Los Infiltrados (The Departed). Estados Unidos, 2006, de Martin Scorsese.

Información es poder
(y el poder de poder informar a como de lugar).

por Luis Arrieta Erdozain


A Óscar Mayorga Dardón, O. P., con quien me hermana una profunda amistad, el amor por el buen cine, el CUC … y la alegría de la publicación de su opera prima como novelista: Las tardes con la abuela.


Posicionado como un versátil y brillante cronista de la ciudad de  Nueva York, su magia, encantos y aspectos sórdidos, con un estilo y por caminos diferentes a los manejados por Woody Allen, Martin Scorsese ha demostrado simpatía por las minorías etnográficas, nacional-idiosincrásicas, en ocasiones marginales que por ahí se asentaron en el curso de los siglos luego de aquello del descubrimiento de América (si bien su interés más señalado es lo ocurrido en este sentido en el curso del propio siglo XX, con eventuales guiños a la segunda mitad del XIX). Tal es el caso de sus films sobre personajes y situaciones de los ítalo-americanos (así se llama un mediometraje documental biográfico que hizo sobre su familia y raíces, con énfasis diferentes a los presentes en la obra más personal de Francis Ford Coppola, su paisa y buen amigo), así como luego también lo hará en lo que toca a los irlandeses. A guisa de ejemplo de esto último, sólo recuérdense películas como Pandillas de Nueva York (Gangs of New York, 2002) o bien el film que nos ocupa, inspirada en Héroes infernales de Andrew Lau y Alan Mark.

Ahora retoma el tratamiento de historias y grupos entre que gangsteriles y mafiosos … con una regla básica inalterable como respaldo a la credibilidad de sus argumentos: sobrevivirá el más fuerte, el más hábil, el más inteligente, el más des-almado … o, en todo caso, aquel a quien la suerte le sonría de mejor modo (algo no muy diferente a la ley de la calle que luego inspira tanto a formas del crimen organizado). Aquí no hay muchos principios fuera de los que privan en el bajo mundo, los de la realidad brutal que animan cotidianamente las corrientes de la poliforma vida del underground urbano: regional, estatal, nacional e internacional que Scorsese describe con pasión y desde una perspectiva distinta a aquella a la que se dirigen balas, golpes, bombas o moquetes. Cada minoría (respecto de la etnia de raza blanca dominante, por supuesto), tendrá que ganarse su propio lugar (pedirlo no basta). Así, el film que nos ocupa se encuentra mucho más cerca del ánima de Pandillas de Nueva York de lo que pudiera parecer a primera vista.

Los infiltrados (The Departed), vigésimo cuarto largometraje en la obra del (gracias a Dios … y a él) fértil Martin Scorsese, realizada en el 2006 y considerada la mejor película del año por la Academia de Hollywood (creo que el lector concordará que no era para tanto, pero era ya una deuda impostergable el reconocimiento al cineasta en este sentido que se le había negado anteriormente con otras de sus obras más redondas), sitúa su acción -“Hace unos años”, se indica por escrito en la pantalla- en la ciudad de Boston en el estado de Massachussets de la Unión Americana, ilustrando el modo como un policía novato (Billy Costigan, interpretado por Leonardo DiCaprio), luego de haber crecido en barrios donde florece el crimen organizado urbano, es comisionado para infiltrarse en la mafia operada por Frank Costello (familiar del propio Costigan, interpretado espléndidamente   –as usual, of course– por Jack Nicholson). Su trabajo consiste en hacerse de las confianzas cercanas de Frank y coadyuvar así a la investigación emprendida por sus jefes policíacos (interpretados por Mark Wahlberg y Martin Sheen) para poder atraparlo y refundirlo tras las rejas. Costello por su parte, hombre especialmente inteligente y casi despiadado, ha infiltrado a otro muchachón de sus confianzas como oficial dentro del cuerpo de élite de la Unidad de Investigaciones Especiales (Matt Damon, quien caracteriza al capitán Colin Delarby). Se trata, pues, de una trama de espionaje y contraespionaje en que, como dicta la sentencia (más inobjetablemente que nunca): información es poder. Ya de ahí derivarán movimientos sucesivos en las piezas del ajedrez despiadado, violento y sangriento que despliegan los señores de la guerra en la solución de las situaciones que toca en su desarrollo el corpus del film.

