LA DOBLE VIDA DE VERÓNICA (La double vie de Véronique/ Podwójne zycie Weroniki/ Veronikas to liv, Francia-Polonia-Noruega, 1991)

Dirección. Krzysztof Kieslowski/ Guión. Krzysztof Kieslowski y Krzysztof Piesiewicz/ Fotografía en color: Slawomir Idziak/ Música: Zbigniew Preisner/ Edición. Jacques Witta/ Diseño de Producción. Patrice Mercier/ Vestuario. Laurence Brignon, Claudia Fellous, Elzbieta Radke/ Producción. Ryszard Chutkowski, Leonardo de la Fuente, Bernard P. Guiremand/ Con: Iréne Jacob (la Verónica polaca y la Verónica francesa), Philipe Volter (Alexandre Fabbri, el titiritero), Halina Gryglaszewska (la tía), Claude Dunetron (el padre de Verónique), Wladyslaw Kowalski (el padre de Weronika), Aleksander Bardini (el director de orquesta), Sandrine Dumas (Catherine), Louis Ducreux (el profesor), Janusz Sterninski (el abogado), Jerzy Gudejko (Antek)/ Duración. 94 mins.

SINOPSIS

La Veronika de Cracovia y Varsovia, comparte con la Véronique de Clemont Ferrand y París el gusto por la música: la primera es la magnífica primera voz de un coro, la segunda una profesora de música, ambas son huérfanas de madre, sufren una afección cardiaca y recurren constantemente a una misma pomada para los labios, una paráfrisis que la segunda encuentra en los relatos infantiles de un titiritero, enamorado de ella y que parece conocer ambas biografías por los acertijos y obsequios que le envía.

 

 

Iréne Jacob obtuvo el Premio a la Mejor Actriz en el Festival de Cannes. La película obtuvo en ese mismo certamen el Premio Fipresci y el del Jurado Ecuménico para Krzysztof Kieslowski. A su vez, fue nominada al Globo de Oro a la Mejor Película Extranjera y al César francés por Mejor Actriz y Música.

 

 

Con La doble vida de Verónica, armada por dos episodios complementarios, uno filmado en Varsovia y otro en París con la misma actriz, Iréne Jacob, Krzysztof Kieslowski, más lejos de Edgar Allan Poe y más cerca de Jorge Luis Borges, indaga en la posibilidad de las vidas repetidas, de las coincidencias azarosas que unen a dos mujeres idénticas en dos naciones opuestas. Ante los rasgos precisos y grandilocuentes de la heroína trágica que encarna la Veronika polaca, su doble francesa aparece como una personalidad fragmentada y lánguida que se redime ante la vida gracias a la tragedia de la primera, en ésta obra sublime de desdoblamientos más poéticos que intimistas.

 

Fuera de los límites del fantástico y de la delirante persecución metafísica-sobrenatural representado en filmes como El otro (Robert Mulligan, 1972) y sobre todo en William Wilson (Louis Malle, 1968 en su episodio de Historias extraordinarias), pero sin dejar de lado el inquietante toque de misterio, el cineasta polaco consigue una perturbadora reflexión sobre el tema del doble, según una propuesta arriesgada y compleja que intenta traspasar su cerrado, pesimista y claustrofóbico universo del Decálogo fílmico (recuérdese: No matarás y Breve historia sobre el amor).

 

 

“Lo reconozco, soy profundamente pesimista ante la vida, pero, no descarto poder encontrar algún día la esperanza y es más, utilizo el cine para ello”. No existe mejor definición para el cine de Krzysztof Kieslowski, que la frase repetida por el propio cineasta durante su estancia en el Festival de San Sebastián en septiembre de 1994. Kieslowski había anunciado su retiro al término del rodaje de la trilogía de los Tres colores. Se había cansado del cine y sobre todo, de los rumbos que tomaba el arte más importante de este siglo y que sin duda él contribuyó a renovar.

 

Los filmes de Kieslowski, no sólo consiguieron traspasar su natal Polonia, sino superar incluso a los de sus notables colegas y paisanos convertidos en directores clásicos del cine contemporáneo, como Roman Polanski, Krzysztof Zanussi o Andrzej Wajda. La importancia de Kieslowski fue tal, que su obra no sólo alcanzó un curioso estilo y perfeccionamiento técnico, sino que sus relatos universales lograron en muy poco tiempo alcanzar la categoría mítica conseguida por unos cuantos semidioses del Olimpo cinematográfico como Chaplin, Ford, Welles, Bergman o Fellini, por ejemplo.

