LA MUJER QUE CANTABA (Incendies, Canadá-Francia, 2010)

La mujer que cantabaDirección. Dennis Villeneuve/ Guión. Dennis Villeneuve y Valérie Beaugrand-Champagne, inspirados en la obra teatral homónima de Wadji Mouawad/ Fotografía en color. André Turpin/ Música. Grégoire Hetzel/ Edición. Monique Dartone/ Diseño de producción. André-Line Beauparlant/ Con. Lubna Azabal (Nawal Marwan), Mélissa Désormeaux-Poulin (Jeanne Marwan), Maxim Gaudette (Simon Marwan), Rémy Girard (notario Jean Lebel), Abdelghafour Elaaziz (Abou Tarek), Allen Altman (notario Maddad), Mohamed Majd (Chamseddine)/ Duración. 130 mins.

Sinopsis

En algún lugar de Canadá hoy en día, Nawal Marwan, inmigrante árabe y secretaria durante 14 años del notario Jean Lebel, que funge ahora como albacea de su última voluntad, decide revelar a sus hijos, los gemelos Jeanne y Simon, la parte más oscura de su existencia a través de un extraño testamento, en el que además, enfrenta a sus vástagos a su propio pasado que desconocían. Suponiéndose deshonrada y para poder descansar en paz y tener a su vez un entierro digno, Nawal pide a sus hijos a través del notario, que localicen y entreguen un sobre sellado al padre que nunca conocieron y creían muerto y cuyo paradero tendrán que buscar, y otro sobre más, a un hermano de ellos, de quien ninguno de los dos tenía conocimiento de que existiera. Jeanne, dedicada a las matemáticas, ve en este enigmático legado la clave del silencio de su madre y decide viajar al Medio Oriente, a la ciudad de Daresh en Líbano, para exhumar el pasado de su familia de la que no sabe prácticamente nada. En cambio, el huraño Simon rechaza los caprichos póstumos de Nawal, quien siempre se mostró distante, silenciosa y poco afectiva con ellos. No obstante, el cariño que siente por su hermana lo llevará finalmente a reunirse con Jeanne, para recorrer la nación de sus antepasados y localizar la verdadera historia de la mujer que les otorgó la

vida, así como su destino trágico y cruel, trastocado por la guerra y el odio, y sobre todo, su valentía y sabiduría que terminará por sanar las heridas y cerrar un ciclo marcado por rencores de raza e ideología tan absurdos como ancestrales.

“Fui a ver Incendies en un teatro de Montreal hace unos años. Wajdi Mouawad es un autor muy conocido en Canadá, pero yo no había visto ninguna de sus obras. Al salir, fue como haber vivido un accidente de carretera. Quedé conmocionado por la fuerza y belleza del texto, entre la tragedia griega y el cine de detectives. Supe inmediatamente que quería llevarla al cine…Al autor, la simple idea de adaptar su obra le producía un intenso dolor de cabeza. Tras pensárselo, Mouawad aceptó con dos condiciones: que hiciera una película personal y que no le pidiera ayuda. Me dejó solo ante el peligro, pero después entendí su generosidad…La obra daba para rodar diez films diferentes. Elegí mi versión centrándome en los elementos que más me interesaban. No tenía demasiada idea sobre la historia de Oriente Próximo/Medio Oriente, así que mi puerta de acceso fue el relato familiar. Decidí simplificar la historia y centrarme en la madre y los gemelos. Mi única consigna fue evitar la espectacularidad gratuita… La dimensión lírica no podía maquillar el trasfondo violento de la guerra, que quise retratar de manera precisa y responsable, todavía más siendo ajeno a esa cultura. Al mismo tiempo, no quise que fuera solo una película política…Vivimos en una época que espolea el cinismo, y me reconforta ver que aún hay alguien que tiene otro punto de vista. En la película no hay cínicos: hay personajes enfadados, dolidos, confusos… nunca cínicos”  – Denis Villeneuve (Trois-Rivières, Quebec, Canadá, 1967)-

En efecto, por encima del subtexto político y el tema de la guerra en Líbano y en general en todas las regiones del Medio Oriente, La mujer que cantaba es sobre todo, un relato intimista, poético, sobre la posibilidad de redención y la importancia de una segunda oportunidad que reconcilie con la vida y lo bueno que ésta ofrece y no con la muerte y el rencor. De hecho, la película presenta imágenes muy crudas: muertes infantiles, violaciones, torturas y otras crueldades extremas provenientes de la parte más atroz del ser humano. Sin embargo, al mismo tiempo, propone la capacidad de éste para el sacrificio, el amor, la ternura, el perdón y el arrepentimiento. La película fue nominada al Oscar a Mejor Cinta de Lengua no inglesa en el presente año. Y a su vez, obtuvo el Premio a Mejor Película en el Festival de Toronto y en el de Varsovia en 2010.

