Pequeños asesinatos/ Antes de morir (Targets). Estados Unidos, 1968, de Peter Bogdanovich.

En Targets: opera prima magistral,

El terror cinematográfico palidece ante el de la vida urbana real

por Luis Arrieta Erdozain.

Pequeños asesinatos (como fue bautizada durante su estreno en México) o Antes de morir, como se denomina ahora a la versión en formato DVD a la titulada originalmente Targets, es una película llena de interés y hallazgos, con varios homenajes a cineastas, films y géneros, todo ello desarrollado con gran frescura y un ágil sentido del ritmo narrativo. En su presentación como cineasta, Peter Bogdanovich desarrolla un par de historias paralelas que tendrán su explosivo punto de convergencia cuando un francotirador, tras asesinar a su esposa y familia, abre nutrido fuego primero contra quienes circulan en una carretera estatal californiana sin deberla ni temerla y luego eligiendo como blancos ocasionales de sus disparos a los asistentes a la película que proyecta el autocinema Reseda (como se sabe, “target” refiere, en inglés, a los blancos utilizados en la práctica deportiva del tiro). Aquí, más allá del suspense o drama de la película “de susto” que observan los infortunados, el horror deriva de que la pantalla misma, vía el desquiciado con su armamento de alta eficacia, se vuelve siniestramente interactiva en su contra: a balazo limpio, ni más ni menos. Paradójicamente, la función en que esto ocurre es en la que anuncia su retiro el veterano actor de películas de terror Boris Karloff (en su papel, sólo que aquí llamado Byron Orlok).

El terror de la vida real hace empequeñecer al más refinado de la pantalla cuando a quien se nos muestra como el patológico autor de tanta pesadumbre y mortandad es un joven estadounidense común y corriente, hasta con cara de buena gente (Tim O’Kelly, quien encarna en la película a Bobby Thompson) a quien vemos formando un arsenal de rifles y distintas armas de fuego con su respectivo parque. A medida que el pulso de la película se acelera, los acontecimientos habrán de presentarse con un gran desenlace climático. Desde luego, este es un homenaje fílmico que Bogdanovich hace no sólo al genio de Boris Karloff como inolvidable intérprete (muy a tiempo, pues murió sólo dos años después de su participación en el film que nos ocupa), sino al cine de terror-horror norteamericano en el que se inscriben la mayoría de las obras en que este actor participó, a la par que otros como Bela Lugosi o Vincent Price. Pero Bogdanovich también se las ingeniará para llevar al cabo otros ingeniosos, discretos y por demás celebrables homenajes al cine y sus animadores a medida que la película avanza en su curso, de lo cual me ocupo líneas adelante.

Angel Camiña escribe (en Cine para leer 1974, ed. Mensajero, Bilbao, España, 1975, pp. 198-200), a propósito de Targets: “La tesis de Bogdanovich en este film insiste en la diferencia esencial que hay entre el ingenuo terror de las películas del género, a base de fantásticos monstruos pintarrajeados, castillos de cartón-piedra y botes de pintura roja o salsa de tomate, y el terror de verdad, el de la realidad, el de todos los días: por ejemplo, el terror que supone que una apariencia de persona normal asesine a su esposa, a su madre, al lechero y a cuantas personas se coloquen ante la mira de su arma de fuego; esto sucede con Bobby, uno de los dos coprotagonistas de la película. Encontrarse ante un francotirador de este tipo sí es terrorífico, y no los colmillos de Drácula o un murciélago en sobreimpresión, trampolines ocasionales para un rato de evasión que niños y mayores contemplan, más divertidos que asustados, mientras atacan a las palomitas de maíz. Y Bogdanovich va más allá aún. Señala con suficiente claridad el origen de situaciones tan horribles como la creada por Bobby: este muchacho no se convirtió en psicópata <<por ver cine>>, sino por unas circunstancias bien ajenas al cinematógrafo como su entorno familiar: humillado continuamente ante su esposa y su madre (una vez más el tema del matriarcado en el cine americano) que le atosigan con consejos, sin ayudarle a salir de su mediocridad, o como su situación social de fracasado en plena juventud (aunque tenga el primer Mustang clásico, el de 1965, apenas dos años después de su aparición, apunta este escribano), una vez dejado el ejército (en Viet-Nam, para mayores señas, según revela la foto en  casa de sus padres), al que los estúpidos shows de la radio y la televisión le hablan de éxito y de popularidad, por lo que quiere hacer una sonada para demostrar al mundo que existe y es capaz de hacer algo más que comer chocolatines y conducir su coche. La sociedad tiene un buen chivo expiatorio en este séptimo arte, que le excusa de poner el dedo en ciertas llagas: por ejemplo, las tiendas que suministran toda clase de armas (aparecen dos reales en el film), negocio que, ampliado a mayor escala, es la producción industrial de material bélico. Pero, por lo visto, esto no es terror para la sociedad bienpensante (… por contraparte, Byron) Orlok (Boris Karloff) no sólo no sucumbirá al fatalismo que parece rodearle, sino que contribuirá decisivamente a la reducción del francotirador. Éste, que polariza el <<terror-realidad>>, pierde su sangre fría y es dominado gracias al <<terror-fantasía>>: la doble imagen de Orlok, la propia y la proyectada en la pantalla de un autocinema avanzando implacablemente ante él (secuencia genial en su paroxismo, me permito agregar). Orlok, el temible monstruo, abofetea paternalmente al psicópata, en contraste quizá con la Policía. Termina así la pesadilla del autocinema, que no estaba en la película proyectada, sino fuera de ella”.

