EL FABRICANTE DE ESTRELLAS (L’uomo delle stelle/ The Star Maker, Italia, 1995)

Dirección. Giuseppe Tornatore/ Guión. Giuseppe Tornatore y Fabio Rinaudo, inspirado en un argumento de Giuseppe Tornatore/ Fotografía en color. Dante Spinotti/ Música. Ennio Morricone/ Edición. Massimo Quaglia/ Diseño de Producción. Francesco Bronzi/ Dirección de Arte. Nello Giorgetti y Salvatore Saito/ Vestuario. Beatrice Bordone/ Producción. Vittorio Cecchi Gori, Mario Cotone, Rita Rusic, Francesco Tornatore/ Con. Sergio Castellito (Dr. Joe Morelli/ Giuseppe Romolo), Tiziana Lodato (Beata) Franco Scaldati (Brigadiere Mastropaolo) Leopoldo Trieste (el profesor mudo) Clelia Rondinella (la mujer guapa madre de Anna), Leo Gullotta (Vito el homosexual), Nicola Di Pinto (funcionario comunal), Jane Alexander (Princesa) Salvatore Villa (Príncipe), Antonella Attili (enfermera)/ Duración. 105 mins.

SINOPSIS

  1. Joe Morelli –en realidad Giuseppe Romolo- quien se hace llamar Doctor Morelli, recorre los pueblitos perdidos de Sicilia, como Realzisa y otros más, con su destartalado camión tapizado de carteles y fotografías de grandes películas italianas y estadunidenses, su obsoleta cámara de cine Ascania y película velada, su micrófono, equipo de iluminación y su improvisada carpa, donde monta su pequeño Estudio de Cine. En cada lugar donde se detiene, Morelli asegura a sus esperanzados y miserables pobladores, que es capaz de hacer realidad los sueños de cualquiera que aspire a convertirse en una estrella de cine, los mismos que llegan a ganar cien millones de liras al año. Así, con el pretexto de descubrir rostros nuevos para la pantalla grande, cobra a los ingenuos lugareños un mil 500 liras por una prueba de pantalla, que según él, envía a la Universal Cinematográfica de Roma, donde los elegidos tendrán una oportunidad de presentarse en los Estudios Cinecitta para ser contratados como actores. Su presencia siempre despierta entusiasmo e interés. Alrededor suyo se hacen largas filas de ancianos, hombres, mujeres, niños que recitan fragmentos de Lo que el viento se llevó (Victor Fleming, George Cukor, Sam Wood, 1939). Así, ante su cámara de cine, desfilan, todo tipo de personajes, cada quien con sus propios sueños, traumas y esperanzas, incluso un viejo profesor mudo en apariencia. La cámara consigue que sean ellos mismos, con toda su sinceridad por unos cuantos minutos, incluyendo a un sargento brigadier y una bellísima jovencita de cuerpo espectacular que ha nacido en un convento, Beata, a la cual todos quieren poseer y que se enamora de Morelli y él de ella. Cada uno de ellos quiere salir de su pueblo y convertirse en alguien. Sin embargo, Morelli no es el único estafador, también los hay políticos mafiosos y una pareja que fingen ser nobles y dueños de varios pueblos. Finalmente, Morelli es atrapado y desenmascarado como charlatán y estafador por el propio brigadier. Se descubre que su material de nitrato ha expirado y es inutilizable. Sometido al escarnio público, es golpeado sin piedad por los hombres de un mafioso que se ha hecho pasar por muerto: todo ello, ante los ojos de la bella Beata, fanática del cine quien sufre también las consecuencias de la vergüenza y el abandono. Morelli es llevado a un hospital y a un centro de detención donde es encerrado por más de un año. Al salir, recupera su camión y busca desesperadamente a Beata quien se encuentra en un asilo de enfermos mentales donde repite incoherencias. Morelli con enorme tristeza promete regresar por ella.

 

 

El fabricante de estrellas fue nominada al Oscar a la Mejor Película de habla no inglesa. Asimismo, obtuvo el Gran Premio Especial del Jurado en el Festival de Venecia y el Premio Pasinetti para el protagonista Sergio Castellito. Además: once nominaciones al David di Donatello que otorga la Academia italiana de Cine, de los cuales obtuvo tres de ellos: Mejor Película, Mejor Diseño de Producción, Mejor Actor de Reparto (Leopoldo Trieste).