En un comentario breve a Los infiltrados, se apunta en el programa mensual de la Cineteca Nacional de México, en su edición correspondiente a noviembre del 2008: “… Scorsese (…) retoma así su pasión por la épica criminal, con una reflexión sobre la violencia institucional y la corrupción que, en aras de mantener su poder, despojan a los individuos hasta de su propia identidad”. Tal pérdida de identidad se produce porque los infiltrados quintacolumnistas han de representar cotidianamente, con la mayor verosimilitud posible (so pena de abortar su misión y, consecuentemente, morir en el intento) que son lo que no son o, en todo caso, han empezado a dejar de ser. Han de lograr, pues, en quien deposita en ellos su confianza (sea la unidad de élite policial o el capo mafioso bostoniano, dependiendo), la mayor credibilidad … a prueba de fisuras y sospechas de todo género, pues.

Todo ello muy consistente, desde luego, con lo que podía avisorarse ya desde sus primeros y poderosos films, como se consigna en el dossier para la prensa de Artistas Unidos con motivo del lanzamiento de Toro salvaje: “Su éxito ha abonado en parte como resultado de su descendencia étnica ítalo-neoyorquina, su gran preocupación por la violencia sin razón en nuestra sociedad y el modo como él se identifica con personas que se sienten intrusas, como en un ambiente diferente al de ellos (aunque no sea así, agrega este servidor) … Los trabajos de Scorsese se distinguen por su realismo creíble, emociones espeluznantes y una habilidad portentosa para proyectar las frustraciones de las personas incapaces de comunicarse (resultan concluyentes en este sentido Taxi Driver, New York, New York, El aviador o Toro salvaje, por ejemplo). En casi todas sus películas, hay algo autobiográfico: se crió en calles en las que las peleas con frecuencia era el modo como se resolvían los problemas cotidianos … las cuales no pocas veces derivaban en hechos de sangre. Las marcas son profundas. De ahí que, en el cine de Scorsese, la ciudad de Nueva York se constituya en una constante: “Quiero a esta ciudad y me gusta lo bueno y lo malo de ella. Nueva York es como un personaje en casi todas mis películas”. Martin admite que la violencia siempre le produce miedo pero, por contraparte, se siente fascinado con ella, especialmente porque a veces no tiene objeto alguno. En una ciudad como Nueva York, suele surgir cuando menos lo piensa uno. Al respecto, apunta Scorsese: “Cuando buscábamos escenarios exteriores para Toro salvaje por el Centro Lincoln, ya había concluido la presentación de la compañía de ballet y unas mujeres cruzaban la calle para tomar el autobús. De repente, un hombre enorme se acercó a una anciana y sin más le propina un golpe en la boca; la chica junto a ella comenzó a gritar y a llorar. El individuo dio  vuelta y siguió caminando como si cualquier cosa. Violencia sin propósito. Pero si nos adentramos en la cabeza de ese hombre e indagamos su personalidad, quién sabe qué encontraríamos”. Sobre sus primeras estupendas películas, refiere Scorsese: “Me gusta que mis películas tengan un tema. En varias de ellas, se perfila el caso del intruso luchando para que se le reconozca. En Calles peligrosas, Charlie era un intruso, como lo es también Johnny Boy, el personaje que interpreta De Niro. Johnny Boy quería acabar con la sociedad. Alice (la de Alicia ya no vive aquí) también es una intrusa y sobre todo Travis Bickle, el taxista … pensándolo bien, creo que toda mi vida he sido un intruso sin reconocerlo”. Y bueno, qué decir al respecto con lo que sucede en Cabo del miedo (1991), donde ha lugar esa atmósfera de gran suspense, con un para no variar magnífico Robert De Niro (ahora como el ex-convicto Max Cady), quien quiere vengarse del abogado Sam Bowden (interpretado por Nick Nolte), pues considera que no lo defendió como debía en un juicio en que, por golpear y violar a una jovencita de dieciséis años, lo refunden tres lustros en el bote. Este film, como se sabe, es remake del dirigido en 1962 por J. Lee Thompson, estelarizado entonces por Robert Mitchum y Gregory Peck. Scorsese, en esta nueva versión de casi cuarenta años después, decidió asignar a ambos actores un pequeño papel en la cinta. Fue la última participación como el gran actor de cine que fue de Gregory Peck …

La información referida es importante para contextuar lo que pareciera un despliegue inmisericorde y machacón de violencia gratuita: Los infiltrados es una suerte de reflexión que se levanta como por arte de una grúa de filmación por encima de las andanadas de balazos y peleas, de golpes bajos y agresiones, de juego de señores de la guerra y ajedrez … y ahí sí, como que va aquello de que mi hija baila con el señor. Además, aquí los intrusos son despojados de su propia identidad, de sus valores, son gente obediente hasta la muerte a los afanes y dictados de sus protectores. Un diálogo entre los personajes encarnados por Nicholson y DiCaprio, entre el viejo hampón que disfruta su poder y el joven ambicioso por escalar a la cima, resulta por demás esclarecedor:

-“Mucha gente tuvo que morir para que yo fuera yo. Tú … ¿quieres ser yo?

