PAISAJE EN LA NIEBLA (Topio stin omichli, Grecia-Italia-Francia, 1988)

Paisaje en la nieblaDirección. Theodoros Angelopoulos/ Guión. Theodoros Angelopoulos, Tonino Guerra y Thanassis Valtinos, inspirado en un argumento del primero/ Fotografía en color. Giorgos Arvanitis/ Música. Eleni Karandriou/ Edición. Yannis Tsitsopoulos/ Diseño de arte. Mikes Karapiperis, Farhad Saba/ Con. Michalis Zeke (Alexandros), Tania Palaiologou (Voula), Stratos Tzortzoglou (Orestes), Vasilis Kolovos (chófer del tráiler), Ilias Logothetis (el hombre gaviota), Mihalis Giannatos (Jefe de estación de trenes) / Duración. 119 mins.

Sinopsis

Voula, una niña de once años y su hermanito Alexandros de cinco, fantasean con la idea de encontrar a su padre. Un día, deciden abandonar su casa en un barrio popular de Atenas, para ir al encuentro con su progenitor, quien según su madre, ha emigrado hacia Alemania. Luego de abordar un tren de manera clandestina, son descubiertos y detenidos en una estación. Sin embargo, consiguen huir y juntos, de la mano, emprenden su camino por la geografía griega a pie, o en diferentes transportes, bajo una inclemente lluvia, nevadas o terribles ventiscas y enfrentando a todo tipo de personajes: cálidos o malvados. En su odisea, se encuentran con un camionero que agrede sexualmente a Voula. Asimismo, a un agradable joven, Orestes, miembro de una compañía de teatro ambulante que recorre toda Grecia en un viejo autobús y con severas incertidumbres en cuanto a ganancias y sitios para hacer su espectáculo. Y finalmente a un militar que asombrado ante la desparpajada e inocente petición de dinero por parte de la niña, le ofrece la cantidad necesaria para tomar el tren rumbo a Alemania sin pretender nada de ellos. Voula y Alexandros consiguen llegar a la frontera germana enmarcada por un río, una espesa niebla y un hermoso árbol que los acoge como si se tratase de un padre.

Hace tan sólo unas semanas, se supo de la absurda muerte de uno de los mayores cineastas de finales del siglo XX. El gran maestro Theodoros Angelopoulos, conocido simplemente como Theo Angelopoulos, nacido en Atenas, Grecia en 1935. Justo cuando el cineasta trabajaba en un nuevo proyecto, fallecía el pasado 24 de enero a los 76 años, luego de ser arrollado por un motociclista cuando cruzaba una calle…

…Luego de ingresar a la Facultad de Derecho en su país natal, Angelopoulos, decidió emigrar a París para estudiar cine y literatura, no obstante es expulsado del IDHEC (el Instituto de Estudios Superiores Cinematográficos de Francia) por inconformista y regresa a Grecia en 1963, año en que inicia su primera película de corte policiaco, Negro y blanco  que no logra terminar por falta de fondos, como sucedió con su segundo intento fílmico: Forminx Story (1965), sobre un grupo griego de rock que realizaría una serie de presentaciones por Estados Unidos. La gira fue cancelada y el proyecto también. Finalmente, Angelopoulos, quien sobrevivía como crítico de cine en un periódico de izquierda, debuta finalmente con el cortometraje Broadcast (1968) que obtiene el Premio de la Crítica en el Festival de Cine de Tesalonica. A ésta, le sigue el largo: Reconstrucción (1970) inspirado en un crimen real sucedido en Grecia y Días de 36  (1972) su primer filme de corte histórico-político, tema de casi toda su obra a través de relatos intimistas y cotidianos. Varias de ellas, enormes y galardonadas obras como: El viaje de los comediantes (1975), Alejandro Magno (1980), Viaje a Citeria (1984), El apicultor (1986), El paso suspendido de la cigüeña (1991), La mirada de Ulises (1995), La eternidad y un día (1998) –ganadora de la Palma de Oro en Cannes-, Eleni (2004), El polvo del tiempo (2008) y por supuesto, esa pieza fundamental en su filmografía, cargada de una dolorosa e hipnótica belleza como lo es: Paisaje en la niebla (1988), ganadora del Premio Forum en el Festival de Berlín, el León de Plata en Venecia para su realizador y el Premio Félix a la Mejor Película Europea de 1988.

