El abogado del diablo (The Devil’s Advocate, Estados Unidos, 1997)

Dirige. Taylor Hackford/ Guión. Jonathan Lemkin y Tony Gilroy, según la novela de Andrew Neiderman/ Fotografía en color. Andrzej Bartkowiak/ Música: James Newton Howard/ Edición: Mark Warner/ Dirección de arte: Dennis Bradford/ Efectos visuales. Rick Baker/ Con: Keanu Reeves (Kevin Lomax), Al Pacino (John Milton), Charlize Theron (Mary Ann Lomax); Jeffrey Jones (Eddie Barzoon), Craig T. Nelson (Alexander Cullen)/ Duración. 144 mins.

Sinopsis.

Kevin Lomax, es un brillante y joven abogado de Gainesville, Florida, quien nunca ha perdido un caso y lleva una vida apacible y feliz con su atractiva esposa, Mary Ann, hasta que recibe la visita de un abogado de Nueva York quien le pide asesoría en un caso a cargo de un poderoso bufete, interesado en contratarlo. La vida de Lomax da un giro impresionante: un lujoso departamento, un salario estratosférico y la confianza absoluta del dueño de la prestigiosa firma: John Milton, extravagante y carismático hombre de mundo que lo lleva a los abismos más insospechados.

La gran hazaña del maligno en los últimos dos mil años ha sido la de poner en tela de juicio su existencia. La posibilidad de existir le confiere un peligro aún mayor y el cine, como uno de sus mejores aliados y discípulos ha sabido explotar al máximo su presencia. El enigma de Satanás no se ha quedado estancado en inquietantes filmes como El bebé de Rosemary (Roman Polanski, 1968), El Exorcista (William Friedkin, 1973), La profecía (Richard Donner, 1976), o Corazón satánico (Alan Parker, 1987). En efecto, más allá de un siniestro culto que habita en el edificio Dakota de Nueva York, de la posesión satánica de una adolescente, de la presencia del Anticristo en la Tierra y del contrato que Lucifer hace con un detective que busca su alma perdida, la teoría de la presencia demoniaca en la actualidad, forma parte de la delirante trama de Sospechosos comunes (Bryan Singer, 1995) y a su vez, el demonio se convirtió en el protagonista de El día de la bestia (1995) y Perdita Durango (1997) –ambas de Alex de la Iglesia-, que retomaba el tema del satanismo y lo mezclaba con el de parejas criminales en un road movie filmado en México.

No hay duda que una de las cifras más espeluznantes es el 666: el número de la Bestia anunciado por el Apocalipsis, considerado como uno de los pasajes más aterrorizantes de la literatura y donde se narra el advenimiento del Anticristo, un tema por excelencia en el subgénero del horror demoniaco y exorcismos. Así, El abogado del diablo (1997) de Taylor Hackford, emprende la difícil tarea de convencer al público de que el demonio se encuentra a la vuelta de la esquina, en los actos cotidianos, en un pequeño juzgado de Florida, o en una compañía trasnacional. Es decir el diablo, lejos de ser una criatura de los avernos, vive en la Tierra, convive con los humanos y sus tentaciones son tan sutiles como evidentes.

El MAL con mayúsculas puede presentarse de múltiples maneras. El diablo mismo como una metáfora de una sociedad insaciable y competitiva. El Mal puede ser tan sólo un delirio de la mente: una abstracción de los deseos y temores más íntimos y ocultos: por ejemplo, el poder de la imaginación que se debate en el interior de un cerebro inquieto. El Mal puede ser encarnado en un asesino psicópata, en un serial killer de familias enteras. El Mal puede convertirse en un acto de venganza irracional, en esa maquinaria que los medios masivos echan a andar para destruir o cimentar carreras. El Mal puede localizarse en el horror del crimen, en la amoralidad social y periodística, en el deseo insano. El Mal puede afincarse en las falsas apariencias y en esa imperceptible línea divisoria que separa la ley del crimen: la ambigüedad de la justicia que coloca al que la imparte y al que la transgrede, en una misma posición: los dos rostros de una misma moneda en donde victimarios y hombres de la ley son la misma síntesis de una sociedad enferma.