-Sí, probablemente podría ser tú. Sí, eso lo sé … pero yo no quiero ser tú. No quiero ser tú.

– …Porque la corona pesa, y ese tipo de cosas …

– Sí, sí”.

Sin embargo, es de llamar la atención que los juegos y rejuegos de inteligencia aquí presentados (incluido el nuevo papel táctico que pueden llegar a jugar en determinadas acciones los teléfonos celulares), parecerían los vigentes durante la llamada guerra fría. A su desaparición, ésta se vuelve intestina en centros de poder mundial como son los Estados Unidos y, dentro de esta compleja y multivariada sociedad, los diversos poderes de facto que operan en su interior y sobreviven a pesar de los embates de sus opositores. Frases que se sueltan en la primera parte del film, resultan elocuentes a este respecto: “¿Qué pasa en este país? ¡Todos odian a todos!”; “El problema es quién es confiable en esta época”; “Nadie te regala nada; todo tienes que arrebatarlo”.

Otro aspecto a considerar –en tanto constante- es que lo abordado en los films de Scorsese pareciera asunto de hombres, las más de las veces muy machos, en tanto las mujeres, salvo honrosas excepciones, ocupan un lugar muy secundario. Para no enfrascarnos en una larga lista que corrobore la validez de esta apreciación, en Los infiltrados están presentes la psicóloga novia-amante que acaban compartiendo, Leonardo DiCaprio (Billy Costigan) y Matt Damon (Colin Delarby); la mujer de uso vigente –por llamarla de algún modo- del ya septuagenario Frank Costello (Nicholson), a quien parece empezar a querer subírsele a las barbas; la otra es una morena atractiva que aparece en algún momento al lado de Nicholson y a la que da grandes cantidades de cocaína (como en la recta final de Scarface), espetándole que la consuma hasta que se sienta tumefacta, en un gesto de dominio y desprecio del procurador de la droga respecto del adicto que recuerda pasajes de inhumanidad como los presentados en Réquiem por un sueño (Requiem for a Dream) del año 2000, dirigida por Darren Aronofsky.

Desde el nivel del guión –solucionado por William Monahan-, parecieran no suficientemente establecidas las situaciones, merced a lo cual se experimenta algún grado de confusión respecto de lo que es propio del personaje desarrollado por DiCaprio de lo que resulta exclusivo para el de Matt Damon. Quizá contribuye a ello el vértigo del montaje en la solución de dos situaciones paralelas que de cuando en cuando actúan como vasos comunicantes. Otro aspecto no logrado, a mi modo de ver, es la irrelevante banda musical original del film: más al servicio de lo incidental, de producir o reforzar ciertos efectos o atmósferas que de contar con un valor agregado que la hiciese memorable en alguno de sus trechos. Esto es de llamar la atención en el caso de una película dirigida por alguien que tan declaradamente ama a la música y a algunos de sus creadores e intérpretes, como bien lo avala parte de la obra del gran ítalo-neoyorquino (ello viene suficientemente referido en el apartado “Semblanza del cineasta”, incluido en este mismo artículo).

En el que se constituye como el vigésimo cuarto largometraje de Martin Scorsese y el tercero encabezado en su reparto por Leonardo DiCaprio (a quien recomendó el mismísimo Robert De Nitro a Scorsese como un nuevo talento importante a convocar), podemos concluir que  Los infiltrados es una obra llena de acción, retrato de submundos que operan como poderes de facto intestinos, que parasitan y enferman vía corrupción, impunidad y degradación a los centros de poder mundial y que llevan la inquietante incertidumbre respecto de quiénes gobiernan en la vida cotidiana el destino de tales naciones y del mundo.

FICHA TÉCNICA.

Los infiltrados (The Departed). Estados Unidos-Hong Kong, 2006. Dirección: Martin Scorsese; Guión: William Monahan,  inspirado en el argumento de la película Héroes infernales de Alan Mak y Felix Chong; Música: Howard Shore; Fotografía en color: Michael Ballhaus; Edición: Thelma Schoonmaker; Con: Jack Nicholson (Frank Costello), Leonardo DiCaprio (Billy Costigan), Matt Damon (capitán Colin Delarby), Mark Wahlberg (Dignam), Martin Sheen (capitán Queenan), Ray  Winstone (el sacerdote), Vera Farmiga (Madolyn) y Ray Winstone (French), entre otros. Duración: 151 minutos. El film se hizo merecedor al Oscar a la mejor película en el 2006.

