Juego de emociones (House of games, Estados Unidos, 1987)

Dirige. David Mamet/ Guión. David Mamet, a partir de un argumento de él mismo y Jonathan Katz/ Fotografía en color. Juan Ruiz Anchia/ Música: Alaric Jans/ Edición: Trudy Ship/ Dirección de arte: Derek Hill/ Con: LIndsay Crouse (Dra. Margaret Ford), Joe Mantegna (Mike), Mike Nussbaum (Joey), Lilia Skala (Dra. Maria Littauer), J.T. Walsh (El hombre de negocios) / Duración. 102 mins.

Sinopsis.

La Doctora Margaret Ford, es una eminente psiquiatra y una autora literaria de éxito quien acaba de publicar un nuevo best seller: Driven, en el que describe las adicciones mentales de varios pacientes y como contrarrestarlas. Sin embargo, su vida personal es gris y solitaria y su única amiga es su mentora y madura colega la Dra. Littauer. En su consultorio, Margaret atiende a un joven desequilibrado, Billy Hahn, quien dice cargar con una deuda de 25 mil dólares que debe a unos maleantes de un antro llamado House of Games y si no los paga al día siguiente será hombre muerto. Esa noche, la doctora acude a la Casa de los Juegos con el fin de ayudar a condonar la deuda de su paciente. Allí conocerá a Mike, un elegante y enigmático timador profesional por el que se sentirá atraída y quien le llevará a descubrir un mundo violento, prohibido y desconocido que transformará su estilo de vida.

Notable NotaREforma Antony Hopkins.realizador, dramaturgo y extraordinario guionista, David Mamet (Chicago, 1947), ha orientado en buena medida su carrera hacia la búsqueda de personajes obsesivos y traumatizados con el pasado encerrados en claustrofóbicos universos hostiles. Personajes acosados por el destino y una sociedad implacable, o perdedores en busca de una oportunidad y sumergidos por lo general en situaciones criminales como lo muestran sus estupendos libretos para filmes de cineastas de prestigio como: el remake de El cartero llama dos veces (Bob Rafelson, 1981), El veredicto/ Será justicia (Sydney Lumet, 1982), Los intocables (Brian DePalma, 1987), Hoffa (Danny DeVito, 1992), Éxito a cualquier precio (James Foley, 1992), Al filo del peligro (Lee Tamahori, 1997), Ronin (John Frankenheimer, 1997), o Hannibal (Ridley Scott, 2001).

Y por supuesto, su propio universo cinematográfico como director y autor de sus propios guiones a partir de su estupendo debut con ese magnífico thriller psicológico que es: Juego de emociones (1987), seguido de algunas obras atípicas, entre soberbias y disparejas pero siempre muy personales e interesantes como: Las cosas cambian (1988), Departamento de homicidios (1991), Oleanna (1994), La trampa (1997), El honor de los Winslow (1998), Crucero peligroso (2000), Búsqueda desesperada (2004) y Cinturón rojo (2008) su más reciente filme como realizador además de ser el responsable creativo del serial de TV The Unit (2006-2009), trepidante teleserie centrada en las operaciones secretas de un equipo encubierto de Fuerzas Especiales del ejército de los Estados Unidos y sus relaciones familiares.

Juego de emociones se interna por varios de los temas recurrentes en su posterior filmografía: el miedo y fascinación por aquello que no conocemos, la suplantación de identidad y la conspiración, en un relato protagonizado por su entonces esposa, la actriz Lindsay Crouse, quien personifica con sobriedad a la psiquiatra Margaret Ford, incapaz de descubrir que el verdadero éxito (y excitación), se encuentra en aquello que rechaza: sus emociones. Margaret viste de manera sobria, es parca y solitaria. Tiene la existencia resuelta a nivel económico, pero su vida personal es monótona y carece de toda relación sentimental que la ate. Su tiempo se concentra en sus consultas y en sus estudios, hasta que el comportamiento sicótico y desesperado de uno de sus pacientes le lleva a introducirse en un mundo misterioso y nocturno donde aparentemente no existe el orden. Un caos en el que sin embargo no puede dejarse nada al azar.

Desde las primeras imágenes de Juego de emociones se descubren pistas iniciales para seguir la trama. Un ejemplo: la paciente de un reclusorio femenil que le dice si “Cree estar exenta de la experiencia”, o en el momento en que su colega y amiga, la Dra. Littauer, le comenta que “afloje el paso”, que procure convertir la presión en placer. Y es que la Dra. Ford conduce su vida y su carrera con una frialdad clínica. Desconoce el mundo real al igual que el escritor judío Barton Fink dramaturgo comprometido con el hombre común metido a guionista en el Hollywood de los años 40 en la cinta homónima de los hermanos Coen, Barton Fink (1991), o el maduro abogado penalista retirado y dedicado a la investigación y a la Academia quien de pronto tiene que defender a un inteligente y educado joven negro acusado de asesinar y violar a una niña blanca en Causa justa (Arne Glimcher, 1995), o el millonario traumatizado por su niñez que vive encerrado en su cómodo mundo financiero y desconoce la vida real en las calles en la cinta El juego (David Fincher, 1995).

