La piel dura (L’Argent de poche, 1976) de Francois Truffaut.

por Luis Arrieta Erdozain

A Mariana Arrieta González.

FICHA TÉCNICA.La piel dura (L’argent de poche/Small Change). Francia, 1976. Dirección: Francois Truffaut; Argumento y Guión: Francois Truffaut y Suzanne Schiffman; Fotografía en color: Pierre-William Glenn; Música: Maurice Jaubert; Edición: Yann Dédet; Intérpretes: Jean-Francoise Stévenin (el maestro Jean-Francoise Richet), Virginie Thévenet (Lydie Eichet, su mujer), Chantal Mercier (Mademoiselle Petit), Tania Tarrens (Madame Riffle), Francis Devlaeminck (Monsieur Riffle), Christian Lentretien (Monsieur Golfier), Marcel Berbert (el director de la escuela), Vincent Touly (el conserje de la escuela), Francois Truffaut (el padre de Martine), Georges Desmouceaux (Patrick Desmouceaux), Philippe Goldmann (Julien Lecouc), Eva Truffaut (Patricia), Frank Deluca (Frank Deluca), Claudio Deluca (Mathieu Deluca), Sylvie Grézel (Sylvie), Laurent Devlaeminck (Laurent Rifle), Richard Golfier (Richard Golfier) y Patrick de Givray (el pequeño Gregory), entre otros; Duración: 105 minutos.

Francois Truffaut (fallecido en 1984), junto con Akira Kurosawa y un selecto grupo de grandes realizadores, logró hacer distintiva su obra por el enfoque y tratamiento humanista presente tanto en sus argumentos como en el cincelado psicológico de los caracteres de sus personajes. La cámara y el guión, a este efecto, son instrumentos que operan a su servicio como pincel y bisturí: con el primero, boceta, dibuja y colorea personalísimamente el continuum de las imágenes con que articula su discurso fílmico; con el otro, disecciona, analiza, evalúa y califica la calidad humana de sus personajes. Resultante de la conjunción de ambas faenas de la creación significativa, logra comunicar al espectador su cosmovisión y postura personal ante el mundo, el hombre -sus hechos y acciones- y la existencia.

Originalmente titulada L’Argent de poche, esto es, “la morralla”, se denominó al film en español como La piel dura: tanto por una expresión presente en una parte central de la película, como debido a un cierto juego culterano, pues el mismo cineasta dio forma, en 1964, a su notable La piel suave, Le peau douce. Truffaut culmina con ella su trilogía dedicada a la infancia, a veces difícil y castigada –pero también con sus grandes ventanales de luz y de promesa-, iniciada con su aclamada opera prima, con claros matices autobiográficos: Los cuatrocientos golpes (Les quatre cents coups, 1959) y continuada con su muy interesante El niño salvaje (L’Enfant sauvage, 1969, por cierto incluida en el ramillete de lo programado en la Primera Muestra Internacional de Cine).

Con un argumento original desarrollado por el propio Truffaut y Suzanne Schiffman, a partir de una noticia aparecida en la nota roja de los periódicos parisinos (constante de autor presente en varios de sus films), Truffaut devela episodios cotidianos, intrafamiliares, así como parte de lo que sucede en las aulas de una modesta escuela del pequeño poblado de Thiers en Francia.

Casi al principio mismo de la película, el propio director aparece a cuadro fugazmente (caracterizando al Papá de Martine), con lo que señala de modo sutil que lo que habrá de presentarnos es avalado por su experiencia. De esta suerte, con episodios los más de ellos simpáticos, a la par que elocuentes respecto de la condición de la niñez (que no necesariamente resulta el período más feliz de la vida), conduce su narrativa con un ritmo que refleja un tanto la cadencia de los días que se suceden sin ir muy de prisa. En la anécdota se refiere el devenir y actividades de un grupo de muchachos de entre diez y quince años de edad cuyo recurrente punto de encuentro es la escuela. De aquí derivan tramas secundarias, tales como las relaciones entre los padres de los chicos, así como de los primeros con los segundos; entre el maestro y la profesora y sus grupos; las formas de solidaridad infantil, los contrastes y convergencias entre lo masculino y lo femenino, sea en los momentos en que se despierta a la pubertad como en las visiones diferentes … al fin y al cabo tan complementarias entre esposos (siendo quizá el más memorable el de la pareja formada por el profesor Richet y su esposa Lydie Eichet -Virginie Thévenet-, quienes están en espera de la llegada inminente de su primogénito). Es notable el equilibrio de las distintas secuencias entre sí, incluyendo, claro está, lo relativo a las tomas de la misteriosa casa de Julien Leclouc.

