace centenares de años, trastocada en la belleza de los jardines y la paz del lugar actual, sabemos que la trama no sólo pondrá a prueba a los protagonistas, sino al espectador mismo en los temas de odio y violencia absurda e inexplicable.

El realizador, se centra en un par de historias de los miles de relatos individuales de vida, que se ven interrumpidos por la sinrazón terrorista. Y lo hace con una distancia respetuosa, evadiendo el exceso, el melodrama, de manera contenida y eludiendo el afán explicativo que busca culpables. Y es que se trata sobre todo de un relato que intenta ahondar en las emociones de sus protagonistas. Es por ello que ha contado con dos espléndidos actores capaces de desnudar sus almas y sacar a flor de piel los miedos, emociones y las pulsiones internas que los mueven, ello a partir de una experiencia de improvisación creada por el propio cineasta Rachid Bouchareb, por medio del personaje de una madre británica y el padre de un joven de origen africano a quien no ha visto en años (“Ya no sé que cara tiene. Ya es un hombre”), quienes terminan por entender que el dolor es un sentimiento universal compartido. Es decir. Más allá de la Historia con mayúscula y de las discusiones políticas que inundan los medios de comunicación y los debates intelectuales sobre el tema, se encuentran las historias personales de familias que se transforman por el dolor o de progenitores metidos en sus propios problemas domésticos o de trabajo y que por más que amen a sus hijos con todas sus fuerzas, un día descubren que son ajenos a ellos, que de sus vidas y de sus sentimientos no saben prácticamente nada.

Llama la atención la sobriedad con que Bouchareb construye el drama que acoge a los personajes. Pero sobre todo, destaca el trabajo histriónico de sus intérpretes, ya que se trata a su vez, de un filme de personajes. Por ejemplo, el africano Sotigui Kouyaté (El cielo protector, Negocios entrañables), en ocasiones director del Volta Teatro Ballet, quien murió meses después de filmar London River -su última película-, crea un personaje sorprendente por su dignidad y su perseverancia: el de un hombre surcado de arrugas y aparentemente imperturbable como los rugosos y milenarios árboles que cuida (la escena en la que habla por teléfono con su mujer es impresionante). Por su parte, Brenda Blethyn, estupenda en  Vocecita y sin duda, la gran protagonista de Secretos y mentiras de Mike Leigh, con la que obtuvo la Palma de Oro a la Mejor Actriz, así como de la divertida comedia El jardín de la alegría en la que encarnaba a una viuda forzada a plantar marihuana en su jardín, consigue una interpretación altamente emotiva: el de la mujer solitaria que se niega a pensar que haya pasado algo malo y cuyas sonrisas nerviosas y su buen humor sólo intentan ocultar su desesperanza y el pavor a la sociedad urbana a la que permanece ajena desde su encierro personal en una isla del Canal de la Mancha en donde dialoga tan sólo con sus animales y lidiando con esa tierra que ara una y otra vez, la misma donde está enterrado su marido, héroe de una guerra inútil y absurda. Sin contar por supuesto con el trabajo de los actores secundarios, a los que el realizador los envuelve en una atmósfera de apoyo, como serían los policías –uno de ellos musulmán-, el carnicero, el empleado de la agencia de viajes y los mismos musulmanes de la mezquita: todos ellos están ahí para ayudar más allá de parecer sospechosos de actos terroristas, en una trama centrada sobre todo, en la solidaridad, los prejuicios raciales y la fortaleza del espíritu.

Y es que la carrera del franco-argelino Rachid Bouchareb (1960), ha tocado temas similares a lo largo de su filmografía.  Debutó como director con Bâton Rouge (1985), un duro relato centrado en un trío de parisinos marginales que sueñan con emigrar a los Estados Unidos, seguido de otras obras como: Pequeño Senegal (2001), notable drama sobre un anciano trabajador en un museo senegalés en el que, investigando sobre su árbol genealógico, descubre que varios de sus antepasados fueron raptados y vendidos como esclavos en Carolina del Sur, por lo que viaja a Estados Unidos para investigar el asunto. O Indigènes (2006), inspirado en historias reales de soldados africanos que pelearon por la liberación de la Francia ocupada por los nazis.

A la orilla del río prescinde de todo morbo, fanatismo y posiciones melodramáticas pese al tema y a la situación que aborda, para conseguir un sensible drama humanista sobre una tragedia universal, nacional y doméstica.

Ha contado aquí con una pareja protagonista notable y un relato conciso realizado de manera independiente, sobre las emociones a flor de piel y la aceptación del otro. Por un lado, resulta muy eficaz la sobriedad y la distancia histriónica del actor africano Sotigui Kouyaté en contraste con esa vena emocional que obtiene esa extraordinaria actriz británica que es Brenda Blethyn.

El filme se enuentra más allá del suspenso de la indagación: Elizabeth descubre que su hija vive en un barrio musulmán, que tomaba clases de árabe y que a su vez, comparte el departamento con un  joven africano musulmán, el mismo que busca el solitario Ousmane. La relación que ambos establecen, primero de desconfianza por parte de ella: una mujer reservada, prejuiciosa y cristiana y él, un hombre extraño, callado y de una apariencia muy opuesta a la suya, se va trastocando poco a poco en una relación de solidaridad y esperanza.

Pese a que se intuye lo que sucederá hacia el final, A la orilla del río no pierde nunca el interés. Por el contrario, es un filme que crece, que conmociona, que transmite la devastación social e individual de un mundo enloquecido sumido en un caos moral.

RAFAEL AVIÑA

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