EL FILO DE LA INOCENCIA (Felicia’s Journey, Canadá-Gran Bretaña, 1999)

Dirección. Atom Egoyan/ Guión. Atom Egoyan, inspirado en la novela de William Trevor/ Fotografía en color. Paul Sarossy/ Música. Mychael Danna/ Edición. Susan Shipton/ Dirección de arte. Chris Seager/ Diseño de Producción. Jim Clay/ Vestuario. Sandy Powell/ Producción. Bruce Davey, Robert Lantos, Karen Glaser/ Con. Bob Hoskins (Joe Hilditch), Arsinee Khanjian (Gala, la chef de la televisión), Elaine Cassidy (Felicia), Sheila Reid (Iris, asistente de Joe), Peter McDonald (Johnny Lysaght), Gerald McSorley (padre de Felicia), Marie Stafford (bisabuela de Felicia), Brid Brennan (madre de Johnny), Danny Turner (Joe niño), Kriss Dosanjh (vendedora de biblias)/ /Duración.110 mins.

SINOPSIS

Felicia es una adolescente huérfana de madre que vive en una aldea irlandesa con su padre y su bisabuela. Un día conoce a Johnny, un joven que la conquista y la embaraza y después se marcha a Birmingham en Londres para trabajar en una fábrica y alistarse en el ejército. Felicia intenta en vano comunicarse con él a través de la madre de Johnny que la rechaza y rompe sus cartas. Felicia recibe el repudio de su padre cuando se entera de su embarazo y entonces decide viajar a Londres para buscar a su novio sin dirección alguna. Ahí se encuentra de casualidad con el maduro y regordete Joseph Ambrose Hilditch, un gourmet y catador solterón gerente de una empresa de alimentos que vive a la sombra de los recuerdos de su madre: una hermosa experta en cocina a través de sus viejos programas de TV que atesora en video. Joe oculta su placer por la sangre de jovencitas abandonadas y sin rumbo a las que ayuda, asesina y conserva en videos caseros que graba en el interior de su viejo aunque flamante automóvil de colección. Sin embargo, su universo solitario y anómalo se trastoca al toparse con la desorientada Felicia, a la que le hace creer que su esposa está enferma y que muere posteriormente. Sin embargo, en el camino de ambos, se cruza azarosamente una vendedora de biblias testigo de Jehová que desatará un final inesperado.

 

 

El filo de la inocencia compitió en Cannes por la Palma de Oro. Obtuvo el premio a la Mejor Fotografía en el Festival de Valladolid y el Segundo Lugar para el Mejor Filme Canadiense en el Festival de Toronto. Asimismo ganó varios de los premios Genie a lo mejor del cine canadiense: Guión, Actuación Masculina, Fotografía y Música.

 

 

“Pienso en la juventud como una época de cambio, donde existe la posibilidad de renovación. Y eso, de alguna manera, parece disiparse a medida que uno va envejeciendo. Entonces muchas de estas películas tienen protagonistas más jóvenes. Si volvemos a las primeras, se trata de hombres o mujeres jóvenes, que están entre la adolescencia y los veinticinco. Ese momento en donde existe la posibilidad de reformatear la vida. Creo que hay una interacción entre esos personajes y los que osificaron, se hicieron rígidos” –Atom Egoyan sobre El filo de la inocencia-

 

 

Desde su debut en Next of Kin (1984), hasta sus más recientes filmes como: El nudo del diablo (2013), Cautiva (2014) y la aún sin estrenar Recuerda (2016), Atom Egoyan, cineasta armenio-canadiense, nacido en Egipto, ha construido una obra delirante y original, a partir de una técnica sencilla y una intrincada temática, que ha servido para retratar los procesos de deshumanización del individuo y sus relaciones de dependencia a través de la tecnología. Perturbadores ejercicios de minimalismo extremo, con personajes sumidos en un caos de sexualidad, que interaccionan con el video y otros medios similares.

Un adolescente descubre el trauma de sus padres adoptivos a partir de un video en Next of Kin. En Escenas familiares (1987), un tiránico padre utiliza el video casero para controlar a su hijo y a su amante, y para dar rienda suelta a sus fantasías sexuales. En Partes habladas (1989), una joven se deleita observando en un monitor, las breves apariciones de su compañero de trabajo en filmes de bajo presupuesto, quien a su vez, se relaciona con una guionista que conserva en video a su hermano muerto, como sucede con el protagonista de Exótica (1993), quien retiene en una cinta casera a su hija y esposa fallecidas.

