FELLINI, ROMA (Roma, Italia-Francia, 1972)

Dirección. Federico Fellini/ Guión. Federico Fellini y Bernardino Zapponi/ Fotografía en color. Giuseppe Rotunno/ Música. Nino Rota, orquestada por Carlo Savina/ Edición. Ruggero Mastroianni/ Dirección de arte. Andrea Fantacci/ Diseño de Producción. Danilo Donati/ Vestuario. Danilo Donati/ Efectos visuales. Adriano Pischiutta/ Maquillaje. Rino Carboni y Amalia Paoletti/ Producción. Turi Vaseli, Ultra Films, Les Productions Artistes Associes/ Con. Peter Gonzales Falcon (Fellini a los 18 años), Fiona Florence (Dolores, joven prostituta), Pía de Doses (Princesa Domitila), Marne Maitland (la guía de las catacumbas), Renato Giovannolli (Cardenal Octaviano), Elisa Mainardi (espectadora de cine, esposa del farmaceútico), Stefano Mayore (Fellini niño), Ana Magnani (ella misma), Gore Vidal (él mismo)/ Duración. 116 mins.

SINOPSIS

Durante la construcción del metro de Roma, las excavaciones dejan al descubierto una vieja casona repleta de pinturas murales. Una de ellas representa a una vieja dama de la aristocracia romana, que organiza en su casa unos desfiles de moda muy originales. La película recorre las casas de tolerancia de la época y los espectáculos de la noche romana. Poco después, es Fellini quien recuerda sus años de infancia y adolescencia que evocaban a Julio César y Nerón.

La película es un retrato visionario de la ciudad de Roma armado a través de los recuerdos de un joven de provincia que llega poco antes de la Segunda Guerra mundial. Roma se nos muestra como realidad extravagante y contradictoria a través de una serie de escenas y personajes muy heterogéneos: desde un desfile de moda eclesiástica a la recreación de los prostíbulos, desde los enfrentamientos con la policía hasta un embotellamiento en la autopista, con un estilo que pasa de la remembranza a la sátira, de la nostalgia a lo truculento sin una trama propiamente establecida. Entre las diversas escenas no existe nexo narrativo alguno, sólo la memoria y la voluntad de recuerdo del director.

Roma, de la mano de uno de sus ciudadanos más reconocidos, el cineasta Federico Fellini. Mezcla la autobiografía, a través de una curiosa reconstrucción de la Roma de los últimos años de Fellini, con escenas de la vida romana de aquel entonces a medio camino entre la realidad y la ficción. El joven Fellini, interpretado por Peter Gonzales, se mueve en un bloque de viviendas y explora los caracteres salvajes que viven en su barrio. Segmentos de la historia de Roma y los problemas en el gobierno, incluyendo un discurso improvisado de Gore Vidal, un burdel, una psicodélica sala de música, un cine y una delirante reunión de clérigos serán algunos  de los surrealistas espacios que visitamos en Roma.

 

Fellini Roma fue prohibida en su momento para menores de 15 años. La película obtuvo el Premio Técnico en el Festival de Cannes y el Premio a Mejor cinta Extranjera por parte del Sindicato de críticos franceses. Premio al Mejor Diseño de Producción y Vestuario por parte del Sindicato de periodistas italianos de cine.

 

 

“Casi no voy al cine. Algunas veces entro a uno, veo algún final de película, luego me voy. No escucho el radio, jamás veo la televisión. No he visto un solo partido de futbol en mi vida”. “Cuando estoy filmando es cuando estoy más contento, porque me olvido de mis remordimientos y mis miedos…” “Jesús, Cagliostro, San Francisco de Asís y Satán son algunos de los personajes que me hubiera gustado encontrar”. Se trata de algunas palabras sueltas de uno de los más grandes magos del ilusionismo fílmico, Federico Fellini, emblemático cineasta quien cumpliría 100 años este 2020.

Dibujante, caricaturista, autor de canciones y de sketches, Fellini, nacido en 1920 en la provincia de Rimini, Italia, huye de casa para enrolarse en un circo, su segundo hogar y de donde surgirían varios de sus personajes fellinianos, un adjetivo y sinónimo acuñado para la posteridad, por parte de un singular personaje que entra en contacto con el cine escribiendo gags y chistes para directores como Bonnard, Mattoli y Allesandrini, hasta que recibe la oportunidad de debutar como guionista bajo las órdenes de Roberto Rossellini, uno de los pilares del neorrealismo, con quien trabaja en Roma, ciudad abierta, Paisa, El milagro, en la que incluso actuó encarnando a un falso San José.

Luego de picar piedra por cerca de once años, Fellini consigue debutar como realizador al lado de Alberto Lattuada en Luces de variedad (1950), donde opaca a su colega mostrando varias de las obsesiones que lo acompañarán a lo largo de su filmografía en la historia de una mediocre compañía de music hall que recorre la provincia italiana mostrando su pobre pero fascinante espectáculo de luces, frondosas vedettes, cómicos segundones y canciones, para marcar con la presente, una separación con la escuela neorrealista, apostando por una suerte de mundo onírico, sentimental y muy católico.