APUNTE BIOGRÁFICO DEL REALIZADOR.

MARTIN SCORSESE nace el 17 de noviembre de 1942 en Flushing, Long Island, en el estado de Nueva York (Estados Unidos). Según apunta Carles Balagué en Martin Scorsese (Ediciones JC, Madrid, España, 1993, pp.11 y ss.): “Es el hijo pequeño del matrimonio formado por Charles y Catherine Scorsese, descendientes de emigrantes italianos de la provincia de Catania, llegados a Estados Unidos en 1910. Provenientes en su mayoría del medio agrario, se muestran esquivos a integrarse en la vida americana. Viven agrupados en pequeños ghettos cerca de Elizabeth Street, embrión urbano de la Pequeña Italia, trabajando como vendedores ambulantes, curtidores de piel, carpinteros o en talleres artesanales de confección, procurando mantener unida toda la célula familiar. Todavía aferrados a la <<via vecchia>> de su moral y costumbres, son vistos con notable recelo por la población americana que ve en ellos la encarnación del gángster o el agitador social. La ejecución de Sacco y Vanzetti en 1927, será el punto álgido en la escalada de violencia contra la comunidad italiana”.

Su barrio natal se encuentra, pues, en la mejor conocida como Little Italy, de características tan particulares. Quien transita por sus calles con sensibilidad abierta puede apercibirse de sus antitéticas y muy particulares vibras, muy propias, muy del rumbo y diferentes de las que imperan en otras partes del estado de Nueva York, no se diga de algunos de sus rumbos más representativos como el Village, Soho, Coney Island (donde se lleva al cabo el encuentro final, al amanecer, entre The Warriors y la banda rival que ha venido buscando borrarla del mapa durante la intensa noche precedente), la “ciudad satélite” Queens, Brooklyn, el Bronx, etc. “Radicalmente distinta será la transición entre la primera generación, representada por los abuelos de Scorsese, y la segunda, formada por sus padres –continúa Balagué-. Lentamente el grupo va perdiendo sus señas de identidad para buscar un acomodo rápido en la vida americana. Pese a seguir confinados en el espacio urbano de la Little Italy (barrio formado por las confluencias de Elizabeth Street, Mott Street y Mulberry Street), en el Lower East Side de Manhattan, entre Greenwich Village y Chinatown, los hijos de esos emigrantes inician un acercamiento progresivo que empieza por la utilización del inglés como lengua propia, casi exclusiva en algunos casos, seguida de una acomodación anglófila fonética de sus nombres de pila, adaptando su forma de vivir y comportarse a las modas de los jóvenes americanos. Fieles a sus tradiciones, aferrados a sus ritos, los ítalo-americanos de la segunda generación siguen una evolución exterior no siempre acompañada de un cambio moral y social en cuanto a su comportamiento. Víctimas de cierto fatalismo católico. Subyace en todos ellos la dialéctica del pecado convertida en ocasiones en una falta o afrenta a expiar, incluso purgar con el castigo físico; rasgo común a muchos personajes scorsesianos, desde el Charlie de Calles peligrosas al Jake la Motta de Toro salvaje. Pese a todo, ponen los primeros cimientos del más genuino <<american way of life>>. Figuras como Joe Di Magio, Mario Lanza, Jake la Motta y Frank Sinatra son portavoces del sentir de esos hijos de emigrantes que desean ante todo ser considerados ciudadanos americanos, con casos tan extremos como el de Frank Capra (…) Empleados como tintorero y modista en una fábrica de confección, las cosas no fueron fáciles para los padres del director de Taxi Driver, a quienes una serie de problemas los llevan a trasladarse desde el Queens a Elizabeth Street en busca de mejores condiciones de vida para su familia. Hasta la edad de siete años, pues, el pequeño Martin queda bajo la custodia de sus abuelos que intentan, sin éxito, enseñarle su lengua de origen”.