Bogdanovich y Molly Platt, coautores del argumento, no se sacaron esta historia de la manga. Según comenta el cineasta en los extras del DVD, Bobby Thompson, el francotirador con facha del fenotipo del joven americano típico, insertado en el american way of life es trasunto de alguien que eligió en la realidad sus propios “targets” de entre los infortunados que se cruzaron en la mira telescópica de su rifle de alta precisión. Bogdanovich comenta al respecto en los extras del DVD: “Ernest Hemingway decía que ‘hay que escribir sobre lo que uno sabe’. Bobby Thompson, el joven francotirador que se convierte en asesino, se basa en un hecho real que ocurrió en Texas dos años antes. Charles Whitman, el asesino múltiple que, a mediados de los sesenta, se encaramó en la torre de la Universidad de Texas y le disparó a un grupo de gente. La historia de Bobby se basa en la de Charles, con la diferencia de que Charles se suicidó antes de ser aprendido”. Llamó la atención el carácter anticipatorio de Targets, pues se filmó en su totalidad en 1967 y se estrenó en 1968, poco antes de que se produjeran los asesinatos de John F. Kennedy y Martin Luther King … antes de las masacres de Columbine, tantas otras posteriores llevadas al cabo por francotiradores desequilibrados o la misma de comienzos de abril del 2009 en un poblado cercano a la ciudad de Nueva York, perpetrado contra una oficina de inmigrantes y sus ocupantes: ¿cómo se explican estas explosiones de rabia y de sangre al amparo del american way of life? ¿No deberían ser imposibles, al amparo del sedante confort? Y los pensamientos pueden ir y regresar desde la vacuidad de ser que da el solo y mero consumo hasta la disponibilidad franca no sólo de armas sino de drogas; del hastío a la necesidad de destacarse flamígeramente así sea como noticia del que provoca gran tragedia y luto … como que una cara de bueno ya no es más garantía ninguna … y cuidado con los bien vestidos que entran a un restaurante, pues quizá sean los próximos que van a basculear a la clientela. Ya no se puede –es la
conclusión de muchos- creer en nada ni en nadie; la anomia gobierna y por ende la anarquía y la violencia pueden producirse cuando menos se espera. Para muchos, la vida vuelve a ser un volado … y hará mejor quien desconfía, por más que ello gangrene las relaciones sociales legítimas, haciéndolas cada vez más inviables …

Pero bueno, a la par de esta historia de sangre y desequilibrio, está la de Byron Orlok que nos muestra a un Boris Karloff ajeno a caracterización ninguna, lo más cercano a él mismo, aunque la idea del retiro de la actuación es algo que nunca cruzó por su mente (el guión literario del film le hace decir a su personaje: “Soy un anacronismo. Vivimos en un mundo de jóvenes. Abrámosles el paso”). Al contar las dos historias que se van entreverando con ingenio, Bogdanovich se vale de acertados modos de transición del paso de una historia a la siguiente, permitiendo al espectador “mapear“ ambas tramas con suficiencia. También es de señalarse la utilización de dos familias cromáticas rectoras diferentes, dependiendo de la vertiente anecdótica de que se trate: “Teníamos un esquema de colores –indica Bogdanovich-. Los colores en las escenas de Karloff eran cálidos como el amarillo –que yo nunca uso-, el marrón y el beige … rojo también. (En tanto) todos los colores usados en la historia de Bobby Thompson, el asesino, eran fríos como el azul y el blanco. Fue una elección adrede, ya que aprendimos a combinar colores en una charla con George Cukor, sobre cómo hizo Ha nacido una estrella”. Este es uno de los varios homenajes al cine presentes en Pequeños asesinatos/Antes de morir. De algunos más, doy cuenta de una buena vez:

Uno: La idea de hacer Targets comenzó con una llamada de Roger Corman a Peter Bogdanovich, quien le dijo que Boris Karloff le debía dos días de trabajo y que quería que aprovechara, junto con ellos, unos veinte minutos del film del propio Corman titulado El terror (1963). A fin de cuentas, sólo fueron aprovechables tres minutos … suficientes para mostrar –nueva coincidencia curiosa de cine dentro del cine– a Jack Nicholson (entonces ilustre desconocido) caracterizando a un oficial francés que visita accidentalmente a Drácula en su castillo. Hay que señalar de Roger Corman que había  logrado levantar un pequeño imperio como productor y director de películas de presupuesto bajo y obtuvo reconocimiento como adaptador de relatos de terror de Edgar Allan Poe. Son por demás memorables sus Los ángeles del infierno (1966) –como luego llamaron los Rolling Stones a su tristemente célebre personal de seguridad en sus conciertos-, así como Mamá sangrienta (1970), una de las primeras películas de Robert De Niro, con Shelley Winters como Ma’ Baker. Bueno, el caso es que así se favoreció contar con Karloff, una leyenda del cine de terror: primero por dos jornadas,
como antes apunté, y luego, gracias a la intervención de Samuel Fuller, hasta por cinco días con sus noches … no se necesita mucho para imaginar la adrenalina que corría por las venas de Bogdanovich al poder dirigir en su opera prima ni más ni menos que a ese ícono del cine mundial que fue Boris Karloff. Su presencia en este film es, de principio a fin, un homenaje a su persona y a su invaluable contribución al cine mundial de todos los tiempos. Amén de que su gran categoría logra que, como luego se dice, se robe la película (¡qué genial detalle es ese cuando, en plena resaca y tras pasar por un espejo, se espanta de sí mismo!).

Dos: El nombre del personaje que interpreta Bogdanovich en su film, Sammy Michaels, “es un homenaje a Samuel Fuller, que se llamaba Samuel Michael Fuller”, observa el cineasta.

Tres: La película programada en la televisión que ven por momentos Michaels y Orlok en la habitación del hotel es Código criminal (1931) de Howard Hawks, una de los primeros papeles importantes en la carrera de Karloff.

Cuatro: En la televisión de los Thompson, durante los comerciales, se anuncia Anatomía de un asesinato (1959) de Otto Preminger, una de las favoritas de Bogdanovich.

Cinco: Hay un homenaje implícito en el tipo de técnica cromática de que se vale con propósito el film, con la cual se filmaron la mayoría de las películas de horror gótico en que participó Boris Karloff: el color Pathé (luego sustituido por el Technicolor de Eastman). Si se observa con atención, se logra una cierta textura y tono diferentes en el granulado del color. Además, claro, de remitir inconscientemente a la calidad formal de las películas antecesoras.

Seis: Dado que la acción climática del film se lleva al cabo en el autocinema Reseda, se realiza un homenaje implícito a este tipo de recintos como lugares en los cuales preferentemente otrora, también estaban presentes en el repertorio de posibilidades para ver cine, amén de asociados a las vidas de tantos … incluso de quienes fueron concebidos en el interior de un vehículo congregado al imán de una película de amor. En “Resurge pantalla de los autocinemas”, rubricado por Robert Strauss (Reforma, supl. The New York Times, p. 5, 7 de agosto del 2004), se apunta que es “Nueva Jersey el estado que creó la moda de los autocinemas en los años 30 (…) Actualmente, sólo hay 417 autocinemas en Estados Unidos (…) En el recién re-inaugurado autocinema Delsea, la pantalla tiene 36 metros de ancho”. En lo personal, recuerdo que de chico se hablaba de un par de autocinemas en la Ciudad de México, creo que uno de ellos
quedaba por Lindavista, pero nunca me llevaron a ninguno. Y para cuando crecí, ya no había. De cualquier modo, aunque son varias las películas cuya acción ocurre en el interior de un autocinema, para nada está de más Targets con tan manifiesto amor al cine … además, uno de los héroes incidentales es, justamente, el proyeccionista (interpretado por Byron Betz) quien, tras ser impactado por la metralla del asesino, no se permite caer hasta dejar en continuidad la proyección de la película con la nueva bobina debidamente instalada (como dice mejor Camiña en la crónica citada: “Consigue cambiar el rollo para que la película continúe, antes de morir con las botas puestas como cualquier héroe fordiano”).