Ya sea la recién casada obsesionada con las telenovelas en El jeque blanco, los haraganes infantilizados de Los vagos, el brutal hombre fuerte del circo callejero de La Strada, la prostituta ingenua y soñadora de Las noches de Cabiria, el seductor objeto sexual de la alucinante Casanova, el fascista director de orquesta de Ensayo de orquesta, la anciana bailarina de vodevil y su pareja de baile que reciben una nueva y lastimosa oportunidad en Ginger y Fred o toda esa fauna circense más melancólica que feliz del falso documental Los payasos, los personajes de Fellini fueron como él, seres que oscilan entre la irrealidad y la cotidianeidad.

 

“No es la memoria lo que domina en mis películas. Decir que mis películas son autobiográficas es quizá una clasificación apresurada. A mí me da la impresión de habérmelo inventado todo: infancia, personalidad, nostalgias, recuerdos, por el placer de poder contarlos. En el sentido de la anécdota, no hay nada autobiográfico en mis películas. Es cierto que he visto el mar de invierno y la niebla invadir las calles y borrarlas. Pero la historia y los personajes, la nostalgia, los presentimientos, pertenecen a la invención. Algunos ambientes que he reconstruido en el estudio, baldosa por baldosa, eligiendo color por color, los he habitado de manera mucho más participativa, más vital, más real que otros en los que he vivido personalmente” –Federico Fellini, El País-

 

 

Con temas como el circo, el cine dentro del cine, el oropel o la magia de éste, el mundillo del espectáculo, la enajenación proveniente de la TV, el descubrimiento del sexo, el erotismo fascinante y desbordado, la nostalgia por la infancia y la tierra natal, el surrealismo y los seres desamparados a punto de ser devorados por la maldad y los ambientes corruptos en tragicomedias que mueven más a la reflexión que a la risa o al melodrama, Fellini creó un fascinante e insólito universo particular a lo largo de sus 23 películas incluyendo sus tres episodios para películas de sketches (Una agencia matrimonial, Las tentaciones del Dr. Antonio y la delirante Tobby Dammit).

Fellini, educado en autoritarios colegios religiosos que le atraen y repulsan al mismo tiempo, consigue exorcisar de manera perturbadora ese mundo de culpa y castigo, esas obsesiones de juventud, esos choques entre ángeles y demonios -de éstos últimos recordamos a la exuberante Anita Ekberg o al diablo mismo Tobby Dammit de Historias extraordinarias-, sus fantasías sexuales en contraste con la represión y las frustraciones de su férrea educación católica, mostrada en buena parte de su obra como Casanova, Satiricón, Fellini Roma y la deslumbrante Amarcord, evocación poética de su natal Rimini.

Asimismo, basta con ver la imagen de ese cansado reportero con una amante y una esposa insatisfecha que asiste sin saberlo a la degradación de una ciudad: la Roma nocturna y su fauna snob en La dulce vida (1959) para percatarse de la magia indiscutible concebida entre un actor como Marcello Mastroianni y un realizador como Federico Fellini. En efecto, La dolce vita convirtió a Mastroianni en la imagen perfecta del amante latino cinematográfico. El italiano seductor que no sólo logró sobreponerse al encasillamiento con el cual hubiera sido recordado gratamente sin duda. Por el contrario, Mastroianni se convirtió en su propio alter ego a partir de una personalidad dúctil, traviesa e inquietante a través de personajes que hoy alcanzan la leyenda, principalmente bajo la guía del creador de Amarcord.

Federico Fellini obtuvo varios premios internacionales, entre ellos cuatro Oscares de la Academia de Hollywood, quien le rindiera un homenaje en 1992, reconocimientos y dedicatorias de cineastas célebres (Alice, por ejemplo, es la Julieta de los espíritus de Woody Allen), una serie de fieles y constantes colaboradores: el diseñador Danilo Donati, Nino Rota, espléndido orquestador de los sonidos musicales fellinianos y los actores Marcello Mastroianni y Anita Ekberg, rejuvenecidos y resucitados de forma cabalística en una de las más bellas secuencias de Entrevista, donde surgen evocadoras las imágenes de La dolce vita.

Barroco, obsesivo, desbordante, fellinesco, el creador de obras como Los vagos, La calle, Ocho y medio, y otros clásicos fílmicos, cumpliría 100 años recientemente. Se trata del mayor ilusionista del cine contemporáneo, cuya última película fuera: Las voces de la luna (1990), incluso aún en 1993 rodó tres anuncios publicitarios para el Banco de Roma y tres años después fallecería un 31 de octubre de 1993.

 

RAFAEL AVIÑA

Centro Histórico de la Ciudad de México, 14 de febrero 2020

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