Barton Fink, Estados Unidos, 1991

Barton FinkDirige. Joel Coen (y Ethan Coen)/ Guión. Joel y Ethan Coen/ Fotografía en color. Roger Deakins/ Música: Carter Burwell/ Edición: Joel y Ethan Coen bajo el seudónimo de Roderick Jaynes/ Dirección de arte: Robert C. Goldstein y Leslie McDonalds/ Con: John Turturro (Barton Fink), John Goodman (Charlie Meadows), Michael Lerner (Jack Lipnick), Judy Davis (Audrey Taylor), John Mahoney (W. P. Mayhew)/ Duración. 116 mins.

Sinopsis.

Corre el año de 1941. Barton Fink, autor teatral de cierto éxito en Broadway, es contratado como guionista de películas Serie B por un estudio de Hollywood. Empeñado en escribir obras que reflejen el alma del ciudadano común, recibe el encargo de elaborar un guión sobre la vida de un luchador que protagonizará Wallace Berry. Barton es alojado en la habitación del viejo y sombrío hotel Earle en Los Ángeles y ahí se hunde en una crisis creativa que lo vuelve irritable. A esto se suman extraños ruidos, visitas intempestivas del huésped de la habitación contigua, el robusto y locuaz Charlie Meadows, la falta de apoyo del realizador de los Estudios, Ben Geisler (Tony Shalhoub), los consejos del alcohólico y veterano guionista W.P. Mayhew, la demencia del presidente de Capitol Pictures, el magnate judío Jack Lipnick y la visita de dos agentes de policía que investigan los crímenes de un tal Karl Mundt, “El Loco Mundt”.

Un supuesto cadáver bañado en sangre que aún da sus últimos estertores en un camino solitario. Matones que bailan grotescamente bajo el siniestro ritmo de una ametralladora Thompson. Un brutal gigantón que pasea en su motocicleta a un bebé raptado. Un vendedor de seguros con una endemoniada facilidad para contar historias y que oculta tal vez en una caja, una cabeza humana. Un suicida observado por un inmenso reloj. Un asesino a sueldo que tritura a otro en una moledora de carne. Un golpeador que orina una sucia alfombra y desata con ello una delirante persecución. Un recluso parlanchín que, para volver a su hogar, inventa la historia de un botín bancario enterrado. Un barbero que utiliza sin emoción alguna la navaja y la tijera. Una bella cazafortunas que encuentra en un vanidoso y hábil abogado de divorcios la horma de su zapato. Un cansado alguacil, angustiado por los cambios del mundo, añorando un tiempo irrecuperable e incapaz de seguir el rastro de un metódico asesino psicópata. Un ex agente de la CIA chantajeado por una pareja de imbéciles. Un profesor judío que enfrenta la crisis de la mediana edad y la separación de su esposa a mediados de los años 60.

De Simplemente sangre (1983) a Un hombre serio (2009), los hermanos Joel y Ethan Coen –en definitiva, hay que hablar de ellos en plural-, han construido una de las visiones más ácidas de la sociedad estadunidense, manteniendo una enorme autonomía respecto a las fórmulas y los mecanismos que Hollywood impone. Una épica sanguinolenta y delirante del paria social y el marginado de una ciudad como Los Ángeles o de un pueblito perdido en el medioeste. Ya sea el desempleado sucio y vulgar fanático del boliche, los criminales ambiciosos que piensan salir de pobres con un secuestro jugoso, el gangster segundón y sus conceptos de lealtad, el escritor aterrado ante la hoja en blanco, el mediocre vendedor de autos que pretende plagiar a su esposa, o los intrincados planes para estafar maridos estúpidos en una sociedad enajenada que clama por más morbo.

Un universo tan caótico como anómalo y divertido que pareciera extraído de los más delirantes dibujos animados de los años 30 y 40 y que sin embargo es un reflejo de una sociedad descompuesta que convive con la nota roja y la frustración cotidiana. Tensión, sangre, sexo y elementos de thriller, cine negro y comedia de errores, elementos que bien podrían remitirnos tanto al cine de Hitchcock como al de David Lynch, pasando por Frank Capra, sobre todo por sus personajes patéticos, grandilocuentes o inocentes redimibles. Es el cine de Joel Coen director y Ethan Coen productor y co guionista, los maniáticos hermanos de Minneapolis que sorprendieron a público y crítica con su primer e inquietante ejercicio de estilo en la mejor tradición del cine negro y la Serie B.