Siete: otro pequeño homenaje fílmico se produce cuando al abrir la puerta Karloff a Bogdanovich, el primero pregunta: “¿Quién llama a la puerta?”, frase que es una cita literal de “El Cuervo” de Edgar Allan Poe. Ello actúa como una especie de guiño humorístico, pues Karloff hizo dos versiones fílmicas de El Cuervo.

Como erudito del séptimo arte, Bogdanovich tiene aplicaciones virtuosas de varios recursos propios del lenguaje cinematográfico, como por ejemplo el muy adecuado manejo que hace de la toma subjetiva, cuando lo que desea enfatizar es el punto de vista del asesino. Hay un plano-secuencia (sin cortes) de más de cinco minutos en la escena que deja solo a Boris Karloff en su habitación y regresa la acción a casa de los Thompson: están viendo la tele las cuatro, luego se despiden los padres de Bobby, hay un momento de conversación entre Bobby e Ilene, su esposa (Tanya Morgan), etc. Se suceden también, cumpliendo cada cual su función, planos, contraplanos, travellings y tomas hechas con grúa de modo que la dinámica visual es siempre variada y significativa.

A fin de cuentas, cotejando un poco Pequeños asesinatos/Antes de morir con la obra general de Bogdanovich y su vida misma, creo que –como en el caso de Orson Welles- alcanzó una de sus mejores y más altas cimas con su opera prima. Todavía en La última película estaba vigente su mancuerna artística-matrimonial con Molly Platt, su primera esposa y madre de sus hijos … pero cuando escuchó el canto de la sirena y se dejó deslumbrar por la belleza un poco sobrenatural de Cybill Shepperd (como le ocurrió con ella misma a Travis Bycle, el personaje interpretado por Robert De Niro en Taxi Driver), al perder a su Caponera, la suerte dejó de sonreírle: un poco cada vez y hasta casi nunca más tarde, tanto en el éxito cinematográfico creciente que iba logrando (con todo y realizar su exitosa Luna de papel en 1973), como en el terreno de lo sentimental-amoroso … hasta que llegó a niveles verdaderamente peligrosos, como luego de que se iniciara su romance con la malograda playmate Dorothy Stratten (acúdase, a
este efecto, a la semblanza del cineasta en este mismo artículo). Lo que me atrevo a sugerir es que, si bien cada cual es libre de hacer de su vida un cucurucho, creo que fueron motivos y deficiencias personales las que impidieron que una trayectoria como la de Peter Bogdanovich se quedase <<sólo>> hasta donde llegó y no hasta donde parecía que podía llegar … lo cual no deja de ser lamentable, especialmente para quienes veían en él a un joven prodigio que podría lograr cosas reservadas sólo para cierta clase de elegidos.

Más allá de todo esto, Targets, resulta atrevida, entre otras cosas, al plantear como quien no quiere la cosa que el bueno de la historia es el monstruo arquetípico de siempre … jugada análogamente notable a la de Sergio Leone cuando nos presentó como a un desalmado incomparable a Henry Fonda, el héroe bueno de tantas cintas norteamericanas, en Érase una vez en el Oeste (1968).

FICHA TÉCNICA.

