Le Havre: El puerto de la esperanza (Le Havre, Finlandia-Francia-Alemania-Noruega, 2011)

Le HavreDirección y Guión. Aki Kaurismaki/ Fotografía en color. Timo Salminen/ Música. Tango Cuesta abajo interpretado por Carlos Gardel/ Edición. Timo Linnasalo/ Diseño de arte. Wouter Zoon, Pascal Courtinel, Gerard Simonet/ Vestuario. Frédéric Cambier/ Con. André Wilms (Marcel Marx), Kati Outinen (Arletty), Jean-Pierre Darrousin (Inspector Monet), Blondin Miguel (Idrissa), Elina Salo (Claire), Evelyne Didi (Yvette), Jean-Pierre Léaud (el denunciante)/ Duración. 93 mins.

Sinopsis

Marcel Marx, antiguo escritor y bohemio empedernido que suele andar sin un centavo en la bolsa, se ha exiliado de forma voluntaria en la ciudad portuaria de Le Havre. Ahí, ha escogido un trabajo honrado pero poco lucrativo: el de limpiabotas o bolero, que le hace sentirse más cercano a las personas, al estar a su servicio. De hecho, ha decidido dejar atrás sus ambiciones literarias para llevar una vida tranquila y satisfactoria en tres espacios que dividen su tiempo: el bar de la esquina, su nuevo oficio que lo lleva a vagar sin rumbo fijo por todo el puerto y la relación con su compasiva mujer Arletty. Sin embargo, su vida da un giro drástico cuando de repente el destino coloca en medio de su camino a Idrissa, un niño inmigrante originario del África negra. Al mismo tiempo, su esposa cae enferma de gravedad y debe guardar reposo en un hospital. Marcel, se ve obligado entonces, a enfrentar la fría barrera de la indiferencia humana, el padecimiento de su mujer y su muy precaria y volátil situación económica, armado tan solo con su habitual optimismo y la obstinada solidaridad de los habitantes de su barrio. Es así como decide desafiar a la intolerante maquinaria de un Estado de derecho occidental, representado por el cerco policial que se estrecha sobre el adolescente refugiado, a quien ha escondido en su pequeño departamento. Es la hora de que Marcel tome una decisión extrema.

Luego de seis años de inactividad, Aki Kaurismaki, consigue con Le Havre: el puerto de la esperanza, trasladar su corrosivo humor finlandés a Francia, con este filme con el que inicia una nueva trilogía sobre ciudades portuarias europeas. La película compitió por la Palma de Oro en Cannes donde obtuvo el Premio Fipresci. Asimismo, estuvo nominada a Mejor Película, Director y Diseño de Arte en los premios César que otorga la cinematografía francesa y fue a su vez, la selección de Finlandia para competir por el Óscar de Hollywood a la Mejor Cinta Extranjera.

“La idea me vino hace unos años, pero no sabía dónde rodar la película. En realidad, la historia podría transcurrir en cualquier país de Europa, excepto en el Vaticano, o quizá allí más que en ningún otro sitio. Por lógica, habría debido rodar en Grecia, Italia o España porque son los tres países donde la presión es mayor. Recorrí toda la costa desde Génova a Holanda, y descubrí lo que quería en la ciudad del blues, el soul y el rock’n’roll, en El Havre… La fraternidad se encuentra en cualquier parte, incluso en Francia” –Aki Kaurismaki

Cartero, clavadista, crítico y actor de cine, Aki Kaurismaki (Finlandia, 1957), co escribió y actuó en el mediometraje de su hermano Mika, El mentiroso en 1981 y codirigió con éste ese mismo año, el documental La gesta de Saimaa, para debutar dos años después como realizador en el cine de ficción, con Crimen y castigo y convertirse a partir de ese instante, en un cineasta de culto en Festivales Internacionales donde, cada año se espera otro de sus austeros y minimalistas relatos que se mueven entre la comedia del absurdo y el drama con tintes negros, protagonizados por seres marginales y solitarios que intentan controlar un destino adverso a partir de finales optimistas en apariencia, tal y como sucede con su trilogía sobre perdedores en urbes frías y hostiles que incluye a: Nubes pasajeras (1997), El hombre sin pasado (2002) y Luces al atardecer (2006).