En esta urdimbre humana juvenil, los casos paradigmáticos son los de los púberes Patrick Desmouceaux (Georges Desmouceaux) y el antes referido Julien Leclouc (Philippe Goldman), personaje este último con paralelismos con el del central de El niño salvaje, 1970 (caso de la vida real, también rescatado por Truffaut de las páginas de los diarios como piedra de toque al argumento desarrollado para su película). En ambos casos, el de Julien y el denominado salvaje, ambos enfrentan condiciones adversas de vida que su ingenio, creatividad e hiperestimulado instinto de supervivencia les permiten superar limitaciones y agresiones, aunque al precio de contar con cicatrices tanto físicas como emocionales con las que habrán de cargar a cuestas.

Retomando al grupo escolar, el cineasta parece disfrutar con los retratos-recreaciones que comparte: el caso del niño que se opone a que su madre lo acompañe al interior de la escuela, pues le da pena con sus compañeros; la precocidad infantil manifiesta en ingenuos –aunque muy celebrados- actos de voyeurismo; ciertas “travesuras” de los alumnos para poner en predicamento a sus docentes (que son, también, ocasión que aprovechan estos últimos para efectos de aprendizaje), la creatividad de los educandos para salir del paso cuando no estudiaron la lección del día, etc. A estas alturas, es difícil evitar la asociación con películas como la británica Al maestro con cariño de James Clavell (1967), la franco-alemana Los Coristas de Christophe Barratier (2004) y, particularmente, la inglesa El señor de las moscas de Peter Brook (basada en la novela homónima del premio Nobel William Golding, 1963), cuando aplica aquello de que, si es para sobrevivir, los medios están justificados. En el caso de Leclouc, por ejemplo, el robo pequeño carente de malicia, el ingenio para aprovechar la candidez de otros, el aprovechamiento de las oportunidades que se van presentando, el ojo avisor para recoger del suelo cualquier moneda u objeto con alguna utilidad, preguntar discretamente de qué trató el programa de moda en la televisión la noche anterior, para no hacer público que en su casa no hay tal aparato, etc.

Es logrado e interesante el contraste hecho por Truffaut entre los estilos del profesor Richet (Jean-Francoise Stévenin) y la maestra Petit (Chantal Mercier). El primero es un docente empático con su grupo, flexible con el programa del curso y que sabe dosificar tanto formación como información en sus educandos, además de ser “muy gente”, sin que ello implique que se descarrile la disciplina. Es claro el propósito de Truffaut de encarnar en este personaje a quienes viven de corazón este noble oficio, sugiriendo que el auténtico buen maestro es un poco psicólogo, un mucho figura paternal, un amigo al alcance, buen narrador de chistes, un ser humano cálido con cuya compañía y tutela se transitan los ciclos de formación académica y personal de cada integrante del estudiantado. No es así en el caso de la señorita Petit, cuyo estilo es un tanto autoritario e inflexible, muy orientada a la tarea y, por ende, para la que todo lo demás es secundario fuera del cumplimiento de las labores académicas por sus alumnos.

Con todo, Truffaut reivindica y desmitifica su figura, por ejemplo cuando la muestra en la función de cine como el ser humano que es, también con sus llamados de la carne, así como cuando, casi al término de la película, reconoce entre sollozos sus errores de trato con Leclouc.

Una secuencia central en el film es cuando se produce la caída, desde el noveno piso de un edificio de departamentos, del pequeño Gregory que apenas acaba de aprender a caminar. Precedida de una serie de detalles que hacen que aflore la ternura o simpatía del más obcecado espíritu, el espectador ya adora al niño, al momento de producirse el accidente del que se espera lo peor. La solución, casi de pensamiento mágico –y un detalle genial de Truffaut, para mi gusto-, es aclarado en el diálogo que sostienen, comentando el hecho, el profesor Richet y su esposa con un embarazo avanzado (Virginie Thévenet):

– “Es pavoroso pensar en cómo los niños están en peligro constantemente.