El abogado del diablo de Taylor Hackford, resulta una curiosa, fascinante y excesiva –sobre todo en su última parte- fábula sobre la ambición, el poder, el sexo, el dinero y la vanidad. Una alegoría sobre el pecado y los orígenes del maligno en esa nueva Babilonia llamada Nueva York, extensible fácilmente a cualquiera de las grandes capitales mundiales, incluso a pequeñas localidades. La ciudad a la que llega el joven y petulante abogado sureño Kevin Lomax, con su impresionante racha de 64 casos ganados, para asesorar y más tarde para ser contratado por el enigmático John Milton (Al Pacino a medio camino entre el narcisismo y el virtuosismo) dueño de uno de los bufetes legales más importantes del mundo.

En efecto, por encima de la metáfora apocalíptica que recicla y homenajea varias de las cintas encargadas de descifrar la personalidad del demonio, el realizador y sus guionistas, crean una delirante alegoría sobre la concepción del Mal en nuestros días. Lejos de ser el tortuoso inframundo descrito por Dante o por el propio John Milton, autor de El paraíso perdido, el infierno se localiza en una urbe violenta y competitiva y sus círculos del pecado como la soberbia, la vanidad, la avaricia o la lujuria que John Doe (Kevin Spacey) intentaba redimir en Seven (David Fincher, 1995), son activados por los medios de comunicación y las grandes corporaciones.

Lomax y su bella esposa Mary Ann, se sumergen cada vez más en un círculo infernal que ni la madre del primero, pueblerina fanática de la Biblia puede detener: “Cayó y cayó la Gran Babilonia y quedó convertida en morada de Demonios. Apocalipsis 18”. Milton por su parte, se revela como un fascinante manipulador multilingüe, dedicado a gozar de todos los placeres mundanos, a la cabeza de una empresa cuya misión es defender la ilegalidad en un país de leyes ambiguas, al tiempo que pasa inadvertido; ya que la gran artimaña del demonio es el convencernos precisamente de que no existe: ”Ese es nuestro secreto: matar con gentileza…Nuestros clientes quebrantan la ley como todos los demás. Y ya me harté de mandarlos a la firma de enfrente…”

Si Taylor Hackford mostró sus mejores dotes de cineasta en títulos como: Eclipse total (1995), Prueba de vida (2000) o Ray (2004), decide en El abogado del diablo, arriesgar con una curiosa mezcla de géneros, donde coinciden comedia negra, cine de horror con efectos demoniácos incluidos, drama moral, historia de amor, cine de juzgados y un thriller de suspenso, donde se narra el viejo enfrentamiento entre el Bien y el Mal, con un ser maligno cuyo pecado favorito es la vanidad y le muestra a su nuevo protegido la cumbre y el abismo: “Debes mantenerte pequeño, imperceptible…Soy tal vez el último humanista… y Dios es un enfermo, un gran sádico: a él sólo le gusta mirar…”.

Mientras Milton saborea distintas formas de la trasgresión: manipulación sexual (el delincuente de poca monta en el Metro), vanidad (“No se la tiró el ejército troyano, sino el pequeñito”), violación y promiscuidad y las esposas de los ejecutivos de la empresa viven de la ambición y los excesos materiales (“Si no puedes tener una relación con tu marido, tenla con su dinero”), Lomax se ha convertido en la gran estrella de los juzgados, manipulando a sus jurados y defendiendo todas las variaciones del pecado: un profesor paidófilo, un narcosatánico maestro del vudú y un torvo magnate de la construcción que ha ordenado asesinar a su esposa junto con su amante, con tal de disfrutar a su hijastra adolescente.

Secuencias brillantes como esa vista panorámica de un Nueva York vacío y desolado. Rostros que se deforman monstruosamente como metáforas del Mal cotidiano. Imágenes oníricas que muestran el paso del tiempo y una cámara que alardea de vez en cuando con ángulos insólitos para introducirnos en una pesadilla que ha sucedido tan sólo en unos cuantos segundos, justo en el interior de baño de una rudimentaria corte en un pueblo perdido de Florida. Pese a sus excesos que bordean la parodia involuntaria, sobre todo en la segunda parte –la secuencia de créditos finales con fondo musical de Simpatía por el diablo a cargo de los Rolling Stones, marcan el tono de gran farsa que se plantea, a final de cuentas- y en ese delirante monólogo de un Pacino desatado (hace hervir el agua bendita, canta con la voz de Frank Sinatra el tema: It Happended in Monterrey), El abogado del diablo resulta una intrigante parábola sobre la lujuria, la avaricia, el poder. Una analogía sobre la ambigüedad del sistema judicial estadunidense y acerca del doble rostro y la doble moral de una sociedad voraz.

Rafael Aviña

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