Paisaje en la niebla es un relato plagado de referencias y símbolos. Un terrible y aleccionador viaje iniciático y de maduración infantil que se comunica con otras historias similares como: Los 400 golpes (Francois Truffaut, 1959), Las tortugas pueden volar (Bahman Ghobadi, 2004) y en particular, El círculo perfecto (Ademir Kenovic,1997), centrada en dos huérfanos de siete y nueve años, quienes han perdido a sus padres durante la guerra en Bosnia y que encuentran refugio en casa de un poeta de edad madura quien se convierte en protector de los hermanos y se ofrece a localizar a una tía de éstos perdida en algún lugar de Alemania.

Lo que inicia como un melodramático recuento del tipo De los Apeninos a los Andes (relato incluido en Corazón. Diario de un  niño de Edmundo de Amicis), se transforma de manera radical en una suerte de road movie espiritual. El viaje de dos menores hacia un encuentro consigo mismos. Un periplo a todos lados y a ninguna parte que los conducirá a la pérdida de la inocencia -en la parte posterior de un  tráiler, o en la ruda línea fronteriza con Alemania- y al cruce con la madurez y una cruda realidad…”La vida debe de ser terrible y la necesidad de ser amado aún más, para que dos niños decidan partir solos a un largo viaje” –Angelopoulos dixit

A partir de una anécdota extraída de la realidad, el director de El viaje de los comediantes, construye una épica personal, sobre el silencio y la derrota, sobre los sueños rotos y los amores vencidos, en una Grecia cubierta de lluvia y neblina: un paisaje frío y desolador, para narrar la Odisea emprendida por la adolescente Voula y su hermano menor Alexandros, en busca de su padre, en una Alemania que sólo existe en sus inocentes elucubraciones. Alentados por los sueños del pequeño (“Parecías tan cercano, que estirando la mano te hubiera tocado”) y la férrea decisión de la hermana, Voula y Alexandros, se sumergen en una suerte de epopeya homérica moderna, o cuento de hadas cruel y desesperanzador, donde descubrirán el amor, la muerte, las mentiras, la perversidad, la generosidad y el odio.

Ello, en medio de inclementes tormentas que los desvían de su itinerario físico y espiritual. De vestigios arqueológicos como la gigantesca mano de piedra que sale del mar para ser alzada en los aires por un helicóptero. De hombres uniformados inmovilizados momentáneamente mientras los hermanos huyen en cámara lenta. De zonas industriales aterrorizantes. De ambiguos jóvenes motociclistas. De inmensos trailers que cruzan entre lodazales. De gigantescas maquinarias que simulan monstruos legendarios y de otros signos inquietantes, como aquella novia que huye de su boda llorando, o el caballo agonizante arrastrado por un tractor, o los comediantes envejecidos que recitan sus recuerdos dolorosos de la guerra y que rematan su vestuario como archivando su propia memoria.

Un padre que no existe en realidad (“para que tengan en que soñar”). Cartas inexistentes armadas fuera de cuadro por esos solidarios hermanos. Una madre que tan sólo es una presencia virtual en un recorrido repleto de brutalidad (la escena del camión) o de decepción amorosa: Voula turbada por Orestes, el único amigo en ese viaje y chofer de esa compañía itinerante de comediantes, que acaba ligando con otro joven en un bar. Para Angelopoulos, el único paisaje ideal en este recorrido brumoso e inmensamente triste, es el reinventado a través de un fragmento de película velada al que parecen acceder los hermanos en una de las secuencias más bellas en la historia del cine, con textos tomados del Génesis, en una película dolorosa y de gran fuerza poética, que se mueve entre lo crudamente real y lo mágico-onírico.

En efecto se trata de una suerte de fábula moral o un crudo cuento infantil contemporáneo de múltiples lecturas, a medio camino entre el realismo y el sueño, que aborda en particular el tema de la fraternidad, la fe y la incertidumbre de la infancia sobre el futuro. La verdad, las mentiras piadosas que pueden ser devastadoras y sobre todo la búsqueda de las propias raíces (de ahí la metáfora del árbol) y de un padre utópico que sólo existe en las ingenuas mentes infantiles de sus protagonistas a quien ubican en una suerte de Edén  con todo y su árbol del Bien y del Mal. Un mundo en caos, en una Grecia que se mueve entre los vestigios de un pasado histórico memorable  (las efigies de piedra y otros fragmentos de memoria de enorme riqueza cultural) y una modernidad convulsionada que ha roto todo elemento de comunicación, tolerancia y piedad. La fe y la imaginación es lo que mueve los fatigosos pasos de ese par de hermanos en un mundo sin padres, sin amor, sin sentido, sin esperanza, en un retrato desolador que apela a lo más profundo de nuestros sentimientos.

RAFAEL AVIÑA

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