– “Eso no es verdad del todo. Digo, un adulto habría quedado muerto por el impacto, pero un niño no; los niños son como una roca. Tropiezan por la vida sin quedar lastimados. Ellos se encuentran en estado de gracia y eso les permite tener la piel dura. Son mucho más resistentes que nosotros”.

En otras palabras, al haber perdido la inocencia y espontaneidad características de los primeros años de vida, el adulto, a medida que endurece su corazón, hace blanda su piel; por el contrario, los niños tienen el corazón blando y la piel dura.

El cineasta galo pone en evidencia también lo inadecuado de ciertas imposiciones dogmáticas de los padres (que lo único que revelan, amén de autoritarismo, es la percepción adulta de que los niños no son personas aún -su opinión, por ende, no importa-, o que son considerados en el talante del odioso y condescendiente lema publicitario de hace años de un fármaco: son adultos chiquitos). Ello queda ilustrado cuando presenta el caso de Sylvie (Sylvie Grézel), quien no es autorizada para llevar su desgastado bolso dado al cuas en forma de elefante para poder acompañar a sus padres “el día de la comida en restaurante” y que, por mantenerse firme en su deseo de llevarlo, es castigada dejándola en casa encerrada. Con un desarrollo y desenlace divertidos, al poner en entredicho la decisión de los padres, Truffaut sustenta que, para el niño, la forma externa puede ser irrelevante (recuérdese, a tal efecto, lo que Víctor Erice muestra en su notable El espíritu de la colmena, en que el personaje interpretado por Ana Torrent -en su debut cinematográfico-, es el único en no rechazar a Frankenstein por su fealdad física y traba con él una amistad que se ilustra en términos de poesía): los seres y las cosas cuentan por lo que son para él (criterio emocional que derrumba cualquier otra norma de corrección protocolaria). En esta misma secuencia, en el tono fresco que gobierna al film, también son convocadas las ingeniosas formas de protesta pública de las que se vale la niña -¡la que se arma después para sus padres con los vecinos!-, así como las expresiones creativas de la solidaridad infantil ante medidas consideradas abusivas.

En el remolino de emociones e ideas que el espectador experimenta, cobra importancia toral el antisolemne mensaje-síntesis del film que el cineasta pone en boca del profesor Richet, cuando se dirige a los dos grupos del colegio, luego de que se hace pública la lastimosa situación familiar a la que estaba sometido Julien Leclouc y antes de que los muchachos salgan de vacaciones escolares largas (en el “Anexo 1” que sucede a la filmografía del cineasta, se encuentra reproducido en su totalidad el espléndido mensaje de Richet-Truffaut). El docente señala que los adultos suelen tener todos los derechos y que “… un niño infeliz se siente culpable y eso es lo verdaderamente abominable …” (el niño, en lugar de pensar que vive como vive y lo tratan como lo tratan por deficiencias e incapacidades de sus padres, o por cualquier otro motivo, con frecuencia se autosentencia: no soy amado porque no lo merezco); “…Los niños son olvidados porque no votan …”. Y, muy en la línea de muchas de sus películas con tintes autobiográficos, establece como central y concluyente esta frase: “La vida es dura, pero también es hermosa, pues tanto nos va en ella”.En la cuarta de forros de la versión literaria de su film, Truffaut apunta: “La piel dura quisiera, al mismo tiempo, plantear esta pregunta: ¿Por qué se olvida tan frecuentemente a los niños en las luchas que emprenden los hombres?”.
APUNTE BIOGRÁFICO DEL REALIZADOR*.

FRANCOIS TRUFFAUT nace el 6 de febrero de 1932 en París, Francia, hijo de un arquitecto y una periodista. Su infancia y adolescencia son muy accidentadas. Durante la Segunda Guerra Mundial, se escapa de casa y vive como puede. Finalizada ésta, sus padres solicitan que lo recluyan en una correccional, de la cual se escapa.

