HADEWIJCH. ENTRE LA FE Y LA PASIÓN (Hadewijch, Francia, 2009)

HadewijchDirección y Guión. Bruno Dumont/ Fotografía en color. Yves Cape/ Música. Armand Amar/ Edición. Guy Lecorne/ Diseño de producción. Jean-MarcTran/ Vestuario. Alirol Manon/ Dirección de Arte: Vincent Amiel y Pauline Gracia/ Con. Julie Sokolowski (Céline / Hadewijch), Yassine Salihine (Yassine Chikh), David Dewaele (David), Karl Sarafidis (Nassir Chikh), Brigitte Mayeux-Clerget (la Madre Superiora), Marie Castelain (la madre de Céline), Luc Francois-Bouyssonie (el padre de Céline), Henri Cretel (albañil), Duración. 97 mins.

SINOPSIS 

Céline, hija de un pudiente diplomático y una madre distante, es una joven novicia veinteañera que decide rebautizarse como Hadewijch, nombre religioso que toma en honor de una monja, mística y poetisa del medievo. Céline confunde la abstinencia con el martirio, como lo muestran sus constantes actos de auto penitencia. Debido a su excesivo amor por Cristo y al verla entregada a una fe ciega y a un fervor desmedido, la Madre Superiora, le obliga a abandonar el convento donde vive confinada y decide regresarla a la sociedad secular con la esperanza de que logre encontrar su “verdadero yo”. De vuelta en París, Hadewijch vuelve a ser Céline, quien se ha tomado muy en serio su intención de convertirse en esposa de Dios. Para ella, Cristo es el amante ausente y se ha mantenido virgen para servirle. Es entonces cuando conoce a dos hermanos musulmanes que habitan en las afueras de París: Yassine, un jovencito impulsivo al que le gusta enfrentar a la autoridad y Nassir, el mayor, quien dirige un grupo de estudio de fe islámica, mismo que terminará por definir el sacrificio amoroso de Hadewijch, cuya rabia interior y crisis existencial, la conducirán por caminos peligrosos, ya que Nassir es en realidad un terrorista que encuentra en ella a la persona ideal para llevar a cabo sus teorías de fanatismo extremo. Así, la historia sigue a Hadewijch a lo largo de su viaje más allá de los muros del convento en su búsqueda de la gracia divina y el encuentro con Dios, de la manera que sea.

”Hago cine para expresar mi visión sobre los misterios de la vida”.

“El mal habita en nosotros, pero podemos convertirlo en bien y así alcanzar la gracia. Quería mostrar la belleza de ese amor puro por Dios que es una verdadera maravilla, pero también advertir cómo esa maravilla puede llevarnos a lo peor” -Bruno Dumont dixit-.

Hadewijch. Entre la fe y la pasión obtuvo el Premio Fipresci de la crítica internacional en el Festival Internacional de Toronto, Canadá.

El polémico realizador francés Bruno Dumont regresa de nuevo a sus temas de disyuntivas morales, de violencia y sacrificio. Un relato profundamente religioso y conmovedor que busca retratar el sufrimiento humano y la fe trastocada en un arma de dos filos. Se trata de una suerte de continuación de sus relatos y variantes acerca de la pasión y la brutalidad humana observada en toda su filmografía. La historia de una joven alma, torturada por un desasosiego cristiano que la carcome. Hadewijch de Amberes es a su vez, el nombre de una poetisa mística del siglo 13, fallecida posiblemente hacia el año 1260. Una beguina –mujeres laicas católicas- dedicada a la contemplación religiosa, a obras de caridad y a la ayuda a los desamparados. Inspirada en su devoción por Cristo escribió sus encendidos versos y poemas amorosos, algunos de ellos de carácter epistolar, que tomaron como punto de partida sus experiencias místicas. La verdadera Hadewijch no escribió en latín, sino en lengua vulgar, es decir en su natal neerlandés medio. Entre sus obras se encuentran los libros: El lenguaje del deseo. Poemas de Hadewijch de Ámberes, editado y traducido por Mará Tabuy y Dios, amor y amante de ediciones Paulinas.