 

No obstante, los problemas con la censura en su país se agudizaron al término del rodaje de los episodios de El Decálogo (1988-1990) y Kieslowski filmaría La doble vida de Verónica en coproducción con Francia; un país que le abriría las puertas y el cineasta decide salir de Polonia para proseguir con otra serie fílmica. En este caso, una dedicada a los tres colores de la bandera francesa y que lo catapultan a un plano superior.

 

En La doble vida de Verónica, el reconocimiento de la existencia de ese otro idéntico en una plaza polaca, la que mira y la que capta con una cámara, no se refiere sólo al asunto del doble, sino a la manera de implicar dos mundos y realidades opuestas a partir de un análisis de la condición humana y del delicioso trabajo de la bellísima Iréne Jacob, ganadora en Cannes por su profunda recreación de dos vidas paralelas en la que se mezcla llanto, gozo y una sexualidad asumida con absoluta libertad.

 

Un abogado enano que aparece fugazmente como aquel viejo exhibicionista que muestra su pene flácido. Una canica que sirve a la(s) protagonista(s) para ver el mundo al revés (¿el revés del suyo?) y más, sirven para crear esa atmósfera de extrañeza y de cierta irrealidad en mundos dramáticamente reales como lo pueden ser una Cracovia, donde jóvenes manifestantes huyen por las calles perseguidos por la policía, mientras turistas franceses captan con cierto morbo ese momento y jeeps militares trasladan estatuas de Lenin con rumbo desconocido; al igual que un París cosmopolita en donde la polacos y franceses que creen reconocerse se entrecruzan misteriosamente.

 

Extraños símbolos e imágenes distorsionadas, en una historia que sugiere el itinerario vital de dos mujeres idénticas a partir de gestos, objetos y actos aparentemente insignificantes. Si en su insuperable Decálogo, el polaco Krzysztof Kieslowski había elegido como tema los diez mandamientos, en su trilogía compuesta por Azul (1993), Blanco (1994) y Rojo (1994), toma como pretexto las consignas de la Revolución: libertad, igualdad y fraternidad. Se trataba de tres relatos que se entrecruzan no sólo conceptualmente, sino que los protagonistas de un episodio aparecen brevemente en otro, en este triple recuento sobre el amor y las relaciones afectivas a fin de milenio.

 

En Azul, Juliette Binoche encarnaba a una mujer que ha perdido a su marido y a su hija en un accidente. A su tragedia personal, correspondía un estado de ánimo depresivo y nostálgico para hablar de la libertad de manera irónica. Blanco, por su parte, funciona en un plano más bien fársico, para centrarse en el tema de la igualdad, según la historia de un peluquero polaco, quien al no poder consumar su matrimonio en París, regresa a Varsovia, ciudad convertida en tierra de nadie. Rojo, por su parte, consigue fraternizar a una joven modelo (Irene Jacob) y a un maduro juez (Jean Louis Trintignant), quien se ha auto recluido espiando telefónicamente a sus vecinos.

 

Luego de La doble vida de Verónica y el reflexivo y sombrío tríptico compuesto por Azul, Blanco y Rojo, filmado respectivamente en París, Varsovia y Suiza, Kieslowski se reafirmaba como el verdadero maestro de los destinos cruzados, el azar y las parábolas fílmicas. Ese mismo azar cotidiano, llevó a al cineasta polaco a un hospital de Varsovia; ahí, mientras se recuperaba de una intervención quirúrgica, un paro cardiaco acabó con su vida. El fin de una carrera de uno de los mayores cineastas de las dos últimas décadas y el más representativo del fin del siglo pasado. El trabajo de un realizador interesado en la fatalidad del destino, los misterios del alma humana y las escasas posibilidades de redención, a partir de un minimalismo fílmico centrado en gestos, miradas, atmósferas claustrofóbicas y detalles cotidianos. Teoremas humanos para fin de milenio.

 

RAFAEL AVIÑA

Centro Histórico de la Ciudad de México

26 de enero de 2016

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