A los catorce años, deja de estudiar y realiza distintos trabajos: mensajero, dependiente de almacén, empleado en una oficina y soldador de acetileno. Apasionado por el cine, toma dinero de su abuelo para fundar un cineclub, por lo que sus padres lo vuelven a internar en un reformatorio, del cual logra salir gracias a André Bazin, quien lo toma bajo su protección.

Funda el cineclub Círculo Cinémano, que celebra sus sesiones en el Cinéma Cluny-Palace, a la par que Bazin le da trabajo en la Sección Cinematográfica de Trabajo y Cultura. En 1950, comienza a escribir sobre las películas que ve. Su primer artículo publicado es sobre La régle du jeu de Jean Renoir, en el Boletín del Cineclub del Barrio Latino. Poco después, también gracias a Bazin, ingresa a la redacción de La Gazette du Cinéma, revista que dirige Eric Rohmer. Ahí se mantiene el joven Truffaut hasta 1951, debido a que tiene que cumplir el servicio militar.

Tras ser liberado de ello, en 1953 obtiene un puesto en el Servicio Cinematográfico del Ministerio de Agricultura, nuevamente merced a la intercesión de André Bazin. Sin embargo, sólo está unos meses ahí y renuncia por desavenencias con sus jefes.

La intervención de Bazin vuelve a ser decisiva, cuando logra su ingreso a las revistas Cahiers du Cinéma y Arts, en las que el futuro cineasta desarrolla una amplia e importante labor como crítico. Esta etapa abarca de 1954 a 1958, lapso en el que también colabora, si bien esporádicamente, con publicaciones como Le Temps de Paris, Radio-Cinéma, Le Bulletin de Paris, La Parisienne, Cinémonde, Elle y France Observateur.

Su primer contacto directo con el proceso de creación cinematográfica se produce cuando, entre 1956 y 1958, colabora con Roberto Rossellini como ayudante de dirección en la preparación de tres películas que no llegan a filmarse.

En 1957, junto con Jacques Rivette, Alain Resnais, Alexandre Astruc, Claude Chabrol, Charles Bitsch, Jean-Luc Godard y otros más, conciben el proyecto de ofrecer a los productores guiones cuya filmación cueste la quinta parte de lo habitual, fórmula mediante la cual, con el presupuesto habitual para una película, ellos están dispuestos a realizar cinco. Con esta orientación escriben Rivette, Chabrol, Bitsch y Truffaut un guión, Les quatre jeudis, que deberá protagonizar otro integrante del clan de amigos, Jean-Claude Brialy. Pero ningún productor parece interesado en el proyecto y el guión se queda durmiendo el sueño de los justos en el cajón de las oficinas de alguna productora.

Sin arredrarse, Francois Truffaut se ocupa en la concepción de un cortometraje, de unos veinte minutos de duración, que titula La fugue d’Antoine. El 29 de octubre de 1957, se casa con Madeleine Morgenstern, ceremonia en la que actúan como testigos André Bazin y Roberto Rossellini. La ventajosa posición económica de su ahora mujer, le permite ampliar su proyecto de La fugue d’Antoine a las dimensiones de un largometraje … este es el antecedente de Los cuatrocientos golpes (Les quatre cents coups), la aclamada opera prima autobiográfica de Francois Truffaut. Es opinión generalizada que esta obra establece en su momento una percepción refrescante y renovadora de la creación cinematográfica, a la par que inaugura un nuevo modo de hacer cine con presupuestos bajos, gran calidad y compromiso personal del cineasta que fue conocida como La Nueva Ola Francesa (Le Nouvelle Vague).

Funda la productora Les Films du Carrose, nombre elegido en homenaje a Jean Renoir y su película Carrosse d’or, compañía que ha producido o co-producido casi todos sus films, además de varios de los de sus compañeros de la nouvelle vague. En 1959 y 1961, respectivamente, nacen sus hijas Laura y Eva (esta última, actúa en La piel dura).

Según el Diccionario del Cine. Cineastas de Georges Sadoul: “(…) Tras (…) Los cuatrocientos golpes, se impuso con Jules et Jim y enriqueció el campo de su sensibilidad, algo exacerbada pero siempre sincera. Hablando de sí mismo ha dicho: ‘Hago películas para realizar mis sueños de adolescencia, para beneficiarme a mí mismo y, si es posible, hacer el bien a los demás. Para muchos, el cine es una escritura; para mí, será siempre un espectáculo en el que está prohibido aburrir a la gente o dirigirse sólo a una parte del auditorio. Como todos los autodidactas, trato primero de convencer’.”.