De niño, algunos afirman que Martin Scorsese tuvo algún  tipo de aspiración religiosa. Cursa sus estudios secundarios en el Cardinal Hays del Bronx e intenta graduarse en la universidad jesuita de Foudham, pero sus bajas calificaciones no le ayudan mucho, por lo que encamina sus pasos hacia la New York University, en donde se inscribe primero en cursos de literatura inglesa, los cuales abandona pronto por las clases de historia del cine impartidas por Haig Manoogian (luego consejero de los primeros films de Scorsese, y a quien dedica Toro Salvaje). Ahí coincidió con talento emergente que respondía a nombres tales como los de Brian De Palma, Michael Wadleigh, Jim McBride y Robert Downey, entre otros. De ahí pa’l real, Martin no tuvo duda ya sobre cuál era su verdadera vocación y derrotero. Como se apunta en el programa conmemorativo de la 50 Muestra Internacional de Cine (noviembre, 2008), se apunta a propósito de Martin Scorsese (quien se hizo presente en tal oportunidad vía Shine a Light/The Rolling Stones, 2008): “La marginalidad, la violencia y la religiosidad de su barrio natal, la Little Italy, marcan su personalidad. Cinéfilo empedernido, egresó del prestigiado Departamento de Cine de la Universidad de Nueva York en los años sesenta”. Gana premios regionales por dos films hechos por él cuando aún era estudiante: What’s a Nice Girl like You Doing in a Place Like This? e It’s Not Just You, Murray. Luego de ello, contrae matrimonio en 1965 con Lorraine Marie Brennan, enlace del que nacerá su hija Catherine. Refiero de una vez el récord marital de Scorsese: se casa de nuevo en 1975 con la escritora Julia Cameron, con quien procrea a Dominica. A esta unión sigue su boda en 1979 con Isabella Rossellini, la afamada actriz y periodista. Desde 1985 manda en su casa la productora ejecutiva Barbara de Fina.

En 1967 –regreso a la génesis de su proyección como cineasta-, una beca de la Cinemateca Belga, dirigida entonces por Jacques Ledoux, le otorga fondos para la realización de un cortometraje a color que llevó por título The Big Shave. Carles Balagué, en la obra referida, anota al respecto (pp. 22 y 23): “Filmada en 1967, durante un período especialmente conflictivo para el director que en poco tiempo ha conocido el fiasco de su primer largometraje, la separación de su mujer y un problemático futuro profesional, The Big Shave es una visión de la muerte estrictamente personal: un hombre delante de un espejo se prepara para afeitarse. Cuando empieza a rasurar su barba, una gota de sangre cae sobre el lavabo. Enseguida, el inmaculado cuarto de baño queda convertido en el decorado de un film de terror. Todo este ceremonial contiene, en última instancia, un mensaje político sobre la intervención americana en Vietnam: ‘Casi me convencí de que era una película contra la guerra de Vietnam, de que ese tipo que se afeita meticulosamente y que acaba cortándose el cuello era un símbolo del americano medio de aquel entonces. Fue por las implicaciones políticas por lo que utilicé como fondo sonoro la versión original de <<ICan’t Get Started>>, la de Bundy Berigan de

1939. Incluso, quería terminar con unas imágenes de archivo sobre Vietnam, pero eran inservibles’. El cortometraje obtuvo el Prix de l’Age d’Or en el Festival de Cine Experimental de Knokke-le Zoute”.

Entusiasmado por lo que experimentaba al dirigir, logra reunir 40,000 dólares, incluidos $6,000 de sus propios ahorros, cantidad con la que logra producir y dirigir Who’s Knocking at My Door?, protagonizada por su cuate Harvey Keitel y la ballerina Zena Bethune. Una manera de mantenerse activo cuando no se es aún muy conocido en una industria como la del cine es haciéndose cargo de la edición o montaje de las películas de otros. Así lo hizo con Woodstock de Michael Wadleigh (1970), Medicine Ball Caravan de Francois Reichenbach (1971) y Elvis on Tour de Pierre Adidge y Robert Abel (1972) o Minnie and Moskowitz (Así habla el amor, 1971) de John Cassavetes, entre otras.

En el Diccionario de Directores de Ediciones JC (Madrid, España, 1992, p. 242) se apunta: “Se formó como realizador trabajando para la <<factory>> de Roger Corman, quien le dio la posibilidad de dirigir su primera película. Antes de ello, se desempeñó para la CBS como editor, supervisor y ayudante de dirección. Ocasionalmente, ha trabajado como actor en algunos films tanto propios como de otros cineastas. También, fue productor ejecutivo de Los Timadores de Stephen Frears (The Gifters, 1990). Tiene contrato en exclusiva con los Estudios Universal Pictures. Con Toro Salvaje (Raging Bull, 1980), le negaron el Oscar al mejor director, aunque lo ganó Robert De Niro como mejor actor, así como el montaje”. A propósito de De Niro, es sin duda notable la mancuerna artística que ha formado con Scorsese desde Calles peligrosas hasta Cabo del miedo en que, como apunta Carles Balagué en la obra citada (p.10): “… Son siete espléndidos films en que la pareja artística ha sido capaz de asombrarnos en cada entrega, donde el actor ha sido desde un truhán de la Pequeña Italia a un campeón de boxeo, pasando por un saxofonista, un taxista con insomnio, un mitómano imitador de estrellas, un gángster irlandés y un psicópata asesino; desde luego, no se puede pedir más”.

