EL VIOLINISTA QUE LLEGO DEL MAR (Ladies in Lavender, Gran Bretaña, 2004)

Ladies in LavenderDirección. Charles Dance/ Guión. Charles Dance, inspirado en un relato corto de William J. Locke/ Fotografía en color. Peter Biziou/ Música: Nigel Hess/ Edición: Michael Parker/ Vestuario. Barbara Kidd/ Diseño de Producción: Caroline Amies/ Interpretaciones de violín a cargo de: Joshua Bell/ Con: Judi Dench (Ursula Widdington) Maggie Smith (Janet Widdington), Daniel Brühl (Andrea Marewski), Miriam Margolyes (Dorcas, la sirvienta) David Warner (Dr. Francis Mead), Natascha McElhone (Olga Daniloff), Clive Russell (Adam Penruddocke)/ Duración. 103 mins.

Sinopsis

A fines 1936 y pese a los grandes acontecimientos históricos que están a punto de explotar en el continente europeo como serían la segunda guerra mundial y los sentimientos antisemitas, el condado británico de Cornualles, cuyas costas colindan con el Mar Céltico al Norte y al Este y con el Canal de la Mancha al sur, se mantiene como un rincón alejado del mundo y el paso del tiempo, así como de los avatares del exterior. De las noticias que les llegan a través de la radio, granjeros, pescadores y algunas familias medianamente pudientes, sólo muestran interés por la predicción atmosférica y del estado de la mar. Sin embargo, el hallazgo de un joven náufrago en la playa localizada bajo la casona de las solitarias hermanas Widdington, no sólo trastocará a la cerrada comunidad que ve con malos ojos a los forasteros, sino a su vez, la tranquila vida emocional de las ancianas, Janet y Ursula. Arrojado por la borda de un barco, las intenciones primigenias de Andrea, el muchacho polaco que desconoce el idioma inglés, es empezar una nueva vida en Nueva York, no obstante, su lenta recuperación cambiará los sentimientos de las hermanas, quienes pasan de la protección a un idílico enamoramiento, sumado a la súbita y extraña presencia de una hermosa, moderna y joven pintora, que alaba el arte de ese joven, que resulta un virtuoso del violín.

“El filme aborda la pasión amorosa vivida por dos mujeres mayores, sentimiento que el grueso de los productores, suponen que sólo lo experimentan los jóvenes ¿Porqué no podría enamorarse de nuevo una mujer de sesenta años o más? Todo este asunto de vivir enamorado rejuvenece: te sube la presión, te sientes flotar en el aire y te transporta a un delirio feliz. Pasar por esta vida sin haber vivido alguna vez esa experiencia, sería realmente atroz” –Charles Dance

A fines de la década de los ochenta y después de un estancamiento de casi dos décadas, la cinematografía británica tomaba un nuevo, moderno y crítico impulso. Heredera de una larga tradición representada por realizadores clave como: David Lean, Carol Reed y Michael Powell y aquellos autores del llamado free cinema inglés de los años cincuenta y sesenta, como: Karel Reisz, Ken Loach, Lindsay Anderson, Tony Richardson, John Schlesinger y Nicolas Roeg. En la actualidad, es palpable el resurgimiento de un nuevo cine inglés, altamente competetitivo, sensible y en ocasiones estridente, representado por personalidades como Peter Greenaway, Stephen Frears, Derek Jarman, Neil Jordan, Mike Leigh, David Leland, Mike Newel, Chris Menges, Danny Boyle, Guy Ritchie, Peter Cattaneo y Charles Dance, entre muchos otros.

Si en algo coinciden buena parte de los nuevos cineastas ingleses, es en la manera de abordar sus temas femeninos, una vocación liberadora de mujeres cansadas de entablar luchas inútiles con una sociedad masculina y represora. El relato de igualdad sexual en Orlando de Sally Potter, la adolescente malhablada que reta a la sociedad de la segunda posguerra en Ojalá estuvieras aquí de David Leland, la tragedia de odios racistas que inmiscuye a una madre y su hija en Un mundo aparte de Chris Menges, la vocación materna en Voces distantes, naturaleza muerta de Terence Davis, el relato pos victoriano de mujeres que asumen su libertad en Sueños de abril de Mike Newell, o el enamoramiento y la fascinación otoñal que un joven despierta azarosamente en dos ancianas, en una apartada zona costera en los años previos a la segunda guerra mundial en El violinista que llegó del mar.

Una nueva generación de cineastas que retrataban por igual lo exquisito y lo cotidiano rompiendo los convencionalismos, mirando al pasado para comprender el presente, o sumergiéndose en terribles problemas sociales. De hecho, muchos han sido los realizadores británicos preocupados por la clase obrera en el cine thatcheriano de la década de los noventa, en relatos que van de la comedia a la tragedia como aquellos Reyes del ritmo/The Commitments que Alan Parker descubrió en Irlanda, sobre un curioso grupo de soul. Al igual que los títulos realizados por Ken Loach, como: Riff-Raff, Lluvia de piedras, o La canción de Carla.  Otras comedias británicas, bajo su disfraz de farsa social ocultan la tragedia del desempleo y la marginación y su repercusión en el núcleo familiar, como lo muestran: Todo o nada/El Full Monthy de Peter Cattaneo y La camioneta y Esperando al bebé de Stephen Frears.