 

 

Sin duda, el éxito de Cinema Paradiso (1989), segunda película del siciliano Giuseppe Tornatore, transformó en buena medida su estilo y sus temáticas. Es el caso de El fabricante de estrellas, un filme que se conecta claramente con aquella: una suerte de continuación de Nuovo Cinema Paradiso, aunque narrada en un tono muy amargo y desesperanzador para hablar de la realidad italiana de la pos guerra. La segunda guerra ha terminado. La gran mayoría de los pueblos y pequeñas ciudades italianas se encuentran devastados. Hambre, miseria y también ilusiones, permean en el ánimo de las personas de aquel momento. Caldo de cultivo para el engaño y la estafa. En medio de esa situación, la de un país en plena reconstrucción económica movida por todo tipo de ideologías políticas (comunistas, demócratas cristianos, fascistas), un hombre con gran facilidad de palabra y de convencimiento como Morelli es capaz de aprovecharse de todo tipo de situaciones y de enfrentar con habilidad a ingenuas adolescentes embarazadas, mujeres abandonadas que desean lo mejor para sus hijos, ladrones y partisanos que viven en la clandestinidad, un peluquero homosexual humillado por su condición, niños, funcionarios públicos, políticos transas, mafiosos, dirigentes sindicales, obreros, jovencitos con deseos de convertirse en galanes fílmicos, incluso un sargento brigadier incapaz de resistir la tentación de ser filmado, mientras declama un pasaje de la Divina Comedia.

Sin duda, El fabricante de estrellas es una suerte de homenaje recordatorio a los sucesos alrededor de aquel célebre movimiento cinematográfico que traspasó fronteras: el Neorrealismo Italiano dominado por obras maestras como: Obsesión (1942), La tierra tiembla (1947) de Luchino Visconti, Roma ciudad abierta (1945), Paisa (1946) o El limpiabotas (1946) de Roberto Rosellini, o Ladrones de bicicletas (1948) y Milagro en Milán (1950) de Vittorio de Sica, que justamente retrataban la pobreza, el desempleo, la familia como pilar del pueblo italiano y la lucha por la vida en esos duros años.

En este filme de Tornatore puede palparse esa visión crítica de la sociedad no exenta de humor, ternura y drama, un lenguaje vivaz y novedoso y una evidente orientación hacia un cine popular que dieron un giro hacia lo que se llamó la comedia a la italiana durante los años cincuenta y sesenta en la obra de realizadores italianos como: Mario Monicelli, Pietro Germi, Antonio Pietrangeli, Alberto Lattuada, Dino Risi y Luigi Comencini, quienes a su vez, lanzaron a figuras como: Ugo Tognazzi, Alberto Sordi, Totó, Aldo Fabrizi, Eduardo de Filippo, Vittorio Gassman, Nino Manfredi.

Aquellos, fueron también los años de las grandes y exuberantes divas como Silvana Mangano (Arroz amargo, Mambo), Anna Magnani (Roma ciudad abierta, Bellisima) Silvana Pampanini (La bella de Roma) Gina Lollobrigida (La mujer más bella del mundo, La romana) y sobre todo de Sofía Loren, la más notable de las divas del cine italiano con una reputada carrera en Hollywood, protagonista de obras como: El oro de Nápoles, Matrimonio a la italiana, Ayer, hoy y mañana, Dos mujeres: de alguna forma, el personaje de Beata resulta una suerte de calca de esa Sofía Loren.

Por supuesto, esas mismas décadas albergan el surgimiento de uno de los realizadores más importantes del siglo XX: Federico Fellini que retrató las historias del cine dentro del cine, el oropel o la magia de éste, el mundillo del espectáculo, la enajenación televisiva, el descubrimiento del sexo, el erotismo desbordado, la nostalgia por la infancia y la tierra natal, presentes en El fabricante de estrellas con la que Tornatore hace además un homenaje a los rostros fellinescos. Y al mismo tiempo, a aquella comedia de Vittorio De Sica filmada en Italia y coproducida con Gran Bretaña y Estados Unidos: La persecución del zorro (1966) con Peter Sellers, como un hábil ladrón y estafador capaz de transformarse físicamente, quien pasa por un importante cineasta y en un pueblito italiano, finge preparar el rodaje de una película para apoderarse de un cargamento de lingotes de oro.