Pequeños asesinatos/Antes de morir (Targets). Estados Unidos, 1968. Dirección: Peter Bogdanovich; Argumento: Peter Bogdanovich y Polly Platt; Guión: Peter Bogdanovich; Música: no hay crédito para este rubro, pues es incidental la incluida; el meritorio trabajo de sonidista está a cargo de Verna Fields; Fotografía (en Pathé Color): Laszlo Kovacs; Edición: Peter Bogdanovich y Mae Woods; Con: Boris Karloff (Byron Orlok), Tim O’Kelly (Bobby Thompson), Peter Bogdanovich (Sammy Michaels), Nancy Hsueh (Jenny), James Brown (Robert Thompson, Sr.), Mary Jackson (Charlotte Thompson), Tanya Morgan (Ilene Thompson), Sandy Baron (Kip Larkin), Arthur Peterson (Ed Loughlin), Monty Landis (Marshall Smith) y Byron Betz (el proyeccionista en el autocinema Resede), entre otros. Duración: 90 minutos.

APUNTE BIOGRÁFICO DEL REALIZADOR.

PETER BOGDANOVICH nace el 21 de noviembre de 1939 en Kingston, Nueva York, Estados Unidos, hijo de inmigrantes que huyeron de los nazis: su padre era un pintor y pianista serbio, en tanto su madre descendía de una pudiente familia austriaca judía. Estudió arte dramático con la legendaria profesora Stella Adler y se desempeñó como actor en los años cincuenta, tanto en televisión como en obras de teatro veraniegas. También dirigió teatro en Nueva York. Cinéfilo desde joven, su pasión por el cine americano clásico de las décadas de los treinta, cuarenta y cincuenta está presente tanto temática como estilísticamente en su filmografía como en su ensayística, y aún antes, ya que adquiere cierta notoriedad al programar diversos ciclos de películas en el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MOMA por sus siglas en inglés). Ahí incluyó films de John Ford (resultado de cuyas retrospectivas comentadas es el libro que refiero líneas adelante), Howard Hawks y de pioneros del cine norteamericano como Allan Dwan.

Es claro que siendo Peter Bogdanovich un apasionado del cine, amén de gran conocedor (se afirma que llegó a ver cuatrocientas películas al año en su juventud), el ejemplo mundial dado en los cincuenta por los críticos de cine de Cahiers du Cinéma, tarde o temprano sería intentado por él: pasar del análisis a la creación cinematográfica. Aquí la influencia más determinante en Bogdanovich fue la de Francois Truffaut y su cine, aunque también admiró a Godard, Claude Chabrol y Érich Rohmer. Así, Peter publica en la prestigiada Esquire y, para 1968, se translada a Los Angeles junto con su esposa Molly Platt, diseñadora de interiores. En la exhibición privada para la prensa de una película, coinciden Bogdanovich y Roger Corman, quien le expresa que le gustó una de sus crónicas en Esquire y lo invita a colaborar con él. Así, inicia su carrera en la industria cinematográfica como asistente de Roger Corman en Las mujeres prehistóricas (1961; Bogdanovich tiene 22 años de edad entonces). De hecho, gracias a que Corman le brinda el impulso y oportunidad, puede llevar al cabo Targets (1968), su opera prima, película de presupuesto bajo que filmó en tres semanas (dice Bogdanovich: “Targets se filmó en 18 días totales: 12 en el autocinema y exteriores; el resto en interiores diversos. Filmamos todas las escenas con Boris en cinco días con sus noches. Costó la fabulosa cantidad de 125 mil dólares”) y se constituye en una dura crítica al culto americano por la violencia. Pequeños asesinatos/Antes de morir es, también, el último papel importante de Boris Karloff, quien aquí se caracteriza a sí mismo (murió un par de años después de su notable intervención). La última película (1971), por su parte, es una historia nostálgica y cálida, ambientada en una pequeña ciudad texana durante la década de los cincuenta. Ha sido valorada como la reflexión de Bogdanovich en torno a la pretendida muerte del cine. Entusiasta apasionado de su obra, el neoyorquino escribió opúsculos de muy buena factura sobre sus admirados John Ford (University of California Press, USA, 1978 y Editorial Fundamentos, serie Cine No. 18, Madrid, España; de hecho, realiza en 1971 una película que se titula Directed by John Ford), Fritz Lang (Fritz Lang en América, Editorial Fundamentos, serie Cine No. 28, Madrid, España, 1972), This is Orson Welles (con quien entabló una larga amistad), Conversaciones con directores de leyenda, considerada por algunos una obra imprescindible que coloca a Bogdanovich, junto con Kevin Brownlow, como los más destacados cronistas del cine en lengua inglesa (con otra función, la de la ficha breve y el comentario idem e iluminador, no puedo dejar de escribir el nombre de Leonard Maltin).