Scorsese sabía que, más tarde o más temprano, su trabajo lo llevaría a Hollywood, decide dejar Nueva York y lanzarse a California en 1970. Se incorporó al cine norteamericano serie B como asistente del productor Roger Corman, quien le brinda la oportunidad de dirigir Bertha, ladrona y amante (Boxcar Bertha, 1972), situación análoga a la que vivieron con sendos films Francis Ford Coppola y Peter Bogdanovich. Sus primeros largometrajes como cineasta fueron: Who’s that Knocking at my Door? (1968, en la que ya aparece el gran Harvey Keitel encabezando su reparto, como antes se indicó) y Streets Scenes 1970 (1970). Calles peligrosas (Mean Streets, 1973), coprotagonizada por Keitel y Robert De Niro (como Johnny Boy este último), con aura marginal y algo del testimonial urbano neoyorquino conoce éxito singular, tanto en Estados Unidos como en el plano internacional, posicionándolo como una promesa joven con lo mejor por dar aún, lo que basta para integrarlo al sistema de Estudios de Hollywood, dentro del cual ha mantenido singular autonomía. Su siguiente film: Alicia no vive aquí (Alice Doesn’t Live Here Anymore (1974), lo confirma como un cineasta de talento. Luego de ello, quizá sin proponérselo pero dando ya visos de autor con propuesta personal, Scorsese da vida a un documental corto sobre la vida de sus parientes y su origen italiano, titulado Ítalo-americano: fue la obra mejor recibida y calificada en el Festival Cinematográfico de Nueva York en 1974 … pero donde Martin Scorsese propulsa su obra a niveles de verdadero y consumado autor en cine es con Taxi Driver (1976), verdadera obra maestra en que a su talento se aúnan sinérgicamente los del autor del argumento y guionista (en este caso) y también cineasta Paul Schrader, la música inolvidable del reconocido creador de soundtracks Bernard Herrmann, la virtuosa fotografía de Michael Chapman, así como el aporte histriónico de primera a cargo, entre otros notables, de Robert De Niro, Harvey Keitel, Jodie Foster, Peter Boyle y también Martin Scorsese como actor (en el papel del nervioso pasajero del taxi de De Niro). Taxi Driver obtuvo la Palma de Oro de Cannes en 1976 (y, por si no se nota, es la favorita de este comentarista de entre las creadas por Scorsese).

Cuando concluyó la realización de la harto degustable New York, New York (1977), con Robert De Niro y Lisa Minnelli en los estelares, Scorsese acomete en 1978 la dirección del magnífico documental titulado El último rock (The Last Waltz), en que acompaña en su gira de despedida al grupo canadiense de rock The Band. Tras este notable trabajo que refleja su dominio en este tipo  de cine, que fue presentado en el Festival de Cannes 1978. acomete con rigor y denuedo los trabajos para su célebre recreación de la vida del boxeador Jake La Motta, ex-campeón de peso mediano, mejor conocido en sus tiempos de gloria como “el toro del Bronx” (nuevo tributo a Nueva York y sus figuras legendarias)a quien caracteriza Robert De Niro, con un trabajo que le mereció el Oscar al mejor actor principal. Toro Salvaje, filmada en escenarios naturales de las ciudades de Los Angeles y la de Nueva York, fue considerada la mejor película estadounidense de los ochenta por la revista Time. La Motta ascendió de la pobreza en el Bronx hasta su triunfo apoteósico en el Madison Square Garden para luego conocer simas que lo llevaron a ocupar una de las celdas en la cárcel de Florida.

