UNA Z Y DOS CEROS (A Zed & Two Noughts/ ZOO, Gran Bretaña-Holanda, 1985)

Dirección. Peter Greenaway/ Guión. Peter Greeneway/ Fotografía en color. Sacha Vierny/ Música. Michael Nyman/ Edición. John Wilson/ Diseño de Producción. Ben van Os, Jan Roelfs/ Dirección de arte. John Gerritsen/ Vestuario. Dien van Straalen/ Producción. Kees Kasander, Peter Sansbury/ Con. Brian Deacon (Oswald Deuce), Eric Deacon (Oliver Deuce), Andrea Ferréol (Alba Bewick), Frances Barber (Venus de Milo), Joss Ackland (Van Hoyten), Jim Davidson (Joshua Plate), Agnes Brulet (Beta Bewick), Guusje Van Tilborgh (Catherina Bolnes)/ Duración. 115 mins

SINOPSIS

Un par de zoólogos y hermanos gemelos: Oswald Deuce y Olivier Deuce, sufren la muerte de sus respectivas esposas en un bizarro accidente automovilístico en el que el auto de las mujeres choca con un cisne. En ese mismo percance, otra mujer: Alba Bewick pierde una pierna. Al no soportar la culpa Alba se convierte en amante de los gemelos y decide amputarse la otra pierna debido a que rompe con el equilibrio geométrico de su cuerpo. Los hermanos Deuce obsesionados por la evolución empiezan a cultivar una fijación malsana por la descomposición de los organismos y empiezan a liberar animales del zoológico en el que trabajan. Finalmente toman una decisión drástica y filman su propia descomposición.

 

 

Una Z y dos ceros no sólo es una de las películas menos conocidas del atípico cineasta galés Peter Greenaway, sino una de sus propuestas más radicales, fascinantes y extrañas de un humor negro y erótico que alcanza momentos muy bizarros con una soberbia fotografía del excepcional veterano Sacha Vierny y una notable banda sonora de Michael Nyman.

 

“La decadencia del cuerpo es tan natural como el crecimiento” –Peter Greenaway-

 

 

Realizador nacido en Gales a quien se le debe buena parte de la renovación del cine inglés; escritor, pintor, matemático e ilustrador de libros, Peter Greenaway nacido en 1942, es uno de los realizadores contemporáneos más personales y obsesivos, capaz de sacar partido de temas casi abstractos y de personajes más abyectos que marginales. Un creador con una gran capacidad para retroalimentar su cine con las más diversas propuestas artísticas como la pintura, el teatro, la música, e incluso el video de alta resolución. En Los libros de Próspero/Prospero’s Book (1991), experimentó con escenarios tridimensionales mediante la ayuda del video y otras técnicas multidisciplinarias como en Goltzius and the Pelican Company (2012) y la serie de filmes realizados a partir de Las maletas de Tulse Luper (2003).

La panza de un arquitecto (1987) filme que lo internacionalizó, era una negrísima fábula moderna sobre la creación, a partir de la enfermedad estomacal de un maduro arquitecto de Chicago con una esposa adúltera, obsesionado con la obra de un colega francés del siglo XVIII. Por su parte, Ahogados en serie (1988) era un inquietante estudio semiótico-estadístico sobre el horror y la sexualidad. En cambio, ambientado en una suerte de infierno-purgatorio, El cocinero, el ladrón, su esposa y su amante (1989) se trastocaba en una insólita mezcla de arte, sexo, sangre y escatología. Y Una z y dos ceros alcanzaba insólitas proporciones con el tema de la evolución y la corrupción orgánica a partir de una trama delirante, digna del mejor cine de freaks como la cinta homónima de Tod Browning de 1932.

Greenaway, cineasta poseedor de un deslumbrante perfeccionismo técnico como lo muestran sus impecables puestas en escena y sus elegantes movimientos de cámara que se adecúan a las espléndidas bandas sonoras de Michael Nyman, o Wim Mertens, el de La panza de un arquitecto, encuentra en los excesos visuales y de la carne la razón de su cine. De hecho, se trata del único autor que ha concebido un estilo gore-intelectual con el tema de la descomposición del organismo, la sexualidad violenta y el crimen, bajo la influencia estética de los pintores del siglo XVII, concretamente Vermeer.

