EL PEQUEÑO BUDA (Little Buddha/ PIccolo Buddha, Italia-Francia-Gran Bretaña-Liechtenstein, 1993)

Dirección. Bernardo Bertolucci/ Guión. Bernardo Bertolucci, Rudy Wurlitzer, Mark Peploe/ Fotografía en color. Vittorio Storaro/ Música. Ryuichi Sakamoto/ Edición. Pietro Scalia/ Diseño de Producción. James Acheson/ Diseño de arte. Bruno Cesari y Manohar Shrestha/ Vestuario. James Acheson/ Producción. Jeremy Thomas/ Con. Keanu Reeves (Siddhartha), Bridget Fonda (Lisa Conrad); Ying Ruocheng (Lama Norbu), Geshe Tsultim Gyelsen (Lama Dorje), Chris Isaak (Dean Conrad), Alex Wiesendanger (Jesse Conrad), Raju Lal (Raju), Greishma Makar Singh (Gita), Sogyal Rinpoche (Kempo Tenzin), Jo Champa (María), Jigme Kunsang (Champa)/ Duración. 123 mins.

SINOPSIS

Un día de regreso a su casa del trabajo, el arquitecto de Seattle, Dean Conrad, se encuentra a dos hombres vestidos de monjes budistas sentado en su sala de estar hablando con su esposa Lisa. Guiados por una serie de sueños perturbadores, los monjes han viajado desde Nepal a Seattle porque creen que Jesse, el hijo de dos años de los Conrad, pudiera ser la reencarnación de un budista legendario místico. Según el monje Champa, tuvo un sueño en el que se le aparecía un lugar muy hermoso, en el que había una colina y en donde estaba el Lama Dorje. Cuando llegaron a la dirección donde estaba la colina, descubrieron que la casa de Jesse estaba situada en esa colina con la que él había soñado tantas veces. El matrimonio, en un inicio, escépticos, sobre todo cuando los monjes pretenden llevarse al niño a Bhután dudan, ello coincide con el suicidio del socio de Dean, quien tiene un despertar religioso y accede a que Jesse viaje con los monjes y el padre lo acompaña. Allá, el Norbu Lama ofrece a Jesse un libro para niños que narra la historia de Siddharta Buda, quien lleva una vida protegida y sin problemas, hasta que se encuentra con un par de mendigos que le llevan a recorrer una senda de pobreza y hambre. Después de esta revelación, Siddharta decide que ese es su destino para aliviar todos los seres humanos del dolor y el sufrimiento. Jesse ha crecido con la enseñanza del budismo al igual que otros dos niños: Raju y Gita, quienes a su vez, muestran signos de ser la reencarnación del budista místico. Luego de pasar varias pruebas, el Lama Norbu está cada vez más convencido de que los tres tienen algo que ver con el Lama Dorje y descubre que los tres niños son una parte del Lama Dorje: Jesse, la mente; Raju, el cuerpo y la niña india Gita, es el habla o el espíritu. El Lama Norbu después de meditar varios días, muere y sus cenizas son repartidas entre los tres niños para que sean esparcidas; cada uno lo hace en su lugar de origen y de una forma diferente: en el agua, el aire y la tierra. Al final los niños vuelven a sus hogares. Jesse vuelve a Seattle con su padre y se reúnen con su madre, que está esperando un bebé.

Por ésta película, el realizador italiano Bernardo Bertolucci obtuvo la Cámara de oro en Alemania. Y el cinefotógrafo Vittorio Storaro fue condecorado con el listón de plata que otorga el Sindicato de Periodistas Cinematográficos de Italia.

 

 

La fascinación por el Tibet y la filosofía budista que se desprende de esa suerte de paisaje imperturbable tanto físico como anímico, ha llevado a cineastas muy opuestos a realizar los más arriesgados actos de fe -pirotecnia visual incluida-, rayando incluso en los excesos como sucedió con Justicia roja (1997) de Jon Avnet. Tan sólo, un vehículo de lucimiento para Richard Gere; un estadunidense que se enfrenta a la brutalidad e intolerancia del gobierno chino como alegoría del acoso sufrido por el Dalai Lama y su pueblo.

Aún más objetable resulta Siete años en el Tibet (1997) de Jean-Jacques Annaud con Brad Pitt como impetuoso alpinista austriaco y simpatizante nazi que emprende el ascenso a los Himalayas. Llega al Tibet, conoce al mismísimo Dalai Lama niño y comparte con él siete años de fortalecimiento espiritual. Kundun por su parte, también de 1997, era el nuevo acercamiento a una cultura tan fascinante como compleja por parte de un realizador siempre dispuesto a correr riesgos como lo es Martin Scorsese. En efecto, se trata de un filme contemplativo y altamente religioso que intenta mantenerse imparcial ante las políticas tibetanas.