Su gusto por el rock ha quedado de manifiesto en los documentales ya referidos sobre Bob Dylan y el grupo The Band, a los cuales se suma Shine a Light/The Rolling Stones (a lo cual ha menester agregar su trabajo como asistente de dirección y supervisor de producción de Woodstock, dirigida por Michael Wadleigh, a propósito del mítico concierto de rock pionero, entre otros <<coqueteos>> con el mundo de la música). Martin Scorsese ha logrado una continuidad prácticamente ininterrumpida en su carrera. A los títulos anteriores se suman otros tales como: El rey de la comedia (1982), Después de hora (1985), El color del dinero (1986), la controvertida La última tentación de Cristo (1988, según la novela de Nikos Kazantzakis y guión cinematográfico de Paul Schrader), el episodio “Lecciones de vida” en la película episódica Historias de Nueva York (1989), Buenos muchachos (1990), Cabo del miedo (Cape Fear, 1991) y La edad de la inocencia (1993). En ésta, la acción inicia situándose en la ciudad de Nueva York hacia 1870. Se anuncia el compromiso entre una joven pareja perteneciente a la alta sociedad de la época: la formada entre May Welland (Winona Ryder) y el joven abogado Newland Archer (Daniel Day-Lewis). Aunque se ha fijado una fecha realmente próxima para el enlace, él aún tiene dudas y vacilaciones, lo cual se acentúa luego de la llegada de la condesa Ellen Olenska (Michelle Pfeifer), prima de May quien regresa luego de que naufraga su matrimonio en Europa con un conde polaco … contra lo esperado entonces, no se guarda con discreción tras su fallida experiencia marital sino que decide enfrentarse a las buenas conciencias de la sociedad norteamericana de fines del siglo XIX anunciando que piensa divorciarse. “Por cuestiones familiares –apunta Carles Balagué en Martin Scorsese, pp. 175-176- le corresponde a Newland intentar disuadir a Ellen de sus intenciones. Rápidamente nace entre ambos una mutua corriente de simpatía que, en el caso de Newland, se transforma en un amor obsesivo que le acompañará hasta su muerte (…) Publicada en 1920, The Age of Innocence cimentó la carrera literaria de Edith Wharton (1862-1937), ganadora del Premio Pulitzer al año siguiente (…) Fiel y escrupulosa crónica sobre el nacimiento de una efímera clase social asentada en una serie de familias, comerciantes en su mayoría, de ascendencia colonial, con ramificaciones en Italia, Holanda e Inglaterra, no resulta extraño que ese cuadro colorista, repleto de referencias al Nueva York de finales del siglo XIX, acabase interesando a un realizador siempre seducido por los orígenes etnográficos de su ciudad, como es el caso del mediometraje Italianamerican, pero sobre todo atraído por el estudio de cerradas estructuras familiares, provistas de sus propias reglas, casi sin resquicios para entrar en su interior, donde cualquier intento de rebelión individual queda desmembrado por la presión de unos lazos sociales, sanguíneos o de parentesco: ‘Como buen italiano, estoy interesado por la familia y las he descrito hasta mafiosas. Aquí las familias no derraman sangre, peo matan igual, psicológicamente, para expulsar el cuerpo extraño, para salvar su mitad’”.

Siendo como es lo religioso –más que lo católico- un resorte existencial en la vida de Scorsese, luego de la ya referida La última tentación de Cristo, en 1997 da vida a Kundun, bello y notable film que tuvo el mal tino de ser contemporánea de Siete años en el Tíbet (Seven Years in Tibet, 1997) con Brad Pitt en el protagónico. Si de “última tentación” se trata, en este caso es aplicable a la figura del Dalai Lama. Según apunta Juan Carlos González Arroyave en (http://www.ochoymedio.info/review/367/Kundun/) en el artículo intitulado “La tormenta interior”: “El Dalai Lama en el siglo XX, la décimo cuarta reencarnación de Avalokitesvara –el Buda de la Compasión- y de todos sus predecesores, está abrumado. Se siente frágil y solitario, quizá demasiado humano para sus compromisos espirituales. En un momento dado, llega a reflexionar y a preguntarle a uno de los monjes si de pronto no se habrán equivocado con él, que a lo mejor no era el verdadero elegido, ese Kundun etéreo en cuyos zapatos iluminados no parece encajar, y cuyas responsabilidades parecen superar lo que un muchacho de dieciocho años es capaz de enfrentar. En silencio, el Dalai Lama ve a su país derrumbarse, mira a su pueblo sufrir, y a la vez adorarlo, recuerda su infancia primera y se pregunta por qué se siente temeroso e indeciso, víctima y a la vez continuador de una estructura religiosa milenaria que lo ha metido en una jaula de oro. Por eso el Dalai Lama está abrumado, porque comprende que su estatura es la de un hombre y que, como tal, sufre y teme. Unos años antes, frente a sus ojos, una carta de su predecesor, el décimo tercer Dalai Lama, profetizaba que la religión del Tíbet iba a ser destruida por la China, los monjes del país asesinados, y que él y sus seguidores tendrían que vagar como mendigos. ‘Qué puedo hacer? Sólo soy un niño’, les dijo a sus consejeros. Y ellos le respondieron: ‘Usted es el hombre que escribió esta carta. Usted es el hombre que ha regresado para guiarnos. Usted debe saber qué hacer …’. Esta figura tan humana es la que perfila y en la que se centra Martin Scorsese en Kundun. Sin embargo, dicha vinculación del cineasta con lo religioso pareciera divorciada con los ambientes que muestra tanto en Pandillas de Nueva York (2002) -en que tantas veces se maldice con los nombres de Satán- como en Los infiltrados, en que la única secuencia correlativa muestra a un Jack Nicholson refiriendo procacidades a una monja y tildando a voz en cuello a unos sacerdotes de pederastas … sí, quizá está decepcionado.

