CIUDAD DE DIOS (Cidade de Deus/ City of God, Brasil-Francia, 2002)

Dirección. Fernando Meirelles (y Katia Lund)/ Guion. Bráulio Mantovani, según la novela de Paulo Lins/ Fotografía en color. César Charlone/ Música. Ed Cortes, Antonio Pinto/ Edición. Daniel Rezende/ Dirección de arte. Isabel Gouvea/ Vestuario. Bia Salgado, Ines Salgado/ Diseño de Producción. Tule Peak/ Producción. Andrea Barata Ribeiro, Marc Beauchamps, Daniel Filho, Hank Levine, Vincent Maraval, Mauricio Andrade Ramos, Juliette Renaut/ Con. Alexandre Rodrigues (Buscapié), Leandro Firmino Da hora (Zé Pequeño), Phellipe Haagensen (Bene), Douglas Silva (Dadito), Jonathan Haagensesn (Cabellera/Shaggy), Matheus Nachtergaele (Sandro Cenoura/ Zanahoria), Jefechander Suplino (Acicate), Alice Braga (Angélica), Emerson Gomes (Barbantinho joven), Edson Oliveira (Barbantinho adulto), Luis Otávio (Buscapié niño), Mauricio Marques (Cabezón), Seu Jorge (Manú Galinha)/ Duración. 130 mins.

SINOPSIS

La historia se centra en dos niños: Buscapié y Dadito; ambos tienen la misma edad y viven en la zona de Cidade de Deus, un suburbio de favelas de Rio de Janeiro. La trama sigue sus caminos bifurcados a través de los años sesenta, setenta y ochenta. A fines de los sesenta, Buscapié de 11 años es un niño tímido y delicado, observa a los niños duros de su barrio, sus robos, sus peleas, sus enfrentamientos diarios con la policía. Ya sabe lo que quiere ser si consigue sobrevivir: fotógrafo. Por su parte, Dadito, sueña con ser el criminal más peligroso de Río de Janeiro y empieza su aprendizaje haciendo recados para los delincuentes locales. Admira a Cabellera y su pandilla, que se dedica a atracar los camiones del gas y hacen otros pequeños robos armados. Cabellera le brinda a Dadito la oportunidad de cometer su primer asesinato. El primero de muchos.

Años setenta: Buscapié continúa estudiando, trabaja de vez en cuando, y camina por la estrecha frontera que separa el crimen de la vida decente. Dadito cuenta ya con una pequeña pandilla y grandes ambiciones. Cuando descubre que el tráfico de cocaína es muchísimo más rentable que el robo, reorganiza su negocio, que pronto florece. Principios de los ochenta: Buscapié obtiene por fin una cámara y así hace realidad el sueño de su infancia. Por su parte, Dadito también ha hecho realidad su sueño: a los 18 años es conocido como Zé Pequeño, el narcotraficante más temido y respetado de Río. Su palabra es ley en Ciudad de Dios. Rodeado por sus amigos de la infancia y protegido por un ejército de niños de entre 9 y 14 años, nadie le disputa el poder. Hasta que aparece Manu Galinha, cobrador de autobús que fue testigo de la violación de su novia, decide vengarse matando a Ze Pequeño. Empieza a correr la noticia y casi de la noche a la mañana un grupo de niños con la misma idea forma un ejército armado. Es así como estalla la guerra en Ciudad de Dios.

 

Ciudad de Dios fue nominada a cuatro Oscares: Mejor Director, Guión, Fotografía y Edición y al Globo de Oro como Mejor Película Extranjera. Obtuvo el Premio a la Mejor Dirección y Mejor Película en el Festival de Cartagena, Colombia. Y a su vez se llevó los principales galardones del cine brasileño: Película, Director, Guión, Fotografía, Edición, Sonido.

 

 

Los codirectores Fernando Meirelles y Katia Lund reunieron a 110 jóvenes actores no profesionales de distintas comunidades de Río de Janeiro y durante ocho meses trabajaron con ellos en un taller especial. Aprovecharon este periodo para enriquecer la película con las experiencias personales, el lenguaje y la capacidad de improvisación de los jóvenes.

 

 

 

Pese a la escasa difusión que el cine brasileño ha tenido en nuestro país, se han podido ver obras espléndidas de un cine carioca contemporáneo, algunas de ellas, herederas de aquella aventura fílmica denominada cinema novo que fungió como bocanada de aire fresco para el cine latinoamericano en su conjunto en la década de los sesenta, representada en nombres como: Nelson Pereira Dos Santos, Glauber Rocha, Leon Hirszman, Ruy Guerra y Carlos Diegues. Relatos contemporáneos que van de Doña flor y sus dos maridos, Bye Bye Brasil, Malvada carne y La hora de la estrella, a Tieta. Estación central, Detrás del sol -éstas dos últimas, dirigidas por el cineasta Walter Salles Jr.-, o Ciudad de dios de Fernando Meirelles, asistido por Katia Lund y con producción de Salles Jr.

Pese a los altibajos de una industria que encontró interesantes caminos de renovación en los setenta para caer estrepitosamente una década después, la cinematografía brasileña da un enorme salto internacional con la presencia de Walter Salles Jr. cuya película Estación central (1998) llegó a los Oscares con esa su afortunada mezcla de fábula moral, película de carretera y drama neorrealista de crítica social: una suerte de gran metáfora lúdica y sensible de sentimientos perdidos y recuperados en medio del caos humano y de una brutal ignorancia.