En efecto, el caso del finlandés Aki Kaurismaki resulta luminoso y revelador. Sus personajes patéticos y solitarios deambulan en paisajes similares, sometidos a relaciones de trabajo degradantes y aburridas, como la jovencita fea y fanática de las novelas rosa en La muchacha de la fábrica de cerillos (1990), el chofer de un camión de basura y la cajera de supermercado recién despedida en Sombras en el paraíso (1986), la lastimosa banda de polka-rock con sus copetes y botas puntiagudas en Los vaqueros de Leningrado en América (1989), la pareja de amantes malditos involuntarios de Ariel (1988), la humilde camarera del kiosco de comida callejera y el guardia de seguridad, protagonistas de Luces al atardecer, o el escritor y filósofo que ha decidido dedicarse a lustrar los zapatos de los otros, menos los suyos, en Le Havre: el puerto de la esperanza.

Toda esa búsqueda actual de poesía visual en relatos minimalistas hoy tan de moda en el cine mundial y a cuyos autores, la crítica ha convertido a varios de ellos en genios incomprendidos (el caso de: Béla Tarr, Brillante Mendoza, Apichatpong Weerasethakul y más), ha sido la propuesta constante del responsable de títulos como: Contraté a un asesino a sueldo o La vida bohemia. Lo más sorprendente, es que sus historias, están realizadas con una sencillez abrumadora y por si ello fuera poco, resultan además, emocionantes y universales en un punto donde alcanzan un magistral equilibrio, el humor y la tragedia.

Le Havre: el puerto de la esperanza, sintetiza el microcosmos de Kaurismaki. De hecho, su protagonista Marcel Marx  (André Wilms), es uno de los tres intérpretes centrales de La vida bohemia (1991), en la que también aparecía en un cameo, el legendario actor de Truffaut, Jean-Pierre Léaud. El otrora escritor vagabundo de los bajos fondos parisinos se ha autoexiliado en la ciudad portuaria de Le Havre en Normandía, para abrazar una actividad poco redituable que lo coloca en la realidad cotidiana: limpiabotas.

Los personajes de Kaurismaki resultan de una dignidad abismal y su vez, enternecedores y solidarios. Seres marginales y desfavorecidos por el sistema con el don de la generosidad y el optimismo, mirando siempre hacia adelante a pesar de lo que sea, incluso, si se trata de proteger a un adolescente africano inmigrante, que desea cruzar el Canal de La Mancha para encontrarse con su madre en Londres. En un universo gélido y hostil, Marcel encuentra refugio en ese otro mundo donde no existe la globalización, ni hay pantallas de plasma, internet o celulares, mismo que pareciera entresacado de un escenario cinematográfico de los años cincuenta o sesenta, con sus paredes y puertas color fiusha. Un universo obsoleto en apariencia, donde un perro se llama Laika, y en cuyos barecitos, se escucha la voz de Carlos Gardel cantar Cuesta abajo, un tema musical que funciona sin duda como la posible ruta emocional del protagonista.

Ahí, en esos coloridos callejones con tiendas de barrio donde nadie compra. Entre viejos rocanroleros enamorados (“ella es la manager de mi alma”) a un paso de la jubilación, e inspectores de policía duros en apariencia (Jean-Pierre Darrousin), entresacados de una película del primer Jean-Luc Godard, inmigrantes vietnamitas que pasan como chinos y capaces de soltar frases como: “El mar Mediterráneo tiene más actas de nacimiento que peces”, enfermos de cáncer que fuman en los hospitales y alegres mujeres de la tercera edad, Marcel encuentra el apoyo solidario y moral para sortear la enfermedad de Arletty (Kati Outinen), su esposa desahuciada y a su vez, para ayudar a Idrissa (Blondin Miguel) el niño negro.

Alejado de todo tipo de sermoneos morales o edificantes, se trata quizá del cuento de hadas moderno más hermoso sobre el problema de la inmigración en Europa hasta el momento (40 metros cuadrados de Alemania, Paisaje en la niebla, Bajarse al moro, entre muchísimas otras). Un relato que rastrea en lo más recóndito de lo poco que queda de humanidad en el mundo, para encontrar la clave que pueda arreglar los problemas sociales. Y es que, una vez más,

Kaurismaki dota a sus personajes de corazón y realismo. Max, Arletty, Idrissa, Claire, el tendero de la esquina, el propio Monet, nos resultan extrañamente familiares y cercanos. Nos contagian de sus crisis, tristezas, alegrías y pequeños triunfos. Nos hacen creer que si queremos podemos convertirnos en mejores personas. Le Havre: el puerto de la esperanza, es otra de sus pequeñas y emotivas obras maestras. Una gran fábula sobre las fronteras y la magnanimidad de espíritu.

RAFAEL AVIÑA

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