En 1995, dirige Casino y en 1999 Vidas al límite(Bringing Out the Dead), película cuyo reparto encabezan Marc Anthony, Nicolas Cage y Patricia Arquette, centrada en la labor que llevan al cabo paramédicos que trabajan el turno nocturno a bordo de una ambulancia que, entre el estrépito de la sirena y la estrobodelia de las luces, recorre las calles de la ciudad de Nueva York a toda velocidad a la media noche. La gente que ahí colabora a diario se ve cara a cara con la muerte, a través de  los heridos y agonizantes que atienden. Luego vendría el documental No direction home: Bob Dylan (2005), Los infiltrados (2006), El aviador (2004) o el documental Shine the light/The Rolling Stones (2008). A mediados de mayo del 2009, la agencia AFP difunde: “El cineasta (Martin Scorsese) dirigirá Sinatra,obra basada en la vida y obra del artista estadounidense, informó Variety. Los Estudios Universal y Mandalay producirán el film, con guión de Phil Alden Robinson que les tomó varios años desarrollar como proyecto, mientras se aseguraron de contar con los derechos de la historia y de la música que administra Frank Sinatra Enterprises”.

FILMOGRAFÍA.

Corto y mediometrajes:

1963          What’s girl like you doing in a place like this?

1964          It’s not just you, Murray.

1967          The Big Shave.

1974          Italianamerican.

1975          American Boy: Profile of a Steven Prince.

Largometrajes:

1968          Who’s that Knocking at my Door?

1970          Streets Scenes 1970.

1972          Bertha, ladrona y amante (Boxcar Bertha).

1973          Calles peligrosas (Mean Streets).

1974          Alicia ya no vive aquí (Alice doesn’t live here anymore).

1976          Taxi Driver.

1977          New York, New York.

1978          El último rock (The Last Waltz).

1980          Toro salvaje (Raging Bull).

1982          El rey de la comedia (The King of Comedy).

1985          Después de hora (After Hours).

1986          El color del dinero (The Color of Money).

1988          La última tentación de Cristo (The Last Temptation of Christ).

1989          Historias de Nueva York (New York Stories). Película constituida por tres episodios. El dirigido por Scorsese se intitula: Life Lessons; los demás episodios corren a cargo de Francis Ford Coppola (Life Without Zoe) y Woody Allen (Oedipus Wrecks).

1990          Buenos muchachos (Goodfellas).

1991          Cabo del miedo (Cape Fear).

1993          La edad de la inocencia (The Age of the Innocence).

1995          Casino.

1997          Kundun.

1999          Vidas al límite (Bringing Out the Dead).

2002          Pandillas de Nueva York (Gangs of New York).

2004          El Aviador (The Aviator).

2005          No Direction Home: Bob Dylan (documental).

2006          Los Infiltrados (The Departed).

2008          Shine a Light/Los Rolling Stones (documental).

También ha participado como actor en películas no dirigidas por él: Cannonball, 1976, de Paul Bartel; Roger Corman: Hollywood Wild Angel, 1978, de Christian Blackwood; Movies are my Life, 1979, de Peter Hayden; Il Papocchio (Vaticano Show), 1980, de Renzo Arbore; Round Midnight, 1985, de Bertrand Tavernier; Dreams, 1990, de Akira Kurosawa; Guilty by Suspiction, 1992, La musa (1999), El dilema(Quiz Show, 1994), entre otras. Ha apoyado a otros directores en actividades diversas tales como: Guionista: Besessen/Obsessions de Pim de la Parra (1968); Ayudante de Dirección y supervisor de montaje: Woodstock de Michael Wadleigh (1970); Productor asociado y montaje: Medicine Ball Caravan de Francois Reichenbach (1971); Montaje: Así habla el amor (Minnie and Moskowitz) de John Cassavetes (1971), Supervisor de montaje en: Elvis on tour de Pierre Adidge y Robert Abel, así como en Unholly Rollers de Vernon Zimmerman (1973). Claro: los títulos indicados en los giros precisados son enunciativos, no exhaustivos.

Luis Arrieta Erdozain

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