Curiosamente y a pesar de tratarse de una épica espectacular con actores desconocidos, el cineasta mantiene intacta su visión personal de brutalidad y redención sello de su filmografía, así como sus antihéroes, casi mártires, fieles a sus cerrados y complejos códigos de honor en las situaciones más apremiantes. De hecho, en palabras del propio cineasta se trata de un estudio sobre la naturaleza del hombre y uno de los conceptos más revolucionarios: la no violencia.

El filme arranca hacia 1937 cuando un niño proveniente de una empobrecida familia rural en el Tibet es reconocido como la decimocuarta reencarnación del Buda de la compasión; el Dalai Lama. A partir de entonces comienza la educación espiritual de un niño destinado a enfrentar la irracionalidad del gobierno chino bajo el mandato de un petulante Mao Tse Tung convencido de que “la religión es un veneno y el opio de los pueblos”. Prosigue con la resistencia pacífica del Dalai Lama solo en el escenario mundial hasta su exilio en 1959 en la frontera con la India.

En ese sentido, Kundun coincide con El pequeño Buda en un relato donde no faltan las imágenes exóticas, las fuertes dosis de orientalismo y el impactante cine-espectáculo que suele atrapar a todo tipo de audiencias. A diferencia del cineasta italiano, Scorsese deja de lado las recreaciones fantásticas y de algún modo consigue mostrar en imágenes el dilema sobre la búsqueda de la verdad y del espíritu y la renuncia al ego personal, a cambio de encontrar la felicidad en la nada, entre otros preceptos budistas.

Por su parte, Bertolucci, harto de la corrupción del gobierno italiano, abandonó su país para internarse en el oriente, de ahí, que algunos de sus trabajos, intenten extraer el misterio que aquellas lejanas tierras encierran. Motivado por la filosofía budista; la meditación y la observancia lógica del mundo, el cineasta dedicó todos sus esfuerzos en la realización de El pequeño Buda, un relato épico de gran producción, que pretende mostrar paradójicamente, una sencilla fábula de trascendencia espiritual.

Hijo de un matrimonio intelectual progresista, Bertolucci, encuentra en el cine, el medio idóneo para expresar su visión contestataria en contra de la burguesía italiana y sus prejuicios. Con un inicio que parece divagar entre Freud y Marx, Bertolucci abandona por fortuna su tono radical izquierdista y conecta con esa gran obra irónica y amarga, El último tango en París (1972). A partir de entonces, inicia una segunda etapa épica-intimista, hasta su rompimiento con La tragedia de un hombre ridículo (1981) y su triunfal regreso con El último emperador (1987).

El pequeño Buda, es un relato hasta cierto punto infantil, protagonizado por niños y jóvenes, que ilustra la leyenda de un joven Buda y de paso, el choque cultural de dos mundos opuestos. Moribundo, pero aún animoso, el Lama Norbu, recibe la noticia de la posible reencarnación de su viejo maestro, en Seattle. El monje tibetano, viaja a los Estados Unidos para conocer al pequeño Jesse Conrad, hijo de una pareja de yuppies que atraviesan por una crisis de valores y entrega al simpático niño, un libro ilustrado que contiene la vida del joven príncipe Siddharta, de la dinastía Gautama, quien rodeado de felicidad, descubre la pobreza y la vejez y decide abandonar su vida de riqueza para convertirse en Buda, el iluminado.

Con una fotografía del maestro Storaro que recupera el colorido de la India y los tonos azules posindustriales de una urbe fría y desolada como Seattle; un contraste que se nota en la banda sonora compuesta por el talentoso Ryuichi Sakamoto, que mezcla sonidos orientales con música electrónica new age, El pequeño Buda narra dos historias: la contemporánea, sobre el niño que termina en el Tibet al lado de su padre y la leyenda del joven Siddharta, protagonizado curiosamente, por Keanu Reeves.

Con una trama, que contó con la bendición del propio Dalai Lama, más cerca de la fábula infantil, Bertolucci consigue mostrar en imágenes el dilema sobre la búsqueda de la verdad y del espíritu, la religión sin dios y la renuncia al ego personal, a cambio de encontrar la felicidad en la nada. El pequeño Buda, no deja de ser un cuento didáctico para niños, pero a su vez, se trata de un espectáculo fascinante en escenarios exóticos e imágenes de leyenda épica.

 

RAFAEL AVIÑA

Prado Coapa 15 de agosto 2016

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