Su cine nostálgico y crepuscular también conoció, especialmente en la segunda parte de su carrera como cineasta, sonoros fracasos de crítica y de taquilla, lo cual desalienta -hasta el grado cero de la escritura que dijera Barthes- la carrera prometedora de un heredero del viejo Hollywood. En Wikipedia (http://es.wikipedia.org/wiki/Peter_Bogdanovich) se apunta: “En 1971, Bogdanovich de 32 años, fue aclamado por la crítica como un ‘wellesiano’ niño prodigio cuando se estrenó su film más célebre: The Last Picture Show (La última película). Recibió ocho candidaturas a los Oscar, entre ellas la de mejor director. Cloris Leachman y el veterano actor de las películas de John Ford, Ben Johnson, obtuvieron los premios al mejor actor de reparto. Bogdanovich, que había contado con la modelo Cybill Shepperd para un papel protagonista, se enamoró de la joven belleza, asunto que llevó a su divorcio de la diseñadora de decorados Polly Platt, su colaboradora artística durante muchos años (es coautora del argumento de Targets, la película que nos ocupa, precisa este escribano) y madre de sus dos hijos. A The Last Picture Show le siguió el gran éxito What’s up Doc? (La chica terremoto, 1972), una alocada comedia deudora de Bringing up Baby (La fiera de mi niña, 1937) y His Girl Friday (Luna nueva, 1941) de Hawks, con Barbara Streisand y Ryan O’Neal. A pesar de su énfasis por hacer homenajes al cine clásico, Bogdanovich se labró su categoría de director estrella al lado de otros como Coppola o William Friedkin, con quienes formó ‘The Directors Company’, un generoso acuerdo de producción con Paramount Pictures que básicamente daba carta blanca a los directores mientras se ciñeran al presupuesto. Bajo esta entidad se produjo el siguiente éxito de Bogdanovich, la aclamada Paper Moon (Luna de papel, 1973), comedia de tiempos de la Depresión con Ryan O’Neal, con la que Tatum O’Neal, la hija de diez años de éste, gana el Oscar como mejor actriz secundaria y lleva al propio Bogdanovich al punto álgido de su carrera. Forzado a compartir los beneficios con sus colegas directores, Bogdanovich quedó insatisfecho con el trato, de modo que The Directors Company sólo produciría dos películas más: la exitosa La conversación de Francis Ford Coppola, candidata al Oscar 1974 y que le dio la estatuilla al mejor director, y Daisy Miller (Una señorita rebelde, 1974) de Bogdanovich, basada en la novela de Henry James, película que obtuvo crítica dividida”.

Las dos siguientes películas de Bogdanovich no corrieron con mejor suerte: At Long Last Love, un musical de Cole Porter, protagonizado poy Cybill Shepperd y Burt Reynolds. La imagen pública de Bogdanovich, merced a decisiones erráticas en la solución de este film, pasó a ser la de un director arrogante ensimismado en su propia presunción. Tampoco pudo recomponer la ruta hacia el éxito con Nickelodeon (Así se hizo Hollywood, 1976) en que vuelve a reunir a los O’Neal con la debutante Jane Hitchcock.