Y es que el caso de Bruno Dumont es insólito. Al igual que el austriaco Michael Haneke (Juegos divertidos, Observador oculto, Amour), Dumont fue primero maestro en Filosofía y de ahí dio el salto al cine de manera tardía. Nacido en Bailleul, Francia en 1958, probó suerte en el periodismo, la publicidad y la televisión. Después, realizó infinidad de cortos y documentales institucionales y de esa experiencia surge su primera película realizada a los 39 años de edad: La vida de Jesús (1997) centrada en un grupo de jovencitos que vagan sin rumbo, uno de ellos con crisis epilépticas. Con ella obtuvo reconocimiento mundial, así como el premio de la Cámara de Oro en el Festival de Cannes. La humanidad (1999), su segundo filme, se inserta en esa vorágine experimental de un nuevo cine galo dispuesto a romper con las reglas establecidas. Desde el arranque mismo, el cineasta coloca al espectador ante la disyuntiva del horror y la exasperación como metáfora de nuestros propios temores. Un hombre asustado, el oficial Pharaon de Winter (Emmanuel Schotté), corre sin rumbo fijo para caer de bruces sobre un campo arado y en tanto, muy cerca de él, yace el cadáver de una niña asesinada con la vagina deshecha. En efecto, todo resulta enigmático en un filme que inicia como una cinta de investigación policiaca para tomar otros derroteros más inquietantes en la historia de un policía que se busca así mismo en los actos de los demás como una purga redentora de los males humanos. Dumont volvió a triunfar en Cannes, obteniendo el Gran Premio del Jurado y un doble reconocimiento a mejor actor. Para su tercer filme, Dumont abandonó su región natal en el norte de Francia y se trasladó a California para rodar 29 palmas (2003), relato de descarnada sexualidad sobre un fotógrafo independiente y una joven que se adentran en el desierto de Los Ángeles para llevar a cabo una audaz sesión fotográfica. Flandres (2006) con la que el realizador volvió a obtener el Gran Premio del Jurado de Cannes, describe la vida de provincia de unos muchachos, destrozada por la guerra. Después de Hadewijch. Entre la fe y la pasión, Dumont realizó la controversial Bajo el sol de Satán (2011), acerca de la extraña relación entre un joven solitario y una muchacha que vive en una granja. Su más reciente trabajo es: Camille Claudel 1915 (2013) inspirado en un episodio verídico sobre la vida de la escultora francesa hermana del poeta y dramaturgo Paul Claudel y amante del escultor Auguste Rodin. Protagonizada por Juliette Binoche, Dumont filmó esta historia en un manicomio real rodeado de pacientes con discapacidad mental verdadera.

“El poder del amor puede convertirse en delirio incluso en la propia religión. Es un sentimiento colosal que puede ir más allá dejando a Dios a un lado y amando a los demás, es la razón por la cual Hadewijch muere en Dios para poder nacer en el hombre….Dios es teatro, es un personaje de cine. En el cine hay que creer en lo que se ve. Dios es poesía, y puede ser cierta o falsa…Fui atraído por la belleza de los textos de esta poetisa de la Edad Media, para quien el amor puede ser el de una mujer con un hombre, pero para ella es el que le inspira Cristo, el amante perfecto, el amante ausente. Respecto a las historias de mis películas: no se trata de entender, sino de sentir. Hay muchas cosas que no son comprensibles. Habría que dejar la comprensión en el vestíbulo y tratar de sentir. Hadewijch es una película muy sencilla. No quise hacer una película intelectual porque es muy aburrido. Henri Bergson, el filósofo francés, ha criticado mucho la inteligencia: Él dice que uno debe ser más intuitivo. Para mí fue muy importante estudiar primero filosofía y después hacer películas. No me interesa ver muchas cintas, sino leer mucho sobre los temas de los que quiero hablar en la pantalla. Además, yo quise entrar a una escuela de cine y no me dejaron. Pero lo importante no es ir a la escuela y aprender a usar la tecnología, sino tener una visión particular de las cosas. Los grandes cineastas como Bergman, Dreyer, Bresson o Kubrick técnicamente tenían errores, pero también tenían esa visión de la que hablo. –fragmentos de una entrevista a Bruno Dumont por Leticia Carrillo-