Y es que resulta imprescindible comprender y aceptar las reglas del juego que plantea Mamet en su elegante puesta en escena y en esa teatralidad inquietante que mueven sus historias en la que cada personaje asume el rol que le ha tocado interpretar. Aquí, los personajes se explican a sí mismo y a los demás con las palabras más que con las acciones. La trama se construye con la densidad narrativa necesaria para que el espectador se deje absorber por sus detalles y sus significativos diálogos, sin que por ello se pierda la dinámica de una historia que parece remitirse a aquellos viejos episodios de Dimensión desconocida (Rod Serling, 1959-1964) o Alfred Hitchcock presenta (1955) en la que sus personajes se sumían en universos enrarecidos para salir de ellos transformados.

Es así como Margaret Ford desciende a los infiernos que se ubican en el número 211 de la Calle Beaumont, en Seattle, Washington. Un mundo dominado por hombres. Hombres que se mueven en la oscuridad y el anonimato. Hombres dedicados a jugar con las emociones. Poco a poco la protagonista se deja seducir por esa suerte de montaña rusa emocional de la mano del misterioso Mike, experimentado timador a quien la Dra. Ford cree tomar como su objeto de estudio sin darse cuenta que sus cálculos resultan al revés. No obstante, ese universo extraño, alienante, enrarecido, desconocido y peligroso repleto de atajos, resulta una proyección de sus deseos ocultos e insatisfacciones. A través de las tinieblas surgen los ecos que terminarán por provocar más daño (y a la vez conciencia) que los mismos delitos que se suscitan bajo la sombra de esa suerte de moderno Virgilio que conduce a la Dra. Ford por un dantesco laberinto que se encuentra en sus propias emociones.

En una apartada y oscura sala tras unas mesas de billar. Un tipo rudo llamado Mike está sentado jugando a las cartas. Parece difícil imaginar que deje el juego para ponerse a charlar con esa intrusa. No obstante, aunque parezca absurdo decide pedir su ayuda en la mesa de póker y a cambio perdonará la deuda del paciente. Es el momento de aceptar las regflas del juego que propone Mamet. El melancólico saxofón que se escucha a mitad de la noche. Las calles oscuras apenas iluminadas con sus coladeras humeantes y sus luces de neón en los locales de barrios solitarios al estilo de Taxi Driver (Martin Scorsese, 1976). O los rostros que surgen entre las sombras y la penumbra, colocan a Juego de emociones en los límites de un cinema noir contemporáneo. Un cine negro urbano y moderno con sus personajes perdedores sociales y sus antihéroes ocultos bajo sus propios temores, en un relato que se conecta a su vez con aquellas historias acerca del universo de la estafa, el timo, el bluff y la confianza, como sucede en El golpe (George Roy Hill, 1973) o Los tramposos (Ridley Scott, 2003).

Y es que El Mal no sólo aparece bajo la fachada de un Luzbel contemporáneo que lleva bajo la manga la ambición, la soberbia y la lujuria para seducir a los hombres en El abogado del diablo (Taylor Hackford, 1997). El Mal puede ser también un delirio de la mente: una abstracción de los deseos y temores más íntimos y ocultos. El Mal puede afincarse en las falsas apariencias y en esa imperceptible línea divisoria que separa la ley del crimen: la ambigüedad de la justicia que coloca al que la imparte y al que la transgrede, en una misma posición. Es ahí donde se conectan Mike y la Dra. Ford, mientras se van desplegando ante los ojos de la asombrada protagonista toda clase de estafas y timos que sólo tienen que ver con la forma en que se deposita la confianza como lo muestra la estupenda escena en la oficina de Western Union, con aquel joven soldado, interpretado por el entonces desconocido actor William H. Macy, que espera un cheque de depósito.

Juego de emociones va llevando al espectador por los mismos caminos de asombro, descubrimiento y frustración por los que atraviesa la protagonista, hasta ese final que transforma por completo a la heroína. Ello da pie a que el brillante guionista y realizador David Mamet insista en varios de los temas que ha plasmado en su cine como lo son las apariencias y la importancia de la verdad, así como el honor y la traición, el juego de la representación a pesar de ciertos momentos de falta de credibilidad (la secuencia en el hotel cuando se intentan repartir el dinero). Se trata de una reflexión psicológica sobre la naturaleza humana, el engaño como satisfacción personal en una sociedad consumista y alienada.

Rafael Aviña

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