Greenaway ha creado verdaderas orgías visuales no exentas de excesos estridentes como sucede en El bebé de Macon (1993); un carnaval de imágenes muy en deuda con aquellas del Satiricón (1969) de Fellini. Un cine escatológico, obsceno y delirante, en donde continúa explorando una vez más los procesos de degradación de sus personajes arribistas. La hija ambiciosa que saca provecho de su hermano en El bebé de Macon, el pintor que capta la escena del crimen de El contrato del dibujante (1982), o el vulgar ladrón de El cocinero…, cuyo remate: la terrible y apócrifa comunión final, es revivida en el descuartizamiento de El bebé de Macon.

Un genial creador de atmósferas extravagantes y abigarradas, capaz de imaginar los más excéntricos personajes y un cineasta con gran capacidad para dotar de horror a sus perturbadoras puestas en escena, no exentas de pedantería y arrogancia. Luego de su delirante mezcla de documental y ficción, The Falls (1980), una perversa investigación estadística sobre las víctimas de un Evento Violento Desconocido, el cineasta británico decidió abordar la ficción a través de imaginativos juegos visuales y corrosivos filme de suspenso anímico e intelectual.

Sus cintas tienen en común un clima de fatalismo en ascenso como lo muestra El libro de cabecera/ The Pillow Book (1996), otra historia de amor llevada a extremos; caligrafía orgánica en otra fascinante metáfora sobre la carne centrada en una joven japonesa obsesionada por tatuar en su piel y en la de los demás un relato escrito. Sus películas están estructuradas en base a las apariencias engañosas, el misterio y los motivos ocultos, la relación entre crimen y sexo y el papel del artista ante una sociedad voraz y consumista que termina por desplazarlo y acerca de la incapacidad de ese mismo artista para atrapar la realidad como en su más reciente película Eisenstein en Guanajuato (2015). Filme que aprovecha la belleza de una ciudad que no visitó en realidad el gran cineasta ruso responsable del filme maldito Que Viva México (1931) y concentra su trama en los devaneos amorosos entre Eisenstein y su guía guanajuatense el genealogista Jorge Palomino y Cañedo a lo largo de diez días a través de una serie de escenas muy gráficas y desnudos masculinos que no dejan nada a la imaginación.

 

 

“Cuántas partes de tu cuerpo puedes perder y aún reconocerte” –Dialogo de Una Z y dos ceros-

 

“La simetría lo es todo…” Una Zeta y dos ceros resulta un siniestro laberinto de dualidades y paralelismos que abre con un accidente absurdo, donde pierden la vida, al chocar su auto contra un cisne que ha huído del zoológico, las respectivas esposas de un par de zoólogos y hermanos gemelos -en realidad siameses-. Alma Bewick, la única sobreviviente y amiga de aquellas, a quien le amputan primero una pierna y después la otra, terminará siendo la amante de Oswald y Oliver, les dará hijos gemelos, pero acaba enamorada de un hombre sin piernas.

Todo ello, en medio de documentales sobre el origen de la vida, animales y frutas en descomposición captados por cámaras especiales, más una siniestra colección de personajes casi absurdos, como el cirujano obsesionado al igual que Greenaway, por el pintor holandés Vermeer, su mujer estéril que usa calzones de piel de cebra, el maniaco dueño del zoológico, encaprichado con una prostituta especialista en contar historias obscenas con todo tipo de fauna y a quien paga con carne de animales raros.

Greenaway, concibió, éste, su tercer largometraje, a partir de un documental de la BBC que mostraba con cámara rápida la descomposición de un ratón muerto; una chimpancé con una pata amputada; la fotografía de una mujer sonriente al lado de dos hermanos siameses, más la influencia estética de Vermeer. Una Z y dos ceros, es un filme abigarrado, tortuoso y fascinante, inspirador de genialidades como Dead Ringers (1988) del canadiense Cronenberg, otra fantasía de siameses y organismos en descomposición y la aberrante La prisión de Helena (Jennifer Lynch, 1993), por aquello de la combinación entre sexo y amputaciones. En la historia de esos gemelos, expertos en el comportamiento animal, obsesionados con la vida y la evolución, se dan la mano putrefacción y frescura, muerte y nacimiento, según un tono que oscila entre el sarcasmo y la tragedia.

Se trata de un filme que avanza entre el thriller, el documental científico y el cuento cruel, de manera perversa y que muestra la lucidez de un cineasta y su obsesión por la carne, el arte y las secreciones humanas en una de las filmografías más complejas y fascinantes del cine contemporáneo.

 

RAFAEL AVIÑA

Centro Histórico de la Ciudad de México

15 de marzo de 2017

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