 

“Desde que era adolescente comencé a anotar ideas para historias en pequeñas tarjetas. Cada vez que alguien me contaba alguna anécdota la escribía y la guardaba. El fabricante de estrellas nació de una de éstas tarjetas. Leyendo las notas tropecé con algunas líneas escritas a la edad de quince años. Un amigo me había contado sobre un hombre que se fue a un pueblo siciliano a fines de los cuarenta buscando nuevos actores para una película encargado de las audiciones. El amigo pagó su audición pero nunca más volvió a escuchar de hombre, ni él, ni nadie más del pueblo…”. –Giuseppe Tornatore-

 

 

Emparentada hasta cierto punto con Splendor (1989) de Ettore Scola y Entrevista (1988) de Federico Fellini, e incluso con Bye Bye Brasil (1980) de Carlos Diegues, la cinta de Tornatore vuelve a ser una declaración de amor hacia el cine visto con nostalgia, admiración y ternura en un tono trágico y al mismo tiempo, un ofrenda al cine italiano de la segunda posguerra. Ya desde Cinema Paradiso, Tornatore elegía la evocación y una suerte de onirismo mágico para contar las acciones de individuos enfrentados a la maravilla de la pantalla y a su vez, como miembros de una vasta comunidad: el cine de la colectividad.

La acción se sitúa en la perdida geografía italiana de Sicilia a principios de los cincuenta para relatar una historia de amor terrible y fallida. Castellito resulta formidable como el protagonista: un entusiasta y fraudulento buscador de talentos cinematográficos que recorre con su camión los miserables pueblos para ganarse la vida. Por supuesto, ello da pie a una increíble colección de imágenes y personajes que evocan de inmediato al primer Fellini; cineasta convertido sin duda en el fetiche anímico de Tornatore. De entrada, la estructura de El fabricante de estrellas se aproxima a cintas como El jeque blanco (1952) o La calle (1954) una de las mayores obras fellinianas, que le sirven a Tornatore para retratar un mundo igualmente ilusorio.

Joe Morelli, no es precisamente el rudo Zampano que interpretó Anthony Quinn en La Strada, sino un embaucador que vende ilusiones a razón de mil 500 liras y que consigue incluso, que todo una comunidad recite extractos del guión de Lo que el viento se llevó en una de las mejores escenas del filme. La primera mitad es mucho más equilibrada, atractiva y dinámica, como sucedía en Cinema Paradiso y en Estamos todos bien (1990). Aquí, la cámara -la real y la ficticia- se convierte en una suerte de vampiro que sustrae rostros increíbles y sueños volátiles, hasta que llega la televisión. Sin embargo, la segunda parte se vuelve sombría y dramática como lo muestra la escena climática en el manicomio con la que Tornatore no puede dejar atrás su tendencia sensiblera hacia el melodrama como lo muestra la secuencia final muy en deuda con la de los besos fílmicos de Cinema Paradiso.

El fabricante de estrellas es sin duda un filme atractivo, entretenido y melancólico al mismo tiempo a pesar de su estructura circular y repetitiva. Un relato para cinéfilos nostálgicos que se sostiene por su tratamiento evocativo y en parte por la enorme belleza corporal de su guapa protagonista, así como por la emotiva banda sonora del maestro Ennio Morricone, colaborador habitual de Tornatoire. La cinta pudo convertirse en una obra maestra, no es así, sin embargo consigue momentos en verdad extraordinarios y muestra la gran capacidad narrativa y visual de uno de los más talentosos cineastas de nuestro tiempo, un hombre que al igual que el español Pedro Almodóvar, sabe que lo más importante en una película es contar un cuento y mantener al espectador pegado a la pantalla a lo largo de casi dos hipnóticas horas.

 

 

Rafael Aviña

Centro Histórico de la Ciudad de México

24 de febrero de 2015

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