En 1966, viaja a Estados Unidos y logra otro de sus sueños: entrevista durante varias semanas a Alfred Hitchcock. El resultado es su libro, considerado clásico: El cine según Hitchcock (Le cinéma selon Hitchcock).

Durante la filmación de Besos robados (Baisers voles) ocurre el caso de Henri Langlois y la Cinemateca Francesa. Al crearse un Comité de Defensa de la Cinemateca, Francois Truffaut es nombrado, junto con Jacques Doniol-Valcroze, Tesorero del mismo, cuya Presidencia Honorífica la ostenta Jean Renoir. En 1969, Truffaut es invitado por Gregory Peck, Walter Mirish y Daniel Taradas, en representación de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood, a formar parte de dicha sociedad, a lo cual Truffaut accede, constituyéndose así en el segundo director francés (después de Jean Renoir) en pertenecer a la Academy Awards.

Tras el rodaje de Domicilio Conyugal (Domicile conjugal), se toma un período de descanso que aprovecha para ordenar y completar el libro sobre Jean Renoir que André Bazin –-su incondicional benefactor— dejara inconcluso. “El libro es –según Truffaut—el mejor libro de cine escrito por el mejor crítico sobre el mejor director”.

En 1973, gana el Oscar a la mejor película extranjera con La noche americana. A propósito de esta gran obra suya, alguna vez comentó Truffaut: “Lo que sí sé es lo que no quiero volver a hacer: no quiero continuar adaptando novelas. La noche americana me ha dado ánimo para componer guiones originales míos. Construir su historia, entrecruzar sus hilos, me ha divertido tanto que me ha dado una cierta confianza”. Según el Diccionario de Directores de Ediciones JC: “Se convirtió en uno de los más agresivos estandartes de la crítica parisiense; de ahí el calificativo de enfant terrible; luego, como cineasta, fue de una sensibilidad encomiable”. En el citado Diccionario … de Sadoul se apunta: “Después de La noche americana, Truffaut parece haber dado un nuevo giro a su carrera al imprimir a la vida de Antoine Doinel (protagonista de Los cuatrocientos golpes) prolongaciones conyugales en forma de comedias agridulces, y adaptando novelas negras en las que vierte un tinte de melancolía (como en La Sirena del Mississipi)”.

Murió en 1984, a consecuencia del cáncer, cuando contaba con apenas 52 años de edad.

 

* Con apoyo en la semblanza de Francois Truffaut escrita por José Luis Martínez Montalbán, incluida en la novela La piel dura de Francois Truffaut, publicada por Ediciones Mensajero, 1977, Bilbao, España.

 

FILMOGRAFÍA.CORTOS Y MEDIOMETRAJES:

1954 Una visita (Une visite).
1957 Les Mistons
1958 Una historia de agua (Una histoire d’eau o Improvisation sur les inondations).
Cortometraje co-dirigido por Jean-Luc Godard.
1970 Antoine Doinel. Histoire d’un personaje.
LARGOMETRAJES:

1959 Los cuatrocientos golpes (Les quatre cents coups).
1960 Disparen contra el pianista (Tirez sur le pianiste).
1961 Jules et Jim.
1962 El amor a los veinte años (L’amour a vingt ans).
Un episodio. Los otros cineastas participantes, con sendos capítulos del film son: Renzo Rossellini, Shintaro Ishihara, Marcel Ophuls y el gran Andrzej Wajda.
1964 La piel suave (La peau douce).
1966 Farenheit 451.
1967 La novia vestía de negro (La mariee etait en noir).
1968 Besos robados (Baisers voles).
1969 La sirena del Mississipi (La sirene du Mississipi).
1969 El niño salvaje (L’Enfant sauvage).
1970 Domicilio conyugal (Domicile conjugal).
1971 Dos inglesas y el continente (Les deux anglaises et le continent).
1972 Una chica tan decente como yo (Une belle fille comme moi).
1973 La noche americana (La nuit americaine).
1975 La historia de Adele H. (L’histoire d’Adelle H.).
1976 La piel dura (L’argent de poche).
1977 El hombre que amó a las mujeres (L’homme qui aimait les femmes).
1978 La recámara verde (La chambre verte).
1979 El amor en huída (L’amour en fuite).
1980 El último metro (Le dernier metro).
1981 La mujer de al lado (La femme d’a coté).
1983 Vivamente el domingo (Vivement le dimanche).