Y es que en Hadewijch, Dumont apuesta por un personaje intrigante que pareciera entresacado de una película de Dreyer, Bresson o Godard. Y al igual que en sus anteriores obras, detalla la contemplación, el aburrimiento incluso, pero también la exacerbación de sentimientos en los barrios populares de París y en las zonas aristocráticas en donde aparentemente no sucede nada. Lo curioso es que su propuesta anímica tan exasperante como perturbadora de poca acción y mucha introspección consigue mantener en un hilo al espectador. En ese sentido, destaca sobre manera la intensidad dramática que impone el trabajo de la sensible debutante Julie Sokolowski y ahí está para demostrarlo, escenas como aquella en la que, Céline se monta en la parte trasera de una motocicleta robada conducida por Yassine, a quien conoce en un café del barrio, o en los escarceos sexuales que Yassine intenta con la joven ex novicia, quien rechaza sus avances, ya que reserva su virginidad para Cristo. Otra escena interesante es aquella donde Céline invita al joven árabe, a una cena en la mansión de sus padres, ante el evidente rechazo de su gélida madre y el indiferente padre, quien sólo interviene en la plática para comentar algo acerca de la posibilidad de conseguir un trabajo para Yassine.

Bruno Dumont regresa a los terrenos de La vida de Jesús para contar un oscuro relato de amor, sacrificio y fanatismo, en el cual los detalles cotidianos se convierten en actos terribles, en un drama extraño y conmovedor para retratar el sufrimiento humano, sus recovecos y sus escapes, en el que se sumerge en una historia sobre los peligros de la obcecación y el apasionamiento y lo hace con una sutileza y una fuerza arrolladora que desemboca en un clímax impactante y desolador. Y es que Hadewijch toma un impulso descomunal en su última media hora. Ese momento de la verdad, en el que la protagonista decide convertirse en un “soldado de Cristo”, cuando el hermano mayor, Nassir, propone en su clase de Islam, hablar de lo “invisible”: “Si tienes fe, deberás actuar. Debes continuar el trabajo del Creador”. Aunque ya antes, el espectador ha sido testigo de pequeñas señales: el jardín interior de la zona habitacional que parece una cruz, o el anuncio publicitario con la palabra “eternidad”.

El filme de Dumont ha sido visto como una oda al terrorismo en frases como: “Dios es la espada contra la injusticia” o “Lo más dulce del amor es su violencia”. Sin embargo, se trata de una interesante reflexión moral sobre la fe cristiana como modelo de vida, que bien pudiera compararse con obras como La pasión de Juana de Arco (1928) de Carl Dreyer, Teresa (1986) de Alain Cavalier, o Yo te saludo María (1984), otra interesante relectura cristiana traspolada a la actualidad a cargo de Jean Luc Godard. Hadewijch mezcla el  fundamentalismo islámico con la fe católica para hablar de las convicciones personales y también de la barbarie humana. Y cierra con una secuencia inquietante, hermosa y dolorosa. Primero, una explosión y después, el regreso de Céline/ Hadewijch al convento donde la novicia se reencuentra con un huraño albañil que trabaja dentro del claustro. ¿Qué es lo que sigue? El espectador sacará sus propias conclusiones.

Rafael Aviña

Centro Histórico de la Ciudad de México

Julio 30 2013

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