Actores y actrices fetiche como Frances McDormand -esposa de Joel-, John Turturro, John Goodman, Steve Buscemi, Sol Polito, M. Emmet Walsh y estrellas con una filmografía igualmente anómala como: Jeff Bridges, Nicolas Cage, Tim Robbins, Holly Hunter, Jennifer Jason Leigh, Billy Bob Thornton, George Clooney, Juliane Moore, Catherine Z. Jones, Tommy Lee Jones o Javier Bardem. Imágenes insólitas que van de un barroquismo cercano al cine negro bajo la batuta de Barry Sonnenfeld a una artificialidad delirante y pegajosa que sólo un artesano como Roger Deakins puede lograr. Y para más, los acordes anómalos y minimalistas de su extraordinario músico de cabecera Carter Burwell, dan como resultado un brillante trabajo de equipo donde se mezcla lo sombrío con lo luminoso, lo cómico con lo trágico y donde la sangre puede causar lo mismo hilaridad que horror.

En buena medida, los hermanos Coen han elaborado su filmografía en base a los encuentros inesperados: los del hombre común enfrentado a una situación fuera de toda lógica, un tema hitchcockiano por excelencia que los Coen han cultivado abandonando el glamour y la finura del “amo del suspenso”, para adentrarse en la cultura de los marginados y sus ambientes sucios, sórdidos y delirantes. Para los Coen, cineastas independientes que trabajan al margen de Hollywood, su filmografía tiene también como premisa el explosivo encuentro entre el bien y el mal: ya sea el enfrentamiento de un dramaturgo novel contra la maquinaria hollywoodense, los criminales sicópatas contra una maternal policía, o el choque de un magnate del cine porno y un desempleado holgazán.

Sin descuidar su humor corrosivo y su humor escatológico que siempre se agradece, puesto a prueba desde Simplemente sangre, seguido de la frenética parodia road movie, Educando a Arizona (1987), así como en la negra sátira gangsteril De paseo a la muerte (1990), los Coen, se han dedicado a reinventar y homenajear de manera inteligente y original los géneros fílmicos con un filme definitivamente de transición que fue El apoderado de Hudsucker (1994), en el que los Coen insistían en otra fábula sobre el poder y el sueño americano; el hombre común enfrentado al monstruo social, un tema de notables alcances en su magistral Barton Fink (1991) desmitificador recorrido por la industria cinemastográfica.

Fargo (1996) por ejemplo, resultó el notable regreso a sus temas originales en un relato sobre la imposibilidad del crimen perfecto. De algún modo, Identidad peligrosa (1998), una historia que mezcla cerveza, boliche, pornografía, rapto y mutilación, es una suerte de continuación de Fargo. En apariencia, se trata de un divertimento menor que esconde en realidad toda una parábola sobre la maldad y la ingenuidad en otro encuentro inesperado, en el que los Coen regresan a sus personajes extraídos de las caricaturas y a la manipulación de los géneros; en este caso el homenaje a los musicales de los años 30 a partir de un inquietante onirismo.

¿Dónde estás hermano? (2000), resulta una película suma de su obra dispareja pero siempre sorprendente. Un excéntrico y extraño viaje por el mítico y cinematográfico Mississippi de los difíciles años de la depresión económica en la historia de un trío de pobres diablos que huyen de una prisión para convertirse relativamente, en exitosos intérpretes de la canción country-gospel en 1937, en cambio, El hombre que nunca estuvo (2001) es una nueva revisión del género criminal y el cinema noir con una impecable fotografía en blanco y negro. El amor cuesta caro, a pesar de cierta complacencia con la actual comedia de Hollywood consigue mostrar su ironía estridente y sus personajes ridículamente atractivos interpretados con brío por George Clooney y la bella Catherine Z. Jones. En cambio El quinteto de la muerte (2004) –su película más fallida-, está muy por debajo del original británico interpretado por Peter Sellers. Más interesante pero dispareja es Quémese después de leerse (2008) parodia del cine de espionaje y de los encuentros fallidos. En tanto que la farsa negrísima de Un hombre serio (2009) y Sin lugar para los débiles (2007), dejan claro que el pasado y el olor a viejo ya no tiene cabida en las sociedades globalizadas y gélidas de hoy en día. Sin duda, los Coen han creado todo tipo de metáforas de la desolación y del absurdo cotidiano, temas que pueden alcanzar altas dosis de tragedia y humor negro en una filmografía desbordante y siempre al límite.