Luis Arrieta Erdozain

APÉNDICE I.

¡Los niños son olvidados porque no votan!Francois Truffaut, el célebre autor de Los cuatrocientos golpes (1959) y El niño salvaje (1969), continúa en La piel dura (1976) su exploración del mundo de la infancia, a partir de un argumento y guión cinematográfico desarrollados por el propio Truffaut y Suzanne Schiffman, a partir de un caso real publicado en la página roja de la prensa francesa, en que se denuncia el maltrato físico y psicológico al que fue sometido un jovencito (Julien Leclouc).

Para ello, en el film se ilustran las vivencias de dos grupos de niños que toman clase en la escuela de un pequeño poblado francés (Thiers). Los logros que alcanza el cineasta galo en el develamiento al espectador de las expectativas, frustraciones, ilusiones y travesuras de los infantes, establecen a La piel dura no sólo como una joya de la cinematografía contemporánea, sino como inobjetable y sencilla lección de sensatez y humanismo.

En la recta final de la película se sitúa este mensaje que ahora reproduzco para su apreciación, puesto en boca del profesor Richet, titular de uno de los grupos. Él hace una síntesis, exaltadamente justa, de la relación niño-adulto. La historia narrada en el film fue publicada en el libro titulado La piel dura de Francois Truffaut por Ediciones Mensajero, colección Cinereseña No. 7, Bilbao, España, 1977. Procedo a la reproducción del pasaje anunciado, con la precisión de que las expresiones españolas han sido adaptadas al castellano común en México.

“El profesor Richet, pues, ha reunido a los niños de los dos grupos en un salón. Cincuenta y cinco alumnos se amontonan, tres en cada mesabanco, otros de pie al final del aula y algunos sentados sobre los radiadores y en las salientes de las ventanas.

“Dado que el caso de Julien ha sido dado a conocer profusamente, Richet decide conversar con los alumnos en torno al tema.

“Jean-Francois Richet se apoya sobre su mesa, ante los cincuenta y cinco rostros atentos, y comienza a hablar en medio de un silencio total.

“—Bueno, ya sé que todos están pensando en lo mismo: en Julien Leclouc … han leído los periódicos y sus padres habrán hablado de ello en casa, entre sí o con ustedes.“Pronto se marcharán de vacaciones todos, y yo también quisiera hablarles de Julien. Bueno, a propósito de Julien no sé mucho más que ustedes, pero quisiera ofrecerles mi punto de vista.

“En primer lugar, según me han dicho, Julien pasará a manos de la Asistencia Pública y, luego, será confiado a una familia. Sea cual fuere el lugar, es evidente que resultará mejor que con su madre y su abuela, en donde era maltratado o, para llamar a las cosas con su verdadero nombre, golpeado. Su madre quedará ‘privada de los derechos maternos’, lo cual significa que, en adelante, ya no tendrá derecho a ocuparse de él. Me parece que para Julien, la verdadera libertad va a comenzar a sus quince o dieciséis años … cuando por primera vez experimentará la libertad para entrar o salir cuando quiera.

“Ante una historia tan terrible como la de él, la primera reacción de cada uno de nosotros es la de compararse con su caso. Yo tuve una penosa infancia, desde luego mucho menos trágica que la de Julien, menos desagradable y, a pesar de todo, me acuerdo que ansiaba enormemente llegar a ser adulto, puesto que me parecía que los adultos tenían todos los derechos y podían orientar su vida como les viniera en gana. Un adulto desgraciado puede recomenzar su vida en otra parte, puede cambiar de lugar, puede volver a empezar partiendo de cero. Un chico desgraciado, en cambio, no puede abrigar semejante pensamiento … nota que es un desgraciado, pero no está en sus manos poner un nombre a esa desgracia y, sobre todo, sabemos que en su interior ni siquiera le está permitido cuestionarse sobre sus padres o sobre los adultos que le hacen sufrir.