Si en Partes habladas y El ajustador (1991), los hoteles formaban una suerte de mundo paralelo e ilusorio, en Exótica, el centro nocturno que lleva ese mismo nombre, funciona como una suerte de universo escapista. Un sitio de increíble sensualidad, al que asisten hombres maduros que buscan evadir su gris realidad a razón de cinco dólares, lo que cuesta un agitado striptease que ejecutan bellas bailarinas como Cristina, una jovencita cuya rutina es un número erótico donde simula ser una muchachita escolar.

Calendario (1992) -protagonizada por el propio Egoyan-; una cinta masoquista y perversa, centrada en un fotógrafo que retrata viejas iglesias armenias y que asiste al derrumbe de su matrimonio, cuando un guía local enamora descaradamente a su mujer. Una cinta que permite adentrarse en algunas de sus constantes: la soledad, la incomunicación y el video como una suerte de ente moral y un instrumento terapéutico. O Dulce porvenir (1997), en la que un autobús escolar y la nieve permanente cancelan las posibilidades de redención de una comunidad en un filme sobre la paranoia de la infancia destruida a partir de un absurdo accidente.

Varias de las más recientes películas de Ato Egoyan: Una propuesta atrevida (2009) o las citadas El nudo del diablo y Cautiva tienen que ver con los peligros y los horrores alrededor de muchachos y chicas adolescentes y ele tema de la mentira, la simulación y el pecado, como sucede con la protagonista de El filo de la inocencia. En este caso, la joven Felicia es víctima de traumas emocionales y familiares que arrastra desde la niñez y que emprende un viaje desde las costas irlandesas a Birmingham en busca del joven soldado que la ha embarazado, sólo para formar parte de ese grupo de niñas perdidas que a su vez forman parte del universo siniestro y traumático de Joseph, confundido mentalmente por la estrecha relación con su bella y sensual madre: los recuerdos del hígado que le da a comer, la escena de la ópera donde el pequeño Joe mira la brutal escena de San Juan Bautista y Salomé, o la cartera que encuentra tirada y entierra en su jardín.

 

Egoyan, sin duda, el realizador canadiense más adelantado de su generación (Ron Mann, Bruce McDonald, Guy Maddin), ha conseguido crear un universo exótico de imágenes descompuestas, procesadas electrónicamente y ligadas a sentimientos de culpabilidad y necrofilia. Su filmografía, conectada entre sí por la obsesión de la imagen, el video, la TV y la pornografía casera, lo ha convertido indiscutiblemente en un realizador de culto, recurriendo a los home movies, las cámaras vigilantes y otras nuevas tecnologías de las imágenes. De Egoyan, se ha dicho, que su cine es la simple repetición de un solo tema y una sola situación; de ahí, la interconexión entre un filme y otro, ya sea por el uso del video y la TV, o por la coincidencia de lugares: hoteles, sitios en ruinas, o aeropuertos. Por el contrario, el cineasta parte de una premisa similar para explorar nuevas situaciones límite, avanzando cada vez más, en una línea perversa y malsana.

 

En El filo de la inocencia, Egoyan recupera por vez primera el horror del asesino en serie y la patología del sicópata, pero evita los formulismos de Hollywood y lo hace a través de sus temas predilectos como la frustración, la soledad y el vacío afectivo. En el extremo opuesto de los lineamientos del thriller estadunidense (de El silencio de los inocentes a Hannibal) y más cercano a las propuestas melancólicas que su paisano Denys Arcand retrata en Amor y restos humanos (1993), relato de frustración erótica, vacío existencial y acerca del extraño poder de la televisión, Atom Egoyan reconstruye en El filo de la inocencia una inquietante fábula de horror que refleja el enfrentamiento entre el apacible mundo rural irlandés y el universo industrial británico en un relato armado por recuerdos y pesadillas. Se trata de una historia de amor al límite sobre los abismos del lado oscuro que todos llevamos dentro, en el cual, el protagonista es capaz incluso, de humanizar al monstruo que interpreta, en esta compleja versión semi urbana de La bella y la bestia con el indiscutible sello de su realizador.

 

 

RAFAEL AVIÑA

Centro Histórico de la Ciudad de México

15 de junio 2016

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