El trabajo de los Coen como almas gemelas es uno de los más curiosos en el medio fílmico. Ambos se encuentran siempre en el set de rodaje. De hecho, no existe una división formal del trabajo, misma que se extiende a la planeación y la elaboración del guión. Escriben juntos, sentados en una misma habitación, discutiendo cada escena y cuando se encuentran en filmación, lo que hacen es simplemente una extensión de esa colaboración en la escritura: es decir, Joel dirigiendo y Ethan produciendo, no obstante, ambos dialogan con los actores, supervisan los decorados, la puesta en escena y la colocación de la cámara trabajando directamente con el fotógrafo.

Barton Fink filme ganador de la Palma de Oro en Cannes a la Mejor Película, Mejor Director y Mejor Actor para John Turturro, es quizá una de sus obras maestras junto con Fargo, en la que recorren la parafernalia y el horror del crimen metaforizado en unos Estudios de Cine. La máquina de producción hollywoodense capaz de construir y destruir carreras y personas y al mismo tiempo, el relato del hombre común, enfrentado al monstruo social, que se conecta de algún modo con El resplandor (1979) dirigida por Stanley Kubrick e inspirada en uno de los mejores bestsellers de Stephen King. Una oscura alegoría sobre el horror que se esconde en nuestras cabezas. Un maniaco individualista que estalla creando una orgía de locura y sangre en el interior de un hotel solitario anticipando las siniestras atmósferas que se suscitan en otro hotel con otro escritor posesionado por el miedo a la página en blanco como le sucede al ingenuo Barton Fink.

Para un día o una vida”, reza la frase del hotel Earle. Un lugar tan siniestro y tan alucinante como los cambios que suceden en la vida del joven Fink, quien descubre en su obeso vecino la vida real. Es decir, todo aquello que se encuentra más de los relatos intelectuales que plasma Fink en los escenarios neoyorquinos.

De hecho, el divertido y siniestro intercambio de diálogos entre ellos resulta elemental para entender algunos elementos de la violencia latente que oculta la trama. Meadows tiene una infección de oído, cuando Fink le recomienda que visite al medico, Meadows, quien conoce todas las reglas de la lucha libre responde: “No puedo cambiarme la cabeza por otra”, a lo que Barton contesta: “Es lo malo de tenerla pegada”.

En la historia de ese dramaturgo metido a guionista de cine, para quien la mente humana es un territorio muy doloroso, se cruza también una pareja autodestructiva como la formada por la melancólica Audrey Taylor, quien soporta la violencia doméstica y las humillaciones del alcohólico y talentoso W.P.Mayhew inspirado seguramente en William Faulkner y en Raymond Chandler, escritores brillantes y subterráneos que trabajaron a destajo para el cine hollywoodense de los años 40 y 50.

Pero más delirante aún es el encargo que Meadows le hace a Fink, así como los diálogos entre éste y el presidente de los Estudios. Cuando Meadows se va unos días a Nueva York por motivos de trabajo, le deja a Fink una misteriosa caja para que cuide de ella, una caja que como en Seven (1995) de David Fincher, puede ocultar una cabeza humana.
El Mal es visto aquí no sólo en los retorcidos laberintos de la memoria, como ese infierno que se desata en los pasillos del viejo hotel
Earle o en la mente del propio Fink quien se desmorona emocionalmente como el papel tapiz de su habitación. Pero sobre todo El Mal se localiza en el fatuo universo de Hollywood, poblado de pomposo ejecutivos, realizadores sin ideas, un mundo de oropel, frustración y alcoholismo donde prevalece la búsqueda obsesiva del éxito bajo la reiteración de fórmulas y temas. Un mundo de ilusión y falsedad del que difícilmente puede huirse.

Rafael Aviña

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