Un niño desdichado, un niño mártir, siempre se siente culpable, y esto es lo que resulta abominable.

Entre todas las injusticias que existen en el mundo, las que atormentan a los niños son las más injustas, las más innobles y odiosas. El mundo no es justo ni lo será nunca, pero hay que luchar para que haya una justicia mayor. Hay que lograrlo … tenemos que lograrlo. Las cosas van cambiando y mejoran, pero no con la suficiente rapidez. Los políticos y cuantos nos gobiernan siempre empiezan sus discursos diciendo: ‘El gobierno no cederá ante la amenaza’ … pero, en realidad, lo que suele suceder es todo lo contrario: siempre cede a las amenazas y las mejoras no se logran sino cuando son reclamadas por la fuerza. Desde hace algunos años, los adultos lo han comprendido … y obtienen en las calles lo que se les niega en los despachos.

“Si les cuento todo esto es para mostrarles que los adultos, cuando lo quieren de verdad, pueden mejorar su vida y su suerte.

“Pero los niños quedan marginados en todas estas luchas; no existe ningún partido político que se ocupe realmente de los niños -–de los niños como Julien o como ustedes mismos— y hay una razón para ello: los niños no son electores. Si se concediera el derecho al voto a los niños, podrían reclamar más guarderías infantiles, más asistencias sociales y muchas otras cosas … y lo obtendrían, pues los diputados desearían granjearse sus votos. Por ejemplo, podrían lograr el derecho a venir una hora más tarde a clase en invierno, en vez de tener que hacerlo corriendo aún de noche.

“También quería decirles que, si me decidí a desempeñar este trabajo de maestro, fue debido al mal recuerdo que conservo de mi juventud y a que no me gusta el modo en que se trata a los niños.

La vida no es fácil, es dura e interesa que vayan aprendiendo a curtirse para poder afrontarla. Pero, ¡cuidado!, no digo que se tengan que hacer duros, sino que se curtan.

Por una especie de extraño equilibrio, aquellos que llevaron una juventud difícil, están con frecuencia mejor equipados para afrontar la vida adulta que los que fueron protegidos y mimados … Es una especie de compensación.

La vida es dura, pero también es hermosa, pues tanto nos va en ella. Basta con que uno se vea obligado a guardar cama a causa de una gripe o por haberse roto una pierna para percatarse de que anhelamos salir, pasear … para caer en cuenta que realmente amamos mucho la vida.

“Los chicos han estado siguiendo este mensaje del joven maestro con seriedad y atención. Seguidamente, éste se levanta y circula por entre los mesabancos, a la vez que sigue hablando.

“Ahora, van a marcharse de vacaciones … van a conocer nuevos lugares y personas. Luego, cuando vuelvan, pasarán al grado superior. Les advierto que el año que viene las clases serán mixtas … y más tarde -–ya lo verán, el tiempo transcurre muy de prisa–, llegará un día en que también ustedes tendrán hijos. Espero que entonces los amen y que ellos los amen también a ustedes. A decir verdad, ellos los amarán si ustedes los aman primero; y, en caso de que no los amen, volcarán su amor o su afecto y ternura hacia otras personas o hacia cualquier otra cosa, puesto que la vida está hecha de tal suerte que uno no se la puede pasar sin amar o ser amado.

“Bueno, muchachos, ¡las clases han terminado y les deseo una felices vacaciones!”.

(LAS NEGRITAS APLICADAS AL TEXTO ESTÁN A CARGO DEL TRANSCRIPTOR).

APÉNDICE II.

El 30 de mayo de este 2006, recibí de mi amiga Martha Coda Frazer un archivo con una respuesta dada por Chico Buarque, el notable y combativo cantautor brasileño, hoy Ministro de Educación de su país. Al calce del mismo, se indica que esta nota fue publicada por el New York Times, el Washington Post, el USA Today, así como en varios de los principales periódicos de Europa y Japón. Se anota, también, que por alguna extraña razón no fue difundida en Brasil ni en medios informativos latinoamericanos.

Por venir al caso en una de sus partes con la película de referencia, reproduzco, a continuación, el texto.