Salles Jr., al igual que cineastas como Dos Santos o Carlos Diegues, narraba aquí, la crónica solidaria de la miseria brasileña, sus mitos y raíces culturales, explorando uno de sus principales problemas: la subsistencia, en una sociedad hostil y competitiva en la que aún suceden los milagros. A pesar de cierto efectismo sensiblero, Estación central mostraba los efectos de una urbe enloquecida, deshumanizada y cínica donde un ladrón adolescente es abatido sin piedad o los niños son vendidos para despojarlos de sus órganos. Algo similar sucedía en Como nacen los ángeles (Como nascem os anjos, 1996) de Murilo Salles, relato centrado en los desafortunados niños del Morro, las favelas de Río, donde los infantes crecen solos, en medio de la pobreza, la violencia y el crimen y las niñas son prácticamente subastadas cuando entran a la adolescencia y sin duda, uno de los principales antecedentes de un filme memorable que ha sido visto como una apología de la violencia y/o, un retrato del horror tercermundista.

Ciudad de Dios, concibe una de las más descarnadas y fascinantes premisas sobre la desesperanza y la brutalidad cotidiana en una de las favelas míticas de la capital brasileña. Violencia, marginalidad, drogas y delincuencia observadas a través de la mirada infantil, son algunos de los temas de reflexión de algunas de las mejores y contundentes muestras de cine brasileño, desde aquel idílico Orfeo negro (1959) rodado en el carnaval de Río de Janeiro por el francés Marcel Camus, a la moderna versión del Orfeo (2000) de Carlos Diegues, pasando por Estación central (1998) y principalmente la polémica Pixote (1981) de Héctor Babenco, cuyo infortunado protagonista se convirtió a su vez en el tema de una mezcla de ficción y documental de José Joffily titulado ¿Quién mató a Pixote? (Quem matou Pixote?, 1996)

El director Fernando Meirelles, Katia Lund y su guionista Braulio Mantovani, quien adapta la novela homónima de Paulo Lins, describen la infancia de los muertos, como era el título de la novela de José Louzeiros que daba origen a Pixote, protagonizada por el niño Fernando Ramos Da Silva, cuya terrible muerte a manos de la policía, sus antecedentes y consecuencias es el tema del filme de Joffily. Al igual que en ésta, en Ciudad de Dios, niños y adolescentes recuerdan a aquella gallina, de la espléndida secuencia de apertura, atada y perseguida, esperando una muerte inminente, ante la indiferencia y un folclor que acaba por aplastar cualquier asomo de esperanza, como ese balón atravesado por una bala y suspendido en las alturas a través de un genial congelamiento de imagen.

El filme abre de manera vertiginosa colocando en el centro del relato a Buscapié (Alexandre Rodríguez), el narrador, un joven que ha podido escapar a la cadena de violencia, eligiendo una cámara fotográfica en lugar de una pistola, para contar la historia de Ciudad de Dios, un conjunto marginal creado a principios de los sesenta con el fin de erradicar la miseria y la sobrepoblación de las modernas playas y los centros turísticos. Un paisaje de pobreza alejado de la tarjeta postal de Río de Janeiro que terminó por crear sus propias reglas dentro de los perímetros de la violencia institucional.

El filme recupera el estilo y la técnica de filmar de la década de los setenta, como el uso de la pantalla dividida al estilo del primer Brian De Palma, una técnica que resulta refrescante y que se aleja del videoclip a pesar de que Fernando Meirelles es uno de los más connotados realizadores de anuncios publicitarios. El tema de la pérdida de vidas humanas, la de jóvenes que mueren antes de cumplir la mayoría de edad, los inicios del narcotráfico en Río de Janeiro, los territorios controlados por el crimen organizado como sucede en otras urbes agresivas y marginales como sería Bogotá o la propia Ciudad de México, un suburbio donde las disputas por el control de la droga y el poder dan pie a una serie de venganzas, en un guión que tuvo que pasar por la cárcel donde se encontraba uno de los líderes verdaderos de Ciudad de Dios y un equipo de actores no profesionales que le otorga un inquietante toque neorrealista contemporáneo a la historia.

Lo más increíble, es que a pesar de algunas secuencias de brutalidad extrema como la muerte violenta de un niño y la agresión a otro más, o la sicopatía del joven Dadito (Douglas Silva), un niño que ha encontrado en las armas una extensión de su virilidad y un sustituto a su fealdad, quien al crecer se trastoca en Zé Pequeño (Leandro Firmino da Hora), o la escena de la fiesta de despedida de Bene (Phelipe Haagensen) al ritmo de Kung Fu Fighter y otras geniales mezclas musicales en una soberbia banda sonora a cargo de Antonio Pinto y Ed Cortes, Ciudad de Dios, que pasa revista quizá inconscientemente a cintas como Inhala, Boogie Nights, Buenos muchachos y Orfeo de Diegues, ha elegido un tratamiento cálido incluso humorístico en medio de una violencia sorda y absurda, en un filme desprovisto de paternalismo y donde “La honestidad no recompensa” como se dice en un diálogo de esta intrigante y cruda metáfora de las jóvenes generaciones del Brasil actual.

 

 

Rafael Aviña

Centro Histórico de la Ciudad de México

16 de julio 2016

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