Sin duda, el primer acierto de éste, el cuarto largometraje de ficción del cineasta Dennis Villeneuve, cuya obra tiene varios puntos de coincidencia con la filmografía más reciente del realizador armenio canadiense Atom Egoyan: Dulce porvenir, Ararat, Adoración, en relación a los temas de fatalidad, redención, y culpa, es la manera en que aborda un tema tan delicado y orientado al melodrama. La mujer que cantaba se vale del suspenso, del thriller de misterio y la utilización del flashback para contar una devastadora historia familiar. Una épica feminista y cotidiana sobria y contundente, que se trastoca en un relato sobre los odios enconados, la ignorancia y la inutilidad de la guerra y los horrores que engendra. A su vez, crea una atmósfera agobiante con algunos breves descansos que ayudan a la comprensión de sucesos terribles que se convierten en elementos poéticos de reflexión en donde, como apunta el crítico Carlos Bonfil: “Una voluntad testamentaria puede tener el peso de una maldición o ser la vía inesperada para una liberación…Cumplido este ritual extraño, habrá llegado venturosamente el tiempo de la reconciliación moral y de la serenidad verdadera”.

Y es que como su título original lo indica (Incendios), lleva fuego en las entrañas, iluminando con esa luz sofocante y cálida al mismo tiempo el escenario, en un relato armado de manera muy inteligente que va creciendo en intensidad conforme se van revelando los hechos dramáticos que incorpora la historia a través de pequeños episodios que llevan el nombre de alguno de los protagonistas y de varios de los lugares importantes del relato, mismos que entrecruzan pasado y presente, en donde se mezclan costumbres, lenguas (francés, árabe, inglés) y continentes distintos. De hecho, no resulta casual la profesión matemática de Jeanne, ya que el material narrativo del filme, se convierte en una suerte de axioma o de ecuación. Una aritmética de los sentimientos como en el primer episodio del Decálogo (1990) de Krzysztoff Kieslowski, en la que se concluye de manera impactante que “uno más uno es igual a uno”, en una historia que abre con una frase desgarradora: “La infancia es un cuchillo clavado en la garganta”, mientras suena el tema You and Whose Army interpretado por Radiohead. Jeanne encarna aquí a una suerte de moderna heroína de tragedia griega que se empeña en andar sobre los pasos de su madre para conocer su pasado oculto y conducir en esa mezcla de odisea  y roadmovie, a su evasivo, sarcástico y hasta cierto punto, inmaduro hermano, por los mismos infiernos que su progenitora atravesó en vida.

Abundan sin duda los momentos de enorme pulsión dramática. La secuencia de arranque donde un grupo de niños son rapados. El recorrido que hace Narwal  buscando al hijo que le han arrebatado, en orfanatos de Daresh. El encuentro de Jeanne con las mujeres del pueblo de su madre que trae a colación añejos rencores. La llamada telefónica que ésta hace a su hermano Simon desde otro continente. La fatal y terrible revelación que sufre la madura e inmigrante Narwal en un balneario de Quebec. La impresionante secuencia del autobús en llamas. El intenso momento de los hermanos en la alberca. La escena de los bebés transportados en baldes de agua, seguida de aquella espléndida escena del túnel. La aprehensión de Narwal. La escena del francotirador oculto en un departamento entre las ruinas de Daresh. Pero sobre todo, las secuencias que hacen alusión al título en español del filme, aquella de la joven, conocida como: La mujer que cantaba, encerrada en una prisión.

Se trata de un duro y sensible relato de contención dramática que explora geografías emocionales de pueblos, mujeres, hombres y niños, en donde cada diálogo y cada silencio resultan fundamentales. Villeneuve evita la compasión del público y el sentimentalismo y conduce al espectador a vivir las mismas emociones y revelaciones que sufren los gemelos Jeanne y Simon: hijos del horror educados en el paraíso canadiense, en cambio, el hijo del amor se educa en la degradación, el odio y la violencia, en un filme excepcional.

RAFAEL AVIÑA

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