En 1978 rompen su relación Cybill Shepperd y Peter Bogdanovich y en 1979, tras una pausa de tres años, retoma este último la dirección con Saint Jack, de poco éxito, producida por Hugh Hefner vía Payboy Productions. A ésta siguió otra que sería el acabose para Bogdanovich. Wikipedia, en la dirección electrónica ya referida, así lo consigna: “… El trato hecho con el productor Hefner era parte de un acuerdo judicial sobre unas fotos de desnudos de La última película ‘pirateadas’ en Playboy. Bogdanovich lanzó, pues, el film que sería el Waterloo de su carrera: They All Laughed (Todos rieron, 1982), una comedia de bajo presupuesto con Audrey Hepburn y Dorothy Stratten, Miss Playboy 1980. En el rodaje, Bogdanovich se enamoró de Stratten, que estaba casada con el inestable buscavidas Paul Snider, quien dependía financieramente de ella. Stratten se fue a vivir con Bogdanovich y cuando ella le contó a Snider que le abandonaba, éste la mató y se suicidó. They All Laughed no pudo encontrar distribuidor debido al asesinato de Stratten, a pesar de ser una de las pocas películas hechas por la legendaria Audrey Hepburn tras su retiro provisional de 1967 (de hecho, esta sería la última película que la Hepburn protagonizaría). El destrozado Bogdanovich compró los derechos del negativo para que el público viera la película, pero su lanzamiento fue limitado, las críticas flojas e hizo perder millones de dólares a Bogdanovich, llevando al desolado director a la bancarrota. Él retomó su primera vocación, la escritura, para escribir de su fallecido amor The Killing of the Unicorn, Dorothy Stratten 1960-1980, publicado en 1984. El libro era una respuesta al premiado artículo Death of a Playmate de Teresa Carpenter, que cargaba contra Bogdanovich y Hefner, afirmando que Stratten era tan víctima de ellos dos como de su asesino Snider. El artículo sirvió de base a la película Star 1980 (1983) la última que dirigió el gran Bob Fosse, en la que Bogdanovich era referido como el director ficticio Aram Nicholas y Dorothy interpretada por la atractiva Mariel Hemingway … (Tras ello) La reputación personal de Bogdanovich sufrió por los rumores acerca de su matrimonio por trece años con la hermana menor de Dorothy Stratten, Louse Hoogstraten, 29 años menor que él, los cuales sostenían que el comportamiento de Bogdanovich era similar al de Scottie Ferguson, el personaje de James Stewart en Vértigo (1958), la obra maestra necrófila de Alfred Hitchcock, y que Bogdanovich procuró modelar a Hoogstraten a la imagen de la fallecida hermana. El matrimonio terminó en divorcio en 2001”.
“La carrera de Bogdanovich como director importante estaba acabada, aunque obtuvo algún éxito modesto con Mask (Máscara) en 1985. Texasville (1990) –secuela de La última película– fue una gran decepción de crítica y público. En 1992 dirigió Qué ruina de función, comedia de buena factura pero que alcanzó un éxito moderado, y 1993 que, de plano, no funcionó. Ello lo retiró de la actividad hasta el 2001 en que estrena The Cat’s Meow en que retoma el supuesto asesinato del director Thomes Ince por William Randolph Hearst (el auténtico Ciudadano Kane, bestia negra de Orson Welles). Aunque ahora le fue mejor con la recepción del film por la crítica, no sucedió así con la taquilla”.

En 1998, la Junta Nacional de Preservación de la Librería del Congreso incluyó La última película en el registro cinematográfico nacional, honor concedido sólo a los films más prominentes y representativos culturalmente.

Tan es considerado autoridad al hablar de cine que, con frecuencia, Peter Bogdanovich es convocado por la afamada colección de DVDs Criterion para efectuar la introducción de la película en turno y el comentario sobre el cineasta que la dirigió. Ha trabajado para la televisión en To Sir with Love (1996), The Price of Heaven (1997), Nacked City: A Killer Christmas (1998) y A Saintly Switch (1999). Hoy por hoy, presenta el programa The Essentials en TCM los sábados por la noche; interpreta al psiquiatra de la doctora Melfi en Los Soprano; asimismo, tiene un papel secundario haciendo de sí mismo en la serie-comedia de la televisión norteamericana Out of Order.

En cualquiera de los casos, tomando en cuenta sus distintas facetas en relación con el cine, al buscar enaltecer a grandes cineastas, géneros, films y épocas, sin proponérselo quizá, ha logrado enaltecerse como un indudable rendidor de cultos y homenajes a lo mejor de la creación estadounidense de cara al cine y la cultura universales (ya lo demás, en todo caso, fue lo de menos).

FILMOGRAFÍA.

1968          Pequeños asesinatos/Antes de morir (Targets).
1971          Directed by John Ford.
1971          La última película (The Last Pictures Show).
1972          La chica terremoto (What’s Up, Doc?).
1973          Luna de papel (Paper Moon).
1974          Una señorita rebelde (Daisy Miller).
1975          Por fin el gran amor (At Long Last Love).
1976          Nickelodeon.
Así se hizo Hollywood (Nickelodeon).
1979          Saint Jack, el rey de Singapur (Saint Jack).
1982          Todos rieron (They All Laughed).

1985          Máscara (Mask).

1987          Ilegalmente tuyo (Illegally Yours).

1990          Texasville.
1992          ¡Qué ruina de función! (Noises off).
2001          The Cat’s Meow.

Luis Arrieta Erdozain

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