¿Internacionalizar?

No todos los días un brasileño (que, además, es un gran artista) le da una buena y educadísima patada a los estadounidenses …

Durante el debate en una universidad norteamericana, le preguntaron al ex-gobernador del Distrito Federal, hoy Ministro de Educación de Brasil, CRISTOVAO “CHICO” BUARQUE, qué pensaba sobre la internacionalización de la Amazonia. El joven estudiante anotó en su planteamiento que esperaba “la respuesta de un humanista y no sólo de un brasileño”. Esta fue la respuesta del señor Cristovao Buarque:

“Como brasileño, realmente, sólo hablaría en contra de la internacionalización de la Amazonia. Por más que nuestros gobiernos no cuiden debidamente ese patrimonio, él es nuestro. Como humanista, consciente del riesgo de la degradación ambiental que sufre la Amazonia, puedo imaginar su internacionalización, como también de todo lo demás que es de suma importancia para la humanidad.

“Si desde una ética humanista la Amazonia debe ser internacionalizada, internacionalicemos también las reservas de petróleo del mundo entero. El petróleo es tan importante para el bien de la humanidad como la Amazonia para nuestro futuro. Pese a eso, los dueños de las reservas creen tener el derecho de aumentar o disminuir la extracción de petróleo, subir su precio. De igual forma, el capital financiero de los países ricos debería ser internacionalizado. Si la Amazonia es una reserva para todos los seres humanos, no se debería quemar sólo por la voluntad de un dueño o un país. Quemar la Amazonia es tan grave como el enorme desempleo provocado por las decisiones arbitrarias de los especuladores globales. Por tanto, no podemos permitir que las reservas financieras sirvan para quemar países enteros, con la veleidosidad de la especulación.

“También, y antes que la Amazonia, me gustaría ver la internacionalización de los grandes museos del mundo. El Louvre no debe pertenecer sólo a Francia. Cada museo del mundo es guardián de las piezas más bellas producidas por el genio humano. No se puede dejar que ese patrimonio cultural, tanto como lo es el patrimonio natural amazónico, sea manipulado, explotado o destruido sólo por el placer de un propietario o de un país.

“Hace tiempo, un millonario japonés decidió enterrar, junto con él, un cuadro de un gran maestro. Muy por el contrario, ese cuadro tendría que haber sido internacionalizado.

“A la par que celebramos este encuentro, la Organización de las Naciones Unidas está realizando el Foro del Milenio, pero los presidentes de algunos países tuvieron dificultades para participar debido a situaciones desagradables surgidas en la frontera de los Estados Unidos. Por eso, creo que Nueva York, como sede de las Naciones Unidas, debe ser internacionalizada. Por lo menos Manhattan, debería pertenecer a toda la humanidad. De la misma forma que París, Venecia, Roma, Londres, Río de Janeiro, Brasilia … cada ciudad, con su belleza especial e historia del mundo, debe pertenecer al mundo entero.

“Si Estados Unidos quiere internacionalizar la Amazonia, para no correr el riesgo de dejarla en manos de los brasileños, internacionalicemos todos los arsenales nucleares norteamericanos. Bastará pensar que ellos ya demostraron que ‘son capaces’ de usar esas armas, pues YA LO HICIERON, con una destrucción miles de veces mayor que las lamentables quemas realizadas en los bosques de Brasil.

“En sus discursos, los actuales candidatos a la presidencia de los Estados Unidos han defendido la idea de internacionalizar las reservas forestales del mundo … a cambio de la deuda. Comencemos usando esa deuda para garantizar que cada niño del mundo tenga la posibilidad de comer y de ir a la escuela. Internacionalicemos a los niños, tratándolos a todos ellos, sin importar el país donde nacieron, como patrimonio que merece los cuidados del mundo entero. Cuando los dirigentes traten a los niños pobres del mundo como ‘Patrimonio de la Humanidad’, no permitirán que trabajen cuando deberían estudiar; tampoco permitirán que mueran, cuando deberían vivir.

“Por eso, como humanista, acepto defender la internacionalización del mundo … pero, mientras el mundo me trate como brasileño, lucharé porque la Amazonia siga siendo nuestra: ¡Sólo nuestra!”.

Luis Arrieta Erdozain

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