El caso del realizador Charles Dance resulta particularmente curioso. Nacido en Worcestershire, Gran Bretaña en 1946, es uno de los actores más destacados y prolíficos de su generación, con una filmografía que rebasa los setenta títulos y que incluye obras tan disímbolas como: Gosford Park de Robert Altman, Alien 3 de David Fincher, Hilary y Jackie de Anand Tucker, La piscina de Francois Ozon, Amor y muerte de Woody Allen, Michael Collins de Neil Jordan, o 007. Solo para tus ojos de John Glen, así como decenas de prestigiosas series televisivas y telefilmes como: Las joyas de la corona, Raffles, Enrique VIII o Titanic. El nacimiento de la leyenda, sin faltar importantes puestas en escena en los teatros londinenses con la Royal Shakespeare Company y que incluyen: Hamlet, Ricrado III, Enrique V, Como gustéis, entre otras, quien debuta tardíamente como director de cine a los 58 años y lo hace con enorme finura y sensibilidad.

Sin duda su experiencia como actor resulta clave en un filme como El violinista que llegó del mar, caracterizado por su bajo presupuesto, su flema inglesa, sus acertada ambientación y sobre todo por sus notables y profundas actuaciones. Dance muestra un oído muy refinado para los matices más delicados que sus maduras protagonistas aportan a las diferentes escenas, lo mismo sucede con la manera en que la trama se va hilando. Se intuye que Janet la mayor enviudó muy joven y no procreó hijos y en cambio, Ursula jamás llegó a tener pretendiente alguno en su lejana juventud. En la medida en que interaccionan con el joven náufrago polaco, al que rescatan y cuidan -el siempre expresivo y simpático Daniel Bruhl, estrella de la cinta alemana Adiós Lenin de Wolfgang Becker-, la historia va ganando en profundidad y en texturas.

De hecho, poco importa al director, que la película no se atreva a sumergirse un poco más en varias de las subtramas que anticipa la historia: el drama amnésico, el tema del espionaje, el universo de la música culta, la xenofobia, el posible romance entre el joven violinista y la señorita Daniloff, hermana del virtuoso concertista ruso, o el asunto de los albores de la Segunda Guerra Mundial. La propuesta, es incidir en los sentimientos y en las emociones de los personajes principales, e incluso de los secundarios, como es el caso del maduro médico que se encarga de los cuidados del muchacho y se enamora de la guapa pintora extranjera que lo rechaza y que centra su atención en el arte musical de Andrea empeñado en llegar a los Estados Unidos.

Fue durante un descanso en un rodaje en Budapest, donde el entonces maduro actor Charles Dance leyó el relato de William J. Locke (Guyana, 1863-París, 1930), un autor célebre en los años de la primera posguerra y hoy olvidado, pese a que se han hecho varias adaptaciones fílmicas de sus historias, en particular, Amado vagabundo  y La sombra alargada. Fue justo la contundencia de aquel cuento corto, Ladies in Lavender, en el que se prescinde de artificios y va directamente al punto para contar ese resurgimiento amoroso otoñal que viven las dos ancianas protagonistas –originalmente cuarentonas-, lo que le hizo a Dance dar el siguiente paso para preparar su ópera prima como realizador cinematográfico y lo hizo en grande pese al reducido presupuesto considerando a las extraordinarias actrices que convocó: Maggie Smith, célebre por sus interpretaciones en adaptaciones de la escritora Agatha Christie y como la profesora Minerva McGonagall en la saga de Harry Potter y Judi Dench, quien ha cobrado gran relevancia como la enigmática M, la superiora del agente James Bond 007 y en versiones fílmicas de celebres autores ingleses como William Shakespeare o Jane Austen.

El realizador confía pues en la eficacia de la historia y deja fluir las emociones que de ésta se desprenden. Al mismo tiempo, convierte aquel acantilado donde viven las hermanas Widdington y la comunidad misma de Cornualles, en un personaje más. Sus bellísimos paisajes terrestres y marítimos, al igual que la utilización de la luz son aprovechadas con gran belleza e impacto por el prestigioso fotógrafo británico Peter Biziou, responsable de las imágenes de brillantes filmes como: Pink Floyd The Wall, Mississippi en llamas, La ciudad de la alegría, Nueve semanas y media, o En el nombre del padre. Al tiempo que trastoca la música en otro punto trascendental en la historia, a cargo de Nigel Hess, orquestador y compositor de la afamada teleserie inglesa Maigret.

Lo que resulta sumamente conmovedor, es la manera en que poco a poco se revelan los nexos emocionales y protectores entre las dos hermanas protagonistas. Por un lado los sentimientos pragmáticos y lógicos de Janet, viuda de un combatiente de la Primera Guerra Mundial. Por otra parte, la visión soñadora y aniñada de la solterona hermana menor. De hecho, nunca se siente forzada la coquetería de Ursula y menos inapropiada para su edad, cuya pasión sigue viva, sino como una muestra de su vitalidad. Para la primera, el joven judío polaco, quien poco a poco es aceptado por la comunidad y que huyó de los horrores de un nazismo en ascenso, representa el hijo anhelado que jamás pudo tener y para la segunda, el amor de juventud que nunca llegó.

El violinista que llegó del mar es un filme de notable calidez, elegancia y sensibilidad que carece por completo del sentimentalismo y la manipulación impuesta por el cine de Hollywood como lo muestra la apacible secuencia final. Como bien apunta el crítico mexicano Carlos Bonfil: “Lo memorable en la cinta es su melancólica reflexión sobre el tiempo y el desgaste de las energías vitales; sobre las ilusiones románticas condenadas al fracaso, y su tenacidad de supervivencia”.

RAFAEL AVIÑA

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